Francisco Serrano

Monstruos y naves espaciales

Invierno de Lamia: Ocho

Soñó que estaba en el bosque y se movía por las ramas de los árboles. Veía sus extremidades negras y amarillas moverse entre las hojas oscuras y si se quedaba quieta era como una rama más. Comía pájaros pero los pájaros se perdían en su hambre como en una caverna infinita, comía murciélagos y comía ratones y comía búhos y los sentía caer al interior de un pozo muy profundo, un eco apenas, una brizna de tibieza en su corazón. Bajó de los árboles y caminó por el suelo y metió los dedos en una madriguera y sacó por la cola una rata enorme y gris y la tragó y no sintió apenas su calor. Al pie de un árbol caído encontró un zorro que agonizaba atrapado en un cepo. Se movió a su alrededor, con cuidado, subiendo y bajando de las ramas, avanzando un suspiro cada vez, el zorro desorbitaba los ojos y enseñaba la lengua llena de espuma y le cantó para dormirlo y le tomó por la cola y tiró de él pero no se movía. Tiró más fuerte y el animal gimió en sueños. Se acercó un poco, se acercó un poco más, el olor de la sangre y de la piel y del calor lo llenaba todo, el olor del cepo pequeño no le gustaba, un olor afilado, un olor lleno de aristas, pero el olor del zorro todavía era bueno, todavía latía el corazón, todavía era un olor cálido, aunque no por mucho tiempo. Se acercó más, tocó el cepo para soltar la pata del animal y saltó el otro cepo que estaba escondido bajo la tierra, mucho más grande, y que olía a animal de las praderas y madera podrida y giró sobre sí misma, el zorro se partió por la mitad, el cepo pequeño acabó colgando de su cadena en unos arbustos, y giraba y giraba y la cadena del cepo grande se le enredaba y subió hasta lo más alto de los árboles y escuchó el crujido de la cadena al arrancar el ancla del suelo y allí, en la copa de un álamo, se lamió el brazo y lamió el acero y lo recorrió con la lengua, tocando, pulsando, los muelles, los resortes, los engranajes, aflojó los tornillos de manera meticulosa, pellizcó con sus largos dedos las mandíbulas de acero hasta separarlas y arrojó el cepo al bosque. Estuvo muy quieta, lamiéndose el brazo, contemplando el bosque desde lo alto y escuchó a los perros ladrar, los perros de las praderas, y se encaminó hacia el más cercano. Se movía muy deprisa por el suelo llano, tanto como por las ramas, trote de araña, y llegó a la casa del perro ladrador, un mastín enorme atado a la puerta del gallinero. El perro la sentía, la sentía desde muy lejos, así que cantó la canción correspondiente y el perro dejó de ladrar y cabeceó y dio un par de vueltas sobre sí mismo y se quedó dormido. Lo tomó en sus manos, en los que apenas cabía, y rompió la cuerda, y lo sopesó un instante, tan grande, tan caliente, tan vivo, ella, que solo comía pajaritos y ratoncitos porque era pequeña, muy pequeña, abrió la boca, la abrió tanto y era tan oscura que absorbía incluso la luz de luna y estrellas, y tragó al perro y notó su calor, por fin calor auténtico, entrar en ella y extenderse por su frío, a lo largo del vientre y el lomo, por las extremidades interminables y gélidas, calor, algo de calor, e Irene, en su cama, abrió los ojos.

 

***

 

Irene salió de la cama, agarrándose el estómago. La boca le sabía a pelo de perro y sangre. Caminó doblada sobre sí misma por la casa llena de gallinas dormidas y echó un vistazo a la habitación grande, a las camas de su madre y su abuela, también dormidas. El perro de Galina la miró, tumbado junto a los rescoldos de la chimenea. Aguantando las náuseas logró quitar los cerrojos y salir fuera. Cubierta de sudor, temblando bajo el camisón, avanzó unos metros y vomitó en la hierba. Un sabor de bilis, mejor que el sabor del perro. Había notado al perro en su garganta, en la garganta enorme y fuerte, tan fuerte que le había roto los huesos al tragar, el chasquido de las costillas, el estallido del cráneo, el fluir de la sangre hacia el estómago, caliente, deliciosa y repugnante al mismo tiempo. Volvió a vomitar. No dejaba de sudar y temblar en el frío, con los ojos en blanco. Se golpeó la frente con la palma de la mano, al borde de la hipotermia. Todavía la sentía, casi alcance de la mano. Hizo un esfuerzo y volvió a ver por sus ojos. Estaba en el bosque de nuevo, en las ramas de los árboles. Era mucho más grande ahora, pero las ramas no se doblaban bajo su peso. Había una forma, una persona, en un calvero. Ataba algo a un árbol. Supuso que era Galina, que había vuelto al bosque, pero los ojos de la lamia, para los que cada pajarito estaba lleno de detalles y características irrepetibles, las personas solo eran siluetas oscuras, amalgamas de olores impropios, pieles muertas, metales, en su mayoría despreciables. Galina, te está mirando, dijo Irene con la boca pastosa. Galina, la tienes justo encima.

Volvió a la casa y cerró la puerta. Sacó de un baúl su ropa de trabajar en el campo, las botas, los pantalones bastos, el abrigo grueso, y se vistió a la luz de los braseros.

Irene, dijo una voz somnolienta desde la habitación. ¿Qué haces ahí?

Se acercó a la puerta de la habitación. Su madre la miraba desde las mantas. Nada, madre, dijo.

¿Por qué estás vestida?

Afuera ya amanecía. Las gallinas empezaban a cloquear, el perro se estaba estirando junto al fuego. E Irene cantó. La canción le salía de dentro del pecho y no tenía palabras, era como un ronroneo, como un enjambre lejano de abejas. Las gallinas escondieron las cabezas bajo las alas, el perro se tumbó de costado.

¿Irene?

Voy al bosque, madre, dijo, pero volveré.

Su madre cerró los ojos y se quedó dormida.

Invierno de Lamia: Siete

Galina volvió del bosque empapada y pálida, las pieles de cíbolo llenas de cristales de hielo en formación, el rostro quemado por el frío allí donde el pasamontañas lo dejaba descubierto. Se sentó junto al fuego y cuando Irene le preguntó por lo que había hecho en el bosque no quiso hablar. Señaló la estantería de los libros. ¿Qué tienes ahí?, dijo.

Son las historias.

Enséñamelas.

Irene cogió una pila de libros y se la llevó. Mi abuela era maestra en la escuela, le dijo. No en la que hay ahora, en una que hubo antes. Antes de la guerra, cuando era muy joven.

El padre de nuestro padre fue soldado en esa guerra, dijo Galina. La guerra del imperio, lo llaman.

Porque antes de la prefectura había un imperio, dijo Irene.

Algo así, sí.

Estas historias son de romance y estas historias son de aventuras, dijo Irene, tocando con los dedos las portadas adornadas, los oros y los esmeraldas y granates desvaídos por el tiempo y las manos. Este libro gordo no es de historia, es de dibujos. Mira, tiene dibujos de todos los animales del mundo, incluso algunos que ya no existen. Leones, jirafas. Pero también tiene animales normales, como los cíbolos o los ciérvoles.

Irene le mostró la ilustración de una manada de cíbolos pastando en las praderas, las cabezas pesadas, el pelaje duro y largo.

¿Sabes leer?, dijo Irene.

Un poco, dijo Galina.

Aquí dice que también se llaman bisontes, pero que en realidad los bisontes son un animal antiguo que desapareció.

Desaparecieron muchos animales con el viejo mundo, dijo Galina. Y aparecieron otros nuevos.

Irene asintió. Estos me dan miedo, dijo. Los cinos.

La ilustración mostraba a una criatura del tamaño de un niño subida a la rama de un árbol, rostro de perro, pulgares oponibles, vestida con unos harapos a modo de chaleco.

A estos los he visto, dijo Galina. Los del norte son blancos y tienen el pelo espeso. Los del este con más pequeños y tienen el lomo cubierto de cerdas afiladas, como un puercoespín. Se les puede amaestrar y hablan como los loros. Los utilizan en la guerra. No me gustan nada.

¿Quién los usa en la guerra?

Los otros, dijo Galina. Los otros.

Siguieron pasando páginas, vieron ilustraciones de guerreros del sur cabalgando cebras, lagartos brillantes y serpientes emplumadas de junglas remotas, salamandras de montaña grandes como una persona y color rubí y obsidiana.

Te pagan buen dinero por las salamandras, dijo Galina, pero cada vez es más difícil encontrarlas. Hay que subir muy arriba en las montañas y es peligroso. No tienen dientes, pero si te muerden te puedes dar por muerta. Te arrastran al fondo del lago o del arroyo y luego te tragan entera.

¿De verdad?

Sí.

¿Tú has cazado muchas?

Un par. Ya te digo que son difíciles de encontrar.

¿Son malas?

No más que un cíbolo en estampida, pero los científicos pueden hacer muchas cosas con sus glándulas y con su piel.

Ah.

Galina se quedó callada. Cerró el libro y lo puso en la pila con los demás. Irene, dijo. Tienes que tener cuidado.

¿Con qué?

Con el bosque.

¿Por la lamia?

Sí, pero no solo con la lamia. Está pasando algo extraño, algo que no me esperaba.

Metió la mano en el bolsillo y sacó un saquito chamuscado. A Irene le llegó un olor grasiento, fuerte. ¿Qué es eso?

Galina le enseñó el contenido. Es hierba negra o hierba del diablo, dijo. Crece en el oeste y produce sueño, pesadillas y alucinaciones. Aquí está en forma de pasta. ¿La hueles?

Sí, huele mal.

Si alguna vez la casa huele a esto, si hay humo cargado de este olor, tienes que ponerte a gritar y despertar a todo el mundo.

¿Por qué?

Porque si respiras este humo mucho tiempo te quedas dormido y no hay quien te levante. Y cualquiera podría meterse en casa y llevarse lo que quisiera. Antes de volver del bosque fui a la casa de los pescadores. Sigue abandonada. Me colé bajo los tablones de la casa y encontré un montón de ceniza entre los postes. Alguien había quemado allí hierba negra para dormir a los habitantes de la casa, ¿entiendes?

¿La lamia?

La lamia no quema hierba negra, no le hace falta. Ella conoce las canciones que duermen. Pero alguien que quiere hacerse pasar por la lamia…

¿Dónde has encontrado ese saquito?

En una casa del bosque, dentro de una estufa. Alguien se subió al tubo de la chimenea, dejó caer un saquito en las brasas y lo tapó para que la casa se llenara de humo. Pero quizá quemó demasiado y les produjo alucinaciones e histeria o quizá había alguien despierto, el caso es que apagaron la estufa con un cubo de agua. Y quien sea que sea que estaba arriba bajó y los mató.

¿Para qué?

Para llevarse a una niña. Es una cabaña perdida en el bosque, así que no se tomó tantas molestias y dejó los cuerpos allí, de cualquier manera…

¿Qué les hizo?

No quieras saberlo, dijo Galina. Pero está claro que no es una persona normal. Volveré al bosque mañana y lo buscaré. Tiene que ser un agente de los monstruos y he de pararlo antes de que cause más daño. Solo después podré ocuparme de la lamia. ¿Has vuelto a tener sueños?

