Francisco Serrano

Monstruos y naves espaciales

Borradores en crudo de una novela sin título 3

3.- Los contornos del enigma

Desde arriba, digamos, a vista de pájaro o a vista de aeronave, según la época desde la que miremos, la región es ondulada y agreste. Las sierras empujan hacia el océano, algunas coronadas por crestas de granito, otras de lomo suave, llenas de arbustos como pelaje. Durante siglos esta franja ha sido dominio de cabras y pastores. A un lado de los montes las vegas de diversos ríos riegan huertas y plantaciones de naranjos. Al otro la costa, con su bahía de aguas oscuras, sus ensenadas y calas, los oficios marítimos y la sal incrustada. En esta tierra de nadie medran los conejos en el roquedal y anidan las víboras en la cañada. Los alacranes buscan el refugio de la oreja del dormido. Hombres en pellizas rancias comen queso y uvas y pan viejo y sus perros descansan al sol, sin dejar de vigilar al rebaño. Siguen la tradición de la honda y el tirachinas, del garrote y la navaja y a su manera son expertos cirujanos, capaces de operar quistes propios y ajenos y de practicar amputaciones menores. Con frecuencia se han dedicado al estraperlo, han pasado de un lado a otro de los montes con la espalda cargada de fardos y llevado mulas por senderos de alimañas. Desde los tiempos de romanos y cartagineses también se han dedicado a la traición profesional y al quintacolumnismo, por unas pocas monedas, por especias de oriente, por lo que les fuera ofrecido, han guiado al ejército invasor o a la partida de piratas, musulmanes, cristianos, rubios, morenos, hacia los pueblos tranquilos e indefensos y han contemplado el fuego de las casas después desde lo alto de sus montes, rodeado por sus animales, sin sentir gran cosa. Son personas, como sucede con las gentes en todos los lugares y en todas las épocas, vulgares y excepcionales al mismo tiempo.

Eso visto desde cierto ángulo, desde ciertas coordenadas que relacionan momento y lugar. Parece inmutable. Sin embargo visto desde el instante de la historia que nos compete todo eso ha terminado para siempre. Los montes han sido escarbados, la maquinaria ha desbrozado las cañadas, los túneles atraviesan el monte y hacen innecesario el conocimiento de los senderos ocultos. Los arroyuelos corren por canales y se vierten en la bahía, contribuyendo a la oscuridad de las aguas, igual que los bancos de algas que circulan bajo la superficie como negas sombras de nube. A cierta velocidad la aparición de urbanizaciones y bloques de apartamentos no es diferente del crecimiento de colonias de hongos, las grúas como zarcillos vegetales que se mecen al viento. El hormigón es mercurial, fluye por el territorio llenándolo todo, aplana los descampados salvajes, rellena las grietas de la roca, se convierte en aparcamientos, en carreteras, cría su piel de asfalto, sus huesos de hierro. En ciertas zonas el hormigón se manifiesta de maneras extrañas e incomprensibles, pero no ha llegado el momento todavía de hablar de ello.

De qué disponemos, por tanto, de qué trata esta historia. Disponemos de un centro comercial y un puerto deportivo. Disponemos de los chalés de lujo y de los chalés no tan de lujo y de los chalés discretos que pasan la mayor parte del año vacíos. Disponemos de las rejas altas en el perímetro y de la seguridad privada. Disponemos de la mole de los edificios de apartamentos, con las sombrillas de playa atadas en los balcones, las tumbonas apiladas, la arenilla cautiva barrida hasta las esquinas. Disponemos del club de alterne Paradiso, con sus luminosos color magenta y sus palmeras desprotegidas. Disponemos del Night Club Cobra Show, cuya imagen promocional en los carteles de la carretera nacional es la de una serpiente y un escorpión peleando en el interior de una botella de whisky. Disponemos de aguas de barro, aguas que ensucian más que limpian los cuerpos de los bañistas cuatro meses al año, aguas con suave pátina de petróleo refinado, aguas tornasoladas como el plumaje de un palomo. Disponemos de la basura que se incinera donde no pueda verse ni la columna de humo en el horizonte, de basureros clandestinos justo en la línea del horizonte. Qué más. Las tiendas del pueblo, los comercios del pueblo, las zapaterías, los quioscos. El mercado, el barrio viejo, la muralla cinco veces centenaria. La librería Morrión en la calle Morrión. Disponemos de la temporada baja y del mal tiempo, del frío y la humedad que vacían el lugar hasta la primavera. Hay un olor a mar que se mete hasta en la carne expuesta en los mercados, en las piezas de vaca, en los trozos de cerdo, y le da a todo un sabor a ostra viva.

Disponemos de la memoria, aunque sea de mi confusa memoria, que dice que esta región ya era famosa antes de la trágica primavera de mil novecientos ochenta y ocho. Tuvo un sacamantecas activo en el siglo diecinueve y otro a principios del siglo veinte, por ejemplo, y ambos casos profetizan la aparición inmediata de un tercero. Ningún juicio famoso de brujería pero sí cierta actividad herética tras la expulsión de los judíos. Más, más. En mil novecientos noventa y cinco un autobús escolar volcó en las afueras del pueblo y en el accidente fallecieron siete niños y dos adultos. Siete meses antes de esto una pareja encontró a su gata dormida en el sofá bajo una manta tras buscarla durante varios minutos al borde de la histeria por todo el piso, cada segundo más convencidos de que se había arrojado por la ventana y caído desde una octava planta. Un coche seat ibiza color verde pistacho pasó doscientos nueve días abandonado en una callejuela del casco antiguo hasta que fue retirado por la grúa municipal. En mil novecientos setenta un burrito llamado Silvestre se escapó del corral en el que lo guardaban sus dueños y vivió por su cuenta cuatro años en los montes hasta que se lo apropió un agricultor que simplemente lo vio pasar por delante de su huerto, peludo, sucio y lleno de abrojos. Un dedo humano apareció en una papelera mientras a escala nacional se buscaba a unas niñas desaparecidas en algún momento de la década de los noventa. Estos son los contornos del enigma. Perdón si no distingo la importancia de las historias y me hago un lío.

Lo que quería decir es que la urbanización Montebajo está a media hora caminando desde el centro del pueblo. Proyectada de manera que a su finalización presente una forma de pirámide o cuña ahora mismo solo hay una hilera de casas construidas, la hipotenusa de este triángulo. Un hombre en uniforme de seguridad privada fuma un cigarrillo, los hombros de la cazadora mojados de rocío nocturno, la gorra calada hasta las cejas. Contempla la inelipse vacía, la tierra removida, el futuro parque privado. Unas farolas en las aceras terminadas iluminan de amarillo las sombras. El hombre es joven y atractivo pero tiene los ojos de alguien sometido a terribles privaciones ascéticas. Todo esto visto desde aquí, insisto, que lo hace todo tan raro. Desde la decimotercera dimensión, por decirlo de alguna manera. Pero si tú pudieras verlo, si vieras las arrugas alrededor de esos ojos, tampoco te atreverías a dejar de mirarlo.

Borradores en crudo de una novela sin título 2

2.- El cerro Santo y el ufólogo

En mil novecientos setenta y siete, en las inmediaciones del cerro Santo, Paraguay, dos antropólogos alemanes asistieron a un peculiar espectáculo ufológico. Casi una década más tarde el evento fue referido por carta al Boletín de Contactos y Avistamientos que publicaba la Sociedad de Estudios Interplanetarios. El texto se tradujo con la ayuda de varios diccionarios bilingües, del alemán al francés y del francés al español. El resultado es francamente extraño en algunos pasajes.

