Monstruos y asesinos (VII)

por Francisco Serrano

La fiebre me subió durante la noche, una noche larga, interminable, como son las noches de esta ciudad de fugitivos y enfermos, una noche que pasé caminando por las galerías anchas como avenidas, bajo los artesonados mohosos y desmigajados, junto a los grabados obscenos en las puertas de los prostíbulos, y por galerías estrechas como un infarto, iluminadas con palmatorias, hediondas de orines, en las que duermen hombres como perros y los perros de esos hombres, y si no fui asaltado y asesinado fue por suerte o azar, o quizá porque con mi abrigo manchado de sangre, mi rostro demacrado y mis andares de loco parecía más peligroso que víctima. El veneno que la criatura me había inoculado tardó varias horas en desaparecer de mi organismo y al amanecer había dejado el barrio de las galerías y hacía cola en un puesto de comidas junto a un canal para conseguir un cuenco de sopa de tortuga. La mano seguía insensible, cubierta por un sarpullido que se volvía negro, necrótico, por momentos. La observé en la primera luz de aquel día, una luz como aguada, y el niño que descaparazonaba las tortugas junto al puesto se me quedó mirando. Escondí la mano y el niño volvió a la suyo. Era muy feo, con el pelo cortado a trasquilones, mugriento, sentado en un cubo dado la vuelta. Tenía las tortugas vivas en una cesta de mimbre y las iba sacando de una en una, sujetaba la tortuga entre las rodillas, le cogía la cabeza con dos dedos y se la cortaba con una navaja de hoja curva, después hacía otros cortes precisos y arrancaba con las manos el caparazón, haciendo un sonido parecido al de una tela muy tensa que se rasga, destripaba el cuerpo amarillento y blando, cortaba las pezuñas, tiraba los desperdicios al río, dejaba los caparazones azulados a un lado, que luego serían vendidos como ceniceros o recipientes ceremoniales, y le pasaba la carne a la vieja que cuidaba de la olla. La sopa con cabeza valía una moneda más. Las tortugas eran mordedoras y el niño tenía los dedos llenos de cicatrices viejas.
Pagué por mi sopa y tomé el cuenco con la mano buena, sorbiendo con cuidado. Estaba muy caliente y muy especiada. Moví con la lengua pedazos de carne gomosa que era mejor no masticar. Me puse junto al niño, al borde del canal, desde donde podía ver el puente del Paláis Sauterelle. Había ya una cola de carros y faetones de vapor que quería llegar al centro. El puente de Legba era el más grande y seguro a este lado de la ciudad y había que pagar para cruzarlo. Terminé la sopa y dejé el cuenco en el mostrador. Rescaté la cabeza de tortuga del fondo y sorbí los ojos y chupé las cuencas vacías mientras me alejaba caminando. El niño tiraba puñados de tripas al agua y siluetas bajo la superficie se los disputaban. Roí la cabeza hasta el hueso y la tiré también al canal. Me crucé con un hombre que llegaba con una nasa llena de tortugas, precedido por el entrechocar húmedo de los caparazones. Hacía un frío que el sol no lograba vencer.

El Paláis Sauterelle estaba construido sobre el mismo puente, altos muros de granito negro, cada bloque marcado por el complicado glifo de sus canteros, almenas y aspilleras por las que se entreveían los mosquetes y los altos chacós emplumados de los soldados de Legba. Casacas grises, botas negras y plumas rojas en los oficiales. Los soldados que regulaban el tráfico del puente iban armados con ballestas y carabinas de cañón corto. En lo alto estaba el palacio propiamente dicho, con sus jardines verticales derramándose por las fachadas, ventanales como ojos de cristal en una criatura verde, torreones y tejados voladizos.
Pagué una moneda para poder pasar a pie. Había un atasco en el túnel y una algarabía de gritos de soldados y conductores, petardeos de ingenios a vapor y relinchar de caballos. Hacia la mitad del puente había habido un accidente, bloqueando el tráfico en las dos direcciones. La caldera de un motocarro había explotado partiendo a una yegua por la mitad e hiriendo a varias personas. Pedazos de metal candente habían salpicado las paredes como metralla. Desde los matacanes del techo, el enrejado chamuscado por vertidos pasados de aceite o brea hirviendo, unos soldados contemplaban el espectáculo. Abajo otros intentaban imponer orden a culatazos entre los hombres y las bestias que se apelotonaban en la calzada. Los heridos se retorcían en las pasarelas de los peatones. Pasé sobre ellos y llegué a una de las puertas de entrada al palacio. Pagué más dinero para que un oficial aburrido enviase un mensaje por un tubo neumático. Tuve que esperar casi una hora antes de que llegase otro mensaje por el tubo franqueándome el paso. El tráfico ya fluía y los heridos habían sido retirados.
