Monstruos y asesinos (V)

por Francisco Serrano

Le pusieron una capucha negra y la arrastraron entre los agentes, haciéndola tropezar con el empedrado de la calle. Las esposas le magullaron las muñecas. Apenas lograba apoyar los pies en el suelo. La arrojaron dentro de un vehículo que vibraba y roncaba, un faetón de vapor. Se quedó tendida en el suelo, muy quieta. El dolor seguía pulsando donde había sido golpeada. Los hombres se acomodaron dentro. Alguien le puso los pies encima, justo en los riñones. Vamos, dijo Orlov. El conductor del faetón, encaramado en la parte superior, silbó como si los engranajes y los pistones necesitaran un aviso al igual que los caballos. Otro silbido de los aliviaderos y la máquina se puso en marcha, bamboleándose y cabeceando.
La capucha olía a vómito rancio. Contuvo las náuseas. También le llegaba el olor del cigarro de Orlov. Un bache hizo saltar al faetón. Los pies que tenía encima se le clavaron en los riñones. Oh, dijo Fish. Lo siento, señorita.
Kemper, dijo Orlov. ¿Crees que podrás seguir el rastro del otro?
V no escuchó la respuesta, si la hubo, y Orlov dijo: No creo que te de muchos problemas. La pieza complicada era ésta.
Fish gruñó. Es una cerda traicionera, dijo. Me duele un horror el puto pie. Creo que me ha roto algo.
El faetón se detuvo. Escuchó el chirriar de una de las puertas. Alguien bajó. El gigante Kemper. El faetón se balanceó y reequilibró. Fish se acomodó. Le puso un pie en el cuello y otro entre los omóplatos. Así mucho mejor, dijo.
Bisbiseos entre Orlov y Kemper. El faetón se puso en marcha de nuevo. Fish comenzó a silbar y tararear una canción. Poco a poco fue añadiendo presión al pie que tenía sobre el cuello de V. Intentó sacudírselo de encima. El talón se asentó sobre la carótida. La garganta se estrechó. El aire filtrado por la capucha pasaba como un suspiro insuficiente. Gorgoteó.
Fish, dijo Orlov. ¿Estás dejando respirar a la señorita?
Más o menos.
Por favor. Ya hemos hablado de esto.
El pie se levantó. V jadeó dentro de la capucha. El aire impregnado de vómito viejo le llenó los pulmones. Tosió, empapó de babas y mocos la capucha, siguió respirando.
Tranquilo, jefe, dijo Fish. No es mi tipo. ¿Cuántos años tiene? ¿Diecinueve, veinte? Una vieja.
En cualquier caso no quiero otro incidente con un detenido.
Fish retiró los pies. Por supuesto que no, dijo.
El faetón se detuvo unos minutos después. La arrastraron fuera. La cabeza le daba vueltas. La fetidez de la capucha le quemaba los pulmones, las muñecas le ardían, los hombros le dolían como si fueran a descoyuntarse. Tropezó en unas escaleras. Por fin la dejaron de pie en una estancia caldeada. Notaba el suelo mullido, alfombrado. Tembló en la más absoluta oscuridad, utilizando el dolor como referente sensorial. No te desmayes. No te desmayes.
Ponte cómoda, dijo Fish y le dio un empujón. Chocó con algo duro a la altura de las rodillas y cayó de bruces en una cama. El somier chirrió y crujió.
Quítale la capucha, dijo Orlov.
Fish obedeció. V parpadeó. Reconoció la colcha contra la que apretaba el rostro. Su cama en el Pasaje del Dragón.
Hemos decidido que éste es un lugar tan bueno como cualquier otro para establecernos, dijo Orlov. Una vez desalojados los vecinos.
Estaba sentado en un butacón a los pies de la cama. No creo que tengamos que esperar mucho, dijo. Kemper es el mejor rastreador que tengo.
Fish se paseaba por la habitación, tocando los objetos que habíamos olvidado. Ropa. Vasos por lavar con restos de infusión. Una caja de madera historiada. Se detuvo junto a la pileta y cogió una navaja de afeitar. Sonrió.
Ahora será importante que mantengas la calma, dijo Orlov. Tiró la ceniza de su cigarro a la alfombra. Vamos a quitarte las esposas. Creerás que tienes una oportunidad de escapar. No es cierto. Te harás daño. Fish te hará daño.
Fish abrió la navaja. Se acercó a la cama. Puedo cortarte un par de tendones para que te quedes quietecita, si lo prefieres, dijo. Sangra poco y duele menos… Bueno, quizá no. Pero se te pasarán las ganas de ponerte rebelde.
¿Qué prefiere, señorita?
V no contestó. Orlov se inclinó y abrió un maletín que tenía a sus pies. Los hombres se habían instalado ya en las habitaciones. V vio algunas maletas y valijas que debían pertenecerles. El comisario sacó unas correas de cuero con hebillas.
Date la vuelta, dijo Fish. La lengua azul asomó con una cabeza de serpiente.
V obedeció. Fish le tiró de la cintura del pantalón para acercarla y se encaramó sobre su espalda, en una mano la navaja, la otra en su nuca, palpándole las vértebras. V tragó saliva. Orlov le dio la llave. Primero le soltó la mano derecha. V estiró el brazo hacia delante, las articulaciones enviándole punzadas de dolor. Fish le puso la hoja de la navaja en la mejilla. Siseó. Muy quieta, muchacha, muy quieta.
Orlov la sujetó por la muñeca. El tacto del hombre la estremeció. Cálido, como cualquier ser vivo, y al mismo tiempo extraño, ajeno. Diferente. El comisario le pasó la correa por la muñeca y la ató al poste de la cama. Ahora boca arriba, dijo.
Se dejó manejar como una muñeca. La dejaron atada al cabecero de la cama por las muñecas magulladas, la cabeza apoyada en un almohadón.
Espero que estés cómoda, dijo Orlov. Dentro de lo posible.
Es nuestra mayor preocupación, dijo Fish. Tu bienestar.
Orlov volvió al butacón.
Deberíamos interrogarla, dijo Fish. Tiene que saber dónde se esconde el otro.
¿Tú crees, Fish?
Claro. Yo me encargo de ello.
Señorita, dijo Orlov. ¿Puede mirarme?
V le miró. Sentado a los pies de la cama, con el cigarro casi consumido entre el índice y el pulgar, el extremo mordisqueado y húmedo. Los ojos del hombre eran casi negros, oscurecidos por las cejas espesas y animalescas. Un rosto cincelado en un reposo que parecía apenas a un instante de la brutalidad.
Señorita, ¿sabe dónde se esconde el otro?
No, dijo V.
Orlov se echó hacia atrás en el butacón. Ya has oído, Fish.
Pero, jefe, déjeme…
Orlov negó con la cabeza. Ya habrá tiempo, dijo. Esperemos a Kemper.
Fish chasqueó la lengua y cerró la navaja.

