Francisco Serrano

Monstruos y naves espaciales

Mes: marzo, 2012

Monstruos y asesinos (VII)

La fiebre me subió durante la noche, una noche larga, interminable, como son las noches de esta ciudad de fugitivos y enfermos, una noche que pasé caminando por las galerías anchas como avenidas, bajo los artesonados mohosos y desmigajados, junto a los grabados obscenos en las puertas de los prostíbulos, y por galerías estrechas como un infarto, iluminadas con palmatorias, hediondas de orines, en las que duermen hombres como perros y los perros de esos hombres, y si no fui asaltado y asesinado fue por suerte o azar, o quizá porque con mi abrigo manchado de sangre, mi rostro demacrado y mis andares de loco parecía más peligroso que víctima. El veneno que la criatura me había inoculado tardó varias horas en desaparecer de mi organismo y al amanecer había dejado el barrio de las galerías y hacía cola en un puesto de comidas junto a un canal para conseguir un cuenco de sopa de tortuga. La mano seguía insensible, cubierta por un sarpullido que se volvía negro, necrótico, por momentos. La observé en la primera luz de aquel día, una luz como aguada, y el niño que descaparazonaba las tortugas junto al puesto se me quedó mirando. Escondí la mano y el niño volvió a la suyo. Era muy feo, con el pelo cortado a trasquilones, mugriento, sentado en un cubo dado la vuelta. Tenía las tortugas vivas en una cesta de mimbre y las iba sacando de una en una, sujetaba la tortuga entre las rodillas, le cogía la cabeza con dos dedos y se la cortaba con una navaja de hoja curva, después hacía otros cortes precisos y arrancaba con las manos el caparazón, haciendo un sonido parecido al de una tela muy tensa que se rasga, destripaba el cuerpo amarillento y blando, cortaba las pezuñas, tiraba los desperdicios al río, dejaba los caparazones azulados a un lado, que luego serían vendidos como ceniceros o recipientes ceremoniales, y le pasaba la carne a la vieja que cuidaba de la olla. La sopa con cabeza valía una moneda más. Las tortugas eran mordedoras y el niño tenía los dedos llenos de cicatrices viejas.
Pagué por mi sopa y tomé el cuenco con la mano buena, sorbiendo con cuidado. Estaba muy caliente y muy especiada. Moví con la lengua pedazos de carne gomosa que era mejor no masticar. Me puse junto al niño, al borde del canal, desde donde podía ver el puente del Paláis Sauterelle. Había ya una cola de carros y faetones de vapor que quería llegar al centro. El puente de Legba era el más grande y seguro a este lado de la ciudad y había que pagar para cruzarlo. Terminé la sopa y dejé el cuenco en el mostrador. Rescaté la cabeza de tortuga del fondo y sorbí los ojos y chupé las cuencas vacías mientras me alejaba caminando. El niño tiraba puñados de tripas al agua y siluetas bajo la superficie se los disputaban. Roí la cabeza hasta el hueso y la tiré también al canal. Me crucé con un hombre que llegaba con una nasa llena de tortugas, precedido por el entrechocar húmedo de los caparazones. Hacía un frío que el sol no lograba vencer.

El Paláis Sauterelle estaba construido sobre el mismo puente, altos muros de granito negro, cada bloque marcado por el complicado glifo de sus canteros, almenas y aspilleras por las que se entreveían los mosquetes y los altos chacós emplumados de los soldados de Legba. Casacas grises, botas negras y plumas rojas en los oficiales. Los soldados que regulaban el tráfico del puente iban armados con ballestas y carabinas de cañón corto. En lo alto estaba el palacio propiamente dicho, con sus jardines verticales derramándose por las fachadas, ventanales como ojos de cristal en una criatura verde, torreones y tejados voladizos.
Pagué una moneda para poder pasar a pie. Había un atasco en el túnel y una algarabía de gritos de soldados y conductores, petardeos de ingenios a vapor y relinchar de caballos. Hacia la mitad del puente había habido un accidente, bloqueando el tráfico en las dos direcciones. La caldera de un motocarro había explotado partiendo a una yegua por la mitad e hiriendo a varias personas. Pedazos de metal candente habían salpicado las paredes como metralla. Desde los matacanes del techo, el enrejado chamuscado por vertidos pasados de aceite o brea hirviendo, unos soldados contemplaban el espectáculo. Abajo otros intentaban imponer orden a culatazos entre los hombres y las bestias que se apelotonaban en la calzada. Los heridos se retorcían en las pasarelas de los peatones. Pasé sobre ellos y llegué a una de las puertas de entrada al palacio. Pagué más dinero para que un oficial aburrido enviase un mensaje por un tubo neumático. Tuve que esperar casi una hora antes de que llegase otro mensaje por el tubo franqueándome el paso. El tráfico ya fluía y los heridos habían sido retirados.
