Monstruos y asesinos IX

Desperté desnudo, tendido en la cama con dosel de una de las habitaciones superiores del Paláis Sauterelle. El ventanal mostraba la ciudad bajo el cielo rojo del crepúsculo, enmarcado por los helechos que caían por el cristal desde los jardines colgantes. Tenía la herida de la mano casi cerrada y Brigitte se había ido, también la fiebre. Caminé por la habitación, que no era la misma que había compartido con la baronesa, amplia y alfombrada con piezas exquisitas de pelo de camello y seda, y contaba con un hogar apagado y limpio de cenizas, un samovar de plata con remaches de oro blanco y rojo, un escritorio de roble oscurecido y una estantería con al menos veinte volúmenes de vetustas enciclopedias científicas para consulta. La decoración, por lo demás, era discreta, casi austera, pero muy acogedora. Estaba asombrado de encontrarme tan bien, apenas un poco cansado y hambriento. Habían dejado mi ropa en la antecámara de la habitación, limpia y envuelta en papel perfumado. El abrigo había sido remendado de manera discreta y brillaba como ropa nueva, al igual que los pantalones. La camisa y la ropa interior eran nuevas. Habían desincrustado la sangre y la mugre de la empuñadura del cuchillo y afilado la hoja hasta conseguir un filo casi fantasmal, la funda de cuero había sido aceitada y estaba como nueva, oscura y flexible. El estuche, sin embargo, no parecían haberlo tocado, los viales estaban en su lugar y también los utensilios del rito, las agujas, los vidrios, los émbolos. Me vestí y quizá me observaban, todas las habitaciones del palacio estaban dispuestas para ello, porque pronto apareció un criado y me ofreció una cena temprana. Comí en una mesa junto al ventanal, viendo la noche avanzar sobre la ciudad. Ostras en escabeche de perdiz, huevos de dodo en salsa agria y berenjenas asadas rellenas de carne de caballo y alcaparras, todo servido en porcelana fina y cubertería de plata. No dejaba de pensar en V, cosa que casi no me había permitido durante los días anteriores. Teníamos que encontrarnos esa misma noche en el vestíbulo del Hotel Corona. Hacia el final de la cena se presentó el mayordomo de Legba, otro antiguo siervo con las mejillas quemadas. Le pregunté si el señor del palacio podría recibirme pero me dijo que había partido con la baronesa Brigitte para acompañarla en su viaje al norte. Tardaría algunos días en volver. Por supuesto, dijo, el señor ha insistido en que permanezca usted en el Palais Sauterelle hasta su vuelta.

¿Tengo elección o es una orden?

El mayordomo se envaró. Está usted en la casa de Legba, señor del Puente, señor del Paláis Sauterelle, y en esta casa  a ningún invitado, a ningún hombre libre, se le dan órdenes.

Asentí. Tengo que salir, dije. Volveré pronto, espero, con otra amiga del señor del palacio.

Él asintió. Nos conocía y sabía a quién me refería. Probablemente también conocía nuestro crimen. Era complicado precisar si por ello nos despreciaba o simpatizaba.

Afuera comenzaba a hacer frío. Estuve bebiendo té en el samovar de la habitación. Ya era de noche y se encendían luces en la ciudad, por los edificios y las calles, bombillas eléctricas de brillo constante en las negras fachadas de los edificios y titilantes resplandores de faroles de gas o antorchas flanqueando las avenidas, duplicándose en las aguas de los canales. Pero la ciudad era en su esencia oscura y las luces se sostenían en ella como sobre un abismo, como precipitándose desde una altura infinita a una profundidad insondable, estáticas en su vértigo, y punteaban una negrura que era aún más negra en su médula y que se descubría como el auténtico espíritu del mundo.

Apuré el té, me puse el abrigo, guardé en su bolsillo interior el estuche con los viales, colgué el cuchillo de mi cintura y salí de la habitación. El mayordomo me alcanzó antes de que llegara al patio de armas del palacio. Me sugirió llevar una escolta de soldados pero lo rechacé, aunque no vistieran sus vistosas casacas y cascos puntiagudos. Un comisario del Dios Vivo nos buscaba e ir escoltado quizá llamase más la atención que otra cosa. Llegado el momento no confiaba en la protección de un puñado de soldados ante las tretas y poderes de los agentes reales. Bajé en ascensor hasta una puerta de servicio y salí al tráfico todavía cuantioso del puente de Legba. El Hotel Corona no estaba lejos. Recorrí las calles junto a los canales. Algunos barqueros se movían por el agua con sus pértigas, arrastrando sedales y anzuelos para los peces nocturnos en la popa de sus embarcaciones, murmurando plegarias a los Profundos para conseguir una buena pesca.

El Hotel Corona tenía la fachada iluminada con faroles. Era un negocio próspero que, decían, pertenecía a un noble del norte, quizá el mismo esposo de Brigitte. Un edificio de ocho plantas, el primer refugio que encontramos V y yo cuando llegamos a la ciudad. Su vestíbulo era amplio y se convertía, sin paredes, sin nada que dificultase la visión, en el bar del hotel, todo maderas viejas y luces indirectas. Al entrar en el vestíbulo notaba las entrañas contraídas en un puño. Esperaba verla sentada en uno de los largos sofás de cuero frente a la recepción, con su par de trenzas, sus labios apretados, sus ojos grandes y claros. No haría ningún aspaviento al verme, sencillamente se levantaría y se dejaría abrazar y besar y entonces, sólo entonces, notaría un temblor en ella, un ansia, y sería suficiente. Volveríamos a la calle, a la huída, y encontraríamos otras buhardillas, otros hoteles secretos.

