Francisco Serrano

Monstruos y naves espaciales

Mes: febrero, 2012

Monstruos y asesinos (IV)

El barrio de los puentes era un barrio oscuro. La única iluminación provenía de las ventanas de las casas flotantes y de las hogueras en los aleros y bajo los tejadillos de los puentes. Los barcos y los botes estaban atracados de cualquier manera a lo largo de los canales, se escuchaba el rumor de los gremios en su interior, los pintores de loza, los alfareros, los calafateadores y los carpinteros. V caminaba con las solapas del abrigo subidas y la cabeza gacha. El pelo recogido en una coleta y metido por dentro de la ropa. En el bolsillo llevaba el revólver. Conocía tres lugares en los que podría esconderse, una pensión bajo el Puente de los Murciélagos en la que se alquilaban camastros en habitaciones ocultas con salida directa a los canales, un enorme bote de vapor que hacía la ruta entre el barrio de los puentes y las fábricas abandonadas de las afueras sin detenerse nunca y, el más lejano y al que había decidido dirigirse, el Paláis Sauterelle, la residencia de Legba, un palacio construido sobre el último y el más importante de los puentes de la ciudad. Legba era un noble caído en desgracia, despojado de su título en la corte del Dios Vivo, quizá por eso simpatizaba con nuestro crimen. Su palacio lo protegía un ejército personal y había que pagar para cruzar el puente. Era el lugar más seguro posible, incluso si los perseguidores eran de la policía del Rey.

V decidió tomar un bote de transporte, pagar a unos remeros para que la llevasen hasta el Paláis Sauterelle. Río abajo, por el ancho canal y a favor de corriente, no tardaría más de una hora. Ir a pie por el laberinto de puentes y callejones del barrio era demasiado arriesgado.

Alcanzó uno de los muelles del canal. Había grupos de estibadores aburridos, esperando trabajo, bebiendo cerca de las hogueras. Un borracho barbudo enfundado en ropas roñosas gritaba incoherencias. Un crujido constante de madera de los barcos y las casas flotantes. No había botes de transporte todavía. Iban y venían, llevando a gente según sus necesidades. V se pegó a una columna, que alguna vez había sostenido un soportal entre dos puentes, y no se decidió a bajar todavía los escalones de piedra hasta el muelle. Allí los soportales arrojaban sombras largas y terribles. Permaneció quieta, temblando de frío, mirando las aguas que eran muy negras en la noche y grises durante el día, aunque cuando la luz incidía en un ángulo peculiar se revelaba una capa superficial oleaginosa, irisada, y parecía otra cosa, algo diferente, venenoso, un color surgido del espacio, y el tráfico de los barcos nocturnos, algunos a vela, la mayoría traqueteando con sus palas y vomitando vapor y humo por sus chimeneas y aliviaderos.

Entonces sucedieron dos cosas casi al mismo tiempo. Un griterío vino desde el canal y sonaron algunas campanas de alarma. V estiró el cuello para mirar. Un resplandor rojizo como una antorcha enorme venía por el río. La gente salía a los porches de sus casas flotantes, frotándose los ojos, se asomaba desde los puentes, preparaba cubos de agua en las chabolas colgantes bajo los arcos. Un barco en llamas, sin tripulación, que llevaba la corriente e iluminaba de rojo la piedra mojada del canal.

V se separó de la columna para seguir mirando. Era un barco mercante viejo cuyo castillo de popa era mampostería labrada, roca viva en cuyos intersticios brillaba un color plasmático animado por el fuego interior. Ondas de calor cruzaban el aire y V sacó las manos de los bolsillos y se las frotó, fascinada. Continuaba el griterío y las campanas de alarma. Una chispa, una pavesa llevada por el viento, podía extender el incendio a otros barcos o a las casa flotantes. Hasta el borracho dejó de gritar y se quedó mirando el espectáculo.

El hombre con el pelo color de arena surgió de la oscuridad y le hundió los dedos en el brazo, justo sobre la articulación del codo. Un latigazo de dolor le nubló el cerebro. El hombre le quitó el revólver del bolsillo del abrigo. Oh, dijo. Llevo horas rastreándote.