Un mayordomo me esperaba en el ascensor de servicio. Un viejo siervo liberado, de impecable librea, el pelo cano y las mejillas quemadas de manera elegante para borrar las marcas de su amo. Ni parpadeó al verme entrar, mugriento y herido, con la mano mala envuelta en un trapo que había encontrado en el túnel. El señor le recibirá de inmediato, dijo. Subimos hasta el patio interior para tomar otro ascensor, esta vez ya en la estructura superior. Un pelotón desfilaba con alabardas al hombro, sin más propósito que hacer crujir el cuero de las botas y relucir las hebillas pulidas. Un grupo de criados sacaba un carro de víveres de un montacargas. El segundo ascensor tenía asientos acolchados y me dejé caer en uno mientras el mayordomo me ofrecía cigarros y licores de un carrito allí dispuesto. El efecto anestésico empezaba a desaparecer de la mano y un ardor se me extendía por la muñeca. Saqué la mano para echarle un vistazo. La inflamación había bajado un poco pero el sarpullido negro se había extendido y me alcanzaba ya la muñeca y la segunda falange de los dedos. Lo vendé de nuevo al llegar al último piso. El mayordomo me condujo por una galería acristalada que daba hacia el este. La ciudad parecía en llamas. Quizá era la fiebre que volvía.
Salimos a la enorme terraza que coronaba el Paláis Sauterelle, el lugar desde el que nacían los jardines verticales que cubrían las fachadas. Largos y altos voladeros y pajareras en los que trinaban pájaros coloridos. Unos soldados de uniforme negro y fusiles, tocados con pickelhaubes plateados, guardaban las puertas.
Legba llevaba la máscara del Calamar, los tentáculos rígidos arañándole las solapas de la casaca roja. Seguía vistiendo como un noble, aunque había sido repudiado por el Dios Vivo, y lucía los desgarrones donde alguna vez habían prendido sus tiras de seda amarilla y ducal. Estaba sentado a un velador de mármol junto con una mujer de pelo muy largo y negro. Hizo un gesto para que nos acercásemos. La mujer parecía distraída, el rostro vuelto hacia la ciudad y el amanecer.
Espantamos a una pareja de dodos al acercarnos. Los animales se alejaron con sus andares torpes y unos graznidos. Legba hizo dos gestos rápidos en el lenguaje secreto y supe que me permitía sentarme con ellos, pero no hablar todavía. El mayordomo se inclinó junto a él y susurró un par de frases a su oído.
Legba asintió con lentitud. La máscara del Calamar era una de las más terroríficas, daba la impresión de que tenía un cráneo hipertrófico y seco como la carcasa de una momia. Lo que le había pasado a su rostro, si estaba desfigurado o la naturaleza exacta del daño, nadie lo sabía, de la misma manera que nadie sabía cómo se las arreglaba para ver si en ninguna de sus máscaras había agujeros o hendiduras, o si es que todavía conservaba algo parecido a unos ojos. Su rostro había sido el precio que había pagado ante el Dios Vivo por seguir viviendo. Por eso V y yo sabíamos que allí, únicamente allí, estábamos a salvo de la justicia.
La mujer me miró por fin. Era muy pálida. Venas azules se le dibujaban en las sienes como fantasmas de un sistema circulatorio auténtico. Los ojos negrísimos como el pelo. Tú, dijo. Hueles a veneno.
Lo dijo con una vocecita de niña.
¿A veneno?, dijo Legba.
Sí, dijo.
Legba suspiró. ¿Conoces a la señora que nos acompaña?, dijo. Es la baronesa…
Brigitte, dijo ella. Puedes llamarme Brigitte.
Brigitte, dijo Legba. No deberías dejar que se tome muchas confianzas. Tiene tan mal aspecto porque es un fugitivo de la justicia del Dios Vivo.
