Monstruos y asesinos (III)

por Francisco Serrano

Supe que me habían vendido en la noche del segundo día. Antes de eso había pasado las horas sin salir de la habitación, recorriendo el poco espacio en paseos nerviosos, haciendo crujir las tablas manchadas del suelo. Además de la cama la habitación tenía un escabel, un tocador. Del techo colgaban argollas y ganchos discretos. El terciopelo de los cojines olía a humedad y estaba raído. Había también un baño pequeño con apenas un agujero de loza en el suelo, un lavabo y un pedazo de espejo en la pared. La única ventanita apenas podía abrirse, sujeta por una par de finas cadenas. Tuve que subirme a medias al lavabo para echar un vistazo fuera. Daba a un patio interior en el que se distinguían unos bultos oscuros, basura, muebles desvencijados quizá, derrelictos de prostíbulo.

La camarera aparecía de vez en cuando para preguntarme si necesitaba algo. Me traía comida en uno de sus carritos que, aunque intentaban disimularlo, no era más que los restos fríos del banquete del Gran Salón. Habíamos acordado un precio exorbitado en monedas de oro. Era el huésped al que más se le cobraba y el que recibía el trato más miserable en el Hotel Subterráneo. No parecía fuera de lugar.

Le pedí por fin, para calmar mis consumidos nervios, algo para hacer una infusión. Me trajo un infiernillo eléctrico, una taza y una tetera. Llené la taza con agua del lavabo y mientras se calentaba repasé mis pertenencias, los amuletos que había logrado salvar en la huida, el estuche de cuero con los utensilios, la jeringa de vidrio y los tres viales del líquido rojo. Me quedaba algo de chazal seco, apelmazado en un taco del tamaño de un dado. Desmigajé la mitad en el vaso y después lo llené de agua hirviendo hasta el borde. Contemplé la repentina agitación en el líquido, tiñéndose de rojo poco a poco, los posos cayendo al fondo del vaso. Soplé para enfriarlo. No tuve paciencia y me escaldé la lengua. Pretendía hacerlo durar, no tener un cuelgue demasiado intenso, pero acabé con la infusión en cuatro tragos.

La habitación se combó bajo el efecto del chazal. Las manchas en las tablas del suelo comenzaron a pulsar, a reconfigurarse narrando historias. Surgieron los significados ocultos de los arañazos en la puerta. Como siempre, como todo en esta ciudad, se inscribía en unas complicadas coordenadas de violencia y sexo y huidas espasmódicas. Comprendí que la habitación era un escenario deliberado, un capricho de un cliente habitual, una aproximación a otras habitaciones, a otro mundo vedado para siempre por sus crímenes. Crímenes que aquí tenían por completo otra dimensión y ninguna condena. Los significados siguieron pulsando desde cada superficie. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no descomponerme yo también y perderme en la maraña de información que saturaba el aire helado de la habitación. El cuelgue fue tan intenso que llegué a conocer el nombre de dos mujeres que habían sido encerradas y torturadas allí, que se habían arrastrado por las lisas tablas del suelo, dejando un largo rastro, y se habían hecho saltar las uñas contra la puerta blanca.

Rebañé los posos del vaso y me los puse bajo la lengua. El cuelgue continuó. Supe cosas terribles y me esforcé por olvidarlas al instante. Cuando volvió la camarera sudaba y me sentía febril, pero volvía a estar en mis cabales. Me preguntó si necesitaba. Traía un cuenco con sopa tibia y algo de pescado. La contemplé en silencio. Era muy hermosa. Vestía de negro y llevaba cofia. La línea de las cejas, las pestañas, el fragmento de clavícula que dejaba ver su uniforme. Permití que mi percepción fuera un poco más allá. Sentí su pulso en el paladar, la temperatura exacta de su sangre como un tacto sedoso en la yema de los dedos. El olor de sus genitales, de sus axilas levemente sudadas, me golpeó en el lóbulo frontal, reconfigurándose desde el puro dato objetivo a una impresión sinestésica, un aroma que no era aroma y podía percibir sólo en la mente. Tuve una erección al instante. Tragué saliva.