El autor de la carta, identificado solo como Hans, dirigía junto con su colega, del que no facilitó nombre alguno, una expedición en busca de rastros arquitectónicos y culturales de los microestados pangermanistas fundados tras el desastre demográfico paraguayo de la guerra de la Triple Alianza. El texto consistía en una docena de hojas escritas por ambas caras con una letra apretada y casi ilegible. Atravesaban la jungla remontando el curso del río Terán en un viejo vapor, con la ayuda de varios guías, porteadores y una escasa tripulación de indígenas que solo hablaban español y dialectos inextrincables para un par de intelectuales europeos. El barco era viejo y presentaba gran número de remiendos de alambre y soldaduras chapuceras así como una amplia gama de chirridos y gemidos y trepidaciones de caldera y motores y planchas de metal en torsión. La quilla susurraba al hendir los bancos de arena en las partes más pandas del río, por lo demás ancho y marrón y de frondosos márgenes. Aquí y allá, entre los loros y los monos, asomaban los restos de las mansiones y casas coloniales de estilo bávaro, abandonadas, comidas por la vegetación. La madera estaba podrida y los muros de piedra se desmoronaban entre la maleza. Atracaban donde podían y los antropólogos se acercaban en lancha a la orilla para abrirse paso a machete y fotografiar las fachadas y los tejados hundidos. También tomaban apuntes del natural en sus cuadernos de las florituras vegetales simuladas en hierro para las verjas de las ventanas, enredadas de parras y vides auténticas, de las aldabas oxidadas, de las molduras de las robustas puertas de doble hoja. Dentro un mobiliario más propio de regiones alpinas, cómodas y taquillones de colores apagados y el barniz pelado como una piel tiñosa, los cojines y alfombras empapados de humedad y moho, los butacones desvencijados. Las paredes estaban revestidas de madera importada, las chimeneas de los salones, tan impropias, enormes y cubiertas de pizarra, los percheros rematados en cornamentas de venado. En los áticos crecían las orquídeas, por las escaleras se desparramaban los helechos. Pisaban plumas y pellejos de animales muertos y heces de ocelote y lobo de crin. Los antropólogos registraban, tomaban notas, forzaban las cerraduras de burós y cajones en busca de papeles, fotografías, diarios. Algunas mansiones estaban huecas como casas de muñecas, otras rebosaban una abundancia de muebles y objetos como si sus inquilinos se hubieran desvanecido dejando atrás cualquier pertenencia mundana. En los jardines todavía eran distinguibles las hileras de piedra de los parterres, la huella de arena y grava de los senderos, los estanques artificiales saturados de nenúfares y desbordados hasta formar pequeños manglares. Proliferaban las rosas, una variedad europea famosa por su delicadeza que sin embargo estallaba en la mayoría de aquellos parques asilvestrados. Como lentos loros de rubí, escribía el antropólogo Hans, como lentos loros de esmeralda, fundidos entre sí. También guardaba pequeños fetiches de los que no hablaba con su colega, una llave, el brazo de una muñeca, un lacito de raso incólume encontrado dentro de un guardapelo cubierto de verdín. Por último calculaban a ojo las dimensiones de las fincas, consignaban las cifras en los cuadernos e iban de vuelta a las lanchas y al barco y continuaban su singladura bajo el vuelo de las águilas devoradoras de monos.

A estas alturas de la carta, ya plagada de detalles demasiado personales e insólitos para el contenido habitual del boletín, el antropólogo se perdía en una larga exégesis geológica de la región del cerro Santo. Describía con profusión maniática las dimensiones de la montaña, los casi dos mil metros que se elevaba sobre el valle, las abruptas laderas, la multitud de cursos de agua que descendían hasta el río en torrentes cenagosos y cataratas blancas, citaba una y otra vez un par de mapas que venían con la misiva y eran abiertamente contradictorios entre sí. Los párrafos compactos se arrastraban por una ensoñación paleozoica, una lenta emergencia mineral, las desintegración de supercontinentes, los espasmos cónicos y cilíndricos de los arqueociatos y el reptar de lagartos entre las coníferas. Evocaba también los amaneceres prehistóricos, la cumbre del cerro asentada en brumas doradas y verdes, las sombras todavía contenidas en una oscuridad nocturna, pura, casi sideral. Era un lugar de brujos, escribía, de hechiceras, de chamanes, de nigromantes, desde el principio de los tiempos, mucho antes de que hombres y mujeres pudieran rendirle culto, ya entonces vertía el jaguar sangre en sus rocas, los pájaros se inmolaban chocando contra los riscos, se arrastraban ladera arriba a dejarse morir escarabajos y caracoles y nubes de insectos dibujaban en el aire sigilos y símbolos de una magia aún por inventar. Todo esto fue expurgado del texto final pues le hacía parecer un loco o un histérico.

La noche de los hechos habían acampado en un remanso del río que formaba una laguna de arena negra, salpicada de brillitos y resplandores. Tras montar las tiendas de campaña en la orilla, pues al día siguiente pretendían partir a través de la jungla en busca de aeródromos secretos y los barracones en los que se decía que jerarcas nazis habían ordenado toda clase de experimentos eugenésicos con la población local y prisioneros noruegos de pureza racial acreditada, los guías y portadores examinaron la arena negra en busca de oro y los antropólogos alemanes se sentaron sin conversar a preparar la cena en un hornillo de gas. Era normal y era extraño, escribía Hans, era una noche en la selva y era una noche en el planeta Marte, éramos terrícolas y éramos alienígenas, no sé explicarlo de otra manera, en esos momentos previos ya había sucedido todo lo que iba a suceder y nuestros cuerpos actuaban, se sacudían, secretaban, sudaban, se llenaban de sarpullidos, pero nuestras mentes ya estaban adelantadas en el tiempo, proyectadas hacia lo imposible, capturadas por las luces del cerro Santo.

Los zumbidos sonaban mucho antes de que nadie los percibiera de manera consciente. Se confundían con la propia sangre, con los propios pensamientos avanzando a trompicones al borde del sueño. El antropólogo Hans se revolvió dentro de su tienda durante varias horas, acosado por sueños extraños y angustiosos, hasta que identificó aquel sonido como algo ajeno, externo a él. Era como el susurro de un transistor, escribía, si el susurro de un transistor fuera exactamente lo contrario de lo que es. Salió de la tienda para encontrarse al resto de la expedición ya fuera, en la playa negra, metidos hasta los tobillos en el agua y en el barro, algunos medio vestidos, algunos medio desnudos, el otro antropólogo tocado solo con un gorro de caza, pluma de faisán incluida, pálido y luminiscente, encarando la silueta colosal del cerro, recortada contra una galaxia en llamas. Qué pasa, dijo Hans, qué pasa.