Algunos.

¿Cómo eran?

No los recuerdo bien. Muy fríos.

Tienes que prestarle mucha atención a tus sueños.

Ahora son diferentes. Antes pasaban otras cosas, soñaba más lejos… No sé qué he querido decir con eso.

Es porque eres como una antenita de radio. Antes podías recibir muchas señales, ahora solo recibes la de la lamia… ¿Sabes qué es una radio, no?

Sí. ¿Pero por qué tengo estos sueños?

En mi opinión, porque fuiste engendrada bajo las fiebres de la lamia, dijo Galina. Algo de lo que ella es quedó en nuestro padre para siempre y te lo pasó también a ti. Cuando padre murió vio cómo se escurría de él. Como una sombra azul. Le brotaba de las cicatrices viejas. Algo que subió al cielo y se desvaneció.

¿Yo también tengo eso dentro?

Galina le tocó la cabeza. No te preocupes por eso, tú estás bien, le dijo.

Irene titubeó. Galina, dijo.

¿Qué?

¿Qué es un puercopespín?

Invierno de Lamia: “Seis”

Seis

Cuando los oficiales llegaron su madre les hizo pasar dentro de la casa. El oficial del bigote se quedó plantado en el centro de la estancia, mirando hacia el fuego, e hizo chasquear los nudillos, pensando.

¿Dónde está la muchacha?, dijo.

¿Has venido a por ella?

No, solo quiero saber dónde está.

Se fue al bosque ayer.

El oficial asintió. Mejor, dijo. No sé si mejor para ella, pero mejor para vosotras.

¿Sabes lo que pasó?

El tabernero mandó a su hija para avisarme de que unos trabajadores de las turbas borrachos habían estado hablando de venir a por la muchacha y darle una lección y que habían salido en carro del pueblo, dijo. Los encontré a medio camino, cuando volvían. Mira, tengo que reconocer que era lo último que me esperaba. Yo ya venía con la idea de tener que descolgar a la muchacha de un árbol.

Sonrió. No querían contarme qué había pasado, dijo.

El otro oficial dijo: Pero nos lo contaron, aunque tuvimos que insistir un poco.

Luego querían que fuera a detener a la muchacha por atacarlos, dijo el oficial del bigote. Les expliqué con mucho cuidado que si vas a la casa de alguien a intentar llevarte a una persona a la fuerza mereces todo lo que te pase. Así que ahora están en el calabozo y mucho menos guapos que cuando los encontramos. No creo que a nadie se le vaya a ocurrir la misma idea, por lo menos de momento, pero vamos a pasarnos por aquí un par de veces al día, no solo por las mañanas, si le parece a usted bien.

Su madre asintió. ¿Qué ha pasado con el niño de los pescadores?, dijo.

Nadie sabe nada, dijo el oficial. Hemos rastreado el bosque, hemos detenido a un par de buhoneros de los alrededores, pero no sabemos nada…

Dejó la frase en el aire, como si supiera de sobra lo que había pasado y lo que cabía esperar.

 

***

 

Durmió en el interior de un árbol hueco, envuelta en piel de cíbolo, el rostro cubierto por un pasamontañas. Vio los troncos negros volverse blancos por el frío hasta relumbrar en la oscuridad, el pulso del mundo detenerse, todo inmóvil en la noche, ni un pájaro en movimiento, ni rata ni jineta en el lecho de hojas, los gusanos petrificados bajo la tierra, solo luz de luna y sombra. He aquí tu palacio, he aquí tus dominios. Al amanecer se arrastró fuera del árbol, la mochila a la espalda, el fardo al costado y colocó con los dedos enguantados un cepo en el sitio en el que había dormido, cubierto por cortezas y hojas. Olerá tanto a mí que quizá no huelas el acero. El bosque goteaba la escarcha nocturna. En unos días el invierno sería pleno y no habría diferencia para el hielo entre el día y la noche, solo esa capa gris o blanca como una segunda piel aterciopelada. Todavía eres pequeña, pequeña como un pato, pequeña como un meloncillo, aunque tu hambre sea inmensa. Trepó a los árboles y colocó cepos que olían a pluma y savia debajo de nidos congelados. Se introdujo dentro de madrigueras y dejó dentro cepos que olían a pelo y sangre. Entre las algas del arroyo puso cepos cilíndricos y en los zarzales ató hilos de acero a la manera intrincada de las arañas. Comió a media mañana sentada entre los cañaverales, tiras de carne seca que ablandaba en la boca con agua del arroyo. No hizo fuego. Sentía el cuerpo fundido en la envoltura de pieles, dedos de conejo, lomo de cíbolo, pies de caballo, rostro de lobo. El aire frío se le subía a la cabeza, le despejaba los ojos, iluminaba la penumbra constante, una claridad azul que no existía fuera de los lugares habitados por monstruos. Y supo, de repente, que había otra cosa en el bosque y no era lo que ella buscaba.
No fue hasta el atardecer, cuando ya había colocado todos los cepos, que encontró la casa, casi en las estribaciones de los montes y sierras del oeste. En parte cueva en un afloramiento rocoso, en parte cabaña de cazadores. Hedía a sangre y a personas. Un corral vacío, leña apilada, clavos oxidados asomando de los tablones del porche. No desenfundó el cuchillo ni tomó precauciones porque la historia que leía en los rastros, en el aire, ya era vieja. Dentro había tres personas muertas, abiertas en canal, desmembradas. Todo estaba revuelto y la estufa de hierro fría. Caminó entre los muertos rígidos, posando con cuidado cada pie lejos de los charcos de sangre negra. Las paredes eran de piedra y madera. Baúles volcados, ropa de adultos y niños, mantas y pieles raídas. Unas bragas. Examinó los cuerpos, un hombre, una mujer, un adolescente, desfigurados, mordidos, magullados. Una habitación con dos camas muy juntas, otra con dos camastros separados. Cuatro camas, tres cadáveres. Olisqueó los camastros, movió las pieles bastas, encontró un largo pelo castaño. La mujer muerta tenía el pelo negro. Notaba un olor característico en el aire, familiar, entreverado en los aromas del hacinamiento y la lenta putrefacción del invierno. La estufa tenía babas de escarcha y ceniza en la rejilla, la habían apagado con agua. Revolvió los trozos de carbón hasta encontrar un saquito de tela chamuscado. Dentro había plasta apelmazada y grasienta de color negro. Lo apartó de su rostro con un gesto de asco y guardó el saquito en un bolsillo. El tubo de la estufa subía hasta el techo. Trepó por el afloramiento rocoso, lleno de arbustos y maleza donde el viento había acumulado tierra durante siglos, hasta encontrar la salida del tubo. Ramas dobladas, hierba aplastada, pero solo en el descenso. Alguien muy cuidadoso que sabía no dejar rastros. Había subido despacio, había bajado deprisa. Se sentó en una roca y contempló el bosque desde arriba. Estuvo mucho tiempo allí sentada, esperando que algo sucediera. Pasó otra noche en el bosque y al amanecer volvió hacia la pradera.

Invierno de lamia: “Cinco”

Cinco

Los oficiales llegaron por la mañana y dijeron que había desaparecido un niño. El hijo de los pescadores, dijo el oficial del bigote, el que estaba enfermo.

Su madre negó con la cabeza. Galina estaba montando los cepos con los guantes de piel de conejo, sentada junto al fuego del caldero. Los oficiales la miraron desde los caballos. Les recomendaron abandonar la casa, ir al pueblo. En la casa comunal estaban acogiendo a la gente que no quería quedarse en las praderas o las inmediaciones del bosque.

¿Ha ido mucha gente?

Alguna.

Su madre miró de soslayo a Galina. Ella siguió montando los cepos, colocó un tronco en la hoguera con la punta de la bota.

No, gracias, dijo su madre.

El oficial sacudió la cabeza. No le quitaba los ojos de encima a Galina. Hay cosas que es mejor dejarlas estar, dijo. Hay cosas que solo empeoran si uno las incordia.

Galina dejó un cepo montado a un lado y comenzó a montar otro.

Tengan cuidado, dijo el oficial.

Lo tenemos, dijo su madre.

***

Es muy extraño, dijo Galina, muy extraño.

¿Por qué?, dijo Irene.

Demasiado pronto.

¿Se lo ha llevado la lamia?

Eso parece, ¿no? Eso parece.

Galina estaba caminando en círculos alrededor de la hoguera. Los cepos estaban preparados ya, cada pieza engrasada y aromatizada con engrudos pestilentes, listos para colocarlos.

¿Sabes dónde vivía ese niño?

Sí.

¿Me puedes llevar? No se lo diremos a tu madre.

Partieron a las dos a pie y siguieron la ribera arroyo arriba, seguidas por el perro. La casa de los pescadores estaba a más de una hora de camino, cuando llegaron la encontraron vacía. Era una estructura de madera levantada sobre pilares de piedra en una zona en la que el arroyo se filtraba en la tierra y se remansaba formando charcas y lagunas, llenas de ranas y cangrejos. Galina caminó trazando espirales cada vez más estrechas alrededor de la casa, entre los juntos y los carrizos. La tierra era blanda y conservaba las huellas. Ha pasado mucha gente por aquí, dijo. Caballos herrados, botas de oficiales. Mierda.

¿La lamia deja huellas?, dijo Irene.

No busco huellas de lamia.

De vez en cuando se quedaba mirando al perro, que olisqueaba los juncos tronchados y los regaba con unas gotas de orina. Está muy tranquilo, dijo Galina.

Examinó las paredes de la casa, las ventanas, miró cada tablón y cada tronco, los pilares de piedra, olisqueó hendiduras y recovecos.

¿Se lo llevó por la ventana? ¿Dijeron algo los oficiales? ¿Escuchaste algo más?

No dijeron mucho más, lo que oímos las dos.

No hay nadie en casa, dijo Galina. Subió al porche y empujó la puerta. Silencio dentro. Irene y el perro siguieron a Galina al interior. Una casa no muy diferente de la suya, pocas estancias, una chimenea con leña medio quemada y ceniza fría. Las mismas ristras de pimentos secos, las mismas ollas abolladas pero limpias. Galina aspiraba el aire, venteaba como un perro.

¿A qué huele una lamia?, dijo Irene.

No lo sé.

¿No llegaste a olerla?

Sí la olí, pero no lo sé.

La habitación de las camas pequeñas. Una deshecha, mantas por el suelo, otra un camastro desnudo.

¿Dormía solo?

Tenía un hermano, pero se murió hace tiempo.

Entiendo.

Se mueren muchos niños por aquí. Mi abuela dice que creían que yo me iba a morir también.

¿Ah, sí?

Pero cuando era pequeña, dijo Irene y las palabras la dejaron muda un instante, parpadeando en la penumbra de la casa, como si estuviera a punto de recordar algo.

Galina le puso una mano en el hombro.

¿Habías estado aquí antes? Dentro de la casa.

No.

¿Seguro?

Solo he pasado por delante, creo.

¿Esto no te recuerda a nada?

¿A qué me va a recordar?

A un sueño, por ejemplo.

No, no me recuerda a nada. Nunca he estado aquí.

¿Recuerdas lo que soñaste anoche?

Irene negó con la cabeza.

