Monstruos y asesinos VIII

Permaneció atada durante horas. Se turnaban para vigilarla, Orlov y Fish. A Kemper, el gigante, no lo vio más. Fish no volvió a maltratarla pero le hablaba de cómo lo haría en cuanto se lo permitieran, de las marcas que deja la hebilla del cinturón en las partes tiernas del cuerpo, de cómo se puede hacer llorar hasta a la chica más dura con un par de cuchillas de afeitar. Orlov, por su parte, fumaba sentado en el butacón, con su estar extraño, su rostro pálido, animalesco y al mismo tiempo desprovisto de vida, soplando humo a las franjas de luz que llegaban desde la calle. No llegó a dormir pero perdía la conciencia de tanto en tanto y al recuperarla él la miraba con fijeza, los ojos inertes, los labios apretados. Comisario del Dios Vivo. Homúnculo. Todo en él le inspiraba un rechazo íntimo, una náusea cálida y diferente que le subía desde el bajo vientre.

Se orinó encima de manera deliberada durante el turno de Orlov. El homúnculo estaba mirando hacia el ventanuco, paladeando el humo de su cigarro, y a lo lejos sonaba la música demencial del violinista del torreón. Apenas tardó unos segundos en fruncir el ceño y dilatar las fosas nasales. Se puso en pie. V se preguntó cómo podía haberla olido tan rápido sobre el hedor a especias quemadas de su cigarro.

Bueno, dijo. Tenemos un problema.

¿Qué creías que iba a pasar?, dijo V.

Pensaba que intentarías no hacértelo encima, dijo Orlov. Que suplicarías un poco.

No respondió. Él apuró otra calada al cigarro y después le desató las manos del cabecero de la cama, sin soltar las correas de las muñecas. Ponte en pie, dijo. Si haces cualquier tontería ahora volveré a atarte con tus meados. Tampoco te haré ningún caso cuando te cagues encima. ¿De acuerdo?

V asintió. Salió de la cama con las piernas débiles y acalambradas. Un hormigueo le recorría también los brazos y se le despertaba además el dolor en los lugares en que había sido golpeada, la mandíbula, la vagina. La quemadura del estómago le ardía como si todavía le estuvieran aplicando la brasa. Se tambaleó tras Orlov, que le tiraba de las correas. La dejó en el centro de la habitación, los pantalones empapados de orina, enfriándose y hediendo. Se notaba muy débil y mareada. Orlov contemplaba el contenido de la habitación. Abrió un baúl y observó su contenido. Vestidos que V había traído pero que ya nunca se ponía. Cogió una palangana de porcelana y la llenó de agua en el lavabo. Encontró una de las esponjas con la que nos aseábamos. Tiró el cigarro a la alfombra y lo pisó. Los pantalones, le dijo.

V bajó los ojos. Desabrochó su pantalón y lo bajó hasta donde pudo con las correas, unos centímetros por encima de las rodillas.

Las bragas, dijo Orlov.

Estaba plantado con la palangana en la mano, sin la más mínima muestra de emoción. V bajó las bragas, mojadas y adheridas a la piel.

Bájalas más, dijo Orlov. Quítatelo todo.

No puedo. Me voy a caer.

Orlov gruñó. Bien, dijo. Se acercó a ella y puso la palangana en el suelo. Siéntate. La tomó por la nuca y la cintura y la bajó hasta el suelo en un movimiento rápido, inapelable, la versión delicada de una llave de defensa personal. Se quedó muy quieta, con los pantalones y las bragas por las rodillas, el pelo sobre el rostro y las muñecas sujetas por las correas. Orlov hincó una rodilla junto a ella. La observó con detenimiento y comenzó a desatarle las botas polvorientas, las tiró a un lado, y le quitó los pantalones y las bragas a la vez. V colaboró estirando las piernas y nada más. Orlov se quedó mirándola de nuevo, muy quieto, inexpresivo. Menudo desastre, dijo.

Orlov cogió la esponja y V extendió las manos para que se la diera pero el comisario no lo advirtió. Le pasó la esponja mojada por los muslos. El agua estaba fría. V se estremeció. Orlov le frotó las piernas derramando mucha agua en las alfombras. Sumergía la esponja en la palangana, la apretaba un poco, y la pasaba por las piernas de V. Le frotó el pubis y la vagina. V apretó los dientes para no gemir. El agua estaba helada. Gotitas le resbalaban por las nalgas.

Orlov se demoró un rato en la tarea. Por fin dejó la esponja y se puso en pie para buscar una de las toallas del lavabo. Le hizo que se pusiera de rodillas. V obedeció con la cabeza gacha. La secó con la misma morosidad, lento, pasando la tela suave por cada pliegue, cada rastro de humedad, e igual de inexpresivo y desapasionado.

