Monstruos y asesinos VII (Ilustrado)

por Francisco Serrano

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Legba llevaba la máscara del Calamar, los tentáculos rígidos arañándole las solapas de la casaca roja. Seguía vistiendo como un noble, aunque había sido repudiado por el Dios Vivo, y lucía los desgarrones donde alguna vez habían prendido sus tiras de seda amarilla y ducal. Estaba sentado a un velador de mármol junto con una mujer de pelo muy largo y negro. Hizo un gesto para que nos acercásemos. La mujer parecía distraída, el rostro vuelto hacia la ciudad y el amanecer.

Legba asintió con lentitud. La máscara del Calamar era una de las más terroríficas, daba la impresión de que tenía un cráneo hipertrófico y seco como la carcasa de una momia. Lo que le había pasado a su rostro, si estaba desfigurado o la naturaleza exacta del daño, nadie lo sabía, de la misma manera que nadie sabía cómo se las arreglaba para ver si en ninguna de sus máscaras había agujeros o hendiduras, o si es que todavía conservaba algo parecido a unos ojos. Su rostro había sido el precio que había pagado ante el Dios Vivo por seguir viviendo. Por eso V y yo sabíamos que allí, únicamente allí, estábamos a salvo de la justicia.

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Ilustrado por Marcos de Diego

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