Francisco Serrano

Monstruos y naves espaciales

Mes: mayo, 2012

Monstruos y asesinos VII (Ilustrado)

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Legba llevaba la máscara del Calamar, los tentáculos rígidos arañándole las solapas de la casaca roja. Seguía vistiendo como un noble, aunque había sido repudiado por el Dios Vivo, y lucía los desgarrones donde alguna vez habían prendido sus tiras de seda amarilla y ducal. Estaba sentado a un velador de mármol junto con una mujer de pelo muy largo y negro. Hizo un gesto para que nos acercásemos. La mujer parecía distraída, el rostro vuelto hacia la ciudad y el amanecer.

Legba asintió con lentitud. La máscara del Calamar era una de las más terroríficas, daba la impresión de que tenía un cráneo hipertrófico y seco como la carcasa de una momia. Lo que le había pasado a su rostro, si estaba desfigurado o la naturaleza exacta del daño, nadie lo sabía, de la misma manera que nadie sabía cómo se las arreglaba para ver si en ninguna de sus máscaras había agujeros o hendiduras, o si es que todavía conservaba algo parecido a unos ojos. Su rostro había sido el precio que había pagado ante el Dios Vivo por seguir viviendo. Por eso V y yo sabíamos que allí, únicamente allí, estábamos a salvo de la justicia.

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Ilustrado por Marcos de Diego

Monstruosy asesinos VI (Ilustrado)

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Miré al interior del foso. El chapoteo se repitió, seguido de un gorgoteo viscoso, algo parecido a una emanación de gases en el fango de un pantano, y un siseo, algo mojado deslizándose por la piedra o el cemento, deslizándose hacia arriba. Recordé las historias que se escuchaban en los muelles del río, los relatos de poceros y cangrejeros que aseguraban encontrar de cuando en cuando criaturas en sus trampas, bichos de mandíbulas compuestas y racimos de tentáculos por ojos, criaturas ciegas, con vísceras corrosivas y estómagos múltiples visibles en la gelatina densa y translúcida que tenían por carne, erizadas de espinas y de veneno, y empujé con todas mis fuerzas la losa, mientras el ruido, el deslizar, se hacía más fuerte, y subía en la corriente de aire un hedor abrasivo, intoxicante, y el mecanismo chasqueó y la bisagra se rompió y la losa cayó con mi peso y el suyo sobre lo que ya estaba emergiendo.

(…) Salí cojeando, el abrigo manchado de polvo y sangre del portero, magullado, dolorido, envenenado, con la mano cada vez más insensible e hinchada, y no pude evitar echarle un último vistazo a eso, lo que la losa le había cortado a la criatura de las profundidades, bífido y lleno de ventosas, todavía sacudido por espasmos. Vomité antes de salir del callejón e internarme en una galería llena de burdeles y de cafés en la que nadie me prestó atención.

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Ilustrado por Marcos de Diego

Monstruos y asesinos V (Ilustrado)

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Fish se paseaba por la habitación, tocando los objetos que habíamos olvidado. Ropa. Vasos por lavar con restos de infusión. Una caja de madera historiada. Se detuvo junto a la pileta y cogió una navaja de afeitar. Sonrió.
Ahora será importante que mantengas la calma, dijo Orlov. Tiró la ceniza de su cigarro a la alfombra. Vamos a quitarte las esposas. Creerás que tienes una oportunidad de escapar. No es cierto. Te harás daño. Fish te hará daño.
Fish abrió la navaja. Se acercó a la cama. Puedo cortarte un par de tendones para que te quedes quietecita, si lo prefieres, dijo. Sangra poco y duele menos… Bueno, quizá no. Pero se te pasarán las ganas de ponerte rebelde.

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Ilustrado por Marcos de Diego

Monstruos y asesinos IV (Ilustrado)

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Entonces sucedieron dos cosas casi al mismo tiempo. Un griterío vino desde el canal y sonaron algunas campanas de alarma. V estiró el cuello para mirar. Un resplandor rojizo como una antorcha enorme venía por el río. La gente salía a los porches de sus casas flotantes, frotándose los ojos, se asomaba desde los puentes, preparaba cubos de agua en las chabolas colgantes bajo los arcos. Un barco en llamas, sin tripulación, que llevaba la corriente e iluminaba de rojo la piedra mojada del canal.

