El visitante (I/II)

por Francisco Serrano

Fue el único pasajero en bajar del tren. Contempló el paisaje llano y pelado desde el andén de la estación, una mano sobre los ojos, la otra sosteniendo la mochila que llevaba como único equipaje. Una luz roja se desparramaba por el cielo y el calor era insoportable. Entró en el vestíbulo de la estación, un edificio de ladrillo visto, apeadero venido a más, sudando ya bajo el traje. En el techo había enormes cristaleras y en las vigas desnudas que lo sostenían habían anidado las golondrinas. Cagadas de pájaro en las largas baldosas del suelo. Parpadeó y tembló en el frío inesperado del edificio. Tardó un poco en distinguir al hombre que lo esperaba junto a las taquillas vacías, un anciano con gorra de plato y librea, y que permanecía muy recto, casi marcial. Se acercó a él como si le hubiera soltado un resorte dentro. ¿Es usted el joven Aguirre?, dijo.

Él asintió. Sí, soy yo. Carlos Aguirre.

Acompáñeme, por favor.

El viejo cogió la correa de la mochila y tiró. Intentó decirle que no hacía falta pero el viejo volvió a tirar sin atender a razones. Por favor, dijo. Soy su chófer, joven Aguirre, yo me encargaré.

Cruzaron el edificio para salir por el extremo contrario. El viejo lo guió hasta un BMW aparcado en una pista de tierra, un vehículo antiguo pero encerado y brillante, solemne como un coche de difuntos, efecto apenas afeado por el polvo amarillento que se le había adherido a los bajos. Aguirre ocupó el asiento trasero mientras el chófer dejaba su mochila en el maletero. El interior olía a goma quemada y productos de limpieza. Se acomodó e hizo crujir la tapicería de cuero. El viejo se puso al volante, encendió el motor y condujo hacia la carretera.

Carraspeó para decir algo pero el silencio del hombre lo intimidó. Conducía sin cinturón y muy echado sobre el volante, la gorra casi caída sobre los ojos. A su alrededor se sucedían los campos recién segados como nucas rapadas y rubias. Prefirió guardar sus preguntas para más tarde. Aguirre trabajaba como documentalista para un programa de televisión centrado en temas de misterio, sobrenaturales y paracientíficos. Le había sido encargado conseguir material, tanto gráfico como entrevistas preliminares, acerca de los círculos de contactados que habían proliferado durante la década de los sesenta y setenta y sus supuestos herederos actuales. Una semana antes había estado escuchando, en un cuartucho que apestaba a incienso y coles hervidas, los desvaríos de una supuesta médium en contacto con los espíritus elevados de la Atlántida. Antes de eso se entrevistó con un anacoreta cántabro que le explicó con extremo detalle la organización y jerarquía de la raza de hombres con cabeza de serpiente que gobiernan el mundo desde la Tierra Hueca, todo lo cual le había sido revelado en un sueño por el arcángel Gabriel. Era un trabajo sencillo aunque implicaba hablar con auténticos chiflados, gente con problemas mentales o traumas terribles, lo que le inspiraba bastante tristeza, y estafadores sin escrúpulos. También había otro tipo de entrevistados, investigadores muy serios y convencidos de la gravedad de los temas que trataban, siempre rodeados de los otros, los chiflados y los estafadores, hombres tristes, cansados de clamar en el desierto su versión de las cosas, como chacales sarnosos aullando a la luna. Ellos también le inspiraban cierta tristeza pero los prefería porque no estaban tan evidentemente locos, pese a que con frecuencia sus obsesiones les habían costado sus matrimonios y sus trabajos. Entrevistándose con algunos de estos investigadores había llegado a conocer la existencia de algo llamado Círculo Ómicron. No encontró casi ninguna referencia bibliográfica o de otro tipo en sus archivos o los del programa de televisión, sólo alusiones veladas, susurros en alguna entrevista, sobreentendidos. Logró poner en orden algunos datos recurriendo a todas sus fuentes, que le facilitaron fotocopias y escaneos de libros mugrientos y revistas especializadas de treinta años antes. El Círculo había sido fundado en algún momento de los años cincuenta por una mujer que se hacía llamar Miss Ortrowski, supuesta heredera del marquesado de Aguamedina. Viajera por la Europa de entre guerras y por Asia Central, aseguraba haberse casado con un noble prusiano apellidado Ortrowski, aunque a Aguirre no le sonaba nada prusiano ese apellido, en algún momento de la década de los años treinta, y haber enviudado muy pronto. Se comunicaba con su difunto marido, contaba un artículo muy breve fechado en mil novecientos setenta y nueve, mediante una médium gitana que además le echaba las cartas e interpretaba el dibujo de sus deposiciones. Poco más se sabía. Se la relacionaba con hombres importantes, aristócratas europeos, políticos, empresarios, de diferentes épocas, pero nada concreto ni verificable. El Círculo Ómicron era casi como una criatura mitológica, un simio gigante que aparece y desaparece en los bosques sin dejar más que huellas confusas y mechones de un pelaje vulgar.