¿No? ¿Nada de nada?

Bueno, un poco.

¿Qué recuerdas?

Estaba fuera, en el campo, y tenía hambre y tenía frío.

Se llevó una mano a la boca y comenzó a mordisquearse los dedos. Galina se la retiró con cuidado y se arrodilló a su lado. ¿Qué más recuerdas?, dijo.

Tenía mucha hambre y… Comía. Solo comía.

¿No soñaste con un niño?

No.

¿No soñaste con esta casa?

No.

Bien.

¿Por qué iba a soñar con esta casa?

Galina le acarició el pelo. No te preocupes, dijo, pero voy a necesitar que me cuentes todos tus sueños.

¿Por qué sueño esas cosas?

Supongo que todo puede heredarse, dijo, hasta la fiebre y el frío.

***

Unos hombres llegaron a la casa al atardecer en un carro tirado por mulas. Su madre y su abuela estaban fuera e Irene las miró para ver si hacían algún chiste sobre los viuditos, pero estaban muy serias.

¿Dónde está Galina?, dijo su madre.

Estaba detrás de la casa, dijo su abuela, trasteando con sus cosas.

¿Quieres que vaya a buscarla?, dijo Irene.

No, tú estate quieta aquí.

Los hombres detuvieron el carro. Eran tres y aunque el viaje por el camino era frío tenían los rostros colorados. Bajaron y patearon el suelo y las miraron de lado.

Danira, dijo uno de ellos.

Ella no respondió. Se ajustó la chaqueta de punto que llevaba.

Venimos a hablar con la muchacha.

La muchacha no está, dijo su madre. Puedes irte por donde has venido.

El hombre carraspeó. No, mira, no, dijo. ¿Dónde está?

Donde esté no es asunto tuyo, te acabo de decir. Si quieres decirle algo me lo dices a mí y ya se lo diré yo a ella si me parece.

Uno de los otros hombres se rascó la barba. Estará dentro de la casa, dijo. Solo queremos preguntarle si sabe algo del niño.

¿Qué va a saber ella?

El hombre se encogió de hombros. Es la que anda todo el día por el bosque, dijo.

Queremos llevarla al pueblo, dijo el primer hombre, para que hable con los padres del pobre niño. Para que les explique qué anda haciendo con la lamia.

De mi casa no te vas a llevar a nadie.

¿Entonces está en la casa?, dijo el tercer hombre. Echó a andar y su abuela se puso delante. Irene se agarró a sus faldas y gritó. Apártese, señora, dijo el hombre poniéndole una mano en el hombro.

Danira, dijo el primer hombre, no hagas esto más difícil porque…

Galina salió de detrás del gallinero. Eh, dijo, eh, ¿qué pasa?

Todos la miraron a la vez. Galina encaró el trabuco con la mecha encendida y disparó sin dejar de avanzar sobre el hombre que estaba más apartado de las mujeres. El estallido hizo que las gallinas intentaran echar a volar contra las cañas del gallinero. El hombre se tiró al suelo con las manos en la cara y la camisa desgarrada. Galina hizo girar el trabuco en el aire, sujetó el cañón caliente con las manos enguantadas en piel de conejo y barrió con la culata a modo de maza la pierna del siguiente hombre. Irene escuchó el crujido de la rodilla, un sonido húmedo, de ligamentos y huesos y el hombre también cayó al suelo. El tercer hombre soltó a su abuela, tropezó con los caídos y rodó de espaldas. Galina lo siguió y le dio primero una patada entre las piernas, mientras se alejaba a cuatro patas, y después tres culatazos rápidos y precisos en los riñones. El hombre vomitó en la hierba, el rostro congestionado y los ojos llenos de lágrimas.

Os he preguntado que qué pasa, dijo Galina. El hombre que había recibido el trabucazo se estaba retorciendo en el suelo, sin quitarse las manos de la cara. Galina se las apartó y echó un vistazo. Solo es sal, tranquilo, le dijo. Solo te va a doler muchísimo.

Dejó que los hombres se arrastraran hacia el carro. Las mulas se habían espantado y alejado un poco por la pradera. Danira, ¿conoces a estos hombres?

Sí, dijo ella.

¿Habéis oído? Os conocemos, la próxima vez a lo mejor soy yo la que visita vuestra casa, le dijo Galina. Los hombres subieron de cualquier manera al carro, uno sujetó las riendas y les dedicó una mirada aterrada, la pechera y la barba llena de vómito. El pestazo a vino llegaba hasta la casa. Irene le leyó los labios, algo que dijo muy bajito, casi para sí mismo: Brujas.

A lo mejor no querían hacer daño a nadie, dijo su madre.

A lo mejor, dijo Galina.

Su madre lo pensó un momento. No, dijo. Más se merecían.

Invierno de lamia: “Cuatro”

Cuatro

Los cepos eran de muy diverso tipo. Había cepos para osos y cepos loberos y además cepos que no eran más que dos tiras en espiral de metal flexible muy afilado recogidas por un muelle, un cepo cilíndrico y articulado en cuyo interior un resorte liberaba cuchillas, cepos dentro de cepos, pequeños y grandes. Galina los desmontó todos e hizo una hoguera fuera de la casa. Sacaron el caldero más grande e hirvieron cada pieza, cada mecanismo, en un agua llena de plantas aromáticas, grasa, huesos de liebre, glándulas de alimaña y bosta de burro. Después colocó las piezas de manera ordenada dentro de las pieles, cuyo interior había frotado con un ungüento pestilente que llevaba en la mochila. Ahora hay que dejarlas dormir, dijo.

Irene se puso unos guantes de piel de conejo para manipular los fardos. No pueden oler a nada humano, decía Galina. Padre, cuando no tenía guantes, se llenaba las manos de vísceras podridas y heces para poner los cepos. Si ya es difícil engañar al olfato de un lobo, imagina a una dríada.

No sabía que se le podían poner cepos a algo así, dijo Irene.

Desde luego no funcionan como con una alimaña, pero funcionan.

Su abuela estaba sentada en la puerta de la casa, observando lo que hacían, el perro tendido a su lado. Cuando Irene la miró la mujer negó con la cabeza, pero no hizo el gesto del mal de ojo.

***

El montañés pasó el resto de la mañana cerca del cuartel, charlando con los oficiales que iban y venían. Más tarde se sentó a comer un poco de cecina y queso en la plaza, desierta a excepción del ahorcado. El mercado estaba cerrado, porque nadie tenía nada que vender, el edificio del ayuntamiento vacío. Solo había algo de actividad en la posta y él se sentaba todos los días a comer allí a la misma hora para ver llegar los carromatos del oeste. Por fin llegó un carromato cubierto por un toldo lleno de parches y remiendos. Un hombre alto y delgado fue la única persona que bajó mientras el conductor desenganchaba los caballos agotados y le traían los de refresco. El hombre alto lo miró desde lejos y echó a andar hacia él. Vestía un abrigo negro y sus botas repicaban en las losas de la plaza, un sonido seco, hueco, que al montañés le desagradó. Se encontraron a la altura del ahorcado.

No tenemos mucho tiempo, dijo el hombre alto. ¿Ha empezado ya?

El montañés se rascó la barba. Hace un mes que estoy por aquí, dijo, la mayor parte del tiempo en el bosque. Ha tardado en despertar, pese al frío.

Entendemos, dijo el hombre alto. ¿Y la otra parte?

También está aquí. Una muchacha que viene del oeste, una soldado.

El hombre alto asintió y sacó del interior de su abrigo un cuaderno y un lápiz casi consumido. Queremos saber su nombre, dijo.

Galina, me han dicho los oficiales.

Galina, Galina, Galina, dijo el hombre alto, anotando el nombre en el cuaderno. Estaba forrado de cuero, una piel oscura y mate que el montañés no supo reconocer. No la conocemos, pero la recordaremos. Galina, Galina, Galina.

Así se llama, sí. Se queda con una familia del lugar, que vive casi en el bosque.

Sus nombres, queremos los nombres.

El montañés fue recitando lo que había descubierto hablando con los oficiales y con la gente en la taberna, mientras les vendía pajaritos y conejos que cazaba en la pradera y el bosque, como un cazador nómada más, solo de paso, detenido hasta que pase el frío.

Queremos saber si ya has empezado. Si sabes ya de qué hilos has de tirar.

A eso me he dedicado.

Dinos los nombres, dijo el hombre alto. Queremos saber los nombres.

El montañés dijo los nombres y el hombre alto los anotó en su cuaderno.

¿Niños?

Sí.

Son buenos para ella. Nos gusta ella. No queremos que le pase nada.

¿Cree que esa muchacha puede hacerle daño?

El hombre alto puso los ojos en blanco. Por supuesto que no, dijo. Pero no se trata de eso. Se trata de acelerar las cosas. De complicarlo. De crear todo el dolor y la desesperación posible.

¿Va a quedarse?

Lamentablemente no tenemos parte en esta historia, dijo el hombre alto. Se volvió hacia el ahorcado con una expresión melancólica en el rostro. Asuntos más urgentes nos reclaman en el este, dijo. Asuntos de guerra. Venenos han de ser administrados, traidores han de ser interrogados, mentiras han de ser susurradas. Nuestro trabajo es mucho más aburrido que el suyo.

El hombre alto extendió la mano, los dedos estirados como si quisiera atrapar algo invisible en el aire. Tenía anillos negros en las falanges y tocó con suavidad el pie rígido del muerto. Oh, dijo.

El cadáver se animó. La garganta del hombre muerto luchó por tragar aire y las extremidades congeladas se sacudieron. La lengua, que se había retraído desde el día de la ejecución, volvió a asomar entre los labios como una babosa negra y verde, reseca. El montañés dio un paso atrás. El hombre alto contempló al ahorcado y sonrió.

El carromato ya estaba preparado y el conductor lo llevó hasta ellos. El montañés vio entonces que bajo el toldo había otros tres pasajeros, lívidos, inmóviles. El hombre alto subió al carromato y los ojos de sus acompañantes giraron con espanto en sus órbitas. Manténgase en los márgenes mientras pueda, dijo el hombre alto. De momento solo queremos que le dé un empujoncito a la maquinaria, pero si medidas más extremas son necesarias no dude en tomarlas.

Así lo haré.

El carromato se alejó por el camino del este. El montañés miró la horca hasta que el muerto volvió a estar muerto, dos veces ahorcado. Me pregunto qué mote te pondrán en el infierno, pensó. Volvió a mirar hacia el camino del este, el carromato estaba lejos y no levantaba ningún polvo en el barro helado, y dijo: Putos nigromantes.

Y después tuvo miedo de que el hombre alto lo pudiera haber escuchado.

***

Irene se irguió en la cama. Lo hizo muy despacio, tanto que no despertó a Galina, y se quedó muy quieta. Tenía los ojos abiertos y la mandíbula floja y al cabo de unos minutos le comenzó a gotear saliva por el mentón. Galina despertó por el frío e intentó cubrirse con la manta hasta que se dio cuenta de lo que le pasaba a Irene.

Niña, ¿estás bien?

Estoy soñando que me como un pájaro, dijo con voz átona. Voy por las ramas de los árboles y me como un pájaro dormido.

¿Qué?