V se separó de la columna para seguir mirando. Era un barco mercante viejo cuyo castillo de popa era mampostería labrada, roca viva en cuyos intersticios brillaba un color plasmático animado por el fuego interior. Ondas de calor cruzaban el aire y V sacó las manos de los bolsillos y se las frotó, fascinada. Continuaba el griterío y las campanas de alarma. Una chispa, una pavesa llevada por el viento, podía extender el incendio a otros barcos o a las casa flotantes. Hasta el borracho dejó de gritar y se quedó mirando el espectáculo.

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Ilustrado por Marcos de Diego

Monstruos y asesinos III (Ilustrado)

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Pensaba en eso cuando se abrió la puerta y entró el portero negro. Todo en él era violencia contenida, como el muelle en el interior de un mecanismo de disparo, plegado sobre sí mismo, esperando la más leve presión para liberarse, su postura similar a la mía, las piernas separadas y firmes, una mano a la altura de la cadera, dispuesta para alcanzar un arma oculta. La madama estaba en el pasillo. Por favor, dijo. Esta situación es inaceptable. (…)

Entonces la madama y el portero cruzaron una mirada y supe que no era un espejismo. Saqué el cuchillo. El portero sacó su arma. Los dos éramos diestros y nos golpeamos al mismo tiempo en el costado izquierdo. El cuchillo le abrió un tajo de un palmo. El chorro de sangre me vomitó un torrente de información en el cerebro, historiales, sus últimas comidas, la última vez que se acostó con una de las prostitutas del local. Su arma era una porra vieja, una barra de plomo enfundada en madera de pino. El golpe me hizo trastabillar, me dejó sin aire. Apuñalé de nuevo. El negro golpeó de nuevo. Mis costillas temblaron. La hoja del cuchillo chirrió en el hueso de su cadera. Apuñalé de nuevo en la ingle. Apuñalé en el muslo…

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Ilustrado por Marcos de Diego.

Monstruos y asesinos II (Ilustrado)

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Antes de entrar en el Gran Salón del Hotel Subterráneo la camarera me ató un embozo al rostro. El lugar estaba lleno de clientes embozados y prostitutas desnudas con el cuerpo cubierto de tatuajes, anilladas y marcadas a cuchillo por sus propietarios, glifos de cicatrices en espaldas, nalgas, muslos, escarificaciones tintadas en los pechos. Las prostitutas se movían entre las mesas en las que los hombres cenaban y bebían, con un cierto aire de desfallecimiento, invitando a tocar sus marcas. (…)

La camarera que me había puesto el embozo apareció por el pasillo empujando un carrito con flores, hielo y un par de botellas de champán. No levantaba la mirada del suelo. Llamó a una puerta al otro lado del pasillo. Esperó unos segundos y entró. Entreví a una mujer colgada de pies y manos del techo, amordazada y cegada, y a un hombre desnudo de cintura para arriba y con un pasamontañas, que le pasaba, no sin cierta ternura, un pañuelo verde por la boca, intentando limpiarle de babas la mordaza.

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Ilustración: Marcos de Diego

Monstruos y asesinos I (Ilustrado)

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Hicimos el amor en el suelo alfombrado, de rodillas, V contra la cama, el rostro oculto en las mantas de lana, los gemidos quedos mientras la penetraba y le sujetaba por las caderas, cada vez más rápido y más fuerte, siguiendo la música del violinista invisible, y el efecto de la infusión de chazal nos descomponía y conectaba, entrelazaba recuerdos propios y ajenos, impresiones, sensaciones, el tacto de cosas que nunca había tocado, el miedo terrible de una mañana que había compartido pero que nunca había sentido de la misma manera.

Al final eyaculé sobre sus nalgas. Se hizo un silencio mortal en la ciudad. Sólo podía percibir su respiración, el olor del sexo, el esperma salpicado en las alfombras y en su piel, el rumor de la sangre hirviendo en nuestras arterias. El mundo había sido suspendido durante unos minutos, reducido, deshilado, y caía como bloques de nuevo en nuestra percepción, en nuestros sentidos. Nos acariciamos durante un momento, transidos, helados. De repente algo nos inquietó. Nos pusimos en pie y nos acercamos desnudos al ventanuco. Había un hombre en el patio, vestido con un largo gabán gris, la cabeza inclinada en un ángulo extraño, los ojos cerrados.

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Ilustración: Marcos de Diego