Llegaron a una casa solariega entre los campos de trigo. Unos perros ladraron al coche mientras subían por el camino polvoriento hacia la casa, vieja, de piedra, dos plantas con balcones de hierro forjado y altas ventanas con parteluces de madera. Todas las cortinas echadas y blancas. El chófer detuvo el BMW y salió gritando a los perros. Él bajó también y sintió un repentino escalofrío. El sol casi se había puesto y un viento venía del páramo.

La puerta de la casa se entreabrió y contempló por un instante una mano larga y pálida y un brazo del que colgaban amplias mangas de encaje. Entre, entre, le dijo el chófer. La puerta tenía llamadores en forma de pájaro. Un enorme vestíbulo en el que nadie lo esperaba, las paredes llenas de trofeos de caza, cabezas de antílope, de oso, de cebra, una arbórea cornamenta de ciervo, un colmillo, sólo uno, de elefante engastado por una pieza de oro a un soporte de madera, y una piel de guepardo extendida como un crucificado sobre una puerta cerrada de doble hoja. También había retratos y fotografías diversas, muebles oscuros y recargados que exponían en vitrina vajillas y porcelanas de exquisita factura, un velador de mármol, con ornamentadas y retorcidas patas negras de hierro colado, que sostenía el estuche taraceado en su superficie con diseños geométricos de marfil de una escopeta enorme, desmontada, cada pieza en su lecho de terciopelo verde, con largos cañones en lemniscata y culata de madera de olivo y cantonera de acero viejo, grabados en oro a lo largo de los cañones lebreles y palomas en sinuosa persecución. La estancia olía a cerrado pero había sido limpiada a conciencia, ni una mota de polvo en las maderas o los cristales, ni una huella inapropiada. Los trofeos sin embargo no habían recibido los cuidados necesarios, estaban raídos, apolillados, se les habían desprendido dientes y ojos de cristal y en las órbitas y alvéolos habían anidado arañas.

También comenzaba a hacer frío dentro de la casa. La luz de las bombillas, metidas en viejos tubos de vidrio de lámparas de aceite, era anaranjada y proyectaba sombras alargadas y tenebrosas. Decidió esperar a que fueran a recibirlo. Contempló las fotografías enmarcadas de las paredes. El marqués de Aguamedina posando en África, la escopeta en la cadera, el salacot calado hasta las cejas. El marqués posando con su esposa en ese mismo vestíbulo, junto con una niña de pelo negro y carita blanca que se muerde el puño, arruina el posado pero causa un efecto demasiado tierno como para rechazarlo. En las fotografías el marqués envejece, la esposa desaparece, la niña se convierte en muchacha. Caminó junto a la pared observando la sucesión de retratos y estampas. Otro posado en ese mismo vestíbulo, una decena de hombres fumadores de puros, con bigotitos y mostachos, sin marqués y con la muchacha convertida en mujer. Una plaquita en el marco fechaba la fotografía en mil novecientos cincuenta y seis, la primera reunión del Círculo Ómicron.

Se detuvo desconcertado ante una fotografía en la que posaban frente a la casa tres chimpancés, uno vestido con gorra de plato y librea, idéntico al chófer que lo ha recogido en la estación, y dos con vestido negro, cofia y delantal.

La puerta de doble hoja se abrió con un chirrido y entró una mujer con el pelo blanco y muy largo, el flequillo níveo descendiendo por el costado de su rostro hasta casi la clavícula, ataviada con una especie de túnica o camisón tan blanco como su pelo. Apreció incluso mejor que en las fotografías de juventud su pasada belleza, los ojos grandes, los pómulos delicados y felinos.

