Monstruos y asesinos (II)

por Francisco Serrano

Nos vestimos deprisa. V no volvió a enfundar el revólver. Se sentó junto al ventanuco para vigilar mientras yo llenaba de cosas una maleta y un bolso de viaje. Algo de ropa, las monedas de oro, diversos amuletos y el estuche con los utensilios y los últimos tres viales de líquido rojo.

¿Sigue ahí?

Sí.

¿Qué hace?

Nada. Espera. Pasea.

¿Seguro que es él?

Seguro.

Le pasé el bolso de viaje. Ajustó la correa para llevarlo a la espalda, el cuero cruzado entre los pechos como una canana de balas. Una de las trencitas se le estaba deshaciendo. Un rubor seguía prendido en sus mejillas, un último vestigio sexual.

¿Preparado?, dijo.

Cogí la maleta. Era grande y vieja, con remaches metálicos e infinidad de hebillas,  pero apenas pesaba. Había utilizado la ropa para asegurar todo lo valioso que llevaba dentro. Miré por el ventanuco. El hombre seguía allí, las manos metidas en los bolsillos del gabán gris. Sonreía. Alzó un brazo y me dedicó un saludo breve.

Salimos al pasillo sin correr todavía. Los suelos de madera crujían a nuestro paso. Los dos llevábamos botas idénticas, negras y reforzadas con acero. Las puertas de las otras habitaciones del pasillo seguían cerradas. Sus ocupantes eran aún más furtivos que nosotros aunque quizá sus crímenes no fueran tan terribles. En el Pasaje del Dragón soplaba un viento desapacible. El día gris se escurría hacia el oeste. V ocultó el revólver. Caminamos como si no tuviéramos prisa.

¿Recuerdas el plan?, dijo.

Sí.

A un lado teníamos el barrio de los puentes y al otro el barrio de las galerías. Nos movíamos por la franja intermedia de callejones estrechos y escalinatas peligrosas, arcos que daban paso a bóvedas abandonadas, viejas bodegas que se habían convertido en lugar de tránsito. Intentaron la emboscada en uno de esos lugares. Al entrar en la bodega encontramos a un hombre delgado, con el pelo de color arena, que nos estaba esperando. Esperaba bloqueando el paso en la única salida. Por favor, dijo. No os resistáis.

V sacó el revólver. Encañonó al hombre.

Dejadnos en paz, dijo.

Intenté retroceder por la escalera por la que habíamos bajado pero me detuve. Alguien se acercaba por el callejón. Pasos pesados en el empedrado. Pensé que era el inhumano hombre del gabán gris y temblé un poco. Puse la mano en la empuñadura del cuchillo.

El hombre del pelo color arena contempló a V, la miró de los pies a la cabeza y durante un instante asomó la punta de su lengua, azulada y repugnante.

Somos la policía, muchacha, dijo. No os busquéis más problemas, vosotros dos.

Tú no eres policía, dijo V, y voy a pegarte un tiro como no te apartes de ahí. Último aviso.

El hombre se apartó. Sonrió con unos dientes espantosos.

No, dijo. Éste es nuestro último aviso.

Atravesamos la bodega. El hombre mantuvo las distancias.

Hasta luego, dijo. Volveremos a vernos.

Nos separamos en el Puente de los Ratones. Era un puente cubierto y se consideraba parte del barrio de las galerías. Los faroles de gas siseaban y del río subía un chapaleo inquieto. Ocúltate. Paga por protección. Reúnete conmigo en el vestíbulo del hotel Corona tres días después. Si no estoy vuelve a intentarlo tres días después. Inténtalo una y otra vez hasta que sepas que he muerto. Ése era el plan.

Había dividido el oro a partes iguales, aunque poco importaba. V conocía todos los alijos escondidos por la ciudad. Me pidió que cuidase bien de los viales. Dentro de tres días, dijo. Nos besamos. Intentó irse. La sujeté por la nuca y volví a besarla. No te extravíes, dije. No, dijo. La miré marchar por el puente hasta desapareció en las sombras. Jamás volví a ver su rostro.

Recorrí las galerías cubiertas atento a cada sombra con la que me cruzaba. La gente en los puestos de comida, en las puertas de las tiendas de venenos y serpientes, de amuletos y sortilegios, en cuyas trastiendas se llevaban a cabo negocios todavía más oscuros. El barrio se sucedía como un laberinto de calles y bocacalles de aires viciados y faroles defectuosos, de cristales esmerilados, ventanas y puertas cegadas, rejillas a ras de suelo desde las que siseaban bocas y asomaban dedos, gárgolas y angelotes de yeso que pendían de los techos cercanos, se cernían con las bocas abiertas en los arcos de entrada de los cafés, las facciones comidas por el moho negro, indistinguibles, expositores de huesos pintados y piezas rotas de motor, relojes, teteras abolladas, cuberterías de hierro o madera, kapalas de latón, kapalas de cobre, kapalas de oro falso con rubíes de vidrio coloreado, y gran cantidad de conchas de tortuga y cabezas disecadas de perro.