Y no pasó nada durante muchos minutos. Permanecieron allí como pasmarotes, contemplando las negruras y las luminarias, escuchando el zumbido que no era un zumbido y los borboteos de la laguna, las hojas que se movían por brisas bochornosas. Cuando por fin sucedió llevaba ya un buen rato sucediendo, las esferas se elevaron desde la base boscosa del cerro y giraron en formación hacia los cielos. Los observadores gimieron como ante un espectáculo de pirotecnia, se sorprendieron de su falta de sorpresa y al menos tres de ellos se orinaron encima, por los muslos desnudos, en los calzoncillos pegajosos. Las esferas siguieron girando y girando y se dividieron y fusionaron y fracturaron en mil pedazos. Era imposible calcular su tamaño, escribía el antropólogo Hans, pero eran grandes, inmensas, gigantes. Cayeron como pajaritos alirrotos, como papiroflexias incandescentes, como hojas mecánicas, articuladas, con engranajes de luz. Una de ellas se sumergió en la laguna y el antropólogo cerró los ojos y al abrirlos ya era de día y estaban todos locos. Una locura tranquila, escribía, una locura mesurada, inevitable pero discreta. El tiempo había pasado y las tiendas de campaña estaban desgarradas por la intemperie y el barco tumbado de costado en un banco de arena por obra de las mareas fluviales. El antropólogo contó a los miembros de la expedición uno a uno, tocándoles la cabeza como si fueran niños pequeños. Estaban todos, más greñudos y barbudos de lo que recordaba, eso sí. Los porteadores lograron sacar en buen estado las lanchas del barco y los guías propusieron dejar que la corriente del Terán los devolviera a la civilización. Consintieron, los antropólogos y los porteadores. Rescataron algunas provisiones más de la bodega del barco, agarraron las pértigas y se entregaron al río. Todo lo que vimos y hablamos durante esos días es indescriptible, imposible ponerlo por escrito, no me lo pida, nos perdimos y nos encontramos, nos amamos y nos odiamos, asistí a muertes y a resurrecciones, eso es lo único quizá para lo que existen palabras de todo lo que aconteció.

Tras un tiempo indeterminado en el río llegaron a un pueblo de mediano tamaño. Bajaron de las lanchas llorando y riendo, tan llenos de roña que no se apreciaba a simple vista que iban desnudos, y sin más ceremonias se dispersaron por los arrabales, cada uno por su camino, incluso el otro antropólogo, que nada conocía de aquellas tierras y cuyo único amigo en el mundo era Hans. Tardaron tres años en volver a verse por azar en Quito, Perú, donde el otro antropólogo se había convertido en panadero y aparentaba cierta felicidad y satisfacción. Le dijo que se había casado y que tenía un hijo. Le dijo que se alegraba mucho de verle pero que no estaba dispuesto a hablar de nada de lo ocurrido en el cerro Santo. Podemos hablar de cualquier cosa, le dijo, excepto de eso. Yo no lo recuerdo, le dijo el antropólogo Hans, ¿tú sí? No estoy dispuesto a hablar de ello, le dijo el otro, con una sonrisa más bien triste, más bien derrotada, una sonrisa más bien necesitada de una palanca, de un apoyo, de un empujón, algo que la obligase a una transformación profunda, a un viaje de la mueca al rictus, pero que también pedía a gritos un poco de piedad. Se despidieron como amigos, aun con la sospecha de que jamás volverían a verse.

 

La traducción y edición de la carta que refiere este evento fue realizada por el presidente de la Sociedad de Estudios Interplanetarios, que también se ocupaba de la redacción de la mayor parte de contenidos del Boletín de Contactos y Avistamientos, así como de su maquetación y del coste de los gastos de impresión y envío a suscriptores. Se publicó en el número de septiembre de mil novecientos ochenta y seis. Trece años más tarde, mientras preparaba el desayuno en su cocina, pensaba en la narración del antropólogo Hans sin ningún motivo en particular. La cafetera italiana desmontada y limpia en la encimera. Molía café, la cabeza inclinada, la bata ajustada al cuerpo ancho y recio, el pelo cano peinado hacia atrás, brillante de agua. Por el ventanuco entraba la luz suficiente y el viejo entrecerraba los ojos en la penumbra y hacía girar la manivela del molinillo, aspirando el aroma.

Con el café preparado se sentó en el tresillo frente a la televisión apagada, escuchando la radio que seguía sonando en la cocina, un parloteo acerca del mar y las tormentas. El salón no estaba más limpio ni ordenado que el salón de cualquier otra persona solitaria pero al incorporarlo a él, como si hasta ese momento fuera una pieza ausente, emanaba cierta pulcritud, un tipo de orden inesperado. De igual manera que de su mentón recién afeitado y del nudo que ceñía la bata surgía algo monástico, un aire de escriba veterano, un copista de códices que solo una vez cada diez años se permite incluir un guiño, un chiste o unas iniciales en los textos que salvaguarda. Quizá eran los ojos tristes. Quizá es que desde aquí, desde donde cuento esta historia, veo matices que no debería ver y no logro distinguirlos de los otros, los que tienen sentido, los que son comprensibles.

El hombre fumaba tabaco rubio, marca Sublime. Cigarrillos que le amarilleaban los dedos del mismo color exacto que los filtros que sostenían. El hombre fumó y bebió café, sin prestar atención a ningún sonido, mirando de soslayo la ventana del salón, que mostraba tejados oscuros y antenas de televisión y un pedazo de mar que casi parecía un espejismo, una ilusión, demasiado alto sobre el horizonte. Entonces recordó que había soñado con el antropólogo Hans, lo que era incluso más extraño que haberlo recordado sin más. El alemán entraba en su habitación durante la noche y le llamaba por su nombre. Tenía el rostro cubierto de insectos luminosos, no exactamente luciérnagas, escarabajos zafiro, arañas amatista, y le entraban y salían de la boca y las narices sin estorbarle el habla y el antropólogo Hans le decía: Tienes que despertar, querido amigo.

Nunca había conocido al hombre, solo había recibido aquella carta extraña, que tanto trabajo le había costado descifrar. El remite era de Munich, pero era una dirección falsa. El viejo, en calidad de director del boletín y presidente de la Sociedad de Estudios Interplanetarios, hizo llamadas internacionales y escribió a conocidos y suscriptores con la intención de acreditar la historia, pero no logró confirmar nada ni identificar al autor. Sin embargo decidió publicarla, convenientemente editada, pues el cerro Santo era un lugar de gran actividad ufológica y ya habían publicado muchas historias de contactos y testimonios diversos en sus inmediaciones. Se quedó pensando sobre ello. Hubo un momento en el que publicaba casi cualquier cosa en el boletín, encontraba en todo, incluso en las historias que no podían ser verdaderas, que olían a embuste desde el principio, a estafa, a engañifa, a burla, una verdad profunda, un comentario sobre la auténtica naturaleza de lo real y en todo encontraba valor, aunque luego le estallara en las manos y dañara su prestigio y credibilidad. Aunque puede que este daño solo ocurriera ante sus propios ojos, ya que el boletín no anduvo corto de suscriptores hasta bien entrados los noventa, cuando dejó de editarlo por puro agotamiento personal.

Hans, formó en silencio con los labios, el antropólogo loco. Durante unos minutos más exprimió el recuerdo del sueño, el rostro que en realidad no conocía, buscándole sin querer encontrarlo un significado, hasta que la imagen perdió nitidez, los insectos se deslustraron, y empezó a parecer el sueño de otro, algo que le había sido contado. Después lo olvidó sin más, fumó otro cigarrillo y fue a vestirse para salir a la calle y abrir la librería.