Un mayordomo me esperaba en el ascensor de servicio. Un viejo siervo liberado, de impecable librea, el pelo cano y las mejillas quemadas de manera elegante para borrar las marcas de su amo. Ni parpadeó al verme entrar, mugriento y herido, con la mano mala envuelta en un trapo que había encontrado en el túnel. El señor le recibirá de inmediato, dijo. Subimos hasta el patio interior para tomar otro ascensor, esta vez ya en la estructura superior. Un pelotón desfilaba con alabardas al hombro, sin más propósito que hacer crujir el cuero de las botas y relucir las hebillas pulidas. Un grupo de criados sacaba un carro de víveres de un montacargas. El segundo ascensor tenía asientos acolchados y me dejé caer en uno mientras el mayordomo me ofrecía cigarros y licores de un carrito allí dispuesto. El efecto anestésico empezaba a desaparecer de la mano y un ardor se me extendía por la muñeca. Saqué la mano para echarle un vistazo. La inflamación había bajado un poco pero el sarpullido negro se había extendido y me alcanzaba ya la muñeca y la segunda falange de los dedos. Lo vendé de nuevo al llegar al último piso. El mayordomo me condujo por una galería acristalada que daba hacia el este. La ciudad parecía en llamas. Quizá era la fiebre que volvía.
Salimos a la enorme terraza que coronaba el Paláis Sauterelle, el lugar desde el que nacían los jardines verticales que cubrían las fachadas. Largos y altos voladeros y pajareras en los que trinaban pájaros coloridos. Unos soldados de uniforme negro y fusiles, tocados con pickelhaubes plateados, guardaban las puertas.
Legba llevaba la máscara del Calamar, los tentáculos rígidos arañándole las solapas de la casaca roja. Seguía vistiendo como un noble, aunque había sido repudiado por el Dios Vivo, y lucía los desgarrones donde alguna vez habían prendido sus tiras de seda amarilla y ducal. Estaba sentado a un velador de mármol junto con una mujer de pelo muy largo y negro. Hizo un gesto para que nos acercásemos. La mujer parecía distraída, el rostro vuelto hacia la ciudad y el amanecer.
Espantamos a una pareja de dodos al acercarnos. Los animales se alejaron con sus andares torpes y unos graznidos. Legba hizo dos gestos rápidos en el lenguaje secreto y supe que me permitía sentarme con ellos, pero no hablar todavía. El mayordomo se inclinó junto a él y susurró un par de frases a su oído.
Legba asintió con lentitud. La máscara del Calamar era una de las más terroríficas, daba la impresión de que tenía un cráneo hipertrófico y seco como la carcasa de una momia. Lo que le había pasado a su rostro, si estaba desfigurado o la naturaleza exacta del daño, nadie lo sabía, de la misma manera que nadie sabía cómo se las arreglaba para ver si en ninguna de sus máscaras había agujeros o hendiduras, o si es que todavía conservaba algo parecido a unos ojos. Su rostro había sido el precio que había pagado ante el Dios Vivo por seguir viviendo. Por eso V y yo sabíamos que allí, únicamente allí, estábamos a salvo de la justicia.
La mujer me miró por fin. Era muy pálida. Venas azules se le dibujaban en las sienes como fantasmas de un sistema circulatorio auténtico. Los ojos negrísimos como el pelo. Tú, dijo. Hueles a veneno.
Lo dijo con una vocecita de niña.
¿A veneno?, dijo Legba.
Sí, dijo.
Legba suspiró. ¿Conoces a la señora que nos acompaña?, dijo. Es la baronesa…
Brigitte, dijo ella. Puedes llamarme Brigitte.
Brigitte, dijo Legba. No deberías dejar que se tome muchas confianzas. Tiene tan mal aspecto porque es un fugitivo de la justicia del Dios Vivo.
Oh, dijo Brigitte.
¿Sabes cuál es su crimen?
No hace falta que me lo digas, dijo la mujer. También huele a asesino. Es un olor fuerte. Sangre. Sangre de otro. De no hace muchas horas.
Dudo que la justicia le persiga por la sangre que hueles, dijo Legba. Tienes aquí delante a un terrible asesino de nobles.
Ella alzó las cejas. Por un instante su rostro se desdibujó, tembló como una gasa al viento, y me pareció ver su calavera dibujándose bajo la piel, una calavera colmilluda y de sonrisa cruel. Parpadeé con fuerza. Su rostro volvió a ser como antes, blanco, delicado, hermoso. La fiebre. Una fiebre fría, muy fría.
El Barón de Reis, dijo Brigitte.
Ni más ni menos, dijo Legba.
La mujer se mordió el labio inferior. Quiero quedármelo,
No, dijo Legba. Es un hombre libre.
Entonces déjamelo un rato, dijo Brigitte. Para curarlo. Está enfermo.