Oh, dijo Brigitte.
¿Sabes cuál es su crimen?
No hace falta que me lo digas, dijo la mujer. También huele a asesino. Es un olor fuerte. Sangre. Sangre de otro. De no hace muchas horas.
Dudo que la justicia le persiga por la sangre que hueles, dijo Legba. Tienes aquí delante a un terrible asesino de nobles.
Ella alzó las cejas. Por un instante su rostro se desdibujó, tembló como una gasa al viento, y me pareció ver su calavera dibujándose bajo la piel, una calavera colmilluda y de sonrisa cruel. Parpadeé con fuerza. Su rostro volvió a ser como antes, blanco, delicado, hermoso. La fiebre. Una fiebre fría, muy fría.
El Barón de Reis, dijo Brigitte.
Ni más ni menos, dijo Legba.
La mujer se mordió el labio inferior. Quiero quedármelo,
No, dijo Legba. Es un hombre libre.
Entonces déjamelo un rato, dijo Brigitte. Para curarlo. Está enfermo.
Eso parece, dijo Legba. Enséñanos la mano.
Temblando saqué la mano vendada y le quité el trapo. Comenzaba a desprender un olor agrio, punzante.
Trae a un médico, dijo Legba al mayordomo.
No, dijo Brigitte. Yo puedo encargarme. Aspiró con fuerza por la nariz. Conozco el veneno. Es un veneno viejo, muy viejo. Puedo quitárselo. Déjamelo, Legba.
Tiene que decidirlo él, cariño, dijo Legba. Es un hombre libre y en la casa de Legba un hombre libre no está obligado a nada. ¿Qué dices, muchacho? Puedes hablar.
En realidad no podía hablar. Estaba muy mareado. Era por la fiebre y por algo en los ojos de la mujer. Asentí con fuerza. Cualquier cosa para curarme. El veneno no había desaparecido de mi organismo, sólo se había aplacado un poco.
Gracias, dijo ella.
Le hemos preparado una habitación, dijo Legba. Ya suponía que querría quedarse un poco. Podéis utilizarla.
Será mejor, dijo Brigitte. El sol comienza a molestarme demasiado.
Volví a mirarla. Blanca, muy blanca, casi translúcida. Encorvada en su silla como un espectro.
Me llevaron hasta mi habitación entre dos criados. Escuché durante el trayecto la voz de la mujer susurrando, como cantando, emprendiendo siempre la misma letanía, la misma melodía repetitiva, como un conjuro.
Los criados me desvistieron de cintura para arriba, hasta que ella les ordenó parar y salir de la habitación. Quedé sentado al borde de la cama, mirando el extremo de mis piernas como una cosa ajena, los pantalones manchados, las botas gastadas. La fiebre seca. La fiebre fría.
Ella se sentó a mi lado. Oh, dijo. Niño, niño. Eres tan joven.
Me asió del brazo y contempló la mano envenenada. Pobre, dijo. Acarició entre la muñeca y el codo, los dedos gélidos. Me estremecí.
Señora, dije.
Eres un hombre libre, dijo ella. Puso mi mano sobre su mano, palma contra palma, y la alzó hasta sus ojos. Así que tengo que preguntártelo. ¿Quieres curarte? ¿Quieres mi medicina? La medicina de Brigitte es vieja como este veneno.
Notaba la cabeza llena de algodón caliente. Veía todo borroso menos sus ojos, horriblemente definidos, perfilados a cuchillo, carne en órbitas de hueso desnudo, blanco, de hielo.
Sí, dije. Porque no podía decir otra cosa.
Mi niño, dijo ella. Tan joven y ya un asesino consumado.
Y mordió la mano. Tan fuerte que los huesos crepitaron y manó una sangre oscura, podrida, que ella bebió, chupó con avidez, y con la sangre se llevó el veneno y mi aliento, y hubiera gritado de poder hacerlo, y ella siguió absorbiendo y absorbiendo, la sangre y el alcaesto, la fiebre y el frío, y supe que se llevaba que lo quería, que podía llevárselo todo y elegía no hacerlo, sus ojos me lo decían, tallados y terribles, podía llevarse hasta el último aliento y sumirme en un éxtasis espantoso y no lo hacía porque yo no se lo había pedido.