Borradores en crudo de una novela sin título 1

1.- Llega al pueblo

Es muy complicado no verlo todo al mismo tiempo, superpuestos los hechos como capas de hielo y nieve en algún lago de montaña, se me ocurre. Láminas de frío tendidas sobre el mundo, no sé, como lentes a través de las que se puede mirar, prístinas algunas, sucias otras, en una ordenación casi coherente de acontecimientos, a razón de sesenta segundos por minuto. Cada instante añade una capa de bruma, congela una nueva lente en la sucesión de lentes. O como hilos y hebras, sogas y cuerdas, madejas desmadejadas en nuevas madejas, las infinitas corrientes que forman un arroyo entre las piedras, uniéndose, separándose, rebosando las presas accidentales, sin perder nunca su condición de arroyo, ¿me explico? No, no me explico, es todo muy difícil. Se remienda el agua, chorrean caudales de lana y seda. Haré un esfuerzo. Es invierno. Presta atención. Desde el andén ya huele el mar. Tiene el pelo aplastado en el lado de la cabeza que apoyaba contra la vibración de la ventanilla del tren, el cuello largo y pálido, una chaqueta llena de parches, alfileres e invitaciones a la violencia, raídos los puños, los codos, gastadas las costuras. Por el cuero cabelludo le corre como un trazo de tiza blanca la curva de una cicatriz quirúrgica.

El tren traquetea y avanza hacia el cambio de vías. El guardagujas hace señas en la oscuridad, lo ilumina la luz gélida del interior de los vagones y los faros de la locomotora, y la máquina se mueve como un monstruo dotado de pneuma y humo y lengua eléctrica que devora la noche. Abandona el andén, parpadea al pasar de la noche moribunda del exterior a los fluorescentes del interior. Es tan temprano que la cafetería de la estación está cerrada, las taquillas también. Llegadas y salidas en las paredes, un tablón abandonado en el que se colgaban no hace mucho horarios y destinos letra a letra y número a número, ahora pantallas defectuosas, líneas catódicas muertas. En una esquina duermen tapados con una manta dos jóvenes mochileros. Tiene una edad similar a ellos y la mochila que lleva a la espalda es parecida a las que usan como almohadas y sin embargo no siente que se le parezcan en nada o que haya manera de comparar sus historias. Afuera un hombre ronca en el interior de un taxi, el aparcamiento por lo demás desierto, iluminado por focos de luz blanca y dura. Se entretiene en ajustar las correas de la mochila, el frío se le cuela por los rotos del pantalón, se embolsa entre la chaqueta y el cuerpo. Hay palmeras heladas al otro lado del hormigón. Las hojas se mueven un poco, solo un poco, agitadas por una brisa imperceptible.

Camina junto a los quitamiedos de la carretera, de una isla de luz a otra, contando las farolas. Pasan camiones que levantan en el arcén torbellinos de polvo y arena de playa, revelados por los faros del siguiente vehículo durante un breve y fantasmal instante. Por el hierbazal de la cuneta hacia el pueblo. Rojas luces de gálibo se pierden en las tinieblas dejando estelas en la retina. Los cañaverales negros en la madrugada fría, inmóviles como empalizadas. Sus botas, que tiene que rellenar poniéndose dos pares de calcetines, aplastan basura entre la hierba, escoria diversa, latas de refresco, bolsas de patatas fritas, unos neumáticos que han ardido hasta consumirse en pegajosos sedimentos circulares. Un coche frena un poco al ver a alguien en semejante trance pero luego, quizá tras contemplar en el retrovisor la silueta siniestra y encogida y el rostro pálido y el corte de pelo y las calaveras en las solapas de la chaqueta, acelera y desaparece. Los quitamiedos abollados más adelante, el asfalto salpicado de diminutos vidrios como joyas de poco valor y manchas oscuras que podrían ser sangre seca o aceite negro, una tragedia vieja y no lavada por la lluvia. Contempla el amanecer en un intrincado paso sobre la carretera, pintado de azules marítimos, el sol asomando una uña dorada por la banda gris del océano, extraño horizonte en fuga que ofende su sensibilidad de interior. Nunca ha visto antes la costa y no es la más extraña de sus anomalías. También le late arrítmico el corazón. También su cerebro lesionado extrae sueños de simas desconocidas.

En los montes un paisaje en construcción. Edificios de apartamentos, grúas, maquinaria. Tierra negra, zanjas llenas de agua estancada, encofrados a medio hacer. Recintos vallados y seguridad privada. Las hileras de chalés de aspecto deshabitado y hueco. Como un telón de fondo bien pintado pero que no logra transmitir profundidad. El lienzo se ha arrugado entre representaciones y rompe la ilusión. Detrás solo hay vacío. Delante, donde arden las candilejas, hay poco más. Despabiladores gibosos que recorren la línea iluminada con sus tijeras, chas, chas, chas, fin de la función.

Llega al pueblo a través de una sucesión de rotondas y pequeños bancos de niebla que se forman y desaparecen casi al instante en forma de rocío sobre la hierba y los adoquines, dejándolo todo empapado, sus botas, los bajos de los pantalones, el remolino que le remata la coronilla. Tirita un poco, camina deprisa para entrar en calor por un diminuto polígono industrial, cruza una larga avenida vacía y entra en el municipio propiamente dicho. Solo hay actividad en el mercado. Furgonetas, carga y descarga de cajones de hielo y pescado. Verduras de enormes orejas atadas, manojos sujetos con bramante. Manguerazos que llevan inmundicias y tripas a los desagües. Las voces de los empleados y el estrépito de sus labores perdiéndose hacia los altos techos del edificio. Encuentra un bar que acaba de abrir en las inmediaciones. El camarero está barriendo y levanta la cabeza y echa un vistazo detenido a la persona que entra por la puerta. Buenas, dice.

¿Está abierto?

Si no hay más remedio, dice el camarero.

Suena una radio. Una voz recita resultados deportivos, luego da la previsión del tiempo. Habla del frío y del estado de la mar. Se sienta en un taburete. La lanceta de la máquina de café bufa vapor y el camarero coloca la prensa y la taza y no le quita ojo de encima.

Le sirve el café muy caliente. Echa humo y el toque de leche espumea en la superficie. Lo sopla mientras espera. El camarero vuelve a barrer, termina y se va a guardar la escoba a alguna parte. Cuando bebe se quema la lengua y la garganta. Saca de la mochila una libreta pequeña en cuyas anillas ha encajado un cabo diminuto de lápiz y consulta algunas páginas. Luego desdobla y mira un callejero del pueblo, recortado de una publicación más grande en una biblioteca pública a casi mil kilómetros de allí. Recorre con el dedo la ruta y anota en la libreta la sucesión de calles y plazas que tiene que seguir, con flechas que indican los giros en las esquinas, los cambios de dirección. Esta señalética le resulta más sencilla que el trazado de las calles en los mapas, tan dados a confundirse y derretirse ante sus ojos, líneas viscosas y agusanadas imposibles de reconciliar con el mundo real.

Después alfeñique y larga sombra de alfeñique recorren las calles sin asentar bajo las luces del alba. Contracrepúsculo, se dice. Antiocaso. Las calles del casco antiguo son empinadas y estrechas y los restos de una muralla erigida contra la piratería berberisca de Barbarroja ciñen aquella parte del pueblo. Hay placas en algunas casas que informan de nacimientos ilustres. Lee los nombres y le son desconocidos. Doctores en leyes y medicina, arquitectos y poetas. Todos muertos y fundamentalmente anónimos.

Calle Morrión, musita para sí. Morrión, libros de lance.

Vaga un poco por las callejuelas hasta encontrar la librería. La fachada hace chaflán y los canalones del tejado rematan en lanudas cabezas de perro. Mira alrededor, intenta recordar detalles arquitectónicos para cuando vuelva más tarde. Una panadería más arriba, una puerta de garaje pintada de rojo. Un alcorque vacío, un naranjo mustio, una papelera sujeta a una farola. Intenta mirar por las ventanas laterales, pero están cerradas por dentro. La puerta principal tiene una pequeña ventanita, no hay escaparate ni tela metálica, solo madera y una cerradura normal y corriente. Pega la cara a la ventanita, huele el barniz viejo y la pintura descascarillada. Una luz testigo alumbra dentro, oculta tras estanterías atiborradas y libros apilados en el suelo y cajas de cartón, y un gato pasa por la penumbra tenue y se esfuma al fondo. Nada indica un horario de apertura. Suspira y echa a andar de nuevo.

