Monstruos y asesinos (IV)

por Francisco Serrano

El barrio de los puentes era un barrio oscuro. La única iluminación provenía de las ventanas de las casas flotantes y de las hogueras en los aleros y bajo los tejadillos de los puentes. Los barcos y los botes estaban atracados de cualquier manera a lo largo de los canales, se escuchaba el rumor de los gremios en su interior, los pintores de loza, los alfareros, los calafateadores y los carpinteros. V caminaba con las solapas del abrigo subidas y la cabeza gacha. El pelo recogido en una coleta y metido por dentro de la ropa. En el bolsillo llevaba el revólver. Conocía tres lugares en los que podría esconderse, una pensión bajo el Puente de los Murciélagos en la que se alquilaban camastros en habitaciones ocultas con salida directa a los canales, un enorme bote de vapor que hacía la ruta entre el barrio de los puentes y las fábricas abandonadas de las afueras sin detenerse nunca y, el más lejano y al que había decidido dirigirse, el Paláis Sauterelle, la residencia de Legba, un palacio construido sobre el último y el más importante de los puentes de la ciudad. Legba era un noble caído en desgracia, despojado de su título en la corte del Dios Vivo, quizá por eso simpatizaba con nuestro crimen. Su palacio lo protegía un ejército personal y había que pagar para cruzar el puente. Era el lugar más seguro posible, incluso si los perseguidores eran de la policía del Rey.

V decidió tomar un bote de transporte, pagar a unos remeros para que la llevasen hasta el Paláis Sauterelle. Río abajo, por el ancho canal y a favor de corriente, no tardaría más de una hora. Ir a pie por el laberinto de puentes y callejones del barrio era demasiado arriesgado.

Alcanzó uno de los muelles del canal. Había grupos de estibadores aburridos, esperando trabajo, bebiendo cerca de las hogueras. Un borracho barbudo enfundado en ropas roñosas gritaba incoherencias. Un crujido constante de madera de los barcos y las casas flotantes. No había botes de transporte todavía. Iban y venían, llevando a gente según sus necesidades. V se pegó a una columna, que alguna vez había sostenido un soportal entre dos puentes, y no se decidió a bajar todavía los escalones de piedra hasta el muelle. Allí los soportales arrojaban sombras largas y terribles. Permaneció quieta, temblando de frío, mirando las aguas que eran muy negras en la noche y grises durante el día, aunque cuando la luz incidía en un ángulo peculiar se revelaba una capa superficial oleaginosa, irisada, y parecía otra cosa, algo diferente, venenoso, un color surgido del espacio, y el tráfico de los barcos nocturnos, algunos a vela, la mayoría traqueteando con sus palas y vomitando vapor y humo por sus chimeneas y aliviaderos.

Entonces sucedieron dos cosas casi al mismo tiempo. Un griterío vino desde el canal y sonaron algunas campanas de alarma. V estiró el cuello para mirar. Un resplandor rojizo como una antorcha enorme venía por el río. La gente salía a los porches de sus casas flotantes, frotándose los ojos, se asomaba desde los puentes, preparaba cubos de agua en las chabolas colgantes bajo los arcos. Un barco en llamas, sin tripulación, que llevaba la corriente e iluminaba de rojo la piedra mojada del canal.

V se separó de la columna para seguir mirando. Era un barco mercante viejo cuyo castillo de popa era mampostería labrada, roca viva en cuyos intersticios brillaba un color plasmático animado por el fuego interior. Ondas de calor cruzaban el aire y V sacó las manos de los bolsillos y se las frotó, fascinada. Continuaba el griterío y las campanas de alarma. Una chispa, una pavesa llevada por el viento, podía extender el incendio a otros barcos o a las casa flotantes. Hasta el borracho dejó de gritar y se quedó mirando el espectáculo.

El hombre con el pelo color de arena surgió de la oscuridad y le hundió los dedos en el brazo, justo sobre la articulación del codo. Un latigazo de dolor le nubló el cerebro. El hombre le quitó el revólver del bolsillo del abrigo. Oh, dijo. Llevo horas rastreándote.

Hundió la cara en su pelo. De cerca hueles todavía mejor, dijo.

V ejecutó el movimiento de manera fluida, como si lo hubiera estado ensayando toda la vida, golpeó hacia atrás con la cabeza y escuchó el crujido de la nariz del hombre al romperse. Miró entre sus piernas y vio un zapato color marrón. Puso todo su peso en un taconazo con la bota reforzada de acero, justo sobre la punta del pie. Otro chasquido de huesos. La dolorosa presión del codo desapareció. V le propinó un codazo y echó a correr hacia el muelle. Cualquier barco le valdría ahora. Saltó los escalones de piedra, buscándose la bolsa de monedas de oro. Podría comprar otro revólver río abajo. No volverían a emboscarla de esa manera…

Un hombre tocado con un sombrero negro esperaba bajo los soportales. Le dio un puñetazo en la mandíbula. V quedó ciega y sorda. Recuperó los sentidos de rodillas, todavía intentando huir, y se arrastró hacia los barcos. Un hilo de sangre y babas le caí de los labios. El hombre del sombrero le dio una patada en estómago. V apretó los dientes. Cabrón, dijo. Los dientes le bailaban en los alvéolos. El hombre del bolsillo tenía un rostro afilado y pálido, de pájaro. Abrigo y guantes negros. Era muy alto e inexpresivo como un muñeco. El otro sicario bajó las escaleras cojeando. Tenía la nariz torcida y tumefacta, pero no sangraba. Será puta, dijo. ¿Has visto lo que me ha hecho?

V intentó ponerse en pie. El hombre del sombrero negó con la cabeza.

Que te estés quieta, dijo el otro. Le dio una patada en la entrepierna. V gritó de dolor. Te dije que volveríamos a vernos.

Tranquilo, Fish, dijo una voz. El hombre del gabán gris surgió también de las sombras de los soportarles. Fumaba un cigarro. V lo miró desde el suelo, las manos engarfiadas en el bajo vientre, los ojos lagrimeando de dolor. Era un hombre de pelo muy negro y espeso, de cejas gruesas y negras. Algo animalesco y extraño en él. Inhumano.

Señorita, dijo el hombre del gabán. Queda usted detenida por el asesinato del barón de Reis.

Tiró el cigarro a un lado. Soy el comisario Orlov de la Policía Real y estos son los agentes Fish y Kemper, dijo. Nos encargaremos de su custodia hasta que sea entregada a la justicia. Kemper, ponle las esposas.

El hombre del sombrero se inclinó sobre ella y le dio la vuelta de un empujón. Tenía las manos enormes. V intentó resistirse. El hombre le retorció los brazos hasta que cedió y le puso unas esposas metálicas.

El otro hombre, Fish, se señalaba el rosto: ¿Ha visto lo que me ha hecho, jefe?

Orlov asintió. Sacó una cigarrera del gabán. Los riesgos del oficio, dijo.

Kemper, el hombre del sombrero, puso a V en pie. Apenas le llegaba al hombro. Sentía dos fuertes latidos de dolor sincronizados, en la mandíbula y la vagina. Hijos de puta, dijo.

Fish sonrió. Así me gusta, niña, dijo. Dame otra excusa para pegarte.

Orlov negó con la cabeza. Encendía otro cigarro. No hay razón para eso. ¿Verdad, señorita? A partir de ahora se va a portar bien.

V intentó morderle la cara. Kemper la sujetó por el pelo y se lo retorció hasta hacerla gritar. Orlov suspiró. Ponedle la capucha, dijo. Ya se tranquilizará.

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