Hundió la cara en su pelo. De cerca hueles todavía mejor, dijo.

V ejecutó el movimiento de manera fluida, como si lo hubiera estado ensayando toda la vida, golpeó hacia atrás con la cabeza y escuchó el crujido de la nariz del hombre al romperse. Miró entre sus piernas y vio un zapato color marrón. Puso todo su peso en un taconazo con la bota reforzada de acero, justo sobre la punta del pie. Otro chasquido de huesos. La dolorosa presión del codo desapareció. V le propinó un codazo y echó a correr hacia el muelle. Cualquier barco le valdría ahora. Saltó los escalones de piedra, buscándose la bolsa de monedas de oro. Podría comprar otro revólver río abajo. No volverían a emboscarla de esa manera…

Un hombre tocado con un sombrero negro esperaba bajo los soportales. Le dio un puñetazo en la mandíbula. V quedó ciega y sorda. Recuperó los sentidos de rodillas, todavía intentando huir, y se arrastró hacia los barcos. Un hilo de sangre y babas le caí de los labios. El hombre del sombrero le dio una patada en estómago. V apretó los dientes. Cabrón, dijo. Los dientes le bailaban en los alvéolos. El hombre del bolsillo tenía un rostro afilado y pálido, de pájaro. Abrigo y guantes negros. Era muy alto e inexpresivo como un muñeco. El otro sicario bajó las escaleras cojeando. Tenía la nariz torcida y tumefacta, pero no sangraba. Será puta, dijo. ¿Has visto lo que me ha hecho?

V intentó ponerse en pie. El hombre del sombrero negó con la cabeza.

Que te estés quieta, dijo el otro. Le dio una patada en la entrepierna. V gritó de dolor. Te dije que volveríamos a vernos.

Tranquilo, Fish, dijo una voz. El hombre del gabán gris surgió también de las sombras de los soportarles. Fumaba un cigarro. V lo miró desde el suelo, las manos engarfiadas en el bajo vientre, los ojos lagrimeando de dolor. Era un hombre de pelo muy negro y espeso, de cejas gruesas y negras. Algo animalesco y extraño en él. Inhumano.

Señorita, dijo el hombre del gabán. Queda usted detenida por el asesinato del barón de Reis.

Tiró el cigarro a un lado. Soy el comisario Orlov de la Policía Real y estos son los agentes Fish y Kemper, dijo. Nos encargaremos de su custodia hasta que sea entregada a la justicia. Kemper, ponle las esposas.

El hombre del sombrero se inclinó sobre ella y le dio la vuelta de un empujón. Tenía las manos enormes. V intentó resistirse. El hombre le retorció los brazos hasta que cedió y le puso unas esposas metálicas.

El otro hombre, Fish, se señalaba el rosto: ¿Ha visto lo que me ha hecho, jefe?

Orlov asintió. Sacó una cigarrera del gabán. Los riesgos del oficio, dijo.

Kemper, el hombre del sombrero, puso a V en pie. Apenas le llegaba al hombro. Sentía dos fuertes latidos de dolor sincronizados, en la mandíbula y la vagina. Hijos de puta, dijo.

Fish sonrió. Así me gusta, niña, dijo. Dame otra excusa para pegarte.

Orlov negó con la cabeza. Encendía otro cigarro. No hay razón para eso. ¿Verdad, señorita? A partir de ahora se va a portar bien.

V intentó morderle la cara. Kemper la sujetó por el pelo y se lo retorció hasta hacerla gritar. Orlov suspiró. Ponedle la capucha, dijo. Ya se tranquilizará.