Tiene un aire de ejército en fuga, tan poca cosa como es. De ejército perdido cuyos generales han sido crucificados o decapitados a espada y recorre territorio extranjero, desconocido y desolado. Las gentes miran y ven el cuero y los metales y las botas gastadas y viejas y sienten un espasmo atávico, la presencia de una horda de la que esta persona es solo avanzadilla. Sus ojos son oscuros y sus mejillas se hunden de hambre, las enseñas son violentas y están hechas de huesos y palabras en lengua bárbara. Los pelos se le encrespan, resaltan las cicatrices y piteras viejas en el cuero cabelludo. Como las de quien ha peleado con frecuencia a pedradas, aunque en realidad no sea el caso. Es muy poca cosa, de verdad, muy poca cosa, incluso sabiendo de la navaja oculta, recosida en la solapa de la chaqueta. Se sienta en el murete del paseo marítimo a mirar el lubricán. Hay barquitos que navegan hacia levante, más allá del puerto deportivo. Por la playa pasean algunas personas, solas o en compañía de perros. Del cielo cae una luz que alfombra de resplandores el oleaje, un fulgor que se transforma en espuma y rompe blanco contra la arena. Saca de la mochila el diccionario de sinónimos y comienza el camino laborioso hacia la palabra que su cerebro no es capaz de aprehender, la palabra vedada y que no puede ser sabida, que solo logra expresar mediante opuestos. Lo contrario a que la sangre se te quede quieta en el cuerpo, esa es la palabra que busca. La palabra que expresa una especie de contramuerte. Tiene que ver con el corazón.

Un hombre llega caminando desde la arena. Lleva un abrigo que le queda grande, medio abierto, y unos pantalones de pana viejos. El pelo castaño mal distribuido por la cabeza, la cara enjuta. Hola, dice. Yo me llamo Ginés.

No sabe qué decirle durante un par de segundos y acaba diciendo: Hola, Ginés.

No te conozco, dice el hombre. Debe de tener unos cuarenta años. Los ojos acuosos, enrojecidos, como si viniera de bañarse o de no dormir.

Es que no soy de aquí.

Ah. ¿Cómo te llamas?

Mirtha, dice ella.

¿Marta?

Mirtha. Con hache intercalada.

Ah. ¿Puedo hacerte una pregunta?

Ella no responde. Pone el pulgar dentro del diccionario, para no perder la página. También estira las piernas por si tiene que correr.

¿Has visto alguna película del director de cine David Lynch?

¿Cómo?

El director de cine David Lynch, ¿no lo conoces?

No estoy segura.

El hombre frunce el ceño, reflexionando. Creo que lo recordarías, dice. Si hubieras visto alguna película suya, digo. Yo vi una hace unos años en la tele y desde entonces estoy bajo su constante ataque psíquico.

Oh, vaya.

Eso es lo que me dice todo el mundo, dice el hombre, asintiendo. Algunas películas son muy peligrosas. Es cine émeca ultra. ¿Puedo recomendarte tres cosas?

Ella se encoge de hombros.

Primero, que no veas ninguna película del director de cine David Lynch. Segundo, la meditación. Tercero, el yoga.

Lo tendré en cuenta.

¿Quieres ver mi perrita?

¿Eh?

Mi perrita.

Bueno.

El hombre baja del todo la cremallera del abrigo y tira de la solapa para abrirlo. Una cabeza de chihuahua asoma del bolsillo interior, con la lengua fuera, casi sonriendo. Es que a esta hora tiene frío, dice el hombre, como es tan pequeña.

¿Cómo se llama?

Pichurra.

Hola, Pichurra.

La perrita agita las orejas puntiagudas y sigue jadeando.

Es muy bonita, dice ella.

Sí que lo es, dice el hombre. Ya no te molesto más. Buenos días, Marta.

Buenos días, dice ella. Lo mira irse por la playa otra vez y cuando está lejos saca el pulgar del diccionario y camina ella también por la arena y se acerca a la línea del agua, justo al límite del avance de la marea. Se queda allí, pensando, incapaz de llegar a la palabra, la palabra que tiene que ver con las venas y las arterias y lo que corre por ellas y que su cerebro es incapaz de pensar, la palabra que expresa esa ida y venida de las olas, como si las latiera un corazón. De ahí el rumor. Su silueta destacada contra el mar, como la del tirano en el campanario sin campanas, es el negro garabato de un lechuzo.

Los juegos fúnebres

Uno

Esta es una historia conocida, tanto como los páramos en los que sucede. Tierra batida por la lluvia y por el viento, inundada hasta su corazón de roca, retorcida en una lenta espiral hacia el océano como la huella de un tornado. Era buena tierra para nosotros pero no para ellos, así que pensábamos que no prosperarían. Nos gustaba sentarnos en sus pechos durante la noche y silbarles pesadillas, mientras sobre nuestras cabezas traqueteaban los amuletos y fetiches, los huesecillos de pájaros sagrados, los escrotos curtidos de bestias secretas, llenas de magia todavía más oscura e inútil. Hace mil años. Hace diez mil años. No sé. Antes del hierro, eso seguro. El olor de la humanidad, que nunca habíamos percibido antes. Olían a estiércol y leche agria. A aguja de hueso. Mis grandes narices en el cuello de la mujer dormida. Mis enormes pies de pájaro hollando su vientre hambriento. Silbé la más sencilla de mis canciones, que llena la cabeza de sueños geométricos, de anhelos simétricos, de estructuras efímeras que se alzan hacia los firmamentos del mundo. La mujer se agitó sin lograr despertar. Seguimos silbando hasta al amanecer. Vi a un duende cambiar de sitio un cubilete de cuero, a otro extraviar un collar de conchas marinas. Vi a un hada orinar en el rostro de un hombre dormido.

El viejo Mmton, cubierto de musgo y con el rostro de piedra gris, dijo: Serán buenos, buenos para nosotros, levantarán templos y monumentos a los Poderes y bailaremos con ellos y nos rendirán pleitesía y cederán sus cuerpos para nuestro capricho. El viejo Mmton movía los doce largos dedos de sus manos, tamborileaba el suelo con los ocho gordos dedos de sus pies. Dijo: Será como antes, como con Los Que Estaban Primero, el baile y la carne y juntar lo suyo con lo nuestro y dejaremos de desaparecer en el mundo.

Ninguno de nosotros creía que fuéramos a desaparecer del mundo, solo él, pero los queríamos, los deseábamos, frágiles como eran, temblorosos como se nos presentaban, dormidos como cachorritos en un cubil, monos de cuerpo lampiño con herramientas curiosas. Los duendes las querían todas, tocaban las herramientas de piedra con sus picos de urraca. No podíamos imaginar lo que nos traerían, los horrores del futuro.