Grité cuando me soltó, aullé de dolor y me retorcí en la cama. Miré la mano esperando encontrarla mutilada para siempre pero no había más que la marca de sus dientes, una herida casi superficial. Ni rastro del sarpullido negro ni de la inflamación. La herida sangraba despacio, poco, sin riesgo. Mírame, hombre libre, dijo. Estaba de pie junto a la cama. La palidez había desaparecido. El rostro arrebolado, pleno, los ojos húmedos de emoción e inyectados en sangre.
Asesino de nobles, dijo con su voz de niña cantarina. Asesino de barones. Me gustas y estoy enamorada de ti. Espero no olvidarte cuando caiga la noche. Espero no olvidarte el próximo amanecer. Ahora eres un poco mío.
Negué con la cabeza. No sé a qué, no sé por qué, pero me negué con un gesto.
Ella siseó. Soy Brigitte, la del gallo negro, la esposa del Barón, y ahora eres un poco mío. No hay más que hablar. Quizá no volvamos a vernos nunca más. Quizá no te pida nada hasta el día de tu muerte. Quizá algún día te pida que mates a mi marido, quién sabe. ¿Lo sabes tú?
No, dije. La voz como un graznido.
Claro que no, dijo ella. Todo es misterio.
Caminó por la habitación. Descorrió unas cortinas y la habitación se llenó de luz del sol. Se miró las manos, las muñecas delgadas. Adoro esto, dijo. Lástima que no dure demasiado. Ahora duerme, niño asesino. Durmamos durante el día como hacen los que son como nosotros.

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Monstruos y asesinos (VI)

Al principio no dolió nada, sólo escuché el estruendo que hacía mi cuerpo contra los bultos del patio interior, muebles cubiertos por lonas polvorientas, escombros, basuras, y me alegré de haber conseguido girar durante la caída y ofrecer el costado del cuerpo al golpe y no la cabeza. Después comenzó a doler, un dolor penetrante desde la cadera y el muslo izquierdo que retumbó como un eco en el dolor de las costillas que me había dejado el portero negro con su porra. Me arrastré a ciegas en una nube de materia pulverizada, clavando los codos en el suelo. Baldosas agrietadas entre las que crecía una hierba rala y amarilla. Escuché voces que surgían de las ventanas. Siluetas de cabezas. No había ninguna ventana cercana al suelo. Miré el ventanuco por el que había escapado y la altura me mareó un poco. Me incorporé y cojeando palpé las paredes en busca de una salida. Encontré una puerta metálica que no se movió un centímetro por más que empujé. Seguí buscando hasta dar con una ventanilla a ras de suelo. Estaba cubierta por una tela metálica suelta. La aparté con el pie y me acuclillé para mirar. Era todavía más estrecha que el ventanuco de la habitación. Pasé primero los brazos y la cabeza y me retorcí como pude, con un crujido de huesos, una tensión de músculos excesiva, y me dejé caer una vez más, esta vez a mucha menos altura. El sótano estaba sumido en una penumbra ambarina, listada de sombras, por los faroles que iluminaban las ventas que daban a la calle, protegidas con barrotes. Me sacudí el polvo del abrigo, comprobé que los viales del estuche seguían intactos, así como el resto de utensilios, y recorrí el sótano en busca de otra salida. El lugar hedía a humedad y basura. Ganchos en el techo de los que colgaban cadenas herrumbrosas y grilletes abiertos. Una mesa llena de herramientas, tenazas, martillos, berbiquíes, todo cubierto por el polvo y una materia oscura que primero me pareció herrumbre, pero que no podía serlo por el hedor que desprendía. Tropecé con una argolla en el suelo. Estaba incrustada en una losa de piedra en el suelo, tan cubierta de polvo como todo lo demás, pero las hendiduras de sus bordes estaban limpias. Tiré con fuerza de la losa, pensando que quizá fuera una salida, y sus bisagras ocultas giraron con fluidez, sin un gemido, hasta un ángulo de noventa grados. Pese al polvo acumulado el mecanismo de la losa era engrasado y usado con frecuencia. La losa descubría una abertura a un foso, sin escalera o peldaños de ningún tipo para descender, sólo cuatro paredes lisas de cemento que se