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Monstruos y asesinos (III)

Supe que me habían vendido en la noche del segundo día. Antes de eso había pasado las horas sin salir de la habitación, recorriendo el poco espacio en paseos nerviosos, haciendo crujir las tablas manchadas del suelo. Además de la cama la habitación tenía un escabel, un tocador. Del techo colgaban argollas y ganchos discretos. El terciopelo de los cojines olía a humedad y estaba raído. Había también un baño pequeño con apenas un agujero de loza en el suelo, un lavabo y un pedazo de espejo en la pared. La única ventanita apenas podía abrirse, sujeta por una par de finas cadenas. Tuve que subirme a medias al lavabo para echar un vistazo fuera. Daba a un patio interior en el que se distinguían unos bultos oscuros, basura, muebles desvencijados quizá, derrelictos de prostíbulo.

La camarera aparecía de vez en cuando para preguntarme si necesitaba algo. Me traía comida en uno de sus carritos que, aunque intentaban disimularlo, no era más que los restos fríos del banquete del Gran Salón. Habíamos acordado un precio exorbitado en monedas de oro. Era el huésped al que más se le cobraba y el que recibía el trato más miserable en el Hotel Subterráneo. No parecía fuera de lugar.

Le pedí por fin, para calmar mis consumidos nervios, algo para hacer una infusión. Me trajo un infiernillo eléctrico, una taza y una tetera. Llené la taza con agua del lavabo y mientras se calentaba repasé mis pertenencias, los amuletos que había logrado salvar en la huida, el estuche de cuero con los utensilios, la jeringa de vidrio y los tres viales del líquido rojo. Me quedaba algo de chazal seco, apelmazado en un taco del tamaño de un dado. Desmigajé la mitad en el vaso y después lo llené de agua hirviendo hasta el borde. Contemplé la repentina agitación en el líquido, tiñéndose de rojo poco a poco, los posos cayendo al fondo del vaso. Soplé para enfriarlo. No tuve paciencia y me escaldé la lengua. Pretendía hacerlo durar, no tener un cuelgue demasiado intenso, pero acabé con la infusión en cuatro tragos.

La habitación se combó bajo el efecto del chazal. Las manchas en las tablas del suelo comenzaron a pulsar, a reconfigurarse narrando historias. Surgieron los significados ocultos de los arañazos en la puerta. Como siempre, como todo en esta ciudad, se inscribía en unas complicadas coordenadas de violencia y sexo y huidas espasmódicas. Comprendí que la habitación era un escenario deliberado, un capricho de un cliente habitual, una aproximación a otras habitaciones, a otro mundo vedado para siempre por sus crímenes. Crímenes que aquí tenían por completo otra dimensión y ninguna condena. Los significados siguieron pulsando desde cada superficie. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no descomponerme yo también y perderme en la maraña de información que saturaba el aire helado de la habitación. El cuelgue fue tan intenso que llegué a conocer el nombre de dos mujeres que habían sido encerradas y torturadas allí, que se habían arrastrado por las lisas tablas del suelo, dejando un largo rastro, y se habían hecho saltar las uñas contra la puerta blanca.

Rebañé los posos del vaso y me los puse bajo la lengua. El cuelgue continuó. Supe cosas terribles y me esforcé por olvidarlas al instante. Cuando volvió la camarera sudaba y me sentía febril, pero volvía a estar en mis cabales. Me preguntó si necesitaba. Traía un cuenco con sopa tibia y algo de pescado. La contemplé en silencio. Era muy hermosa. Vestía de negro y llevaba cofia. La línea de las cejas, las pestañas, el fragmento de clavícula que dejaba ver su uniforme. Permití que mi percepción fuera un poco más allá. Sentí su pulso en el paladar, la temperatura exacta de su sangre como un tacto sedoso en la yema de los dedos. El olor de sus genitales, de sus axilas levemente sudadas, me golpeó en el lóbulo frontal, reconfigurándose desde el puro dato objetivo a una impresión sinestésica, un aroma que no era aroma y podía percibir sólo en la mente. Tuve una erección al instante. Tragué saliva.

¿Está bien?, dijo la camarera. No parecía alarmada.

Escupí los posos rojos de chazal al suelo. Dio un paso hacia atrás. ¿Le ocurre algo?, dijo.

El aleteo de sus párpados. Fruncimiento del labio superior. Un brillo fugaz en los ojos. Entonces supe que me habían vendido. Dile a la madama que venga a verme, dije.

