Fragmento

por Francisco Serrano

Ella le contó un sueño en el que contemplaba diversos animales metidos en su piso, loros en la cocina, hurones por el sofá, murciélagos pendiendo de la lámpara de su dormitorio y él dijo que cada noche, en cuanto ponía la cabeza en la almohada, imaginaba que tenía que cruzar una ciudad semihundida, un pantano brumoso del que sobresalían azoteas de edificios y rascacielos cubiertos de enredaderas y helechos y que habitaban ranas y lagartos humanoides, también humanos locos y caníbales. Un lugar muy peligroso.

No lo entiendo, dijo ella. ¿Es un sueño?

No, no, estoy despierto. Cierro los ojos y lo imagino aunque más bien es como si lo viera, como si contemplase una película o leyera un libro. Un videojuego quizá, uno muy raro, en el que puedo tomar decisiones, pasar lista a mis pertenencias, un cuchillo, una soga negra muy delgada y muy resistente, una linterna, una mochila, cosas así. Voy vestido de manera adecuada para el entorno con pantalones bastos y resistentes, botas impermeables, una chaqueta verde oliva. Todos esos detalles se van desgranando en mi mente, en mi visión, así como el bote que utilizo para cruzar el pantano, el remo corto y de acero inoxidable que es también una pala para cavar trincheras y letrinas y que voy hundiendo en el agua verde casi negra haciendo un sonido suave, relajante, y la proa del bote corta las algas con un sonido siseante que parece diferente pero que es el mismo. En las azoteas de los edificios veo a las ranas humanoides moverse con la fluidez de gorilas elásticos, contra el cielo crepuscular o el cielo estrellado, según mi estado de ánimo.
¿Por qué tienes que cruzar el pantano?

No lo sé. Bueno, no lo sé y lo sé. Sé que tengo que esperar para descubrirlo. Voy remando, con una rodilla hincada en el suelo del bote, hasta llegar bajo las largas fachadas de los rascacielos. La mayoría de las ventanas están rotas y algunas rebosan vegetación paleozoica como un vómito verde. La fachada de uno de los edificios se ha derrumbado parcialmente a ras de agua y allí dejo el bote atado y entro en lo que debía de ser la recepción de unas oficinas o algo así. Todo está en penumbra o directamente oscuro como boca de lobo. Huele a lodo y plantas podridas. Asciendo por unas escaleras que hacia abajo se hunden en las aguas del pantano y hacia arriba llevan a una negrura absoluta, buscando acceso al edificio colindante. Hay agujeros en los tabiques y en el suelo, pasarelas de troncos atados con tiras de cuero, amuletos de hueso y piedra colgando aquí y allá. También los restos resecos y amarillentos de criaturas que han mudado la piel como si se parieran a sí mismas. Ilumino con la linterna, avanzo de un edifico a otro con extremo cuidado, los ruidos de habitantes secretos se despeñan por los huecos de los ascensores. En determinado momento tengo que refugiarme tras unos escombros y quedarme muy quieto, porque aparece una de las ranas. Me quedo muy quieto en la visión y en, digamos, la realidad, en la cama, casi sin respirar, con la linterna apagada, el cuchillo desenfundado, esperando, cubierto con las mantas hasta los ojos o con la cara vuelta en la almohada.

¿Cómo son las ranas?

Grandes como un hombre aunque de extremidades más largas, poderosas y coriáceas. De un verde muy oscuro, veteadas de negro en el lomo y muy blancas en el vientre. Avanzan a cuatro patas aunque pueden erguirse sobre las traseras para pelear o usar las manos. Tienen dientes de depredador. No son muy inteligentes, de hecho no son inteligentes en absoluto. Son menos que animales, autómatas biológicos. Esto tiene una explicación que todavía no conozco.

También hay lagartos.

Los lagartos son negros, con pequeñas crestas rojas en la cabeza y lengua bífida. No veo ninguno pero sé que existen. Frecuentan el pantano pero en realidad no lo habitan.

¿Qué pasa después?

La rana se marcha sin descubrirme. Vuelvo a recorrer los edificios. Encuentro un edificio cuyo interior no está inundado. En algún momento se vació y las ventanas y aberturas diversas fueron tapiadas e impermeabilizadas con sacos de arena y madera alquitranada. Huele peor que en cualquier otra parte y todo lo cubre un moho negro y repugnante. Desciendo por las escaleras. Enciendo la linterna a tramos para no delatarme. En los últimos pisos, donde noto la presión fantasmal del pantano sobre mi cabeza, en mis fosas nasales, en mi lóbulo frontal, en mis vértebras frágiles y quebradizas, con sus toneladas y toneladas de agua lodosa, gigantes masas de algas como ciudades submarinas o ballenas vegetales, peces vivos y peces muertos, cangrejos carroñeros, erupciones de gas pufrefacto, fumarolas repentinas y electroluminiscencias venenosas, han tirado los tabiques y mi linterna sólo logra iluminar una oscuridad sin límites, un velo negro en cualquier dirección, y unos suelos y techos colonizados por completo por el moho. Es ahí cuando escucho las cadenas. Un tintineo aquí y allá. Tardo en identificarlo porque mis sentidos están embotados, casi enloquecidos. Enciendo la linterna justo a tiempo para ver a un hombre desnudo, cubierto de mugre y pelo asqueroso, que avanza hacia mí con un largo hueso astillado. Tiene un grillete en el tobillo del que arrastra una cadena. Pierdo la linterna, afortunadamente encendida, y luchamos entrando y saliendo de su haz de luz. El hombre intenta sacarme los ojos con el hueso, morderme la cara, desgarrarme la garganta con sus uñas. Resbalamos, caemos, perdemos él el hueso y yo el cuchillo. La pelea se vuelve todavía más feroz. Intenta estrangularme con su cadena. Al final golpeo su cabeza contra el suelo, una, dos, tres veces, y el crujido del hueso me pone los pelos de punta. Escucho a otros encadenados moverse en la oscuridad. Guardianes obligados y dementes por un amo invisible. Por fin, bajando un último tramo de escaleras, con un tintineo constante y lento de cadenas a mis espaldas, llego al vestíbulo del edificio. Había sido un antiguo hotel. Quedaban sedimentos de la inundación, montones hasta casi el techo de lodo y vegetación muerta. Una puerta en forma de media luna, la entrada al antiguo bar, con inscripciones a lo largo de todo el arco, pintadas que era imposible discernir si estaban hechas con sangre o mierda.

¿Y qué pasa entonces?

No lo sé todavía. Cada noche tengo que imaginarlo de nuevo desde el principio. Voy añadiendo o descubriendo detalles.

Oh.

Con frecuencia me duermo cuando todavía estoy en el bote o recorriendo los edificios. A veces la pelea con los encadenados es más larga y violenta, hay más sangre que el moho negro chupa como una esponja. La narración avanza despacio.

Entonces no es más que una historia que te cuentas para dormir.

Supongo que sí.

No es como mis sueños.

Supongo que no.

Mis sueños son diferentes.

Ilustración de Mireia Pérez
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