Pero V no estaba. Crucé el vestíbulo y llegué al bar. No estaba tampoco en las mesas ni sentada en la barra. Tendría que haberme ido en ese momento, según el plan, mejor seguir separados una noche más que demorarse demasiado entre extraños, todos posibles delatores y chivatos, que memorizasen tu cara, tu gesto ansioso, tus miradas desesperadas hacia la puerta, pero pedí una copa y me senté a beberla en el taburete. Estuve allí largo rato, bebiendo un whisky no del todo venenoso, deseando que V apareciera de un momento a otro.

No fue V la que apareció. El gigante me llamó la atención desde el principio. Afuera había comenzado a nevar. Entró sacudiéndose de aguanieve los zapatos y se quitó el sombrero y lo sacudió para limpiarlo también. Tenía el rostro pálido, la nariz ganchuda. Todo en él era extraño de una manera sutil. El rostro afilado e incongruente con su corpulencia, la expresión vacía del rostro, los ojos casi negros por completo. Volvió a ponerse el sombrero y caminó por el vestíbulo. Andares rígidos, envarado dentro del traje vulgar y la gabardina sucia de barro. Me ponía los pelos de punta. Se detuvo bajo el arco de entrada al bar. Cerró los ojos y aspiró con fuerza por la nariz. Ladeó la cabeza y volvió a aspirar. Hice un gesto al camarero y llenó la copa de nuevo. En cuanto dejó de mirarme vertí un dedo de whisky por la barra y lo esparcí con la mano. Vertí otro poco en el taburete y vacié el resto en mis zapatos. Me dirigí hacia la puerta de los servicios, en dirección contraria al gigante del sombrero. Notaba los pies fríos, empapados de alcohol. Probablemente no estaba ganando más de un minuto. En los servicios había grandes pilas de mármol y grifos de bronce. Las puertas de los reservados eran sólidas y gruesas e iban desde el suelo al techo. Entré en la del fondo, dentro había un banco de madera, pulido por la acción miles de culos, con un agujero en el centro. Eché el cerrojo, cogí el estuche del bolsillo interior de mi abrigo y lo abrí. Me permití un segundo para pensar si valía la pena consumir uno de los viales. El gigante del sombrero no era humano y estaba rastreando a alguien. Las manos me temblaban. Su inhumanidad era algo que iba con él como un aroma. La puerta del servicio se abrió con un chirrido. Me senté al borde del banco, dispuse los instrumentos del rito a mi lado y tomé el lápiz de carboncillo. Dibujé  en la puerta, frente a mí, unos símbolos que sabía de memoria desde niño, símbolos extremadamente elaborados que podía dibujar a ciegas, unos sobre otros, cortándose, superponiéndose, volviéndose indistinguibles. Alguien dio tres fuertes golpes en la puerta del reservado. No dijo nada. Monté el segundo instrumento del rito, introduje el émbolo en el cilindro de vidrio, ajusté la hipodérmica. Los golpes se repitieron. Forcejeé con el abrigo hasta quitármelo, salté el botón del puño de la camisa para poder remangarlo. Un golpe hizo temblar las bisagras de la puerta. Una voz dijo mi nombre al otro lado. Por favor, dijo. Salga.

Introduje la aguja a través del tapón de cera del vial y extraje su contenido. La medida era exacta, una dosis perfecta en el vial que pasaba sin dejar ni una gota a la jeringa. Otro golpe. La puerta retembló. Otro golpe. Saltaron astillas de madera de las bisagras. Me palmeé el brazo aunque en realidad no tenía tiempo de buscar una vena. Me inyecté sin más. Otro golpe. Una raja recorrió la madera de la puerta. Comenzó como un escalofrío aún cuando no había sacado la aguja de mi cuerpo. Un enjambre de insectos fríos recorría mis extremidades, subía y bajaba por mi espalda. Las paredes se estrecharon, las paredes se alejaron. Más golpes, una fuerza descomunal arrojándose contra la puerta del baño. Fijé mi atención en los símbolos que había dibujado. Todo se descomponía a mi alrededor. Los insectos helados habían alcanzado y tomado mi cerebro. Hervían como una tormenta de nieve. Los símbolos se desplegaron, cobraron sentido, conceptos matemáticos inexpresables se me hicieron claros y sencillos como un juego. No tenía más que fijar mi atención en la sucesión de símbolos que había dentro de cada uno de los símbolos que había dibujado. Símbolos que correspondían a algo muy concreto. Un lugar. Un destino. La puerta estalló y la cabeza del gigante apareció, llena de cortes que no sangraban, horriblemente deformada por el esfuerzo. Decidí llevármela conmigo. Todo lo que me rodeaba se derrumbó y fue como si deslizara por el hueco hueso del mundo, hacia la médula de oscuridad, y sólo quedase yo y lo que yo decidía llevar conmigo. Luego ni eso. Luego negrura absoluta.

 

Desperté en una habitación de paredes blancas, tendido junto a mi abrigo en un colchón, lleno de astillas de madera y apestando a whisky. Tenía la cabeza del gigante en mi regazo y la arrojé a un lado, asqueado. Palpé alrededor hasta encontrar el estuche con los dos viales restantes, la jeringa… Había perdido el lápiz. Sonreí. Podía haber salido mucho peor. Contemplé la habitación. Hacía mucho tiempo que no estaba allí. No había muebles, sólo el colchón desnudo. Me levanté, estiré los brazos y las piernas. Me dolía la cabeza. Probablemente llevaba horas allí tumbado, inconsciente. En la única ventana no había cortinas, sólo una persiana echada. Olía a cerrado y había una penumbra cenicienta en la habitación así que fui a la ventana y levanté la persiana. Lloviznaba. Era invierno. Me sentí muy triste y muy solo. Si algo había deseado era no volver nunca a Madrid.

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