Pero…

Estaba sentado en la cama y me puse en pie. Me acerqué al carrito en que había traído la cena y lo volqué de una patada. Dile a la madama que venga, dije.

La camarera asintió, sin mostrar ninguna alarma, y salió de la habitación.

Intenté tranquilizarme. Me puse el abrigo y coloqué la funda del cuchillo en la cintura de mis pantalones, de forma que pudiera alcanzar el arma con facilidad. Guardé el estuche con los viales y las últimas monedas de oro en un bolsillo interior del abrigo. Me preparé. El chazal te convierte en una máquina de analizar datos, de encontrar significados, en un detector de mentiras casi infalible. También te convierte en un paranoico impulsivo y violento. Se tarda años en dominar el consumo. Yo era propenso a la paranoia y los ataques de pánico cuando no tenía a V para controlarme.

Pensaba en eso cuando se abrió la puerta y entró el portero negro. Todo en él era violencia contenida, como el muelle en el interior de un mecanismo de disparo, plegado sobre sí mismo, esperando la más leve presión para liberarse, su postura similar a la mía, las piernas separadas y firmes, una mano a la altura de la cadera, dispuesta para alcanzar un arma oculta. La madama estaba en el pasillo. Por favor, dijo. Esta situación es inaceptable.

Dio un paso dentro de la habitación. Caballero, dijo. Por favor. ¿Qué le sucede?

La información que desprendían era demasiado complicada para desentrañarla. Cada gesto, cada pose, intentaba dotarse de un significado último, desplegaba una carga de eventos relacionados en su pasado que era imposible individualizar.

Me habéis vendido, dije.

Por supuesto que no, dijo la madama.

El hombre está en el vestíbulo ahora mismo, dije. Seguía sudando copiosamente. Veía borroso. Lleva un sombrero negro, de ala ancha, y una levita larga…

Lo vi con tal claridad que al instante pensé que era un espejismo, una ilusión construía por el exceso de información. Relajé los dedos.

Entonces la madama y el portero cruzaron una mirada y supe que no era un espejismo. Saqué el cuchillo. El portero sacó su arma. Los dos éramos diestros y nos golpeamos al mismo tiempo en el costado izquierdo. El cuchillo le abrió un tajo de un palmo. El chorro de sangre me vomitó un torrente de información en el cerebro, historiales, sus últimas comidas, la última vez que se acostó con una de las prostitutas del local. Su arma era una porra vieja, una barra de plomo enfundada en madera de pino. El golpe me hizo trastabillar, me dejó sin aire. Apuñalé de nuevo. El negro golpeó de nuevo. Mis costillas temblaron. La hoja del cuchillo chirrió en el hueso de su cadera. Apuñalé de nuevo en la ingle. Apuñalé en el muslo. El negro se desplomó. La madama huía por el pasillo, gritando. Cerré la puerta y arrastré la cama para bloquearla. Se estaba armando un buen jaleo en el pasillo.

Entré en el cuarto de baño. Tiré de la ventana hasta romper las cadenas que la fijaban y sacarla de las bisagras. La arrojé a un lado. Me subí al lavabo y saqué medio cuerpo por el hueco angosto y casi insuficiente. La puerta de la habitación sonaba como si la estuvieran embistiendo con un ariete. El patio interior al que daba la ventana estaba muy oscuro. Era difícil calcular la altura. Respiré hondo y me arrojé sin más al vacío.

Monstruos y asesinos (II)

Nos vestimos deprisa. V no volvió a enfundar el revólver. Se sentó junto al ventanuco para vigilar mientras yo llenaba de cosas una maleta y un bolso de viaje. Algo de ropa, las monedas de oro, diversos amuletos y el estuche con los utensilios y los últimos tres viales de líquido rojo.

¿Sigue ahí?

Sí.

¿Qué hace?

Nada. Espera. Pasea.

¿Seguro que es él?

Seguro.