Soy pequeña y voy por las ramas de los árboles y me como un pájaro que está dormido y el pájaro está caliente y lo noto dentro de mí porque yo estoy fría, muy fría. Pero soy pequeña y me muevo por los troncos de los árboles y bajo a la tierra y me como un ratón que está dormido y está caliente y yo estoy fría y lo noto dentro de mí pero soy pequeña y me muevo por el barro duro y llego al río y me como una trucha dormida y blanca pero soy pequeña y estoy fría, estoy muy fría, muy fría, y me muevo por las cañas y me muevo por la pradera y veo las casas y me muevo por los tejados y veo un ternero dormido, dormido porque le canto, pero no me lo como aunque estoy fría, estoy muy fría, porque soy pequeña y vuelvo por la pradera y por las cañas y por el barro y por los troncos y por las ramas de los árboles y me como un pájaro que está dormido y sigo cantando para que todo duerma y me muevo y estoy fría y es un sueño muy raro porque me sabe la boca a sangre.

Galina le limpió la saliva de la cara con la sábana e hizo que se tumbase en el colchón.

¿Estás soñando ahora?

No sé.

¿Estás despierta?

No sé.

¿Has soñado algo más?

He soñado que venía a verte pero las ventanas estaban cerradas.

Invierno de lamia: “Tres”

Tres

Irene iba en el burro y Galina lo llevaba de las riendas, caminando por el centro del camino hacia el pueblo. Era temprano pero el hielo casi había desaparecido de las praderas y los aleros de las casas. Dentro de sus abrigos y en movimiento, bajo el cielo despejado, casi se podía olvidar el frío. Había que caminar un buen rato pero al final se iban haciendo frecuentes las casas a los lados del camino, achaparradas, de tejas negras, iguales a la casa en la que ella vivía, los corrales y las zahúrdas desde las que miraban los animales alucinados por el invierno. Algunos hombres miraban hacia el par de mujeres y reconocían algo en ellas que les hacía escupir a un lado y seguir trabajando sin levantar la mirada. Todas las ancianas hacían el signo del mal de ojo.

En la plaza del pueblo acababan de ajusticiar a un hombre. Colgaba en el cadalso con los pies descalzos, inmóvil, ningún aire que lo meciera. El cuerpo rígido parecía de madera de balsa, las ropas mugrientas como corteza. No mires, le dijo Galina, pero Irene siguió mirando. Los pies del hombre estaban ennegrecidos y eran nudosos y grandes.

¿Por qué?

Por ladrón, imagino, dijo Galina. Quizá hizo algo peor pero en un invierno como este robar comida es más que suficiente para que te cuelguen.

Entraron en el cuartel y dejaron al burro atado en un abrevadero, lejos de los caballos de los oficiales, que parecían peligrosos y mordedores. El oficial de guardia se acercó a ellas y preguntó qué hacían allí.

Vengo a hablar con tu capitán, dijo Galina. Sacó del abrigo una carta lacrada y se pasó al oficial. El hombre miró los abundantes sellos y la marca en el lacre y abrió muchos los ojos. Joder, dijo. Joder.

***

El despacho del capitán estaba adornado con cabezas de ciervo y jabalí. En un extremo ardía el fuego en la chimenea y tras la mesa una estufa de carbón. Era un hombre con enormes patillas blancas y bolsas bajo los ojos. Miraba la carta lacrada en sus dedos y las miraba a ellas. Como si sintiera la tentación de arrojarlo todo al fuego, misiva y emisarias, y olvidarse deprisa del asunto.

No va a llevar a ninguno de mis soldados a ese bosque, dijo el capitán. Se lo digo ya, no me importa lo que ponga en este papel.

Galina estaba sentada frente a él. Asintió. No he venido a por sus hombres, dijo.

Un teniente muy viejo, envuelto en su capote, estaba apoyado en la repisa de la chimenea. Le faltaban casi todos los dientes y no dejaba de pasarse la lengua por las encías. Escupió al fuego. Eso no se puede hacer, dijo. ¿Qué sentido tiene?

Estamos en guerra, dijo Galina sin volverse para mirarlo.

El capitán utilizó un cuchillo como abrecartas y rompió el lacre. Leyó lo que allí había escrito. La guerra está en el oeste, dijo. Muy lejos, tras las montañas.

No tan lejos, dijo Galina. La pradera no es tan inmensa ni las montañas tan infranqueables. Yo he ido y vuelto muchas veces.

El capitán hizo un gesto para que callase. Sus ojos recorrieron la carta varias veces. Es usted cabo, dijo.

Sí, señor.

Mi rango es capitán.

Usted es capitán de la prefectura, yo soy cabo del ejército, dijo Galina. Con todo el respeto, usted no es mi capitán.

El teniente tosió y escupió al la chimenea. El capitán la miró por encima del papel.

¿Cuántos años tiene usted, cabo del ejército? , dijo. Porque igual no tiene usted edad suficiente para hablarle así a nadie, sea su capitán o no.

Galina suspiró. Mire, no necesito a sus oficiales, dijo. Solo quiero que nadie me incordie.

Uno pensaría que alguien que se va a meter en ese bosque necesita toda la ayuda que pueda conseguir.

No es que usted esté dispuesto a dármela, en cualquier caso.

El capitán no respondió a eso.

Esto ya ha pasado, dijo el teniente. Aquel hombre y aquella niña que vinieron. Un invierno malo que se volvió peor. ¿Cuándo fue? ¿Cuándo fue eso? Usted todavía no había llegado, capitán. Se lo advertimos. Les dijimos que a la lamia se la deja en paz. No hicieron caso.

Galina se volvió en esta ocasión hacia el hombre. El teniente se cubría con el capote como si el fuego de la chimenea no le diera ningún calor. Sus ojos estaban nublados por cataratas, blancos, lechosos.

***

Irene montó en el burro y salieron del cuartel. Los oficiales las miraron tras el velo de humo de sus cigarrillos y sus alientos, los ceños fruncidos, desconfiados.

Se lo huelen, dijo Galina. Están cagados de miedo. ¿Para qué quiero yo cobardes en el bosque? Se los comería como pajaritos y se haría más grande y más fuerte y más difícil de matar. Se trata de atraparla ahora, que es pequeña y está flaca. Yo puedo hacerlo, lo he hecho muchas veces.

¿Has matado muchas lamias?

Bueno, lamias no, dijo. Pero he matado muchos monstruos en la guerra.

En la plaza del pueblo había un hombre contemplando al ahorcado. A Irene le pareció un montañés, barbudo, ropa de cuero oscuro, un cuchillo en la cintura y un zurrón cruzado en bandolera. El hombre se volvió para mirarlas a ellas. A su espalda el viento balanceó el cadáver y la soga chirrió en la madera.

Siguieron avanzando sin prestarle atención.

¿Quién te enseñó a matar monstruos? ¿Tu padre?

Nuestro padre, sí. Es lo que hacíamos antes de la guerra. Viajábamos por todas partes y expurgábamos los bosques de monstruos y criaturas. Luego nos contrataron en el ejército, algo que llamaban agentes de retaguardia. No les gustaba tener un frente abierto en el oeste y dejar, yo qué sé, cavernas llenas de duentes y vampiros detrás.

¿Existen los duendes?

Existe cada cosa, niña, dijo Galina. Cuando padre murió me alisté como soldado porque no sabía qué hacer.

¿De qué murió?

De fiebres. La primera vez que estuvimos aquí… No estábamos preparados, llegamos demasiado tarde. Era fuerte y lista y le hizo mucho daño a padre. Esas heridas nunca se curaron. Se ponían peor los días de frío. Le subían la temperatura y supuraban. Sobrevivió muchos años, pero al final lo mataron.

¿Fue cuando conoció a mi madre?

Sí. Ella nos acogió mientras se reponía.

¿Y se enamoraron?

Galina carraspeó. No sé lo que pasó entre ellos, dijo. Tampoco sabíamos que tú existías.

Y ahora te han encargado que vuelvas a cazar a la lamia.

Más o menos, dijo Galina. Pero no voy a cazarla.

¿No?

Estoy aquí para matar a ese bicho asqueroso que mató a nuestro padre, dijo Galina, poner su cabeza en una pica y llevármela al oeste para mostrársela al ejército enemigo.

Ajá, dijo Irene y acarició las crines del burrito. Yo si quieres te ayudo.

***

Irene creía conocer su casa. No era pequeña pero tampoco tenía muchas estancias. Galina le descubrió el sótano. Levantó unos tablones del cuarto principal y retiró la tierra con las manos para mostrarle una trampilla metálica y una cadena oxidada. Galina agarró la cadena y levantó la trampilla. El hueco era estrecho. Irene miró dentro y solo distinguió unos tablones clavados en la pared a modo de escalera. Galina entró en el hueco.

¿Puedes ver?

Apenas, dijo Galina. Toma, coge esto.

Le pasó un fardo desde la oscuridad, un hatillo de pieles en cuyo interior había algo duro y anguloso. Irene lo dejó a un lado.

Toma, otro.

Irene fue colocando los fardos hasta formar un montón. Un sonido amortiguado de metal y engranajes, todo envuelto en pieles. Galina salió cubierta de polvo y cerró de nuevo la trampilla y colocó los tablones. Cortó con un cuchillo las cuerdas del fardo y abrió las pieles. Dentro había un cepo para osos desmontado, envuelto en otra capa de papel encerado. El acero relucía, sin óxido, con una pátina lejanísima de aceite y grasa de más de una década.

¿Ves?, dijo Galina. Siempre pensamos en volver.

Invierno de lamia: “Dos”

Dos

Estaba llevando al burrito con una cuerda hacia donde pacían las vacas y se detuvo al ver a la mujer acercarse por el camino. Era joven y vestía un abrigo largo de piel de cíbolo y pantalones y botas de soldado, un trabuco atado al costado de la mochila militar. Muy delgada, con el pelo negro estirado hacia atrás. La seguía un perro grande del color del agua sucia.

Se detuvo frente al porche de la casa, humeando por la boca.

Hola, dijo Irene.

Hola, dijo la mujer. ¿Quién está en la casa?

Mi madre.

La mujer se frotó el mentón con el puño enguantado. Tenía una cicatriz enrojecida por el frío en la línea de la mandíbula. ¿Tu madre se llama Danira?, dijo.

Sí.

La mujer asintió. Echó un vistazo a la casa y al burro.

Buen animal, dijo.

Se llama Chaparrón.

La mujer volvió a asentir. Pateó el suelo para sacarse el frío. La hierba seguía blanca de escarcha. El perro husmeaba la tierra del camino, las huellas congeladas de los caballos

¿Tú cómo te llamas?

Galina, dijo la mujer.

Yo me llamo Irene.

¿Puedes decirle a tu madre que salga un momento?

Pero su madre ya estaba fuera. No se había puesto el abrigo y llevaba un paño en las manos. Galina la saludó con la mano. No sé si me reconoce, dijo.

Te reconozco, dijo su madre.

De repente la mujer parecía nerviosa.

¿Eres soldado?, dijo Irene.

Cállate, niña, dijo su madre. ¿A qué has venido, Galina?

La mujer dio un par de palmadas. Los guantes hicieron un sonido hueco. Hace mucho frío, dijo. Por eso he venido.