¿Está bien?, dijo la camarera. No parecía alarmada.

Escupí los posos rojos de chazal al suelo. Dio un paso hacia atrás. ¿Le ocurre algo?, dijo.

El aleteo de sus párpados. Fruncimiento del labio superior. Un brillo fugaz en los ojos. Entonces supe que me habían vendido. Dile a la madama que venga a verme, dije.

Pero…

Estaba sentado en la cama y me puse en pie. Me acerqué al carrito en que había traído la cena y lo volqué de una patada. Dile a la madama que venga, dije.

La camarera asintió, sin mostrar ninguna alarma, y salió de la habitación.

Intenté tranquilizarme. Me puse el abrigo y coloqué la funda del cuchillo en la cintura de mis pantalones, de forma que pudiera alcanzar el arma con facilidad. Guardé el estuche con los viales y las últimas monedas de oro en un bolsillo interior del abrigo. Me preparé. El chazal te convierte en una máquina de analizar datos, de encontrar significados, en un detector de mentiras casi infalible. También te convierte en un paranoico impulsivo y violento. Se tarda años en dominar el consumo. Yo era propenso a la paranoia y los ataques de pánico cuando no tenía a V para controlarme.

Pensaba en eso cuando se abrió la puerta y entró el portero negro. Todo en él era violencia contenida, como el muelle en el interior de un mecanismo de disparo, plegado sobre sí mismo, esperando la más leve presión para liberarse, su postura similar a la mía, las piernas separadas y firmes, una mano a la altura de la cadera, dispuesta para alcanzar un arma oculta. La madama estaba en el pasillo. Por favor, dijo. Esta situación es inaceptable.

Dio un paso dentro de la habitación. Caballero, dijo. Por favor. ¿Qué le sucede?

La información que desprendían era demasiado complicada para desentrañarla. Cada gesto, cada pose, intentaba dotarse de un significado último, desplegaba una carga de eventos relacionados en su pasado que era imposible individualizar.

Me habéis vendido, dije.

Por supuesto que no, dijo la madama.

El hombre está en el vestíbulo ahora mismo, dije. Seguía sudando copiosamente. Veía borroso. Lleva un sombrero negro, de ala ancha, y una levita larga…

Lo vi con tal claridad que al instante pensé que era un espejismo, una ilusión construía por el exceso de información. Relajé los dedos.

Entonces la madama y el portero cruzaron una mirada y supe que no era un espejismo. Saqué el cuchillo. El portero sacó su arma. Los dos éramos diestros y nos golpeamos al mismo tiempo en el costado izquierdo. El cuchillo le abrió un tajo de un palmo. El chorro de sangre me vomitó un torrente de información en el cerebro, historiales, sus últimas comidas, la última vez que se acostó con una de las prostitutas del local. Su arma era una porra vieja, una barra de plomo enfundada en madera de pino. El golpe me hizo trastabillar, me dejó sin aire. Apuñalé de nuevo. El negro golpeó de nuevo. Mis costillas temblaron. La hoja del cuchillo chirrió en el hueso de su cadera. Apuñalé de nuevo en la ingle. Apuñalé en el muslo. El negro se desplomó. La madama huía por el pasillo, gritando. Cerré la puerta y arrastré la cama para bloquearla. Se estaba armando un buen jaleo en el pasillo.

Entré en el cuarto de baño. Tiré de la ventana hasta romper las cadenas que la fijaban y sacarla de las bisagras. La arrojé a un lado. Me subí al lavabo y saqué medio cuerpo por el hueco angosto y casi insuficiente. La puerta de la habitación sonaba como si la estuvieran embistiendo con un ariete. El patio interior al que daba la ventana estaba muy oscuro. Era difícil calcular la altura. Respiré hondo y me arrojé sin más al vacío.

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