Le pasé el bolso de viaje. Ajustó la correa para llevarlo a la espalda, el cuero cruzado entre los pechos como una canana de balas. Una de las trencitas se le estaba deshaciendo. Un rubor seguía prendido en sus mejillas, un último vestigio sexual.

¿Preparado?, dijo.

Cogí la maleta. Era grande y vieja, con remaches metálicos e infinidad de hebillas,  pero apenas pesaba. Había utilizado la ropa para asegurar todo lo valioso que llevaba dentro. Miré por el ventanuco. El hombre seguía allí, las manos metidas en los bolsillos del gabán gris. Sonreía. Alzó un brazo y me dedicó un saludo breve.

Salimos al pasillo sin correr todavía. Los suelos de madera crujían a nuestro paso. Los dos llevábamos botas idénticas, negras y reforzadas con acero. Las puertas de las otras habitaciones del pasillo seguían cerradas. Sus ocupantes eran aún más furtivos que nosotros aunque quizá sus crímenes no fueran tan terribles. En el Pasaje del Dragón soplaba un viento desapacible. El día gris se escurría hacia el oeste. V ocultó el revólver. Caminamos como si no tuviéramos prisa.

¿Recuerdas el plan?, dijo.

Sí.

A un lado teníamos el barrio de los puentes y al otro el barrio de las galerías. Nos movíamos por la franja intermedia de callejones estrechos y escalinatas peligrosas, arcos que daban paso a bóvedas abandonadas, viejas bodegas que se habían convertido en lugar de tránsito. Intentaron la emboscada en uno de esos lugares. Al entrar en la bodega encontramos a un hombre delgado, con el pelo de color arena, que nos estaba esperando. Esperaba bloqueando el paso en la única salida. Por favor, dijo. No os resistáis.

V sacó el revólver. Encañonó al hombre.

Dejadnos en paz, dijo.

Intenté retroceder por la escalera por la que habíamos bajado pero me detuve. Alguien se acercaba por el callejón. Pasos pesados en el empedrado. Pensé que era el inhumano hombre del gabán gris y temblé un poco. Puse la mano en la empuñadura del cuchillo.

El hombre del pelo color arena contempló a V, la miró de los pies a la cabeza y durante un instante asomó la punta de su lengua, azulada y repugnante.

Somos la policía, muchacha, dijo. No os busquéis más problemas, vosotros dos.

Tú no eres policía, dijo V, y voy a pegarte un tiro como no te apartes de ahí. Último aviso.

El hombre se apartó. Sonrió con unos dientes espantosos.

No, dijo. Éste es nuestro último aviso.

Atravesamos la bodega. El hombre mantuvo las distancias.

Hasta luego, dijo. Volveremos a vernos.

Nos separamos en el Puente de los Ratones. Era un puente cubierto y se consideraba parte del barrio de las galerías. Los faroles de gas siseaban y del río subía un chapaleo inquieto. Ocúltate. Paga por protección. Reúnete conmigo en el vestíbulo del hotel Corona tres días después. Si no estoy vuelve a intentarlo tres días después. Inténtalo una y otra vez hasta que sepas que he muerto. Ése era el plan.

Había dividido el oro a partes iguales, aunque poco importaba. V conocía todos los alijos escondidos por la ciudad. Me pidió que cuidase bien de los viales. Dentro de tres días, dijo. Nos besamos. Intentó irse. La sujeté por la nuca y volví a besarla. No te extravíes, dije. No, dijo. La miré marchar por el puente hasta desapareció en las sombras. Jamás volví a ver su rostro.

Recorrí las galerías cubiertas atento a cada sombra con la que me cruzaba. La gente en los puestos de comida, en las puertas de las tiendas de venenos y serpientes, de amuletos y sortilegios, en cuyas trastiendas se llevaban a cabo negocios todavía más oscuros. El barrio se sucedía como un laberinto de calles y bocacalles de aires viciados y faroles defectuosos, de cristales esmerilados, ventanas y puertas cegadas, rejillas a ras de suelo desde las que siseaban bocas y asomaban dedos, gárgolas y angelotes de yeso que pendían de los techos cercanos, se cernían con las bocas abiertas en los arcos de entrada de los cafés, las facciones comidas por el moho negro, indistinguibles, expositores de huesos pintados y piezas rotas de motor, relojes, teteras abolladas, cuberterías de hierro o madera, kapalas de latón, kapalas de cobre, kapalas de oro falso con rubíes de vidrio coloreado, y gran cantidad de conchas de tortuga y cabezas disecadas de perro.