Irene alternó la mirada entre ambas y al final dijo: ¿Quién eres?

Es la hija de tu padre, dijo su madre.

Galina respingó. Se acercó a Irene y la sujetó con cuidado por la barbilla. No me lo puedo creer, dijo. Irene retrocedió un paso y la mano de la mujer se quedó suspendida en el aire.

¿Eres mi hermana?, dijo.

Galina sonrió. Eso parece, niña.

Irene dejó al burro con las vacas y volvió corriendo a la casa. El perro la siguió. Eran tan grande como ella, de pelo duro. Entró por la puerta de la recocina e intentó no hacer ruido. Ella estaba sentada bebiendo un cuenco de caldo. Se había quitado el abrigo. Vestía una blusa blanca y un chaleco de cuero y en la cintura le colgaba un revólver. Su madre estaba de pie y le decía algo en voz baja.

Murió hace unos años, dijo ella. Antes de la guerra, en el norte.

Ajá.

Nunca se recuperó del todo de las heridas. Se le abrían y le daban fiebre.

Su madre asintió con gravedad. Le quitó el cuenco vacío de las manos.

¿Quieres más?

No, gracias.

¿Pensaba volver alguna vez?

A veces hablaba de ello. Esperábamos otro invierno frío.

Galina levantó los ojos y la miró a través de la casa. Deberíamos haber venido antes, dijo, pero no lo sabíamos.

Ya no importa.

La puerta delantera se abrió y entró su abuela con una cesta llena de huevos. Miró a la mujer sentada y abrió mucho los ojos. Hizo el gesto contra el mal de ojo.

***

Tendrás que dormir con la niña, dijo su madre.

No importa.

Su abuela estaba calentando agua. Le llevaron una palangana, una esponja y unos trapos limpios. El agua humeaba como los braseros de la cocina al encenderlos. Galina sentada en el mismo taburete, junto a la chimenea. El perro estirado y somnoliento, las gallinas dormidas en sus cajones. Galina se quitó el chaleco y la blusa. Mojaba la esponja en el agua y después la apretaba hasta que dejaba de gotear y se frotaba con ella. Las costillas huesudas, los pechos pequeños, el vientre hundido. Cicatrices viejas como gusanos en la piel, costurones apresurados, feos, otro resumen igual de válido de su historia de mujer de guerra como la manera en la que portaba las armas y ocupaba el centro de los caminos al viajar. Tenía la piel muy blanca y las axilas muy negras. Irene, desde la cama, observó su aseo. Se mojaba con la esponja, se frotaba, se secaba con los trapos, nunca por completo desnuda. Cuando fue a la cama vestía un camisón de su abuela.

¿Estás despierta?

El frío vino con ella, en su piel limpia, en el tejido del camisón, rodó dentro del calor de las mantas, se encajó contra los huesos de Irene.

Sí, dijo.

Aquel núcleo helado. Galina tiritó.

Duérmete ya, niña.

Si tienes frío te puedes pegar a mí, le dijo.

Galina apoyó la cabeza en la almohada. Le tomó la cara como había hecho esa mañana, al conocerla. Tienes sus mismos ojos, dijo, muy bajito, casi inaudible, un susurro mínimo, ahogado por los chasquidos de la leña en el fuego, como el crujir leve de los braseros, el cloqueo sonámbulo de las gallinas. Ya no me acordaba de sus ojos, nunca pienso en él y no tengo fotos. Te le pareces mucho, él era un hombre guapo y tú una niña guapa.

¿Tu padre?

Si hubiera sabido que existías…

¿Habría venido a por mí?

Galina le acarició la mejilla. Duérmete.

La lamia no fue esa noche ni la siguiente ni la siguiente.

***

Se convirtió en su sombra. Hacía sus tareas lo más rápido posible y la buscaba, la encontraba dentro de la casa, calentándose las manos en el fuego, mirando las tablas sueltas del gallinero, paseando por la pradera, entre las vacas. Ella la seguía, el perro la seguía. Casi no se atrevía a dirigirle la palabra. En su abrigo de piel de cíbolo, mirando hacia la alameda y el arroyo. Paseaba por la pradera y miraba entre las bostas de vaca y los barrizales en busca de algo. Huellas, señales, alguna cosa. Se internó en el bosque, Irene no pudo seguirla, y al volver trajo un conejo flaco. Lo comieron estofado. Su madre y su abuela la trataban como a un familiar lejano, alguien conocido a quien se da alojamiento más por sentido de la obligación que por otra cosa. Galina ayudaba un poco en las tareas, entregó a la cocina común las raciones militares que tenía en la mochila, puso trampas en la alameda para traer más conejos y pajarillos. Irene aprendió los rudimentos de la caza, aunque su madre no siempre le permitía ir a la alameda, mucho menos al bosque profundo que había al otro lado del arroyo. Si fuera primavera, si fuera verano. El bosque en invierno es un lugar oscuro y hambriento, aun sin lamia amarilla. Seguía a Galina y la miraba cruzar el arroyo, por un caminito de piedras resbaladizas en el agua, y desaparecer entre los zarzales y las cañas, las copas de los árboles enormes tras la maraña de vegetación ribereña proyectaban sombras alargadas y allí era siempre un día a medias, cielo encapotado de ramas y hojas, la luz tamizada, gris, indecisa en su camino hacia el amanecer o hacia la noche. El perro se quedaba con Irene, pero no porque quisiera, miraba a su dueña y gañía bajito e Irene le acariciaba bajo las mandíbulas, tras la cabeza, y volvían ambos hacia la casa, dando la espalda al bosque y a aquella indeterminación en la penumbra.

Por las noches, al dormir juntas, ella quería preguntarle cosas y Galina chistaba, le ponía un dedo en los labios. Siempre llegaba a la cama más tarde y siempre oponía ese frío exterior al calor de Irene. Escucha, escucha la noche, Irene, escucha la noche y duérmete.

¿Has venido del oeste, Galina?

¿Cómo lo sabes?

Irene se encogió de hombros.

Sí, he venido del oeste.

¿De la guerra?

De la guerra.

Abrió la boca para preguntar otra cosa y Galina se la tapó. Te estoy diciendo que escuches.

Escuchó. Sus respiraciones, el roce de la ropa de cama con sus camisones, la piel de ella contra sus labios, todavía algo helada. Arqueó las cejas. Escucha bien, niña, ¿no la oyes?

Los fuegos, los animales, su madre y su abuela en las otras habitaciones. La casa, sus cimientos de madera y hormigón, asentándose en la tierra. Y ese zumbido, casi por debajo de lo audible. Murmullo de agua, murmullo de colmena. Casi una canción.

¿La escuchas?

Ella asintió.

La lamia conoce todas las nanas y todas las canciones y nunca deja de cantarlas, dijo. Se mete en los sueños de los animales pequeños y de los niños y los domina con su voz, por eso hay que cerrar puertas y ventanas cuando hace frío, por eso hay que mantenerlos alejados de los bosques, sobre todo a la hora del crepúsculo, porque si cae la noche y el frío en el bosque la lamia sale, de un agujero en el suelo, de un árbol hueco, y la lamia siempre tiene hambre, la lamia duerme durante meses, duerme durante años, y siempre tiene hambre.

El murmullo se alejaba. Irene cerró los ojos y fue como si la viera, sus largas extremidades moviéndose deprisa en la pradera, sin dejar de cantar, una canción que nace muy dentro del pecho amarillo y angosto. El mundo calla a su paso. Los ratones aventurados en la escarcha de la noche se detienen y pierden el calor hasta morir. Los pájaros tiemblan en las ramas de los álamos. Las vacas y los terneros babean y escuchan la canción, dispuestos a acudir a la llamada de la boca negra, pero todavía no, todavía no ha llegado el momento, han sido pocos los días de invierno y poca la comida, los dedos de la lamia pellizcan a los ratones de la hierba, a los pájaros de las ramas, se hunden en las aguas del arroyo y sacan una carpa que es todo escamas y espinas, puñados de algas y de cangrejos rojos que chasquean como piedrecitas en sus dientes. La lamia tiene hambre y recorre el frío puesto que el frío constituye sus dominios, luz de lunas y sombra de nubes, e Irene se ha quedado dormida sin darse cuenta, sueña sin saber que sueña, y quiere decirle a Galina que la conoce desde siempre, que la ha visto en sueños, aunque eso no sea cierto del todo. Te he soñado como una columna de soldados que marcha hacia la oscuridad, una infinidad de hombres y mujeres sin rostro pertrechados para la guerra. Te he soñado entrando en las montañas tras las que se esconde el monstruo, entonces, ¿qué haces aquí, Galina? ¿Qué has venido a hacer? ¿Por qué no estás en el oeste?

Invierno de lamia: “Uno”

Uno

Había un monstruo en el oeste. Ella lo veía en sueños, lejos, muy lejos. Patas de araña y pelo de cabra, tan enorme que ocupaba el mundo tras las montañas, su lomo cargado de ojos recortándose entre los picos helados. Era un invierno frío, muy frío, y no nevaba pero al amanecer la pradera estaba cubierta de escarcha, blanca hasta donde alcanzaba la vista, y ella estaba allí, temblando justo a la hora del amanecer, cuando solo había una herida de luz en el este y la noche resistía tras las montañas y sobre el monstruo. Los cíbolos grises, escarchados como la hierba, se quedaban muy quietos, pegados los unos a los otros, sin berrear ni mugir, y una columna de soldados y máquinas de guerra se encaminaba hacia poniente. Ella no les veía las caras, solo los gorros con orejeras y los capotes negros como los de los oficiales de la prefectura. Los caballos y las mulas desprendían vapor y a los soldados les salía humo de las bocas como si se estuvieran quemando por dentro. El monstruo, al otro lado, los aguardaba con un temblor de ansiedad o hambre. Así era lo que ella soñaba.

Dentro de la casa hacía frío. Los braseros ardían toda la noche y cuando Irene despertaba su abuela ya estaba reavivando el fuego en la chimenea y colocando el trébede para hacer café de puchero. Lo primero que escuchaba del mundo era el molinillo, bajo las mantas, todavía caliente en el camisón basto y los calcetines de lana, traqueteando y moliendo. La habitación no tenía puerta y si abría los ojos las veía a ellas, a su madre y a su abuela, atareadas en el fuego. Se vestía y bebía café. Ese año no había azúcar ni palos de canela, solo granos viejos de café que también se acabarían antes de la primavera. Tampoco quedaban patatas ni arroz. Quedaba carne y pescado seco, quedaba la leche de las vacas y las huevos escasos de las gallinas. Ristras de pimientos y tomates secos en las paredes. Era un invierno frío, muy frío y malo, muy malo. Un invierno de lamia, decía su abuela. Después hacía el signo contra el mal de ojo.