Fueron coronados reyes, aunque no lo supieran, y al final ellos, o más bien los hijos de sus hijos y los hijos de nuestros hijos, gobernaron las tierras del páramo, se llamaron dueños de todos los brezales y de todos los arbustos, de todas las plumas perdidas y de todos los arroyos y colinas y peñas peladas que salen como colmillos descascarillados de la tierra e incluso de ese árbol inclinado por el viento como un alma en pena, con ramas que piden clemencia a una instancia superior que no existe. Si iban a la guerra nos llevaban con ellos, dormidos en sus saquitos de pellejo de uro. Cuando alzaban la lanza nosotros la alzábamos con ellos. Yo lamía la punta de piedra con mi lengua atroz para darle veneno. Cuando bajaban la maza nosotros la bajábamos con ellos. Yo silbaba en su cabeza el regocijo del destrozo y silbaba también las canciones del fuego, fuego en las largas cercas de espino para el ganado, fuego en las chozas de los enemigos, fuego en la tierra, fuego hasta que se queme y se seque como el vientre de los ancianos. ¿Qué queríamos de ellos? Lo que nos daban. La sangre y el baile y el holocausto de los esclavos. Las rocas enhiestas, los círculos de poder, las mesas de piedra para los sacrificios y los interminables corredores hacia el interior del mundo. Alza tu templo, alza tu espada, cuenta los días, cierra los ojos, besa mis labios, silbaba en su oído. Soñaban sueños imposibles. Qué gran deleite. Se pintaban la cara de sangre para yacer entre ellos y con nosotros a la luz pringosa de las antorchas.

Hace cien mil años, quizá. Antes del hierro.

Dos

Manos de fuego, le decía el padre, manos de fuego. Porque se le rompían las cosas, se le resbalaban entre los dedos o forzaba su uso por la impaciencia, por el entusiasmo, que en ella eran indistinguibles de la furia. Afanada junto a la chimenea con la labor de costura. El hermano dormitando con cara de idiota. El padre severo, reflexivo. Tienes manos de fuego, Catherine. Ella intentando arreglar el roto, mordiendo el hilo, enhebrando la aguja con hilo más grueso, más fuerte. También pies de fuego, aunque eso no se lo decía el padre, eso lo pienso yo. Destrozaba el calzado de correr por el páramo. Como si buscara algo. Como si sintiera que le falta una cosa sin nombre. A ella fuimos a verla cuando nació. Rechinando los dientes en aquella casa llena de clavos, llena de herramientas, tenazas, atizadores, pezuñas herradas de yeguas muertas en los cimientos de la casa, un viejo rito contra nosotros que me clava hielo en las sienes y me hace llorar los ojos. Nos sentamos el día de su nacimiento alrededor de la cuna y la contemplamos como si no nos ardiera el corazón, como si no fuéramos casi transparentes. Era un bebé gordezuelo. Sentí tanta pena, pues a mí me habría tocado quedarme en su lugar. Pero estábamos tan débiles, tan débiles. El viejo Mmton ya no existía. Un hada dijo que iba a ser una mujer bellísima. Estaba a punto de echarse a llorar. Yo también. Hacía tanto tiempo que yo era nada, ni mujer, ni bellísima, ni cualquier otra cosa. No teníamos fuerza para tomar forma en ese aire que apestaba a hierro. Incluso allí en los páramos la civilización nos desangraba. Las hadas revolotearon sobre la cabeza del bebé y algunas plumas carmesíes tocaron su frente y luego se desvanecieron. Acompañamos al bebé toda la noche e intentamos que soñara con los palacios secretos a los que no podíamos llevarle. El viejo Mmton era el lector de nombres, así ahora me arrogué yo esa labor. Catherine, dije. Los duendes asintieron. Quizá podamos darle manos de fuego, dijo uno.

Tres

Encontraron el regato cuando ya eran dos. Malos como perros malos. Salvajes como perros salvajes. Analfabetos y con una aversión natural al hierro. También a la ropa. Mal vestidos en el temporal, ante el viento gélido y cargado de cristales de hielo. Los tobillos desnudos, los codos al aire, qué poco decoro y qué propio de una de los nuestros, aunque nunca llegáramos a poseerla. De él no sabíamos nada al principio. Leí su nombre en un fragmento de nuca descubierta entre los rizos negros. Ah, Heathcliff, dije. Consagrado a otros Poderes. Su magia era extranjera y proscrita. Magia cautiva, sellada por todo el cuerpo en dibujos incomprensibles y secretos. Que ni él mismo conocía. Te protegieron de nosotros, niño Heathcliff, que no queremos hacerte ningún mal. No te protegieron de las cadenas de los hombres ni de la fusta de los hombres ni de las botas de los hombres ni de los deseos de los hombres ni de la locura de los hombres. Nosotros te habríamos dado otras cosas. Pero los sellos eran poderosos y no sabíamos leerlos. Con Catherine será suficiente, le dije a todo el mundo. Se llama Heathcliff, deberíamos dejarle en paz. Yo no era el viejo Mmton. Creo que no me hicieron caso.

Alguno de ellos los guió al regato, lo sé, un hada, un duende, una hamadríade atada al brezo, un fauno, una dísir borracha, cualquiera, podría haber sido cualquiera. Estaba en su derecho y si supiera su nombre lo castigaría por despecho, por rabia, por celos, por no haberlo hecho yo mismo, pero no porque no tuviera derecho a hacer lo que hizo. Mover la brillante pluma de zorzal en el aire, hacerla bailar ante Catherine. Heathcliff allí también, como agazapado, como un zorro, como un lobo, como una jineta, para saltar sobre ella. Se mordían, cuando nadie miraba. Sobre la ropa todavía. Que deseaban morderse la cara, morderse la piel, lo sabía cualquiera que los viera pelear y revolcarse entre las matas. Nosotros siempre estábamos allí, mirando. No había mucho más que hacer. Los palacios estaban vacíos. Nuestros apetitos apagados. Mirarlos a ellos era lo más parecido a estar vivos. Muérdele la cara, pensabas. Muérdele los dedos. Como si estuvieras en la guerra de nuevo, venciendo al invasor, conquistando al manso. Llénate la boca de carne enemiga, Catherine, enciende tus manos de fuego, llévame en un amuleto de piel humana junto a tu corazón.

La pluma flotó hasta el regato oculto, que arrastraba todavía barbas de hielo. Catherine la persiguió, el pelo adornado ya con otras plumas de petirrojo, de paloma torcaz, de garza, de herrerillos y carboneros, ocultas también entre la ropa. Si el plumaje fuera moneda de uso común Catherine podría pagar pasaje en todos los barcos y hacia todos los destinos, ningún capitán rechazaría su fortuna y de inmediato engalanaría el mejor camarote para ella. Hay en Catherine ya, tan joven, un deseo frustrado, un anhelo amargo, un entendimiento de lo imposible. Jamás conocerá el mundo más allá del páramo. Lo sabe dentro de los huesos. Por eso muerde.

El agua iba a dar a una losa rota de piedra blanca, incrustada de líquenes y arañada de zarzas, por entre cuyas grietas el regato se transformaba y perdía su condición para entrar en un agujero. En la base de un montículo herboso por el que habían pasado docenas, centenas de veces, sin ver losa o regato o agujero. Catherine cogió la pluma del agua y sopló para secarla y ambos se acuclillaron y miraron hacia la oscuridad interior. Todos contuvimos el aliento. No me gusta, dijo él, en cuya piel vibraban suave los sellos extranjeros, la magia distinta que nos impedía besarlo. Ella no dijo nada, se mordió el labio, se mordía mucho el labio, hasta destrozarlo, hasta dejarlo hinchado, despellejado, roto, encostrado de sangre. Sus ojos sí vieron algo en la oscuridad del agujero. Sigue, murmuró, sigue hacia dentro. Él negó con la cabeza. Te digo que sigue, dijo ella. Sigue y sigue y sigue…

Vámonos, dijo él.

Vale, dijo ella.