Querido, dijo Miss Ortrowski. Bienvenido. Estábamos esperándote.

Muchas gracias, dijo él. Gracias por invitarme.

Oh, por favor, deberíamos hacerlo hecho hace mucho tiempo. No sabíamos que existías.

Él asintió, sin comprender a qué se refería. Miss Ortrowski tenía un fuerte acento albaceteño.

Mis angelitos, dijo ella. ¿Los ha visto?

Se acercó a la fotografía de los monos.

Sí, señora.

Miss Ortrowski, dijo Miss Ortrowski.

Sí, disculpe, Miss Ortrowski.

A mi marido le gusta que me llamen así.

Claro.

¿Le interesan las fotografías? Tengo un par de álbumes que debería ver.

La puerta de entrada se abrió y pasó el chófer con la mochila de Aguirre.

Jerónimo le acompañará a sus habitaciones, dijo Miss Ortrowski. ¿Quiere acompañarle?

Sí, gracias.

Pasaron bajo la piel de guepardo a un salón mucho más despejado de ornamentos. Miss Ortrowski le indicó unas escaleras. Instálese, por favor, dijo. Su habitación ya está preparada. El resto de invitados ya ha llegado y tengo que atenderles. Reúnase en cuanto esté listo con nosotros.

Aguirre le agradeció de nuevo a la mujer sus molestias y siguió al chófer escaleras arriba. Los escalones eran de madera, muchos alabeados y desgastados por las pisadas. Los suelos también eran de madera y crujían con suavidad. Retratos en las paredes, cuadros de santos, vírgenes y antepasados remotos. La puerta de una de las habitaciones se entornó a su paso y le pareció ver un ojo que le observaba por la rendija, un mechón de pelo rubio, pero no se detuvo. El chófer entró en una de las habitaciones, la siguiente, y dejó la mochila a los pies de la cama y se marchó sin decir una palabra. Aguirre cerró la puerta y durante un segundo buscó un cerrojo o una cadena para asegurar la puerta. Se rió de sí mismo. La habitación era espaciosa. Una cama con cabecero de madera y colcha blanca. Una ventana alta por la que pudo ver que ya había caído la noche casi por completo en los campos. Había otra puerta que daba a un cuarto de baño. Agradeció la decoración austera, sin fotografías ni retratos inquietantes. Sacó la cámara de fotos de la mochila. Pensaba tomar algunas fotografías del lugar, aunque fuera sólo como recuerdo, pero al apretar el botón de encendido la pantalla permaneció oscurecida. Volvió a pulsarlo. La cámara no se encendió. Sacó la batería, dudando. Había comprobado que estaba casi completa la noche anterior. Quizá la había vuelto a meter en la funda conectada y se había agotado. Cogió la batería de repuesto, que había estado cargándose hasta esa misma mañana, y la puso en el aparato. Tampoco funcionó. Se quedó contemplando la pantalla en negro sin saber qué hacer. No se encendían ni las luces testigo. Mierda, dijo. Metió la cámara en su funda. Sacó del bolsillo su teléfono móvil. Le serviría para tomar algunas fotografías de referencia para el programa, aunque tampoco estaba convencido de que Miss Ortrowski llegase a dar consentimiento para utilizar el material. El móvil no tenía cobertura y apenas una raya de batería. Suspiró y sacó también el cargador. Miró a su alrededor y no encontró ningún enchufe. Buscó bajo la cama y tras la mesita de noche. Tampoco. Joder, dijo. Joder. Se frotó los ojos. No era tan grave. Sólo iba a pasar allí una noche y tenía una libreta para tomar notas. Decidió cambiarse de ropa y asearse antes de la reunión. Se quitó la americana, la corbata y los zapatos y entró en el baño, porcelana reluciente, una bañera con patas de león, grifos de bronce, y un espejo en el que vio reflejada la puerta que comunicaba el baño con la otra habitación. Se acercó para cerrarla del todo pues estaba entornada y vio a la chica desnuda. Sentada al borde de la cama, las manos extendidas en la colcha blanca, mirando hacia sus pies. El pelo le caía recto sobre los ojos como una visera y los mechones más largos de la nuca se extendían por sus pechos sin taparlos, casi suspendidos sobre la piel, repelidos por una carga eléctrica, de un color rubio tostado. El vello de su pubis era todavía más oscuro y sus muslos muy blancos, refulgentes. Se puso en pie sin levantar la mirada ni despejar el pelo de su rostro y cogió una prenda del respaldo de una silla, una túnica como la de Miss Ortrowski, se volvió y se la pasó por el cuello y los brazos. Mientras caía la prenda él puedo ver las ordenadas cicatrices de su espalda y sus nalgas. Sacó la cabeza, colocó el pelo de manera adecuada y se volvió de nuevo. Le miró a los ojos sin ninguna sorpresa, caminó hacia la puerta y la cerró con delicadeza en sus narices.

