El visitante (II/II)

por Francisco Serrano

La siguió porque no se le ocurrió qué otra cosa hacer. Entraron en una sala de estar recogida y pequeña. Había dos hombres sentados a una mesa forrada con tapete verde, como una mesa de juego, uno de ellos tuerto, el ojo derecho emparchado, y con un vetusto uniforme militar, el otro rubio y extranjero, concentrado en marear los papeles de una carpeta de cartón. Ambos muy ancianos, decrépitos.

Miss Ortrowski estaba recostada en un diván. Amigos, dijo. Por fin está aquí el joven Aguirre, nuestro invitado de honor.

Es algo más que un invitado, madre, dijo Sofía.

Por supuesto, por supuesto…

Qué…

Le presento al teniente coronel Martínez.

El viejo uniformado se puso en pie y le estrechó la mano con firmeza. Un placer, joven, dijo y volvió a sentar.

Él es herr Bachmeier.

El anciano alemán lo saludó con un gesto de la cabeza, pendiente de sus papeles. Aguirre observó un plano estelar, una fotocopia de mala calidad sacada de alguna enciclopedia, dividido en sectores mediante trazos gruesos de rotulador y una numeración de aspecto complicado.

Venga aquí, joven, venga aquí, dijo Miss Ortrowski.

Se había incorporado en el diván y tenía a su lado un par de álbumes de fotos.

Siéntate conmigo. Sofía, ¿por qué no vas a prepararte para la reunión?

Sí, madre, dijo Sofía. Salió de la estancia con un susurro de tejido y piel. Madre, pensó Aguirre. Se le ocurrió que el término podía tener una connotación mucho más amplia en este caso. Simbólica.

Ahora es ella la que se encarga del visitante, sabe, le dijo a Aguirre.

Eso me ha dicho. El visitante es una especie de espíritu guía, tengo entendido. Un facilitador, ¿me equivoco? El que abre las puertas…

Es un angelito que cayó del cielo para hacer nuestras vidas mejores, dijo Miss Ortrowski, mirándole con la misma fijeza que Sofía al pie de la escalera. Ahora mire, mire lo que tengo aquí.

Cogió uno de los álbumes. Tapas de piel oscurecidas por el tiempo. Lo abrió sobre sus muslos y le señaló una foto en blanco y negro. Éste es Adolfito, dijo.

Señalaba un retrato del marqués fumando un puro junto a un chimpancé vestido con esmoquin. El mono sujetaba también un puro encendido. Le encantaba fumar, dijo. El marqués lo compró cuando estuvo en el Congo, a él y a sus dos hermanas. Bueno, no eran hermanos de verdad. No creo que fueran todos de la misma madre, pero los compró todos al mismo tiempo y se los trajo a la finca. Les encargamos trajes y ropas para que no fueran desnudos como salvajes.

Fue pasando las páginas del álbum, deteniéndose en algunas fotografías. Los monos aparecían vestidos de las más diversas maneras, subidos a ramas de árbol, sentados en los caballitos de madera de un carrusel, acostados en tres camas idénticas.

Mire, aquí estamos endomingados los cuatro. Y aquí vestimos a Martita de muerta para jugar a los entierros pero no le daba la gana estarse quieta. Le hicimos un ataúd con cartones y todo. Nos fastidió la tarde. En navidad los vestimos de los reyes magos. Mire aquí. Y aquí. En Semana Santa quisimos escenificar la Pasión pero don Aurelio, que venía a tomarle confesión a la abuela cuando ya no podía moverse, dijo que ni se nos ocurriera. Ay, lo que los quería. Angelitos. Más buenos eran. Adolfo era mi favorito. Cuando era pequeña no comprendía que no eran personas, sabe. Yo quería que Adolfito fuera mi novio. Me parecía muy guapo. Qué cosas, ¿eh? Me puse muy triste cuando le hizo aquello a la hija de la criada y le rompió toda la ropa. Una cosa tristísima. El marqués dijo que aquello no se podía consentir. Que había que ponerle una solución. Lo cierto es que se puso un poco violento y hubo que atarlo. Así que vino un conocido suyo, ingeniero, y pasó con nosotros el verano diseñando y construyendo la silla…

¿La silla?

La silla, claro. Al marqués le parecía el método más humanitario. Como hacían los americanos, sabe. Y allí pusieron al pobre Adolfito. Lo peor fue el olor a pelo quemado, que no se iba nunca. Instalaron la silla en el cuarto de herramientas que hay al lado de la capilla, detrás de la casa. Aquello a don Aurelio tampoco le pareció bien, pero bueno. Ahí sigue.

¿Una silla eléctrica, dice? ¿Para el mono?