sumían en una oscuridad completa, negrísima. Había una corriente de aire inesperadamente limpio y frío. Cogí un pequeño martillo de la mesa de las herramientas y lo arrojé dentro. Conté uno, dos, tres, cuatro, y el martillo golpeó contra algo sólido, piedra quizá, y seguí contando cinco, seis, siete, hasta escuchar un chasquido húmedo, extraño. Supuse que debía ser algún tipo de alcantarilla, de acceso a una canalización subterránea del río. Intenté cerrar de nuevo la losa pero algún mecanismo secreto se había ajustado para dejarla sujeta y no pude. Me volví para buscar otra salida cuando escuché el chapoteo. Miré al interior del foso. El chapoteo se repitió, seguido de un gorgoteo viscoso, algo parecido a una emanación de gases en el fango de un pantano, y un siseo, algo mojado deslizándose por la piedra o el cemento, deslizándose hacia arriba. Recordé las historias que se escuchaban en los muelles del río, los relatos de poceros y cangrejeros que aseguraban encontrar de cuando en cuando criaturas en sus trampas, bichos de mandíbulas compuestas y racimos de tentáculos por ojos, criaturas ciegas, con vísceras corrosivas y estómagos múltiples visibles en la gelatina densa y translúcida que tenían por carne, erizadas de espinas y de veneno, y empujé con todas mis fuerzas la losa, mientras el ruido, el deslizar, se hacía más fuerte, y subía en la corriente de aire un hedor abrasivo, intoxicante, y el mecanismo chasqueó y la bisagra se rompió y la losa cayó con mi peso y el suyo sobre lo que ya estaba emergiendo. Algo se me enroscó en la mano, noté al instante una quemazón, y lo golpeé contra el suelo hasta que se soltó y se quedó sacudiéndose en el suelo, mutilado y todavía vivo. Me arrastré lejos de la losa, con la mano contra el pecho, agarrotada. Tenía un largo surco rojo en el dorso, punteado por una docena de pequeñas incisiones. Me puse en pie y, sin perder de vista la losa y lo que había salido del foso, recorrí el sótano hasta dar con otra puerta. Estaba asegurada con un cerrojo sencillo y daba al callejón en el brillaban los faroles de gas. Salí cojeando, el abrigo manchado de polvo y sangre del portero, magullado, dolorido, envenenado, con la mano cada vez más insensible e hinchada, y no pude evitar echarle un último vistazo a eso, lo que la losa le había cortado a la criatura de las profundidades, bífido y lleno de ventosas, todavía sacudido por espasmos. Vomité antes de salir del callejón e internarme en una galería llena de burdeles y de cafés en la que nadie me prestó atención.

Monstruos y asesinos (V)

Le pusieron una capucha negra y la arrastraron entre los agentes, haciéndola tropezar con el empedrado de la calle. Las esposas le magullaron las muñecas. Apenas lograba apoyar los pies en el suelo. La arrojaron dentro de un vehículo que vibraba y roncaba, un faetón de vapor. Se quedó tendida en el suelo, muy quieta. El dolor seguía pulsando donde había sido golpeada. Los hombres se acomodaron dentro. Alguien le puso los pies encima, justo en los riñones. Vamos, dijo Orlov. El conductor del faetón, encaramado en la parte superior, silbó como si los engranajes y los pistones necesitaran un aviso al igual que los caballos. Otro silbido de los aliviaderos y la máquina se puso en marcha, bamboleándose y cabeceando.
La capucha olía a vómito rancio. Contuvo las náuseas. También le llegaba el olor del cigarro de Orlov. Un bache hizo saltar al faetón. Los pies que tenía encima se le clavaron en los riñones. Oh, dijo Fish. Lo siento, señorita.
Kemper, dijo Orlov. ¿Crees que podrás seguir el rastro del otro?
V no escuchó la respuesta, si la hubo, y Orlov dijo: No creo que te de muchos problemas. La pieza complicada era ésta.
Fish gruñó. Es una cerda traicionera, dijo. Me duele un horror el puto pie. Creo que me ha roto algo.
El faetón se detuvo. Escuchó el chirriar de una de las puertas. Alguien bajó. El gigante Kemper. El faetón se balanceó y reequilibró. Fish se acomodó. Le puso un pie en el cuello y otro entre los omóplatos. Así mucho mejor, dijo.