Eso parece, dijo Legba. Enséñanos la mano.
Temblando saqué la mano vendada y le quité el trapo. Comenzaba a desprender un olor agrio, punzante.
Trae a un médico, dijo Legba al mayordomo.
No, dijo Brigitte. Yo puedo encargarme. Aspiró con fuerza por la nariz. Conozco el veneno. Es un veneno viejo, muy viejo. Puedo quitárselo. Déjamelo, Legba.
Tiene que decidirlo él, cariño, dijo Legba. Es un hombre libre y en la casa de Legba un hombre libre no está obligado a nada. ¿Qué dices, muchacho? Puedes hablar.
En realidad no podía hablar. Estaba muy mareado. Era por la fiebre y por algo en los ojos de la mujer. Asentí con fuerza. Cualquier cosa para curarme. El veneno no había desaparecido de mi organismo, sólo se había aplacado un poco.
Gracias, dijo ella.
Le hemos preparado una habitación, dijo Legba. Ya suponía que querría quedarse un poco. Podéis utilizarla.
Será mejor, dijo Brigitte. El sol comienza a molestarme demasiado.
Volví a mirarla. Blanca, muy blanca, casi translúcida. Encorvada en su silla como un espectro.
Me llevaron hasta mi habitación entre dos criados. Escuché durante el trayecto la voz de la mujer susurrando, como cantando, emprendiendo siempre la misma letanía, la misma melodía repetitiva, como un conjuro.
Los criados me desvistieron de cintura para arriba, hasta que ella les ordenó parar y salir de la habitación. Quedé sentado al borde de la cama, mirando el extremo de mis piernas como una cosa ajena, los pantalones manchados, las botas gastadas. La fiebre seca. La fiebre fría.
Ella se sentó a mi lado. Oh, dijo. Niño, niño. Eres tan joven.
Me asió del brazo y contempló la mano envenenada. Pobre, dijo. Acarició entre la muñeca y el codo, los dedos gélidos. Me estremecí.
Señora, dije.
Eres un hombre libre, dijo ella. Puso mi mano sobre su mano, palma contra palma, y la alzó hasta sus ojos. Así que tengo que preguntártelo. ¿Quieres curarte? ¿Quieres mi medicina? La medicina de Brigitte es vieja como este veneno.
Notaba la cabeza llena de algodón caliente. Veía todo borroso menos sus ojos, horriblemente definidos, perfilados a cuchillo, carne en órbitas de hueso desnudo, blanco, de hielo.
Sí, dije. Porque no podía decir otra cosa.
Mi niño, dijo ella. Tan joven y ya un asesino consumado.
Y mordió la mano. Tan fuerte que los huesos crepitaron y manó una sangre oscura, podrida, que ella bebió, chupó con avidez, y con la sangre se llevó el veneno y mi aliento, y hubiera gritado de poder hacerlo, y ella siguió absorbiendo y absorbiendo, la sangre y el alcaesto, la fiebre y el frío, y supe que se llevaba que lo quería, que podía llevárselo todo y elegía no hacerlo, sus ojos me lo decían, tallados y terribles, podía llevarse hasta el último aliento y sumirme en un éxtasis espantoso y no lo hacía porque yo no se lo había pedido.
Grité cuando me soltó, aullé de dolor y me retorcí en la cama. Miré la mano esperando encontrarla mutilada para siempre pero no había más que la marca de sus dientes, una herida casi superficial. Ni rastro del sarpullido negro ni de la inflamación. La herida sangraba despacio, poco, sin riesgo. Mírame, hombre libre, dijo. Estaba de pie junto a la cama. La palidez había desaparecido. El rostro arrebolado, pleno, los ojos húmedos de emoción e inyectados en sangre.
Asesino de nobles, dijo con su voz de niña cantarina. Asesino de barones. Me gustas y estoy enamorada de ti. Espero no olvidarte cuando caiga la noche. Espero no olvidarte el próximo amanecer. Ahora eres un poco mío.
Negué con la cabeza. No sé a qué, no sé por qué, pero me negué con un gesto.
Ella siseó. Soy Brigitte, la del gallo negro, la esposa del Barón, y ahora eres un poco mío. No hay más que hablar. Quizá no volvamos a vernos nunca más. Quizá no te pida nada hasta el día de tu muerte. Quizá algún día te pida que mates a mi marido, quién sabe. ¿Lo sabes tú?
No, dije. La voz como un graznido.
Claro que no, dijo ella. Todo es misterio.
Caminó por la habitación. Descorrió unas cortinas y la habitación se llenó de luz del sol. Se miró las manos, las muñecas delgadas. Adoro esto, dijo. Lástima que no dure demasiado. Ahora duerme, niño asesino. Durmamos durante el día como hacen los que son como nosotros.

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