El otro agente volvió una hora después. Orlov y él parlamentaron al fondo de la habitación, junto al ventanuco. El violinista volvía a tocar, algo lento y triste. V hacia recuento de dolores, en los huesos, en los músculos. Fish paseaba por la habitación, abría y cerraba la navaja, se pasaba el filo por el rostro lampiño, distraído.
Está en el barrio de las galerías, le dijo Orlov. Voy a ir con Kemper.
El comisario miró a V. Alguien tiene que quedarse con ella, dijo.
Jefe…
Conoces nuestras órdenes. No hagas ninguna estupidez. Traeremos al otro y los llevaremos lo antes posible…
Por favor, dijo V.
Los policías la miraron.
No tenéis que hacer esto, dijo V. Tenemos oro. Mucho oro. Si nos dejáis libres…
Oro, dijo Orlov.
Sí. Mucho.
¿Qué más tiene, señorita?
Cualquier cosa, dijo con un hilo de voz. Puedo conseguir cualquier cosa. Hacer cualquier cosa. Pero dejadnos en paz. O dejadle a él en paz. Por lo menos a él. No ha hecho nada…
¿Qué estaría dispuesta a hacer, señorita?
Lo que sea, dijo V. Lo que sea.
Adelantó las caderas. Puedo ser vuestra de maneras que no imagináis…
Orlov sonrió. Señorita, dijo. ¿Podría echarse a llorar?
Qué…
Llorar. Es lo único que le falta a su numerito.
V tragó saliva. Yo… De verdad que os puedo…
No tiene nada que nos interese, señorita. Es mejor que se haga a la idea. No tiene ninguna manera de salir de esta situación. La Justicia del Dios Vivo la ha reclamado y será llevada a la Corte. Va a pasar. No hay remedio.
V los contempló con los ojos húmedos, el labio temblando. Frunció el ceño. Apretó la mandíbula dolorida. Ya sé lo que sois, dijo. Homúnculos sin polla. Lefa de alquimista y mierda de caballo. Escupió. Un muñeco es más hombre que vosotros, dijo. Orlov seguía sonriendo. Volveré más tarde. Fish, cuida de ella. Kemper, vamos al barrio de las galerías.
Salieron de la habitación. Fish gruñó. Orlov había dejado olvidado un cigarro en un cenicero junto al ventanuco. Fish lo cogió, dio un par de caladas lentas, contemplativas, y volvió para sentarse al borde de la cama. Muchacha, dijo con el cigarro en la boca. No sabes dónde te has metido. Tenía las manos huesudas y cetrinas, las uñas manchadas. Le palpó los muslos. V se revolvió y Fish le dio un puñetazo en la ingle. V gimió. Quieta, joder. Le subió la camisa y le acarició el vientre pálido y tenso, magro. Qué clase de persona asesina a su propio padre, ¿eh?, dijo. Se lamió los labios. Los dedos palparon bajo el pantalón. Tú y el otro, ¿qué clase de monstruos sois?
¿Qué clase de monstruo eres tú?, dijo ella. Homúnculo de mierda…
Fish le apagó el cigarro en el vientre. V apretó los dientes. Aguantó. Los tendones del cuello se le marcaron como cables tensos.
Soy de la peor clase de monstruo, dijo Fish. Pero no soy un muñeco como esos dos. Por lo menos no al completo.
Contempló el cigarrillo tronchado y humeante todavía. Lo tiró a un lado. Sopló las cenizas de la quemadura y le bajó la camisa. La contempló de pies a cabeza. Te aseguro que yo sí que tengo polla, dijo.

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