Monstruos y asesinos I (Ilustrado)

por Francisco Serrano

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Hicimos el amor en el suelo alfombrado, de rodillas, V contra la cama, el rostro oculto en las mantas de lana, los gemidos quedos mientras la penetraba y le sujetaba por las caderas, cada vez más rápido y más fuerte, siguiendo la música del violinista invisible, y el efecto de la infusión de chazal nos descomponía y conectaba, entrelazaba recuerdos propios y ajenos, impresiones, sensaciones, el tacto de cosas que nunca había tocado, el miedo terrible de una mañana que había compartido pero que nunca había sentido de la misma manera.

Al final eyaculé sobre sus nalgas. Se hizo un silencio mortal en la ciudad. Sólo podía percibir su respiración, el olor del sexo, el esperma salpicado en las alfombras y en su piel, el rumor de la sangre hirviendo en nuestras arterias. El mundo había sido suspendido durante unos minutos, reducido, deshilado, y caía como bloques de nuevo en nuestra percepción, en nuestros sentidos. Nos acariciamos durante un momento, transidos, helados. De repente algo nos inquietó. Nos pusimos en pie y nos acercamos desnudos al ventanuco. Había un hombre en el patio, vestido con un largo gabán gris, la cabeza inclinada en un ángulo extraño, los ojos cerrados.

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Ilustración: Marcos de Diego

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