Monstruos y asesinos (I)

por Francisco Serrano

Estábamos escondidos en la ciudad de los asesinos y los monstruos, V y yo. Nos refugiábamos en galerías y cafés oscuros para tomar algo caliente, una sopa, un trago de licor, y dejábamos pasar las horas, casi sin hablar, tocándonos las manos heladas de vez en cuando, mientras afuera se desmadejaba el frío por las avenidas, por callejones tan estrechos que parecían túneles cavados entre los edificios, por las plazas y los soportales, por los puentes y los miradores del río, un frío y una niebla como una muselina muy fina que se arremolinaba en los faroles y se pegaba a los ojos como una legaña.

Y así esperábamos a Agnes, el travesti, en un café de la rue Victoires. Había reservados al fondo en los que muchachas muy pálidas y de colmillos puntiagudos ofrecían mamadas por sangre. Hombres con rostros de roedor que trajinaban con drogas de alquimista. V se agarraba a una infusión, sentada en un taburete, la mandíbula un poco adelantada, sus dos trencitas descansando sobre los hombros. Vestía de negro e iba armada. Yo también. Agnes entró envuelto en una gabardina roja, el pelo rubio echado sobre un costado del rostro. Tenía las facciones finas y una cicatriz blanca en la garganta. Se sentó junto a nosotros en la barra, sin mirarnos. Pidió un jerez que le sirvieron en una copita biselada. Miró la bebida a la luz de los faroles de gas del café y dijo: El hombre que os persigue es un policía.

V soltó la infusión y le miró con fijeza. Qué más, dijo.

Ha venido de lejos y es muy peligroso, dijo Agnes. No está solo.

¿Por qué nos persigue?

El travesti suspiró. Por toda esa gente a la que habéis matado, dijo.

V frunció el ceño. Sacó una bolsa de cuero del uno de los pliegues de su ropa y se la dio. Nos levantamos y salimos del café. Afuera hacía frío. Caminamos arrebujados en nuestros abrigos oscuros. Ella llevaba un revólver y yo un cuchillo. Nos alejamos del centro por la avenida del río. La niebla se estriaba en la superficie del agua. Las fachadas de los edificios del centro se elevaban y se elevaban hacia el cielo gris y el humo de las chimeneas en un amasijo casi orgánico, vivo. Contaban que la ciudad había surgido alrededor de un agujero junto al río, un pozo en el que el primer asesino, desnudo y maldito, se internó para dejarse morir, en el lugar más solitario posible, en el páramo más lejano. Y tras él llegaron los otros asesinos, los incestuosos, los ladrones, siguiendo a su mesías, todos los pecadores y fugitivos, y levantaron tiendas y chozas y cabañas, y canalizaron el agua pútrida del río, y sembraron para comer, y tuvieron hijos y ganado, y la ciudad creció como un hongo en ese barro estéril. El río se vertía en esa masa casi orgánica, casi viva, de edificios por infinidad de desagües y alcantarillas, circulaba por tuberías y canales ocultos, era bombeada por máquinas centenarias, ascendía a las azoteas y sus jardines invisibles, y se precipitaba en cascadas que generaban electricidad, movía ascensores y muelas de granito, se remansaba en limarios y cisternas, y volvía, suave, gris, fría, a filtrase fuera, al cauce, lento, ancho y venenoso, que se perdía en el horizonte, arrastrando toneladas de detritos.

Y también decían que allí, en algún lugar, seguía el primer asesino, en su agujero oscuro, bajo kilómetros y toneladas de roca, hormigón, acero, tuberías de plomo, desnudo, monstruoso, con sus armas de hueso, hambriento, sediento, loco e incapaz de morir.

Nuestra habitación estaba en el Pasaje del Dragón, un callejón estrecho entre el barrio de las galerías y el barrio de los puentes, cuya entrada, por ambos extremos, estaba coronada por un dragón de hierro, las fauces abiertas, las garras levantadas, como si luchara o sufriera un estertor de muerte.

La habitación era pequeña. Suelo de madera vieja, alfombrado a medias. Un baño, una pila para lavarnos. Una cama de dosel, muy antigua, con colchón y mantas de lana. Por el único ventanuco se veía un patio interior, con maleza y árboles mustios, y una torre de piedra al otro lado. La torre no podía verse desde la calle y su existencia era un misterio. Todas las noches sonaba desde ella la música de un violín, una música que comenzaba triste y acababa frenética.

Encendimos velas y nos quitamos la ropa de abrigo. V preparó unas infusiones de chazal. Bebimos mirando hacia la torre, escuchando el violín. La infusión comenzó a hacer efecto. En el fondo del vaso, el poso de hojas rojas y apelmazadas, vislumbré complicados diseños geométricos, retazos de información, coordenadas, latitudes y longitudes. Parpadeé. V comenzó a tocarme las manos y la cara. Le abrí la blusa negra y acaricié los pechos, el interior de los muslos, fuertes, estilizados, preciosos. Las trencitas. Los ojos muy grandes. Su rostro se descompuso. Una marca junto a la boca. Un hilo de saliva como una tela de araña infinitesimal entre sus dientes y su lengua. Saqué el revólver de su ropa. Lo había llevado en la ingle y el cuero de la funda estaba caliente y flexible, a su exacta temperatura genital. Lo tiré a un lado.

Hicimos el amor en el suelo alfombrado, de rodillas, V contra la cama, el rostro oculto en las mantas de lana, los gemidos quedos mientras la penetraba y le sujetaba por las caderas, cada vez más rápido y más fuerte, siguiendo la música del violinista invisible, y el efecto de la infusión de chazal nos descomponía y conectaba, entrelazaba recuerdos propios y ajenos, impresiones, sensaciones, el tacto de cosas que nunca había tocado, el miedo terrible de una mañana que había compartido pero que nunca había sentido de la misma manera.

Al final eyaculé sobre sus nalgas. Se hizo un silencio mortal en la ciudad. Sólo podía percibir su respiración, el olor del sexo, el esperma salpicado en las alfombras y en su piel, el rumor de la sangre hirviendo en nuestras arterias. El mundo había sido suspendido durante unos minutos, reducido, deshilado, y caía como bloques de nuevo en nuestra percepción, en nuestros sentidos. Nos acariciamos durante un momento, transidos, helados. De repente algo nos inquietó. Nos pusimos en pie y nos acercamos desnudos al ventanuco. Había un hombre en el patio, vestido con un largo gabán gris, la cabeza inclinada en un ángulo extraño, los ojos cerrados.

¿Qué hace?, dije.

Las fosas nasales del hombre se dilataban. Tenía el pelo negro.

Nos rastrea, dijo V. Ya tenía el revólver en la mano.

El hombre abrió los ojos.

Ha venido a por nosotros.

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