Todos exhalamos con amargura, como un único cuerpo, un caballo que agoniza en el establo abandonado. Los miramos marchar, apareciendo y desapareciendo en la ondulación del terreno, entre charcas y ciénagas y ajenos a la sombra de los pájaros y al último reducto de magia auténtica en Inglaterra. Un duende llamado Rnas se arrancó los ojos del disgusto. Hubo llantos y gritos y aullidos de lobo. Yo quería arañarme la garganta y echarme a llorar, pero no lo hice porque alguien tenía que guardar la compostura.

Todavía no entrarán, dije, falta para eso. Serán necesarias más peleas, más mordiscos, más brasas en la carne, quemando despacio, despacio, cada vez más encendidas al contacto con el otro cuerpo. El deseo busca escondrijos, madrigueras, agujeros.

Cuatro

Al otro lado de las colinas, invisibles para los ojos humanos, se producía la última migración de vampiros, una hilera triste de caras pálidas y telas negras. Expulsados de otras tierras por la llegada de ingenios mecánicos y pesadillas articuladas, repugnantes aleaciones de hierro, el silbido del vapor y el calor de los hornos. Estos vampiros son delicados, son algo que se sueña al filo de la vigilia, no pueden resistir. Milenios bajo los aleros de las casas, a la sombra de los chapiteles de las iglesias o abrazados a las gárgolas de las catedrales. Se van para no volver. Se precipitarán al océano. Ojalá los hubieran visto ellos dos para que pudieran comprender la tragedia de nuestro pueblo, pero todavía no tenían los ojos necesarios. Con sus ojos velados solo se veían entre ellos, todo lo demás era niebla, de igual manera que con las bocas solo podían sentir la otra carne, todo lo demás desprovisto de sustancia y de sabor. Doce años. Yo tengo mil veces esa edad. Un millón de veces esa edad. Solo quiero que lata de igual manera mi corazón. Los clavos de los zapatos me hacen perder la cabeza de dolor y pena.

Cinco

Nos reunimos a pensar qué hacer. Hubo quien propuso olvidarlo todo, dejarlos en paz. Tenía razón. Nada podíamos ganar aquí. Éramos como emperadores que mendigan en una ciudad extranjera, medio locos, medio ciegos, recibiendo monedas con nuestra propia efigie. Nosotros gobernamos el páramo, cabalgamos estos cuerpos, arreamos la sangre en venas y arterias, sentimos su pulso como propio. Y ahora seguimos a dos niños que corretean por el campo. Decía esto el hada con voz muy grave. Se cubría con las alas negras para que no le viéramos el rostro. Yo fui Reina del Verano y Reina del Invierno, ¿qué son ellos? Dos bestezuelas, dos potrillos, dos gazapos, ¿qué pueden ofrecernos? Yo digo que los olvidemos. Yo digo que jamás volvamos a pensar en ellos. Yo asentía. Todos asentimos. Decía la verdad. Pero no se llegó a ninguna conclusión. No queríamos llegar a ninguna conclusión. Estábamos enamorados. De él y de ella. De Catherine Manos de Fuego y de Heathcliff Ojos Oscuros. Pobres de nosotros. Enamorados por completo. De los pies a la cabeza, de la piel invisible a las tripas escarlatas, arrasados de amor.

Estaban ya condenados, en mi opinión, pero desde luego nosotros no les dimos ninguna paz de espíritu. Fueran donde fueran íbamos con ellos. Nos reuníamos por cientos en los tejados de la casa durante la noche, unos cantaban, otros silbaban, todos decíamos sus nombres a la luz de las estrellas. El polvo de hadas exalta y enloquece. Es como estar aquejado de una leve fiebre, de una trepidación en el pulso. Te queman las ganas. Te arden las ansias. Al borde de una revelación, de una epifanía, algo que esconde el propio cuerpo. Como relámpagos retenidos, a punto de desatarse. Los perros nos detestaban. Los gatos nos son más afines, pero no hay gatos en el páramo. Ladraban y ladraban las rehalas cazadoras, los hijos de los hijos de los hijos de los hijos de los sabuesos que devoraron a Acteón.

Seis

Bajo el viento que éramos, en compañía de esta corte invisible, solo podían crecer torcidos. No podían estar separados pero tampoco podían estar juntos sin pelearse, sin discutir, sin pellizcarse, sin golpearse, no sabían acariciarse así que se tiraban del pelo, se mordían, se apretaban el uno contra el otro, combadas las espaldas, las piernas entre las piernas, hasta que se les cortaba el aliento de un fogonazo blanco y lograban separarse, manchados de barro y hierba, empapados, jadeantes, perdidos, llorosos, magullados, con una comprensión pequeña de lo sucedido. Unas gotas de agua que caían en un pozo de sed eterna. Habría que volver a hacerlo. Solo conseguían una tregua, una paz transitoria. En una ocasión ella rabió tanto, de ansia, de ansia desollada, de nervio, de nervio desnudo, que le tiró una piedra a él y le hizo saltar sangre entre los ojos oscuros. Luego se arrepintió y lloró y restañó la herida como pudo, tocando los rizos apelmazados de lluvia, y se lamió los dedos ensangrentados y le lamió los labios y le lamió los párpados y él también se introdujo los dedos de ella y los lamió y los lamió mientras se desataba el vendaval y los mares de hierba se sacudían como nos sacudíamos nosotros de éxtasis. Estaban perdidos desde el principio, os digo, es todo lo que puedo alegar en nuestra defensa.

Siete

Antes de la noche funesta en la Granja de los Tordos visitaron por fin la cripta de los reyes de Inglaterra. Con un platillo de aceite y una larga mecha hecha de trapos. Se internaron más allá de la losa rota. Con el agua hasta los tobillos, las coronillas rozando la mampostería tosca del túnel. Cogidos de la mano, los ojos muy abiertos. La luz temblorosa se abrió en la estancia secreta. Pebeteros y timiaterios a lo largo de las paredes, a los pies de la escalinata. El altar todavía en sombras. Ella llevó el fuego a la madera petrificada y la hizo prender al instante, el último hechizo de los brujos. Él tomó un tizón y encendió más fuegos. El humo perfumado se elevó hacia respiraderos en las tinieblas. Las llamas iluminaron los esqueletos, arrancaron brillos viscosos a las joyas y los oros, las lágrimas de rubíes y esmeraldas y zafiros que chorreaban por los rostros demacrados, que dibujaban surcos como escarificaciones minerales en los cráneos pelados. Las costillas anilladas de plata, las falanges flacas engarzadas de perlas. Collares ceñidos a las vértebras, gargantillas enredadas, coronas de brezo y vides doradas. Ocho reyes y reinas en armaduras de cuero pintado, con espadas de piedra y lanzas de cuerno, con botas de piel de fiera, con las dentaduras bañadas en oro. Una fortuna en el mercado vulgar de las ciudades, suficiente por sí sola para pagar una guerra contra todos los países enemigos. De aquí nacen imperios. Ellos solo lo miraron cogidos de la mano y eso que las manos de ella ardían, estaban en llamas. Catherine, tus manos, mírate las manos. Heathcliff, mira, mira tú también. No sé si lo vieron, pero allí aprendieron a acariciarse. El fuego de ella borró los sellos de él, para nuestro regocijo. Ahora también podríamos tenerlo. Cómo bailamos. Cómo aullamos. Mientras aprendían. Sus manos se movían como un incendio por la hierba amarilla. También se mordieron porque no sabían no morderse. Los duendes treparon con sus coloridas pieles de lagarto por la espalda de él para beber el sudor, las hadas les hicieron máscaras rojas y negras con sus alas, y yo quería, qué quería yo, quería dejarles mis huellas de pájaro por el cuerpo entero, escurrir mi lengua salvaje entre ellos, y agitaba mi cabeza de salamandra de anhelo y frustración, me retorcía las manos huesudas y secas, desplegaba como penachos de pluma las crestas nervudas de mi lomo. El sacerdote que no participa del oficio, que no puede entregar la comunión. El heraldo de las sombras que en las sombras permanece.

