Monstruos y asesinos (VI)

por Francisco Serrano

Al principio no dolió nada, sólo escuché el estruendo que hacía mi cuerpo contra los bultos del patio interior, muebles cubiertos por lonas polvorientas, escombros, basuras, y me alegré de haber conseguido girar durante la caída y ofrecer el costado del cuerpo al golpe y no la cabeza. Después comenzó a doler, un dolor penetrante desde la cadera y el muslo izquierdo que retumbó como un eco en el dolor de las costillas que me había dejado el portero negro con su porra. Me arrastré a ciegas en una nube de materia pulverizada, clavando los codos en el suelo. Baldosas agrietadas entre las que crecía una hierba rala y amarilla. Escuché voces que surgían de las ventanas. Siluetas de cabezas. No había ninguna ventana cercana al suelo. Miré el ventanuco por el que había escapado y la altura me mareó un poco. Me incorporé y cojeando palpé las paredes en busca de una salida. Encontré una puerta metálica que no se movió un centímetro por más que empujé. Seguí buscando hasta dar con una ventanilla a ras de suelo. Estaba cubierta por una tela metálica suelta. La aparté con el pie y me acuclillé para mirar. Era todavía más estrecha que el ventanuco de la habitación. Pasé primero los brazos y la cabeza y me retorcí como pude, con un crujido de huesos, una tensión de músculos excesiva, y me dejé caer una vez más, esta vez a mucha menos altura. El sótano estaba sumido en una penumbra ambarina, listada de sombras, por los faroles que iluminaban las ventas que daban a la calle, protegidas con barrotes. Me sacudí el polvo del abrigo, comprobé que los viales del estuche seguían intactos, así como el resto de utensilios, y recorrí el sótano en busca de otra salida. El lugar hedía a humedad y basura. Ganchos en el techo de los que colgaban cadenas herrumbrosas y grilletes abiertos. Una mesa llena de herramientas, tenazas, martillos, berbiquíes, todo cubierto por el polvo y una materia oscura que primero me pareció herrumbre, pero que no podía serlo por el hedor que desprendía. Tropecé con una argolla en el suelo. Estaba incrustada en una losa de piedra en el suelo, tan cubierta de polvo como todo lo demás, pero las hendiduras de sus bordes estaban limpias. Tiré con fuerza de la losa, pensando que quizá fuera una salida, y sus bisagras ocultas giraron con fluidez, sin un gemido, hasta un ángulo de noventa grados. Pese al polvo acumulado el mecanismo de la losa era engrasado y usado con frecuencia. La losa descubría una abertura a un foso, sin escalera o peldaños de ningún tipo para descender, sólo cuatro paredes lisas de cemento que se sumían en una oscuridad completa, negrísima. Había una corriente de aire inesperadamente limpio y frío. Cogí un pequeño martillo de la mesa de las herramientas y lo arrojé dentro. Conté uno, dos, tres, cuatro, y el martillo golpeó contra algo sólido, piedra quizá, y seguí contando cinco, seis, siete, hasta escuchar un chasquido húmedo, extraño. Supuse que debía ser algún tipo de alcantarilla, de acceso a una canalización subterránea del río. Intenté cerrar de nuevo la losa pero algún mecanismo secreto se había ajustado para dejarla sujeta y no pude. Me volví para buscar otra salida cuando escuché el chapoteo. Miré al interior del foso. El chapoteo se repitió, seguido de un gorgoteo viscoso, algo parecido a una emanación de gases en el fango de un pantano, y un siseo, algo mojado deslizándose por la piedra o el cemento, deslizándose hacia arriba. Recordé las historias que se escuchaban en los muelles del río, los relatos de poceros y cangrejeros que aseguraban encontrar de cuando en cuando criaturas en sus trampas, bichos de mandíbulas compuestas y racimos de tentáculos por ojos, criaturas ciegas, con vísceras corrosivas y estómagos múltiples visibles en la gelatina densa y translúcida que tenían por carne, erizadas de espinas y de veneno, y empujé con todas mis fuerzas la losa, mientras el ruido, el deslizar, se hacía más fuerte, y subía en la corriente de aire un hedor abrasivo, intoxicante, y el mecanismo chasqueó y la bisagra se rompió y la losa cayó con mi peso y el suyo sobre lo que ya estaba emergiendo. Algo se me enroscó en la mano, noté al instante una quemazón, y lo golpeé contra el suelo hasta que se soltó y se quedó sacudiéndose en el suelo, mutilado y todavía vivo. Me arrastré lejos de la losa, con la mano contra el pecho, agarrotada. Tenía un largo surco rojo en el dorso, punteado por una docena de pequeñas incisiones. Me puse en pie y, sin perder de vista la losa y lo que había salido del foso, recorrí el sótano hasta dar con otra puerta. Estaba asegurada con un cerrojo sencillo y daba al callejón en el brillaban los faroles de gas. Salí cojeando, el abrigo manchado de polvo y sangre del portero, magullado, dolorido, envenenado, con la mano cada vez más insensible e hinchada, y no pude evitar echarle un último vistazo a eso, lo que la losa le había cortado a la criatura de las profundidades, bífido y lleno de ventosas, todavía sacudido por espasmos. Vomité antes de salir del callejón e internarme en una galería llena de burdeles y de cafés en la que nadie me prestó atención.

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