Bisbiseos entre Orlov y Kemper. El faetón se puso en marcha de nuevo. Fish comenzó a silbar y tararear una canción. Poco a poco fue añadiendo presión al pie que tenía sobre el cuello de V. Intentó sacudírselo de encima. El talón se asentó sobre la carótida. La garganta se estrechó. El aire filtrado por la capucha pasaba como un suspiro insuficiente. Gorgoteó.
Fish, dijo Orlov. ¿Estás dejando respirar a la señorita?
Más o menos.
Por favor. Ya hemos hablado de esto.
El pie se levantó. V jadeó dentro de la capucha. El aire impregnado de vómito viejo le llenó los pulmones. Tosió, empapó de babas y mocos la capucha, siguió respirando.
Tranquilo, jefe, dijo Fish. No es mi tipo. ¿Cuántos años tiene? ¿Diecinueve, veinte? Una vieja.
En cualquier caso no quiero otro incidente con un detenido.
Fish retiró los pies. Por supuesto que no, dijo.
El faetón se detuvo unos minutos después. La arrastraron fuera. La cabeza le daba vueltas. La fetidez de la capucha le quemaba los pulmones, las muñecas le ardían, los hombros le dolían como si fueran a descoyuntarse. Tropezó en unas escaleras. Por fin la dejaron de pie en una estancia caldeada. Notaba el suelo mullido, alfombrado. Tembló en la más absoluta oscuridad, utilizando el dolor como referente sensorial. No te desmayes. No te desmayes.
Ponte cómoda, dijo Fish y le dio un empujón. Chocó con algo duro a la altura de las rodillas y cayó de bruces en una cama. El somier chirrió y crujió.
Quítale la capucha, dijo Orlov.
Fish obedeció. V parpadeó. Reconoció la colcha contra la que apretaba el rostro. Su cama en el Pasaje del Dragón.
Hemos decidido que éste es un lugar tan bueno como cualquier otro para establecernos, dijo Orlov. Una vez desalojados los vecinos.
Estaba sentado en un butacón a los pies de la cama. No creo que tengamos que esperar mucho, dijo. Kemper es el mejor rastreador que tengo.
Fish se paseaba por la habitación, tocando los objetos que habíamos olvidado. Ropa. Vasos por lavar con restos de infusión. Una caja de madera historiada. Se detuvo junto a la pileta y cogió una navaja de afeitar. Sonrió.
Ahora será importante que mantengas la calma, dijo Orlov. Tiró la ceniza de su cigarro a la alfombra. Vamos a quitarte las esposas. Creerás que tienes una oportunidad de escapar. No es cierto. Te harás daño. Fish te hará daño.
Fish abrió la navaja. Se acercó a la cama. Puedo cortarte un par de tendones para que te quedes quietecita, si lo prefieres, dijo. Sangra poco y duele menos… Bueno, quizá no. Pero se te pasarán las ganas de ponerte rebelde.
¿Qué prefiere, señorita?
V no contestó. Orlov se inclinó y abrió un maletín que tenía a sus pies. Los hombres se habían instalado ya en las habitaciones. V vio algunas maletas y valijas que debían pertenecerles. El comisario sacó unas correas de cuero con hebillas.
Date la vuelta, dijo Fish. La lengua azul asomó con una cabeza de serpiente.
V obedeció. Fish le tiró de la cintura del pantalón para acercarla y se encaramó sobre su espalda, en una mano la navaja, la otra en su nuca, palpándole las vértebras. V tragó saliva. Orlov le dio la llave. Primero le soltó la mano derecha. V estiró el brazo hacia delante, las articulaciones enviándole punzadas de dolor. Fish le puso la hoja de la navaja en la mejilla. Siseó. Muy quieta, muchacha, muy quieta.
Orlov la sujetó por la muñeca. El tacto del hombre la estremeció. Cálido, como cualquier ser vivo, y al mismo tiempo extraño, ajeno. Diferente. El comisario le pasó la correa por la muñeca y la ató al poste de la cama. Ahora boca arriba, dijo.
Se dejó manejar como una muñeca. La dejaron atada al cabecero de la cama por las muñecas magulladas, la cabeza apoyada en un almohadón.
Espero que estés cómoda, dijo Orlov. Dentro de lo posible.
Es nuestra mayor preocupación, dijo Fish. Tu bienestar.
Orlov volvió al butacón.
Deberíamos interrogarla, dijo Fish. Tiene que saber dónde se esconde el otro.
¿Tú crees, Fish?