Sí. Luego la volvieron a utilizar con Juanita. La pobre vio un día a la cocinera retorcerle el pescuezo a un pollo. Siempre nos estaban imitando y nosotros le reíamos las gracias. Pues se metió en el gallinero y se puso a matar pollos. Menudo desastre. Quince o veinte mató. Ella qué sabía si era una mona y medio tonta. Pero el marqués dijo que a la silla y a la silla que fue. Creo que estaba un poco cansado de tanto mono…

¿Qué pasó con la otra?

¿Con Martita? Le pasó una furgoneta por encima. Unos años después. Ay, pobrecitos. Angelitos al cielo.

Suspiró. Pero mire este otro, joven. Quizá le interese más. Cerró el álbum y se puso el otro en las rodillas. Lo abrió por la primera página. Una copia de la foto que había visto en el vestíbulo, la primera reunión del Círculo. Fíjese, qué jóvenes éramos. Como usted y Sofía.

Ya veo.

¿Qué le estás enseñando?, dijo el viejo del uniforme.

El álbum de las reuniones.

Ah, dijo el viejo. Que lo vea, que lo vea.

Le mostró fotografías de las reuniones. Los miembros del Círculos sentados a una mesa, tomándose de las manos, muy concentrados. Mire aquí. ¿Ve esto?

Le señaló un borrón en una de las fotografías, cerca de su propio rostro. Es ectoplasma, dijo.

Oh.

Pasó página. ¿Ve aquí? ¿Ve esta sombra?

Ajá.

¿Qué cree que es?

Eh… ¿El visitante?

Oh, no, claro que no. No hacemos fotografías cuando viene el visitante. Es el espíritu de una mujer que vivió en esta casa antes que nosotros. Se manifiesta con frecuencia en las reuniones.

Entiendo.

Pasó más páginas. Nos han pasado todo tipo de cosas, dijo. Cosas increíbles.

Ya veo.

Bueno, qué.

Qué… ¿Disculpe?

¿No reconoce a nadie?

¿Dónde?

En esta foto, por ejemplo. Mire, mire.

Era una de tantas fotos de grupo. Los miembros del Círculo más viejos. Distinguió a uno con parche.

La veo a usted, dijo. También al señor Martínez.

Teniente Coronel Martínez, dijo el viejo desde la mesa. Había encendido un cigarrillo y estaba fumando ensimismado, sin prestar atención a Bachmeier, que seguía con sus papeles.

Me refiero a su abuelo, dijo Miss Ortrowski. Aurelio Aguirre. Mírelo. Está aquí. ¿No lo reconoce?

Tragó saliva. De repente fue consciente de lo que había pasado. Durante semanas había estado investigando y preguntando a sus fuentes por el Círculo Ómicron, hasta que uno de ellos le facilitó la pista de la casa solariega en Albacete. Lo único que se le ocurrió hacer fue enviar una carta, explicando su interés por el Círculo Ómicron y sus actividades, sin mencionar el programa o su labor de documentalista. Había recibido respuesta unas semanas después. Alguien había deslizado bajo su puerta una invitación a la casa solariega y a la próxima reunión del Círculo Ómicron. El sobre no llevaba sello ni dirección, sólo su nombre escrito con una pulcra letra caligráfica. Carlos Aguirre no había visto en su vida al hombre que Miss Ortrowski señalaba en la foto. No era desde luego ninguno de sus dos abuelos.

Carraspeó. Señora, dijo.

Dígame, joven.

Necesitaría hacer una llamada.

Vaya.

Si no le importa…

Sacó el teléfono móvil del bolsillo. No tenía cobertura arriba y…

Miss Ortrowski miró el aparato en su mano con una expresión entre el desdén y el asco. No funcionará, dijo.

¿No hay cobertura?

Algo así.

¿Algo así?

Sí, gracias a Dios. Las cosas… electrónicas no funcionan demasiado bien por aquí. Creo que tiene que ver con nuestro visitante. Quizá no le gustan.

¿Le importa si salgo fuera a intentarlo?

El rostro de Miss Ortrowski no mostró ninguna emoción. Haga lo que quiera, dijo.

Aguirre asintió, se levantó del diván y salió de la sala de estar. Sudaba de nuevo. Se apoyó en la barandilla de la escalera. Estaba tomando conciencia poco a poco de en dónde se encontraba, de con quién se encontraba. Pensó en salir a por su mochila pero se le antojó demasiado riesgoso y no tenía nada de auténtico valor, ni siquiera la cámara. Sólo quería salir de la casa. El pueblo no estaba lejos. Podría caminar hasta conseguir cobertura, llamar a un taxi, cualquier cosa. Atravesó el vestíbulo de las cabezas de animal con el teléfono en la mano. Sin cobertura, casi sin batería. Sólo tenía que alejarse de la casa. Empujó la puerta con mucho cuidado, intentando no hacer ruido.