Entré por fin en el Hotel Subterráneo, que no era un hotel en absoluto pero tenían habitaciones. En el vestíbulo de entrada, un lugar angosto y caluroso, un portero negro me retuvo unos instantes. Estaba tras un mostrador de madera y me miraba con desconfianza. Puse algunas monedas de oro en el mostrador. El negro pulsó un botón oculto y la madama apareció con una camarera muy joven para hacerse cargo de mi maleta y mi abrigo. Negué con la cabeza. Quiero hablar con el propietario, dije, aferrado a mis cosas, la maleta en una mano, el abrigo doblado sobre el otro brazo.

La madama, una mujer de unos cuarenta años con un complicado peinado de bucles rubios y un vestido entallado de color rojo que le realzaba el pecho, negó con la cabeza. El propietario no está aquí, dijo.

No he dicho que quiera verle, dije. Saqué un puñado de monedas de oro. He dicho que quiero hablar con él.

La mujer asintió. Cogió las monedas y desapareció de nuevo. Yo estaba sudando. El negro y la chica se me quedaron mirando. La madama me llamó desde un cuarto tras el mostrador. Entré. Viejos archivadores de madera, una mesa y un teléfono de baquelita. Ella estaba sentada en una silla y sostenía el auricular del teléfono. Me lo ofreció.

Legba, dije.

Escuché su respiración, ahogada por la máscara.

Tú, dijo.

Necesito ayuda, dije.

Te dije que esto iba a pasar.

Lo sé.

¿Quién os persigue?

No lo sé. Dicen que son policías.

¿Lo son?

Podrían serlo.

¿Está V contigo?

Nos hemos separado.

Bien, dijo Legba. Era difícil adivinar su estado de ánimo sin saber qué máscara había elegido para ese día, el Lobo, el Buitre, el Lagarto.

Necesito un escondite.

Legba emitió un gruñido quedo, casi mudo. Tienes mi permiso, dijo, pero tendrás que pagarlo y acordar un precio con ellos. No quiero saber nada más de este asunto. Pásame con Beatriz.

Le di el auricular a la madama. Ella escuchó. Me sentí muy cansado. Observé a la mujer hablar, o más bien escuchar lo que Legba le decía. Ajá, ajá, decía la mujer. Un bucle dorado contrastaba en la baquelita negra como un arabesco imposible. La mujer colgó.

Sígueme, dijo.

Antes de entrar en el Gran Salón del Hotel Subterráneo la camarera me ató un embozo al rostro. El lugar estaba lleno de clientes embozados y prostitutas desnudas con el cuerpo cubierto de tatuajes, anilladas y marcadas a cuchillo por sus propietarios, glifos de cicatrices en espaldas, nalgas, muslos, escarificaciones tintadas en los pechos. Las prostitutas se movían entre las mesas en las que los hombres cenaban y bebían, con un cierto aire de desfallecimiento, invitando a tocar sus marcas.

La madama me guió hasta las habitaciones de la segunda planta. Nos cruzamos con hombres enmascarados que arrastraban o eran arrastrados por las putas. El pasillo estaba enmoquetado de rojo y negro, un dibujo en zigzag que producía dolor de cabeza. No se escuchaba nada de lo que sucedía en las habitaciones. No llegaban tampoco los ruidos del Gran Salón. Era como tener la cabeza llena de algodones.

La mujer me dio una llave y nos detuvimos frente a la última puerta.

¿Quieres compañía para esta noche?, dijo. Puedo hacer que suba un par de muchachas.

No es necesario, dije. Estaré aquí tres días. Necesitaré comida y agua. Nada más.