Claro. Yo me encargo de ello.
Señorita, dijo Orlov. ¿Puede mirarme?
V le miró. Sentado a los pies de la cama, con el cigarro casi consumido entre el índice y el pulgar, el extremo mordisqueado y húmedo. Los ojos del hombre eran casi negros, oscurecidos por las cejas espesas y animalescas. Un rosto cincelado en un reposo que parecía apenas a un instante de la brutalidad.
Señorita, ¿sabe dónde se esconde el otro?
No, dijo V.
Orlov se echó hacia atrás en el butacón. Ya has oído, Fish.
Pero, jefe, déjeme…
Orlov negó con la cabeza. Ya habrá tiempo, dijo. Esperemos a Kemper.
Fish chasqueó la lengua y cerró la navaja.

El otro agente volvió una hora después. Orlov y él parlamentaron al fondo de la habitación, junto al ventanuco. El violinista volvía a tocar, algo lento y triste. V hacia recuento de dolores, en los huesos, en los músculos. Fish paseaba por la habitación, abría y cerraba la navaja, se pasaba el filo por el rostro lampiño, distraído.
Está en el barrio de las galerías, le dijo Orlov. Voy a ir con Kemper.
El comisario miró a V. Alguien tiene que quedarse con ella, dijo.
Jefe…
Conoces nuestras órdenes. No hagas ninguna estupidez. Traeremos al otro y los llevaremos lo antes posible…
Por favor, dijo V.
Los policías la miraron.
No tenéis que hacer esto, dijo V. Tenemos oro. Mucho oro. Si nos dejáis libres…
Oro, dijo Orlov.
Sí. Mucho.
¿Qué más tiene, señorita?
Cualquier cosa, dijo con un hilo de voz. Puedo conseguir cualquier cosa. Hacer cualquier cosa. Pero dejadnos en paz. O dejadle a él en paz. Por lo menos a él. No ha hecho nada…
¿Qué estaría dispuesta a hacer, señorita?
Lo que sea, dijo V. Lo que sea.
Adelantó las caderas. Puedo ser vuestra de maneras que no imagináis…
Orlov sonrió. Señorita, dijo. ¿Podría echarse a llorar?
Qué…
Llorar. Es lo único que le falta a su numerito.
V tragó saliva. Yo… De verdad que os puedo…
No tiene nada que nos interese, señorita. Es mejor que se haga a la idea. No tiene ninguna manera de salir de esta situación. La Justicia del Dios Vivo la ha reclamado y será llevada a la Corte. Va a pasar. No hay remedio.
V los contempló con los ojos húmedos, el labio temblando. Frunció el ceño. Apretó la mandíbula dolorida. Ya sé lo que sois, dijo. Homúnculos sin polla. Lefa de alquimista y mierda de caballo. Escupió. Un muñeco es más hombre que vosotros, dijo. Orlov seguía sonriendo. Volveré más tarde. Fish, cuida de ella. Kemper, vamos al barrio de las galerías.
Salieron de la habitación. Fish gruñó. Orlov había dejado olvidado un cigarro en un cenicero junto al ventanuco. Fish lo cogió, dio un par de caladas lentas, contemplativas, y volvió para sentarse al borde de la cama. Muchacha, dijo con el cigarro en la boca. No sabes dónde te has metido. Tenía las manos huesudas y cetrinas, las uñas manchadas. Le palpó los muslos. V se revolvió y Fish le dio un puñetazo en la ingle. V gimió. Quieta, joder. Le subió la camisa y le acarició el vientre pálido y tenso, magro. Qué clase de persona asesina a su propio padre, ¿eh?, dijo. Se lamió los labios. Los dedos palparon bajo el pantalón. Tú y el otro, ¿qué clase de monstruos sois?
¿Qué clase de monstruo eres tú?, dijo ella. Homúnculo de mierda…
Fish le apagó el cigarro en el vientre. V apretó los dientes. Aguantó. Los tendones del cuello se le marcaron como cables tensos.
Soy de la peor clase de monstruo, dijo Fish. Pero no soy un muñeco como esos dos. Por lo menos no al completo.
Contempló el cigarrillo tronchado y humeante todavía. Lo tiró a un lado. Sopló las cenizas de la quemadura y le bajó la camisa. La contempló de pies a cabeza. Te aseguro que yo sí que tengo polla, dijo.