Alza tu templo, dije. Alza tu templo, dijo ella.

Alza tu espada, dijo un hada. Alza tu espada, dijo él.

Cuenta los días, dijo un duende. Cuenta los días, dijo ella.

Cierra los ojos, dijo el espectro de la reina. Cierra los ojos, dijimos todos.

Besa mis labios, dijo ella. Besa mis labios, dijo él.

Ocho

No hay pacto más terrible.

Nueve

Yo maté al perro que mordió a Catherine. Le dejé verme un instante. En el aire fino de la madrugada, chirriando los dientes como si tuviera la boca llena de arena, reuní todo lo que pude, cada brizna de mí, cada ápice insignificante que flotara en el aire y que alguna vez fuera mío. Al perro le sangró el hocico a chorros y murió con los ojos desorbitados y la lengua por fuera. Yo quedé como arrasado, como lavado con ácidos en una tina de alquimista. Me arrastré luego por la hierba, lejos de la Granja. Ella estaba dentro. No podíamos alcanzarla. Heathcliff tampoco, lo zarandearon y lo humillaron por sus ojos oscuros, por su aspecto de gitano o extranjero. Aquella era una casa del hierro habitada por gente del hierro. Lo vi pasar con los hombros cargados de duendes enloquecidos, que no hacían más que susurrarle venganzas. Recupérala. Tráela de vuelta. Es nuestra. Es nuestra. Es nuestra. Quise gritar pero no me quedaba voz. Me envolví en mis propias babas para dormir. Al raso, como los peregrinos. Y como los que se han extraviado en territorio desconocido.

Diez

Cuando desperté caía aguanieve. Salí de la crisálida azul y me senté a comer los pedazos mientras miraba el paisaje helado. Dejé que me empapara el tiempo. Habían pasado varios años. Unos duendes triscaban cerca y grité sus nombres. Me miraron sin curiosidad. ¿Dónde están?, dije. Se volvieron locos, si es que no lo estaban ya. Patearon el suelo, se mesaron los cabellos. Aquejados de esa demencia tan particular que obliga a hablar solo con rimas y enigmas. Ah, Linton, decían, perro de hierro, rata de lata, mono de lomo, corzo de escorzo. Tardé mucho en comprender lo que pasaba. Catherine vivía en la Granja con un pusilánime. Heathcliff la había abandonado durante tres años. Y, lo peor, saqueó la cripta y cambió el oro sagrado por oro vulgar. Se fue y volvió, dispuesto a vengarse de todos. ¿De todos?, dije. De todos, dijeron. ¿Pero se quieren?, grité. ¿Todavía se quieren? Los duendes se fueron corriendo en todas direcciones, aterrorizados solo de plantearse semejante pregunta.

Por la noche el viento racheaba, ráfagas de nieve se estampaban contra las suaves colinas, se acumulaban montones y montones en las ciénagas congeladas. A mí eso no me importa. Fui a Cumbres Borrascosas y desde la rama de un árbol que se retorcía en la ventisca observé a Heathcliff dibujar hechizos a la luz del fuego. El pentagrama, los cirios negros. Suspiré. Más tarde, quizá al año siguiente, quizá esa misma noche, no recuerdo, no puedo saber, por supuesto que yo estaba loco también, fui a la Granja a llorar y contemplar a Catherine, que desgarraba un almohadón y se llenaba la boca de plumas de ganso. Quizá por eso me confundo, como si estuvieran ambos en la misma tormenta blanca y fría, en la misma noche interminable. Él ahorcando a un cachorro en la verja, ella golpeándose la cabeza contra la pared. No se ve nada dentro de la ventisca. Caminas y caminas y te duelen los brazos y las piernas y las piedras bajo la nieve nueva te abren las plantas de los pies y el hielo en la nieve vieja te raja las manos al tropezar. Vuelcas los muebles, corres hasta vomitar, estrangulas a una criatura al azar. Yo no fui, pero también se lo hubiera silbado dentro de la cabeza. Mátalo y déjalo ahí para que lo vean, Heathcliff. Que ella lo vea. Que ella lo vea.

Qué horror. Ojalá me muriera ahora mismo.

Once

No nos interesaron los hijos. No nos interesaron sus historias. Ni antes la de los padres, ni la de los maridos y las esposas, ni la de los criados y criadas, ni la del mirón que vino luego. A ese solo lo asusté silbándole un sueño terrible. Por capricho. Porque no soy bueno. Ninguno lo somos. Qué me importa a mí la que se llamó como ella si no es ella. Los pocos duendes y las pocas hadas que quedábamos solo vivíamos para la que tenía manos de fuego y el que tenía los ojos oscuros. El día de su muerte, ay, el día de su muerte. Me rompiste el corazón, dijo. Me has matado.

Y yo sentía que me hablaba a mí. A mí, en cuyo nombre y en el de los Poderes a los que represento se han saqueado ciudades de barro y piedra, se han decapitado bueyes por cientos en una sola jornada, hasta que la tierra rebosaba sangre y el fango rojo cubría a mis siervos hasta la cabeza, se han quemado inciensos y tesoros para mí en mesas de piedra tan negras que parecían sacadas de una noche sin estrellas, se han descuartizado personas por voluntad propia en luminosos ritos diurnos y príncipes y princesas se han lanzado a abismos vestidos de blanco y coronados de flores solo para complacerme en el día más largo o se han prendido fuego en jaulas de mimbre en la noche más larga, a mí, que he aceptado títulos como Padre De Todos, Corazón del Bosque, Duque del Inframundo, Sol Invicto, que estoy aquí desde mucho antes del hierro, un millón de años antes del hierro, y solo quise arrojarme a los pies de él y a los pies de ella y pedirles llorando, aullando, chillando, que me dejaran habitarlos, que me dejaran ser suyo, arráncate un ojo y llévame en la cuenca vacía, enroscado como los fetos, córtate la lengua, déjame hundirme en tu saliva caliente, te daré los dones de la visión y del habla, desharé los velos y la maldición babélica para ti, solo por el privilegio de estar en tu interior, Catherine, de estar dentro de ti, Heathcliff, arráncate el corazón y llévame en el hueco y haré de ti el general más despiadado y te daré los ejércitos más salvajes, se los pediré a los Poderes y los Poderes me los darán para ti, para vosotros, Catherine, ¿no quieres acariciar el mundo con tus manos de fuego? Heathcliff, ¿no anhelas verter la oscuridad de tus ojos en las tierras baldías? Dejadme lamer vuestros pies, dejadme lamer la palmas de vuestras manos. Os daré el dominio sobre todo lo que existe. Como era antes del hierro.

Doce

En ese instante, o quizá unos años más tarde o quizá mucho antes, antes de que hubiera allí un cementerio, me filtré en la tierra y llegué hasta los ataúdes abiertos y el revoltijo de huesos, los indistinguibles esqueletos de ella y de él, y me enrosqué para dormir. Al cabo de una hora o de mil horas supe que el sueño jamás vendría, así que saqué mi pérfida lengua de la boca y me dispuse a morderla.

Trece

Y así lo hice.