Habían cerrado la escuela. Irene se ocupaba de los animales, abría el gallinero y recogía los huevos. Dejaba salir de la cuadra a las vacas ateridas para que se estirasen y moviesen y pudieran pacer. Sus pezuñas hacían crujir y rompían el hielo de la hierba. Irene echaba paja a los terneros y los miraba comer despacio. Las vacas y los terneros mugían y se llamaban. Irene se lamía el dedo y lo pasaba por la piedra de sal, erosionada por la lengua de las vacas, y se lo metía en la boca. Acercaba el rostro al morro de los animales para oler su aliento dulce y vegetal. Habían tenido cerdos y ovejas, pero no ese invierno. Tenían un burrito que pacía junto a las vacas. A media mañana caía algo de sol, una luz finita, difusa, engrisecida, que casi hacía soportable el frío. El aire olía a humo de leña y a tierra congelada. Anochecía pronto. Entonces, el fuego, zurcir ropa, sopa de huesos y tocino amarillo. El frío afuera caía como algo sólido que aplastaba el mundo, lo comprimía en la oscuridad. Irene leía novelas de romances y novelas de aventuras junto a la chimenea mientras su madre y su abuela charlaban con voz queda en los braseros de la cocina. Contaban las ristras de pimientos y tomates secos, contaban los huesos y los pedazos de tocino rancio, contaban los huevos y las lecheras llenas y por llenar.

Casi todas las mañanas pasaba una pareja de oficiales de ronda, negros de las botas al sombrero, envueltos en capotes, con los fusiles cruzados en la silla de las monturas, para ver si el frío los había respetado a todos.

Se ha muerto el padre del herrero, dijo el oficial. Tenía un bigote y un cigarro apagado en la comisura de la boca.

Su abuela asintió. Estaba de pie en la entrada de la casa, envuelta en el rebozo negro. Los hombres no habían desmontado. Aquí estamos todos bien, dijo.

El oficial del bigote miró a Irene, que los contemplaba desde dentro de la casa. ¿Cuántos años tiene la niña?, dijo.

Doce, dijo su abuela.

Parece más pequeña, dijo el oficial. Mala época para los pequeños. Se mueren muchos críos.

El niño de los pescadores está enfermo de los pulmones, dijo el otro oficial.

A nuestra niña la cuidamos bien, dijo su abuela.

No lo dudo, dijo el oficial del bigote. Pero es un invierno malo.

Es invierno de lamia, dijo Irene.

Los oficiales la miraron. Su abuela la miró. Con disimulo hizo el gesto contra el mal de ojo.

Esperemos que no, dijo el oficial del bigote. Buenos días, señora.

Buenos días, dijo su abuela. Los hombres se alejaron por el camino hacia la pradera, hacia las otras casas dispersas y lejanas, entre las lomas y por el río.

También venían hombres de vez en cuando. Del pueblo y de las otras casas, a caballo o en carros tirados por mulas, y traían patatas o quesos que querían regalarles. Eran mayores que su madre pero más jóvenes que su abuela. Cuando los veían llegar por el camino su abuela decía: Los viuditos, los viuditos. Se reía un poco y su madre se ponía muy seria. Los hombres pedían permiso para entrar en la casa y los dejaban en el porche si hacía bueno, los sentaban junto al fuego si hacía frío, la gorra o el sombrero estrujado en las manos, se les daba un trago de vino, un poco de café, y luego se iban por donde habían venido, con una lechera llena o una docena de huevos a cambio de lo que trajesen, porque su madre no aceptaba regalos. Irene se reía con su abuela, aunque no se enteraba de qué. Tú no te rías tanto, niña, que pronto vendrán por ti, le decía entonces. Esto desde siempre, desde que tenía memoria. Su madre no se había casado. Su abuelo había muerto antes de que ella naciera. Irene nunca había conocido a un hombre que durmiera en aquella casa.

Faltaba una gallina azul. Irene las contó otra vez sin dejar de tirar puñados de grano a la tierra negra. Las gallinas picoteaban y escarbaban en el corral. Irene miró dentro del gallinero, no quedaba ninguna gallina en los palos manchados ni dentro de los nidales. Recogió los huevos, se quedó mirando a las gallinas en el corral, las contó de nuevo y fue hacia la casa. Dejó los huevos en una cesta y le dijo a su madre: Falta una gallina azul.

Su madre la miró y suspiró. Vamos a ver, dijo. Examinaron el gallinero, hecho de tablones y cañas del río. En la parte de atrás, la que daba a la pradera, encontraron un listón de madera desclavado Mira, mamá, mira, dijo Irene. El hueco era de una cuarta de ancho y unos tres dedos de alto.

Su madre se acuclilló y juntas observaron el hueco. Había plumas en la hierba y algo de sangre, unas gotitas secas, en la madera.

Por ahí no cabe una gallina, dijo Irene.

Cabe si tiras fuerte, dijo su madre.

¿Qué bicho ha sido?

Un meloncillo, una jineta, no sé.

¿Y cómo ha quitado la madera?

Estaría ya suelta, dijo su madre. Trae la caja de herramientas.

Irene fue corriendo a la casa. Su abuela estaba echando leña al fuego. ¿Qué pasa?, dijo,

Falta una gallina azul.

Oh.

Irene volvió con la caja de herramientas. Su madre cogió el martillo y sacó unos clavos del papel de periódico en el que estaban envueltos. Los sostuvo en los labios mientras iba clavando el listón de madera en su sitio. Irene caminó alrededor buscando más rastros, más plumas, más sangre. Las alimañas que lograban entrar en el gallinero mataban lo que podían y lo dejaban todo hecho un desastre. Dentro ella no había apreciado nada, ni siquiera el listón retirado. Se me quedó mirando más allá de la pradera, hacia la alameda y el río. De allí venían las alimañas.

Los meloncillos no salen de noche, dijo.

Pues habrá sido una jineta o un zorro, no lo sé, dijo su madre.

Ya, solo digo que los meloncillos salen durante el día.

Muy bien, Irene.

¿Va a volver?

A lo mejor, dijo, pero ya hemos cerrado el hueco.

¿Saco las trampas? Podemos poner las trampas, mamá.

Su madre respiró hondo. Veremos, dijo. Quizá no haga falta.

Su abuela estaba esperando en la puerta de la casa. ¿Qué se ha llevado a la gallina?, dijo.

Pues una alimaña, madre, qué va a ser.

Su abuela no dijo nada.

Por la noche Irene se metió en la cama. Se escuchaba el frío caer, aplastando al mundo. Crujía la casa y crujía la lumbre junto a la que estaban sentadas madre y abuela. Mucho más tarde, cuando se fueron a dormir, Irene seguía despierta. El resplandor rojizo de los braseros y de los rescoldos de la chimenea y nada más. Muy despacio se incorporó en el colchón y retiró las mantas. Se estremeció un poco. Fue a la ventana de la habitación, que estaba cerrada con las contraventanas de madera, y descorrió los cerrojos. Las bisagras chirriaron un poco, como ratoncillos, y ella se detuvo, controlando la respiración. Ni un ruido de las otras habitaciones. Terminó de abrir las contraventanas y pegó la cara al cristal. Estaba muy frío, helado. Afuera noche de luna, la pradera iluminada de azul. Su respiración dejaba una huella de vaho en el cristal. Ya he soñado esto antes, pensó. Ya he estado aquí, en este frío y este cristal, mirando hacia la noche, en dirección al oeste, hacia la tierra de los monstruos. Sus ojos se opacaron y la mandíbula le quedó laxa. Su abuela la encontró más tarde, con un hilo de saliva goteando del labio. Irene, ¿qué haces?

Parpadeó deprisa y se volvió hacia ella. Se pasó la manga del camisón por la boca.

¿Hay algo ahí fuera?

Irene miró por la ventana como si no supiera de qué le hablaba.

Su abuela miró también. Las nubes habían cubierto el cielo de nuevo y solo había sombras. ¿Has visto algo? ¿Qué había ahí fuera, mi niña?

Viene hacia nosotros, dijo Irene, Se frotó los ojos. De repente tenía mucho sueño y mucho frío y le costaba pensar. Viene hacia nosotros, ya está en camino.

¿Qué viene hacia notrosos?

Se va a poner mala la niña, dijo su madre en la puerta. Sostenía una lámpara de aceite e iba en camisón. Irene sonrió. Su madre tenía el pelo suelto, casi nunca la veía con el pelo suelto. Su abuela la llevó hasta la cama. Las sábanas estaban frías. Tembló.

Su madre en la ventana, mirando hacia afuera. La luz de la lámpara se reflejaba en el cristal con un brillo sangriento, espeso. Echó las contraventanas. No hay nada ahí fuera, dijo. Duérmete ya.

A la mañana siguiente faltaba otra gallina. Esta vez había desclavado un tablón grande de la parte de atrás del gallinero. Ni plumas ni sangre. Se lo mostraron a los oficiales cuando pasaron aquel día. El del bigote sacudió la cabeza y dijo: A los de la Loma del Rey también les han robado unos pollos.

Y a los pescadores del río les han desaparecido todos los gatos, dijo el otro oficial. No queda ni uno.

Pero no sabemos si se han ido por su cuenta o se los ha llevado.

Los gatos se van y los perros aullan, dijo su abuela. Eso pasó la última vez. Nosotras teníamos un gato que se fue y no volvió.

¿Teníamos un gato?, dijo Irene.

Fue antes de que tú nacieras.

El del bigote se sonrió y se tocó el bigote. Justo antes, sí, justito, dijo.

Cállate, Marcial.

El hombre se envaró, carraspeó y no dijo nada.

Si tuvierais un perro tendríais que guardarlo dentro de la casa por la noche, dijo el otro oficial. Es lo que le estamos diciendo a todo el mundo que haga.

Los perros se ponen muy nerviosos y eso siempre acaba mal.

Su abuela asintió. Perro no tenemos, dijo. Pero las gallinas las vamos a tener que meter dentro de casa.

El oficial del bigote dijo: Hay gente que… Ya sabe, deja alguna gallina vieja fuera.

Dicen que si come se va a antes.

En el pueblo hay gente que incluso deja un chivo. Lo importante es matarle el hambre deprisa para que no haga más daño.

¿Me vais a traer vosotros una gallina de las vuestras para dejarla? Porque a nosotras no nos sobran y ya se nos ha comido a dos.

Solo decía, señora.

Ya sé qué decía. ¿Van a hacer algo esta vez?

No se puede hacer nada, ya lo sabe, dijo. Las cosas son como son.

El hombre hizo avanzar el caballo hacia el costado de la casa, miró hacia el gallinero y hacia la alameda. Está siendo un invierno malísimo, dijo. Malísimo

¿Ha sido la lamia?

Eso parece.

¿Qué es una lamia?

Es un bicho que vive en el bosque. Sale cuando hace mucho frío, cuando el invierno es malo, cuando hay hambre. Se lleva a los animales y a… Bueno. Se lleva lo que puede.

Podemos poner las trampas. Como hicimos con la zorra aquella.

A la lamia no se le pueden poner trampas, mi niña.

¿Por qué?

Porque no. Porque la lamia es la lamia y no se le pueden poner trampas.

Madre, no le cuente esas cosas.

¿Cómo es la lamia?

Los que la han visto dicen que es amarilla como la grasa vieja y que tiene cara de mujer, el pelo muy largo y negro. Vive dentro de los árboles huecos y duerme casi todo el año, solo sale cuando hace mucho frío, siempre por la noche. Cada muchos años hay un invierno tan frío que la lamia pasa todas las noches despierta.

¿Cada cuántos años? ¿Cuándo fue la última vez?

Madre, por favor.