Aguirre parpadeó, confuso. Pensó en disculparse a través de la puerta pero en lugar de eso abrió el grifo y se mojó la cara y la nuca. Los mismos rasgos que Miss Ortrowski, pómulos bonitos, boca y ojos grandes. Los pechos enmarcados por el pelo. El pubis oscuro. Tuvo una erección incómoda, casi dolorosa. Al otro lado de la puerta no se escuchaba ni un sonido, como si se hubiera quedado quieta donde estaba, esperando que la puerta volviera a abrirse. Aguirre permaneció allí un momento, escuchando, y volvió a la habitación. Sentía la camisa de nuevo sudada y pegada al cuerpo. No estaba seguro de haber sido indiscreto o de haber asistido a una exhibición. Se cambió de ropa pensando en qué hacer. Al salir de la habitación se la encontró esperando en el pasillo, casi en la misma postura, los ojos bajos, el pelo sobre los pechos que se marcaban en la túnica. Hola, dijo. Tenía una voz grave, profunda para una mujer. Algo parecido al deje de alguien que despierta de un largo sueño, una garganta dormida.

Hola, yo…

Eres Aguirre, ¿verdad? El joven Aguirre.

Sí, soy yo.

Me llamo Sofía, dijo, ofreciendo la mano. Él no llegó a estrechársela, apenas la tuvo entre los dedos cuando ella la deslizó fuera. Le había parecido más joven antes, debía de tener unos veinticinco años. Se preguntó si sería nieta o una hija tardía de Miss Ortrowski. Tampoco sabía exactamente qué edad tenía la mujer y todavía no se le había ocurrido una manera educada de preguntarlo.

Baja conmigo, dijo Sofía. Te llevaré con los viejos.

Echaron a caminar por el pasillo hacia la escalera.

Gracias, dijo. Tú… Esto, ¿formas parte de…?

¿Del Círculo? Claro. Soy la que se encarga del visitante.

¿El visitante? ¿Te refieres a mí?

Ella le miró por encima del hombro. Me refiero al otro visitante, dijo. Al que viene siempre.

Oh.

Ellos están demasiado viejos y chochos como para ocuparse del vigilante, dijo, y sin el vigilante no podríamos hacer las sesiones. Él nos guía.

Ajá. El visitante es una especie de espíritu guía entonces, ¿no?

Ella volvió a mirarlo por encima del hombro. No sabes mucho de nosotros, en realidad, dijo.

Bueno, sé lo justo, dijo Aguirre.

Bajaron las escaleras. Ella se detuvo y le puso una mano en la solapa de la americana. Me alegro de que estés aquí, en cualquier caso, dijo. Pensé que nunca dejarían venir a nadie nuevo. Han ido muriendo todos… Le miró fijamente a los ojos. Los tenía muy azules. Las pestañas igual de oscuras que su pubis. Yo heredaré el Círculo, dijo. Espero que quede algún Círculo que heredar. La vieja ha hecho las cosas a su manera durante mucho tiempo y… Tú eres joven. Tú estarás de mi lado.

Su voz, ligeramente nasal, era como agua que corre por un lugar secreto, entre las rocas y los troncos cubiertos de musgo, un arroyo en penumbra, bajo las zarzas y la maleza, limpio, fresco y peligroso como los bosques para los niños perdidos.

Pero yo sólo estoy de paso, yo no…

Nadie está de paso en el Círculo, dijo Sofía. Estás donde te corresponde. Sígueme.

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