No pienso vestirte, dijo. Se puso en pie. Ella permaneció de rodillas. No soy tu criada. Te quedarás así de momento.

Ella asintió. Orlov sacó su pitillera y encendió un cigarro. Dio una calada profunda, la retuvo en los pulmones y después la sopló hacia ella, muy despacio. V pestañeó. El humo le picaba en los ojos. Tosió. ¿Qué se dice?

Dudó. Tragó saliva. Gracias, dijo. No levantó la mirada. Miraba la hebilla de su cinturón.

Tiró de su correa para que lo siguiera. La tumbó en la cama de nuevo y volvió a atarle las muñecas al cabecero. Se sentó en su butacón. No volvió a abrir la boca. Fumó en silencio, mirando hacia ella. V encogió las piernas desnudas y frías, muy blancas. La vagina le palpitaba y sabía que él podía verla incluso en la penumbra. En algún momento se quedó dormida y al despertar estaba sola. Luz de amanecer en el ventanuco. Se le ocurrió que podía ser una trampa, algún tipo de treta para ver qué hacía, pero forcejeó igual con las ataduras. Se hizo daño y las manos se le hincharon. Decidió esperar otra oportunidad. Más tarde escuchó pasos por el pasillo, un grupo de gente que hacía crujir las tablas viejas del suelo. Entraron en la habitación. Mujeres envueltas en negros rebozos u hopalandas que se la quedaron mirando y después se distribuyeron por la habitación, abriendo cajones y baúles, murmurando entre ellas. Eran una media docena. Una mujer muy anciana la desató del cabecero y le quitó las correas de cuero. V se frotó las manos y las muñecas y se sentó en la cama. La mujer no dijo nada pero la miró con extrema severidad. Eran siervas de las Damas negras, devotas de la Noche Fría, una camarilla al servicio del mejor postor formada por mujeres obedientes, sumisas, expertas envenenadoras y asesinas de aguja. Miró el rostro de la mujer. Arrugas como desfiladeros, la boca desdentada. Conocía las leyendas, un roce de una de sus agujas de huesos te ponía a echar espuma por la boca como un perro rabioso. Ya había casi una docena de siervas de las Damas negras en la habitación, algunas muy ancianas y otras jóvenes como niñas, aunque era complicado precisar las edades bajo los rebozos y pañuelos negros.

V se dejó hacer. La asearon con la misma palangana aunque ahora el agua estaba tibia y jabonosa. Olía a lavanda. Muchas manos en su cuerpo, pasando trapos y esponjas. Le cepillaron y recogieron el pelo. V intentaba no temblar bajo los cuidados de las asesinas, que le quitaban pelitos de las axilas, le perfilaban el vello púbico, perfumaban su carne. Le pasaron un vestido por el cuello, de uno de sus propios baúles. Era color borgoña, con un estampado muy delicado de hibiscos y un cuello de encaje, ligero. El pelo en un moño austero que le descubría la nuca. Nada de maquillaje. Al final un collar negro en el cuello, doble hebilla para dos tiras de cuero.

Las mujeres se apartaron. Orlov estaba apoyado en el marco de la puerta. Pensé que agradecerías un poco de civilización, dijo.

V se tocó el cuello. Esto es un collar de esclava, dijo. Yo soy una mujer libre.

Orlov negó con la cabeza. Eres una súbdita del Dios Vivo, dijo, y has sido detenida para comparecer ante Su justicia. Tu estatus de mujer libre ha sido revocado hasta el juicio.

Jamás había oído algo parecido.

Orlov sonrió. Lo siento, muchacha. Así son las cosas.

Dirigió un gesto a las mujeres. Atadla, dijo.

Correas de esclavista, que iban desde el codo hasta las muñecas, llenas de grilletes y argollas para practicar diferentes ataduras, diseñadas para inmovilizar sin dañar la mercancía. Le añadieron una fina cadena sujeta a un fiador, que iba del collar del cuello a las muñecas.

Las siervas de las Damas Negras fueron abandonando la habitación. El comisario se apartó de la puerta para dejarlas pasar. Incluso en él había cierta deferencia hacia las mujeres. Un cierto temor. Entregó una bolsa de cuero a la última de las mujeres y ella le entregó el fiador de la cadena. La sierva salió de la habitación sin contar las monedas. Nadie engañaba a las devotas de la Noche Fría.

Orlov miró a V, con su pelo recogido, su vestido ajado pero limpio y sus cadenas y hebillas tintineantes. ¿Qué se dice, muchacha?

Gracias, dijo V y no le miró a los ojos.

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