Su abuela le tocó la cara. Tenía la palma áspera y cálida. Tú no te preocupes por eso, le dijo. Tú no te preocupes por nada.
Metieron a las gallinas dentro de la casa, en sus cajones. Los animales cloquearon y ahuecaron las plumas como si agradecieran el calor y se durmieron enseguida. Su madre puso tablones en las puertas y las contraventanas. Ella y la abuela velaron toda la noche, rodeadas de gallinas dormidas. Irene entraba y salía del sueño. En algún momento, quizá profundamente dormida ya, le pareció escuchar que algo rascaba contra el cristal de las ventanas, al otro lado de la madera. Una uña grande y verdosa, como de pata de pájaro.

Los monstruos

Me habían pagado con monedas de oro para hacer aquello. Estuve rastreando los bosques a lo largo de la costa durante casi un mes, comiendo ardillas y raíces y durmiendo sin hacer fuego, cargando con el fardo de las armas, un saco de dormir y una faltriquera. Había cientos de pequeñas islas, penínsulas semihundidas y ensenadas ocultas por los árboles en la región. Por fin, siguiendo las pocas huellas que dejaban, apenas unas ramas rotas a determinada altura, depresiones en el barro endurecido, un ocasional penacho de humo, logré encontrarlos. Justo a tiempo porque habían comenzado a caer las primeras heladas y las noches pronto serían insoportablemente frías. Vivían en una isla muy cercana a la costa. Consulté los mapas amarillentos que me había dado el funcionario de la Prefectura; la isla figuraba como Isla del Roble y en realidad estaba unida al continente por un estrecho istmo que desaparecía con las mareas. Entre el poblado bosque de robles pude ver algunos resplandores anaranjados en el crepúsculo, pequeñas hogueras o braseros. Durante la noche heló y esperé bajo el cobijo de un árbol caído, el cuerpo encogido y envuelto en el capote, mientras todo se volvía blanco y crujía a mi alrededor. Antes del amanecer comencé a buscar el istmo. Estaba casi cubierto por las aguas, recorrido por largas placas de hielo y arena dura como la piedra. La familia vivía en una casa de madera entre la espesura, de una sola altura, y de entre los tablones de las paredes rebosaba el musgo seco como una espuma amarillenta y en el tejado crecía hierba rala. No había nadie a la vista. Me interné en el bosque de la isla, en busca de la confirmación de que eran ellos los que buscaba, aunque no se me ocurría quién más podría vivir en aquellos bosques, quién querría habitar semejante páramo arbolado, comiendo ratas flacas y bayas ácidas, sepultado por la nieve y el hielo casi todo el año. Llegué a un calvero siguiendo lo que parecía un sendero sutil y vi un pequeño cobertizo, un tajo de madera con un hacha clavado, varios haces de leña y una mesa de matarife. Dentro del cobertizo había pedazos de carne puestos a secar y ahumar y olía a sal y humo de leña. Tras el cobertizo encontré lo que buscaba. La pierna colgaba de las ramas bajas de un joven roble, el talón atravesado por un gancho de hierro, y se mecía despacio en el aire frío. El muslo estaba cubierto de escarcha y sangre congelada, listo para el despiece. Volví al bosque y me instalé en una pequeña loma entre la espesura desde la que podía ver la casa. Comprobé el revólver de seis tiros, hice girar el tambor para asegurarme de que no se había congelado, lo cargué, lo dejé a un lado y saqué la carabina del fardo de las armas, la monté, lamentando no tener oportunidad de limpiar y aceitar las piezas, y me tumbé sobre el capote, vigilando la entrada de la casa. Tardaron todavía unas horas en aparecer. Primero salió de la casa de una de las mujeres de la familia, rubia y desgreñada, vestida con telas bastas y pieles de rata ribereña. Los zapatos eran de corteza y estaban atados con bramante. La mujer acarreó varios cubos de agua desde el pozo. Pronto salió uno de los gemelos, igual de desgreñado que la mujer. Parecía ido, aunque a aquella distancia era difícil precisar la expresión de sus ojos casi ocultos por las grasientas guedejas de pelo. Se sentó en una piedra plana a tallar un pedazo de madera con una navaja. Yo respiraba hondo y los mantenía alineados con el cañón de la carabina. El hombre, la mujer, el hombre, la mujer. Nadie sabía cuántos eran en la familia ni la exacta relación de parentesco que los unía, excepto en el caso de los gemelos. Las historias que me había contado el funcionario de la Prefectura abundaban en el incesto y los rituales paganos y las imprecisiones. Otras dos mujeres asomaron fuera de la casa, una muy vieja, otra muy joven. Las mismas ropas astrosas y los rostros chupados, los ojos ilegibles, opacos. No abrí fuego hasta que apareció el otro gemelo. Estaban conversando frente a la casa. El que estaba tallando no dejó de hacerlo, tiraba al suelo largas virutas de madera, y escuchaba lo que decía su hermano. El primer disparo fue malo, la carabina no estaba bien calibrada. La bala, en lugar de hundirse en la sien del gemelo en pie, lo alcanzó en la mandíbula y salió por el cuello arrastrando gran cantidad de esquirlas de hueso, músculo y materia diversa. Disparé al otro gemelo, al torso, para asegurarme. El tipo cayó de espaldas, con la misma expresión de pasmo que se le había quedado al ver explotar el rostro de su hermano. Las mujeres se habían refugiado dentro de la casa entre gritos. Intenté volver a disparar con la carabina pero se había encasquillado. Desenfundé el revólver y me puse en pie para salir de la espesura. Caminé hacia la casa con precaución. El hermano sin mandíbula se arrastraba por el suelo. Los ventanucos estaban cubiertos por esteras de cáñamo. Disparé a los hermanos, una vez a cada uno. Dentro se escuchaban voces femeninas, gemidos, lamentos. Una de las ventanas voló en pedazos. Me cubrí la cara con los brazos y noté una rociada de astillas como metralla de artillería. Le pegué una pata a la puerta y entré. Una de las mujeres, la más vieja, estaba intentando volver a cargar un trabuco en cuya ánima le cabría el brazo. La otra se me echó encima con un cuchillo de desollar. Golpeé su brazo armado con el revólver. La mujer me arañó el rostro, me hizo trastabillar y chocar de espaldas contra la pared. Noté la hoja del cuchillo cortar la tela de mi camisa y resbalar por el jubón de cuero que me cubría el vientre. Le retorcí la muñeca, le asesté otro golpe con el revólver en la cabeza, tomé el cuchillo y se lo clavé bajo la mandíbula. La hoja era larga y curvada y se abrió paso por su boca hasta el cerebro. La aparté a un lado y cayó como un fardo. La otra mujer había terminado de embutir clavos oxidados y cristales rotos dentro del trabuco. Le volé los sesos de un disparo cuando intentó echárselo al hombro. Miré a mi alrededor. Era una casa de una sola estancia, con muebles bastos y desvencijados. Había una mujer muy anciana junto a una estufa de hierro, envuelta en un rebozo negro. No había ninguna sorpresa ni terror en su rostro. Le apunté con el revólver. La mujer parpadeó como único reconocimiento de mi presencia. ¿Hay alguien más?, dije. ¿Hay alguien más? La mujer siguió con su lento parpadear. Entonces escuché los ruidos. Como ratones, ratones enormes. ¿Qué es eso?, dije. La mujer sacó de su rebozo unas manos apergaminadas y de las que faltaban varios dedos y habló en un idioma rocoso y bárbaro que nunca había escuchado, algo que venía de las fronteras más lejanas, más allá de la Horda Dorada y los páramos de hielo. Al fondo de la estancia había un altillo. De su interior surgían ruidos. Según me acerqué percibí el olor de un cubil, de animales hacinados. Los cachorros de la familia, dije. Unos sobre otros, con los dientes descubiertos y las uñas rotas y mugrientas, retorciéndose en lechos de paja. Los ojos desprendían destellos amarillos y conté hasta cuatro pares, puede que hubiera alguno más. Chisté para calmarlos. El olor de la sangre los volvía locos. Vacié el revólver, los seis tiros del tambor, hasta que dejaron de moverse. La mujer aullaba en su lengua de devoradores de cadáveres, alzaba las manos al techo y se retorcía en su silla. Recargué el revólver sin dejar de mirarla. Has venido de lejos, dije. De muy lejos. La mujer seguía salmodiando, arrojando maldiciones ancestrales sobre mí y mi descendencia, insultando a mis muertos, o eso imaginé. Tenía cara de mono, de un mono pelado y enfermo. Esperé a que terminase su perorata. Cuando lo hizo volvió a contemplarme con unos ojos arrasados pero que no lloraban. No hay maldiciones suficientes, vieja, dije. Cerró los ojos y le disparé en la frente. Volví a contemplar la estancia con más tranquilidad. Todo estaba lleno de herramientas, instrumentos de leñadores y cazadores. En tierras más fértiles y menos duras podrían haber vivido bien. Pero ellos habían elegido vivir allí, tan al norte, por motivos imposibles de discernir. Aquella familia no era lo que mis patrones pensaban que era pero seguí sus instrucciones hasta el final. Decapité los cadáveres con ayuda de una sierra y les llené la boca con unos ajos resecos y medio podridos que había llevado en la faltriquera todo el viaje. Metí las cabezas en un saco y amontoné los cuerpos en el centro de la estancia. Decidí quedarme el cuchillo de desollar con el que me había atacado la joven y busqué hasta encontrar su funda. Esparcí la paja algo ensangrentada de los lechos por el suelo, lo rocié todo con el aceite de los quinqués y volqué la estufa de hierro de una patada. Las cabezas las enterré bosque adentro mientras la casa ardía y se elevaba sobre el bosque un humo negro y grasiento. Me dirigía al calvero cuando noté algo. Una presencia en los bosques. Me estremecí de pies a cabeza y eché mano al revólver. Comenzó a nevar, muy suave, muy lento. Polvo de nieve se arrastró entre los árboles. Seguí caminando hasta el calvero y allí estaba. No tenía ni un pelo en el cuerpo y era muy blanco. Contemplaba la pierna colgada del roble con una expresión indescifrable. Así que tú eres el responsable, dije. Aparté la mano del revólver y saqué la bolsita del tabaco para liar un cigarrillo. Lo miré de nuevo. No eres un vampiro, dije. Lo pareces pero no lo eres. Eres otra cosa, mucho más antigua.

La criatura asintió y dijo: Yo estaba aquí antes de los primeros hombres. Mi reino se extendía por todos los bosques y los páramos de hielo. Durante miles de años fui señor de estas tierras. Ahora esta isla es todo lo que me queda.

Por eso estaban aquí, dije. Esa familia de locos. Los de tu raza son como imanes para esa gente. Mis empleadores creían que eran vampiros. Sus hijos desde luego ya no parecían humanos. Pero eras tú, era tu influencia. Despiertas el hambre de carne humana, como dicen las leyendas. Llevaban años asaltando caravanas y secuestrando gente en las lindes del bosque. Lo hacían por ti.

No pongo en los hombres ningún deseo que no estuviera ya en ellos, dijo la criatura. Casi me había desvanecido cuando ellos llegaron. Era tan fino como tripa de pescado, un hilo apenas que se sostenía en el aire. Quemaron inciensos y hierbas en braseros en una parodia involuntaria de los viejos ritos. Ofrecieron cuencos de sangre de cabra. Los tomé con manos que eran transparentes. Me fortalecieron. Pude bendecirlos con mis dones y mi semilla. Me trajeron mujeres y yací con ellas y bebí su sangre. Comimos la carne sagrada.