El chófer estaba fuera, sentado en una silla, con una escopeta de caza cruzada en el regazo. Buenas noches, dijo. Había cambiado su gorra de plato por una boina y su librea por una camisa blanca y unos pantalones de trabajo.

He salido a llamar por teléfono, le dijo.

No funcionan los teléfonos, dijo el chófer.

Sólo quería comprobarlo.

Ya.

¿Qué hace ahí? ¿Por qué tiene una escopeta?

Vigilo. Los perros se ponen nerviosos cuando sacan eso.

¿Eso? ¿A qué se refiere?

Pues a eso. Ya sabe.

El viejo se ajustó la gorra en la cabeza. Escupió a un lado una saliva escasa y pastosa. Vuelva dentro, joven. Que no tenga que salir la señora a buscarlo.

Aguirre retrocedió sin dejar de mirarle. Cerró la puerta. La carcasa del teléfono móvil crujió en su mano. Lo miró desconcertado. La pantalla estaba negra, apagada. Entró de nuevo en el salón. Sofía bajaba por las escaleras. Tenía el rostro arrebolado, la túnica arrugada. Ve a la mesa, dijo. La sesión va a comenzar. Voy a buscar al visitante.

El asintió. En la sala de estar lo esperaban los tres ancianos sentados a la mesa. Miss Ortrowski le señaló una silla vacía entre ella y el viejo alemán. Se sentó. Todavía tenía el móvil en el puño. Lo guardó con cuidado. Bachmeier le miró fijamente. Había sustituido su mapa estelar por un diagrama de las diferentes capas geológicas del planeta Tierra. Parecía arrancado de un libro de texto para niños. Estaba lleno de anotaciones en alemán, flechas, números y símbolos matemáticos. Mire, joven, dijo el alemán con un fuerte acento. ¿Sabía usted que la Tierra ha sido colonizada por una raza de extraterrestres eléctricos que viven en las rocas?

No… No, no lo sabía.

Conciencias minerales. Llegaron hace millones de años. En los meteoritos. Habitan el zócalo magmático. Su mente es lenta, lenta como la deriva continental de este planeta, por eso es imposible comunicarse con ellos. Pero he estudiado el asunto… He tomado mediciones de campos electromagnéticos en lugares precisos, tengo pruebas. Están ahí, no hacen nada, pero… ¿No le parece a usted horrible?

No supo qué decir. Miss Ortrowski le tomó la mano. Hoy nos pondremos en contacto con las vastas y lejanas inteligencias jupiterinas. ¿Las conoce?

No…

Son unos seres fascinantes, apenas materiales. Viven en ciudades de gas.

Entiendo…

Ya está aquí, dijo el teniente coronel Martínez.

Aguirre miró hacia la puerta. Sofía entraba con el visitante de la mano. Su cabeza se bamboleaba sobre un cuello fino y arrugado, insuficiente para su cráneo de tamaño espantoso. Su piel era gris y parecía ajada, enferma. La parte frontal de su cabeza, donde debería tener un rostro, estaba compuesta por un amasijo de tejido en circunvoluciones como el cerebro humano, de un gris más pálido, mojado, blanquecino, sin ojos. Respiraba a través de un filtro sujeto con correas a una hendidura vertical y babeante al comienzo del cuello. Un único y gigantesco pulmón, parecido a la vejiga de un cerdo, se hinchaba en su pecho con forma de tonel y translúcido. La respiración lenta, profunda, amenazaba con dejar sin oxígeno al resto de la habitación. Un hedor a vinagre y nuez moscada. Sofía lo guió como a un ciego hasta la mesa. No se sentó a ninguna silla, se sostuvo en su multitud de extremidades, articuladas en exceso y en ángulos aberrantes, apropiadas para otro tipo de planetas, de menor gravedad. Nuestro visitante, dijo Miss Ortrowski. Treinta años lleva con nosotros. Acarició la cabeza gris e hipertrófica. Los dedos, lo que podría llamarse dedos, al final de sus extremidades era muy finos y espatulados, vegetales. Produjeron un susurro seco al desprenderse de la mano blanca de Sofía. Intentó manipular el filtro. Sofía le soltó las correas. El visitante sacó el filtro de la hendidura vertical que tenía por boca unido a una larga y curvada pipeta de vidrio. La pipeta goteaba una condensación transparente y muy densa, el olor a vinagre aumentó en la habitación hasta casi lo insoportable. Los labios mojados y blancos de la hendidura vibraron. Aguirre se sujetó al borde de la mesa, el cuerpo empapado en sudor y los ojos desorbitados, notando como si su esqueleto temblase y se sacudiese en la misma frecuencia que los labios de la criatura. Comprendió que el visitante iba a hablar y entonces, sólo entonces, comenzó a gritar.

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