Entré por fin en el Hotel Subterráneo, que no era un hotel en absoluto pero tenían habitaciones. En el vestíbulo de entrada, un lugar angosto y caluroso, un portero negro me retuvo unos instantes. Estaba tras un mostrador de madera y me miraba con desconfianza. Puse algunas monedas de oro en el mostrador. El negro pulsó un botón oculto y la madama apareció con una camarera muy joven para hacerse cargo de mi maleta y mi abrigo. Negué con la cabeza. Quiero hablar con el propietario, dije, aferrado a mis cosas, la maleta en una mano, el abrigo doblado sobre el otro brazo.

La madama, una mujer de unos cuarenta años con un complicado peinado de bucles rubios y un vestido entallado de color rojo que le realzaba el pecho, negó con la cabeza. El propietario no está aquí, dijo.

No he dicho que quiera verle, dije. Saqué un puñado de monedas de oro. He dicho que quiero hablar con él.

La mujer asintió. Cogió las monedas y desapareció de nuevo. Yo estaba sudando. El negro y la chica se me quedaron mirando. La madama me llamó desde un cuarto tras el mostrador. Entré. Viejos archivadores de madera, una mesa y un teléfono de baquelita. Ella estaba sentada en una silla y sostenía el auricular del teléfono. Me lo ofreció.

Legba, dije.

Escuché su respiración, ahogada por la máscara.

Tú, dijo.

Necesito ayuda, dije.

Te dije que esto iba a pasar.

Lo sé.

¿Quién os persigue?

No lo sé. Dicen que son policías.

¿Lo son?

Podrían serlo.

¿Está V contigo?

Nos hemos separado.

Bien, dijo Legba. Era difícil adivinar su estado de ánimo sin saber qué máscara había elegido para ese día, el Lobo, el Buitre, el Lagarto.

Necesito un escondite.

Legba emitió un gruñido quedo, casi mudo. Tienes mi permiso, dijo, pero tendrás que pagarlo y acordar un precio con ellos. No quiero saber nada más de este asunto. Pásame con Beatriz.

Le di el auricular a la madama. Ella escuchó. Me sentí muy cansado. Observé a la mujer hablar, o más bien escuchar lo que Legba le decía. Ajá, ajá, decía la mujer. Un bucle dorado contrastaba en la baquelita negra como un arabesco imposible. La mujer colgó.

Sígueme, dijo.

Antes de entrar en el Gran Salón del Hotel Subterráneo la camarera me ató un embozo al rostro. El lugar estaba lleno de clientes embozados y prostitutas desnudas con el cuerpo cubierto de tatuajes, anilladas y marcadas a cuchillo por sus propietarios, glifos de cicatrices en espaldas, nalgas, muslos, escarificaciones tintadas en los pechos. Las prostitutas se movían entre las mesas en las que los hombres cenaban y bebían, con un cierto aire de desfallecimiento, invitando a tocar sus marcas.

La madama me guió hasta las habitaciones de la segunda planta. Nos cruzamos con hombres enmascarados que arrastraban o eran arrastrados por las putas. El pasillo estaba enmoquetado de rojo y negro, un dibujo en zigzag que producía dolor de cabeza. No se escuchaba nada de lo que sucedía en las habitaciones. No llegaban tampoco los ruidos del Gran Salón. Era como tener la cabeza llena de algodones.

La mujer me dio una llave y nos detuvimos frente a la última puerta.

¿Quieres compañía para esta noche?, dijo. Puedo hacer que suba un par de muchachas.

No es necesario, dije. Estaré aquí tres días. Necesitaré comida y agua. Nada más.

De acuerdo, dijo.

Le di más monedas de oro.

Nadie puede saber que estoy aquí.

Nuestro negocio es siempre discreto, dijo la madama.

La camarera que me había puesto el embozo apareció por el pasillo empujando un carrito con flores, hielo y un par de botellas de champán. No levantaba la mirada del suelo. Llamó a una puerta al otro lado del pasillo. Esperó unos segundos y entró. Entreví a una mujer colgada de pies y manos del techo, amordazada y cegada, y a un hombre desnudo de cintura para arriba y con un pasamontañas, que le pasaba, no sin cierta ternura, un pañuelo verde por la boca, intentando limpiarle de babas la mordaza.

Me estremecí y me volví hacia la puerta de mi habitación. Gracias, dije.

Dentro hacía frío. Volví a ponerme el abrigo y me senté en la cama. La puerta de la habitación era blanca y estaba llena de arañazos y golpes. Las lisas tablas de madera del suelo estaban llenas de manchas oscuras. Desenfundé el cuchillo y lo dejé apoyado en mi muslo, sin dejar de mirar la puerta. Permanecí así mucho tiempo, temblando y con la mano crispada en la empuñadura del cuchillo. No dormí hasta que se hizo de día.

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