De acuerdo, dijo.

Le di más monedas de oro.

Nadie puede saber que estoy aquí.

Nuestro negocio es siempre discreto, dijo la madama.

La camarera que me había puesto el embozo apareció por el pasillo empujando un carrito con flores, hielo y un par de botellas de champán. No levantaba la mirada del suelo. Llamó a una puerta al otro lado del pasillo. Esperó unos segundos y entró. Entreví a una mujer colgada de pies y manos del techo, amordazada y cegada, y a un hombre desnudo de cintura para arriba y con un pasamontañas, que le pasaba, no sin cierta ternura, un pañuelo verde por la boca, intentando limpiarle de babas la mordaza.

Me estremecí y me volví hacia la puerta de mi habitación. Gracias, dije.

Dentro hacía frío. Volví a ponerme el abrigo y me senté en la cama. La puerta de la habitación era blanca y estaba llena de arañazos y golpes. Las lisas tablas de madera del suelo estaban llenas de manchas oscuras. Desenfundé el cuchillo y lo dejé apoyado en mi muslo, sin dejar de mirar la puerta. Permanecí así mucho tiempo, temblando y con la mano crispada en la empuñadura del cuchillo. No dormí hasta que se hizo de día.

Monstruos y asesinos (I)

Estábamos escondidos en la ciudad de los asesinos y los monstruos, V y yo. Nos refugiábamos en galerías y cafés oscuros para tomar algo caliente, una sopa, un trago de licor, y dejábamos pasar las horas, casi sin hablar, tocándonos las manos heladas de vez en cuando, mientras afuera se desmadejaba el frío por las avenidas, por callejones tan estrechos que parecían túneles cavados entre los edificios, por las plazas y los soportales, por los puentes y los miradores del río, un frío y una niebla como una muselina muy fina que se arremolinaba en los faroles y se pegaba a los ojos como una legaña.

Y así esperábamos a Agnes, el travesti, en un café de la rue Victoires. Había reservados al fondo en los que muchachas muy pálidas y de colmillos puntiagudos ofrecían mamadas por sangre. Hombres con rostros de roedor que trajinaban con drogas de alquimista. V se agarraba a una infusión, sentada en un taburete, la mandíbula un poco adelantada, sus dos trencitas descansando sobre los hombros. Vestía de negro e iba armada. Yo también. Agnes entró envuelto en una gabardina roja, el pelo rubio echado sobre un costado del rostro. Tenía las facciones finas y una cicatriz blanca en la garganta. Se sentó junto a nosotros en la barra, sin mirarnos. Pidió un jerez que le sirvieron en una copita biselada. Miró la bebida a la luz de los faroles de gas del café y dijo: El hombre que os persigue es un policía.

V soltó la infusión y le miró con fijeza. Qué más, dijo.

Ha venido de lejos y es muy peligroso, dijo Agnes. No está solo.

¿Por qué nos persigue?

El travesti suspiró. Por toda esa gente a la que habéis matado, dijo.

V frunció el ceño. Sacó una bolsa de cuero del uno de los pliegues de su ropa y se la dio. Nos levantamos y salimos del café. Afuera hacía frío. Caminamos arrebujados en nuestros abrigos oscuros. Ella llevaba un revólver y yo un cuchillo. Nos alejamos del centro por la avenida del río. La niebla se estriaba en la superficie del agua. Las fachadas de los edificios del centro se elevaban y se elevaban hacia el cielo gris y el humo de las chimeneas en un amasijo casi orgánico, vivo. Contaban que la ciudad había surgido alrededor de un agujero junto al río, un pozo en el que el primer asesino, desnudo y maldito, se internó para dejarse morir, en el lugar más solitario posible, en el páramo más lejano. Y tras él llegaron los otros asesinos, los incestuosos, los ladrones, siguiendo a su mesías, todos los pecadores y fugitivos, y levantaron tiendas y chozas y cabañas, y canalizaron el agua pútrida del río, y sembraron para comer, y tuvieron hijos y ganado, y la ciudad creció como un hongo en ese barro estéril. El río se vertía en esa masa casi orgánica, casi viva, de edificios por infinidad de desagües y alcantarillas, circulaba por tuberías y canales ocultos, era bombeada por máquinas centenarias, ascendía a las azoteas y sus jardines invisibles, y se precipitaba en cascadas que generaban electricidad, movía ascensores y muelas de granito, se remansaba en limarios y cisternas, y volvía, suave, gris, fría, a filtrase fuera, al cauce, lento, ancho y venenoso, que se perdía en el horizonte, arrastrando toneladas de detritos.