Estaban locos como ratas de cagadero, dije.

Fueron tocados por una gracia vieja que casi ya no existe en el mundo, dijo la criatura. Algo que se retira y vuelve a las sombras. Sus hijos eran mis hijos y ya no puedo oír sus voces. Ya no habrá más. Es el fin.

La criatura me miró. Sus ojos eran todo pupilas negras, repugnantes bajo los párpados sin pestañas. Tu sangre no es humana por completo, dijo. Lo huelo.

No, dije. Mi padre era el último de los ogros y mi madre una de las Reinas del Lago.

Progenie de un ogro y de una Reina del Lago, dijo la criatura. Eso te emparenta conmigo, de alguna manera. Realeza, aristocracia. En otro tiempo serías un dragón coronado, un leviatán de fuego. Ahora no eres más que una mujer y una asesina de parientes.

De algo hay que vivir, monstruo, dije. Tiré el cigarrillo que había estado fumando, guarneciéndolo con una mano de los copos de nieve que no dejaban de caer. Desenfundé el cuchillo de desollar y lo hundí en la criatura como si no tuviera más consistencia que la nieve, sajando capas y capas de su carne inhumana, sin derramar una gota de sangre hasta que retorcí la hoja y algo se le rompió dentro y la sangre manó y manó, una sangre desvaída, sin alcaesto ni fuerza, una sangre en retroceso al igual que toda su raza, el fantasma de una sangre auténtica, fría, pálida, que caía al suelo sin derretir la escarcha. El rostro de la criatura se contorsionó y se vació, se volvió translúcido antes de humear y comenzar a desvanecerse. Sus dedos palpaban mi ropa buscando algo a lo que asirse. Extraje el cuchillo y lo miré hasta que, en efecto, se volvió fino como tripa de pescado, apenas un hilo sostenido en el aire gélido, y desapareció para siempre, sin posibilidad de retorno. Un viento frío se levantó y movió las hojas de los robles, removió la nieve en polvo alrededor de mis pies. Después ya estuve sola en aquellos bosques casi infinitos.

El trampero de Personville

Geografía y breve historia de Personville – Indio muerto – El trampero y su cafetera– Los gemelos cobran la recompensa – Pelea en el Gentleman Loser – Enoch Eriksen dispara al sheriff

La ciudad de Personville era la más importante de la región de Stony Rapids. Situada en la bahía Hudson, en la orilla sur del río Chasatonga, contaba con unos doscientos edificios a finales de siglo y una población bulliciosa y abundante durante el verano y escasa y lánguida durante la temporada de caza. Dos calles principales se cortaban al estilo hipodámico de las ciudades romanas dotando de un inesperado orden urbanístico a la población. Main Street era la más importante de ellas, pues conectaba el embarcadero del río con la entrada sur de la ciudad. En dicha calle estaba la cámara de comercio, el ayuntamiento, la oficina del sheriff, el hotel sin nombre de tres plantas que regentaba un sirio llamado Alí, el Gentleman Loser, y dos restaurantes, además de una decena de establecimientos de compra y venta de pieles, armas y munición, comestibles, en toda la variedad que las ciudades del Norte son capaces de ofrecer. En Second Street podían encontrarse los dos burdeles de la ciudad, en los que trabajaban chinas e indias y algunas mujeres blancas, así como lavanderías, herrerías, practicantes de medicina sin licencia, curanderos chippewas, y restaurantes en los que se servía carne de caballo viejo y cola de castor y otras inmundicias. No había iglesia o parroquia de ningún tipo y los días de culto un anciano predicador levantaba una carpa en las afueras en la que se reunían las beatas y leía fragmentos de la Biblia y señalaba al cielo y a los hombres y hablaba del infierno.

La mañana del veintitrés de septiembre de mil ochocientos noventa y seis dos hombres a caballo enfilaron Main Street desde el sur atrayendo las miradas de los ociosos y los comerciantes. En primer lugar porque el caballo de uno de ellos arrastraba el cadáver congelado de un indio en una parihuela improvisada con una piel de caribú y dos varas de fresno. En segundo lugar porque los jinetes eran idénticos entre ellos, rubios y barbados, y llevaban rifles en los portacarabinas de las sillas y revólveres al cinto. No habían caído las primeras nieves pero escarchaba todas las noches y los cascos de los caballos sonaban duros en la calle de tierra apisonada. Un hombre salió de la barbería donde se había puesto bajo los ingenios del sacamuelas y escupió un largo chorro de saliva sanguinolenta a las roderas de barro petrificado que habían dejado las carretas y se quedó mirando a los jinetes, dolorido y borracho de éter. Los jinetes cabalgaban despacio, tocando el ala de sus sombreros, como si conocieran a todo el mundo, pero nadie los conocía allí.

El ayudante del sheriff estaba fumando un cigarrillo en la puerta de la oficina y cuando los vio venir metió la cabeza por una ventana y dio una voz. El sheriff, un hombre orondo y cachazudo, salió subiéndose con una mano el cinturón de la pistolera y en la otra una taza de lata abollada de la que bebía café. Los representantes de la ley miraron avanzar a los gemelos hasta que se detuvieron frente a la oficina. Justo enfrente, en el porche del Gentleman Loser, unos tramperos compartían una botella de aguardiente. ¿Quién diablos son esos?, dijo uno de ellos.

El más viejo de ellos, un trampero retirado llamado Jeremiah, movió la masa de tabaco que paseaba por sus encías desdentadas y dijo: Cazarrecompensas.

¿A quién llevan ahí?

Es el indio Tom, dijo el viejo.

El ayudante del sheriff y el sheriff miraban el cadáver y asentían con la cabeza. El cuerpo estaba rígido, azul y escarchado. La sangre se le había encostrado en el tosco y remendado abrigo de piel de rata ribereña. Uno de los gemelos, sin desmontarse, sacaba unos papeles de su faltriquera. El sheriff ojeó los papeles. El ayudante tocó el cadáver con el pie y lo giró un poco. Tenía dos tiros en la espalda.

¿Quién es el indio Tom?, dijo un trampero que se mantenía un poco apartado del grupo, liando un cigarrillo con papel de periódico. Era un hombre corpulento, con una espesa barba negra y un gorro de piel de castor encasquetado en la cabeza.

Trabajaba en un establo de Jackson City, dijo otro trampero. Le prendió fuego al establo y murieron dos personas y un montón de caballos. No se le había vuelto a ver desde entonces.

Otro de los tramperos se tocó la cabeza con un dedo. Vale mil dólares, dijo.

El hombre de la barba negra encendió el cigarrillo con una cerilla, dio una calada y después sopló de la brasa las pavesas grises que habían quedado adheridas. Ajá, dijo.

Algunos curiosos se habían acercado al cadáver. El sheriff le estaba preguntando el nombre a los gemelos.

Me llamo Erik Eriksen, dijo uno de ellos. Éste es mi hermano Enoch.

¿De dónde sois?

De Oregón.

El sheriff señaló al indio muerto.

¿Y dónde estaba éste?

El gemelo señaló vagamente hacia el oeste. Estaba escondido en un poblado indio, dijo. Junto a un lago. Río abajo.

Un poblado indio.

No más de un par de familias, en realidad.

¿Y qué ha pasado con esa gente?

Los gemelos se miraron.

¿Se pagaba algo por esa gente?, dijo Enoch Eriksen.

No.

Para qué íbamos a traerlos, entonces.

El sheriff miró a la pareja durante un largo momento.

De acuerdo, dijo. Billy, lleva a este pobre infeliz al cementerio.

Sí, jefe, dijo el ayudante.

Los gemelos desmontaron. El sheriff cogió el papel que Erik Eriksen le había mostrado, en el que se describía al fugitivo y se ponía precio a su cabeza. Dejaron los caballos atados a un abrevadero junto a la oficina. Cruzaron frente al porche del Gentleman Loser camino de la única sucursal de banco en Personville. El sheriff saludó a los allí reunidos y así lo hicieron también los gemelos, con amplias sonrisas en sus barbas rubias. Parecían niños disfrazados, los ojos azules y de una extraña inocencia. A su paso tintineaba el metal de sus armas y municiones y las espuelas de sus botas como el ruido lejano de un discreto ejército.

Los tramperos contemplaron después al ayudante del sheriff desatar la parihuela del caballo y quedarse mirando el cuerpo sin saber qué hacer. Por fin le dijo al grupo de curiosos que alguien fuera a llamar al enterrador.

El trampero de la barba negra apuró el cigarrillo y lo lanzó a la calle de un papirotazo. Tengo que irme, dijo. Salió del porche sin más despedida y tomó una callejuela junto a la taberna, apenas un hueco entre el Gentleman Loser y la tienda de Smith. Caminó entre porquerizas embarradas y las traseras de una lavandería en la que unas chinas de aspecto centenario frotaban la ropa en tablas de lavar, la espuma gris hasta los codos. Sus voces agudas suspendidas en el aire gélido de la mañana. Una cabra apersogada lo miró pasar con ojos ilegibles de insecto. Ya se podía escuchar el martilleo del herrero y lo encontró en su establecimiento, golpeando en el yunque un pedazo de escoria al rojo, un maltrecho pedazo de hierro en trámites de convertirse en otra cosa todavía inaventurable. Un eje de carro. La plancha de una pala o una azada. Una bala de cañón. De la boca abierta del horno surgía una luz anaranjada y volcánica y un calor sofocante. El herrero estaba tiznado y brillante de sudor sucio, desnudo bajo su peto de trabajo. Hola, Jack, dijo entre dos martillazos.

El trampero se mantuvo en la puerta de la herrería, donde la temperatura no era asfixiante. El herrero martilleó el hierro hasta quedar satisfecho por el momento y lo sumergió en un barreño de agua. El hierro silbó como una cosa viva. Dejó el martillo y las tenazas en el yunque y le hizo un gesto para que entrase. El trampero entró a su pesar. Le echó un vistazo al horno y su interior le hizo pensar en entrañas de dragón. El herrero estaba buscando algo en una mesa al fondo, entre diversos aparejos, eslabones de cadenas, utensilios de cocina, objetos metálicos que la gente de Personville llevaba para reparar. Aquí está, dijo el herrero. Tu cafetera.

El trampero la cogió. Las abolladuras habían sido reparadas a martillazos y el asa había sido soldada de nuevo y sustituida su cubierta de madera por un apretado alambre enrollado.

¿Qué le pasó?, dijo el herrero. Parecía que le habías dado una paliza.

El trampero sonrió. Volqué la canoa, dijo. La cafetera se fue por un rápido del Puerco Espín. La encontré por casualidad un par de semanas después, atascada en una presa de castores, pero supe que se podía reparar.

Deberías comprarte una nueva, dijo el herrero.

¿Por qué? Le tengo cariño a ésta.

Pagó al herrero y se llevó su cafetera envuelta en papel de estraza. Salió a Second Street y volvió desde ahí a Main Street dando un rodeo. Entró en la tienda de Smith…

 

Continuará

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