Y también decían que allí, en algún lugar, seguía el primer asesino, en su agujero oscuro, bajo kilómetros y toneladas de roca, hormigón, acero, tuberías de plomo, desnudo, monstruoso, con sus armas de hueso, hambriento, sediento, loco e incapaz de morir.

Nuestra habitación estaba en el Pasaje del Dragón, un callejón estrecho entre el barrio de las galerías y el barrio de los puentes, cuya entrada, por ambos extremos, estaba coronada por un dragón de hierro, las fauces abiertas, las garras levantadas, como si luchara o sufriera un estertor de muerte.

La habitación era pequeña. Suelo de madera vieja, alfombrado a medias. Un baño, una pila para lavarnos. Una cama de dosel, muy antigua, con colchón y mantas de lana. Por el único ventanuco se veía un patio interior, con maleza y árboles mustios, y una torre de piedra al otro lado. La torre no podía verse desde la calle y su existencia era un misterio. Todas las noches sonaba desde ella la música de un violín, una música que comenzaba triste y acababa frenética.

Encendimos velas y nos quitamos la ropa de abrigo. V preparó unas infusiones de chazal. Bebimos mirando hacia la torre, escuchando el violín. La infusión comenzó a hacer efecto. En el fondo del vaso, el poso de hojas rojas y apelmazadas, vislumbré complicados diseños geométricos, retazos de información, coordenadas, latitudes y longitudes. Parpadeé. V comenzó a tocarme las manos y la cara. Le abrí la blusa negra y acaricié los pechos, el interior de los muslos, fuertes, estilizados, preciosos. Las trencitas. Los ojos muy grandes. Su rostro se descompuso. Una marca junto a la boca. Un hilo de saliva como una tela de araña infinitesimal entre sus dientes y su lengua. Saqué el revólver de su ropa. Lo había llevado en la ingle y el cuero de la funda estaba caliente y flexible, a su exacta temperatura genital. Lo tiré a un lado.

Hicimos el amor en el suelo alfombrado, de rodillas, V contra la cama, el rostro oculto en las mantas de lana, los gemidos quedos mientras la penetraba y le sujetaba por las caderas, cada vez más rápido y más fuerte, siguiendo la música del violinista invisible, y el efecto de la infusión de chazal nos descomponía y conectaba, entrelazaba recuerdos propios y ajenos, impresiones, sensaciones, el tacto de cosas que nunca había tocado, el miedo terrible de una mañana que había compartido pero que nunca había sentido de la misma manera.

Al final eyaculé sobre sus nalgas. Se hizo un silencio mortal en la ciudad. Sólo podía percibir su respiración, el olor del sexo, el esperma salpicado en las alfombras y en su piel, el rumor de la sangre hirviendo en nuestras arterias. El mundo había sido suspendido durante unos minutos, reducido, deshilado, y caía como bloques de nuevo en nuestra percepción, en nuestros sentidos. Nos acariciamos durante un momento, transidos, helados. De repente algo nos inquietó. Nos pusimos en pie y nos acercamos desnudos al ventanuco. Había un hombre en el patio, vestido con un largo gabán gris, la cabeza inclinada en un ángulo extraño, los ojos cerrados.

¿Qué hace?, dije.

Las fosas nasales del hombre se dilataban. Tenía el pelo negro.

Nos rastrea, dijo V. Ya tenía el revólver en la mano.

El hombre abrió los ojos.

Ha venido a por nosotros.