El huerto de los cerezos

Entre los cerezos del huerto y el murete de piedra que los separaba del camino. El perro saltaba a mi alrededor y gañía. Un zapato suelto, tirado en el barro. Me apoyé en el bastón para mirar sobre el muro, que me llegaba casi a la cintura. Estaba tendida de costado, el rostro oculto por un mechón de pelo blanco y fino. Contemplé su vestido azul. Dije su nombre como si eso la fuera a despertar, a traer desde un sueño lejano e inoportuno. No se movió, claro. Permanecí allí durante un momento, sin saber qué hacer. Era muy temprano y los cerezos goteaban rocío. Olía a tierra mojada y a piedras mojadas y a cerezas mojadas. Una neblina volátil se movía entre los árboles, dispuesta a desvanecerse a la menor turbación, con el menor rayo de sol. Su pelo, cuando era joven y era rubia, rabiosamente rubia, tenía un color rojizo a según qué horas, con según qué luz, a esa luz precisa del amanecer. Supongo que estaba recordando eso, mirando sin verlo del todo su vestido azul manchado de tierra y hojas, sus piernas levemente dobladas, una media de lana subida y la otra apelotonada en el tobillo. Tan delgada, tan anciana ahora. Un carro enfiló el camino viejo y fue el chirrido de sus ruedas metálicas en las roderas de barro lo que me sacó de la ensoñación. Agité el bastón para que parase.

 

Se personaron dos oficiales que habían pasado la noche patrullando los campos a caballo. Estaban mojados y envueltos en capotes negros, los rifles enfundados en las sillas de montar. Uno desmontó y el otro no. Fumaron un cigarrillo, echando un vistazo, la fatiga pesándoles en los ojos oscuros. Dijeron que enviarían a alguien a resolver el asunto, que escribirían un informe, y que ya podíamos retirar el cuerpo. También habíamos despertado al funcionario de la Prefectura. Su mujer le había dado un termo de café que nos íbamos pasando de mano en mano. El mulero del carro nos dio unas mantas bastas con las que envolver el cadáver. Me dijeron que no hacía falta mi ayuda pero quise colaborar y moví su cuerpo, rígido, frío, lo envolví en las mantas junto con el funcionario, mientras el mulero sorbía café y los oficiales bostezaban en sus puños enguantados. Qué quebradiza y qué vieja, qué muerta y qué blanca. Yo era cuatro años mayor que ella. Tenía ochenta años aquella mañana. No quise montar en el carro. Fui caminando tras ellos por el tramo que va desde el camino viejo al cementerio. No pude seguir el ritmo, claro, y al cabo de un rato caminaba solo, con el día ya consumado a mi alrededor, abiertos los campos bajo el sol, fragantes, henchidos de piares y zumbidos, las articulaciones doloridas y los pulmones plenos. El perro iba de aquí a allí, lanzando gañidos, chasqueando los dientes en su intento de tragarse insectos. Cuando llegué al cementerio ya habían metido el cuerpo en el tanatorio, un edificio achatado y siniestro de una sola estancia, que apestaba a formaldehido. El cuerpo estaba tendido en una mesa de mármol, levemente inclinada. Las sierras, los punzones, los martillos, los tubos, los frascos estaban a la vista tras los cristales de los armaritos que los contenían. Permanecí allí mientras el funcionario y el médico y su practicante hablaban. Abrieron las mantas y echaron un vistazo. El médico dijo que tenía un fuerte golpe en la cabeza. Dijo que eso podría haberla matado. El funcionario suspiró. El marido todavía no lo sabe, dijo. Yo se lo diré, dije. Se me quedaron mirando. Quizá conocían nuestra historia o quizá no. El funcionario tendría que haberme dicho que no, que era su labor como delegado de la Prefectura, pero me dijo que estaría muy agradecido si me tomaba la molestia. Salí de la estancia y respiré hondo. El perro me estaba esperando sentado junto a una pila de ladrillos para los nichos. A lo lejos se escuchaban las paletadas del sepulturero trasegando con la tierra.

 

La casa era de madera y muy vieja, de dos plantas, erigida en soledad lejos de las casitas bajas y de tejados de pizarra de los campesinos. Abajo un ampuloso salón para las visitas y el consultorio por el que la gente desfilaba para quejarse de sus aflicciones, observadas con severidad por los lomos en piel de becerro y pan de oro de enciclopedias ilustradas y vademécums, y que les fueran recetados los bebedizos, las pomadas, las cirugías. Arriba las habitaciones, mucho más discretas, en las que siempre habían hecho vida. Él estaba sentado en el salón, frente al enorme ventanal. Lo contemplé desde el jardín delantero, mientras el perro olisqueaba los rosales todavía por florecer. Envuelto en un batín rojo, el pelo de su cabeza no muy distinto a la niebla que había visto prenderse de los cerezos, un halo fantasmal, una ilusión casi desvanecida. La piel se le adhería a los huesos del cráneo como una máscara tensa. Se había servido una copa de coñac.

La puerta de entrada estaba entornada. La casa en un absoluto silencio, pues ya no tenían servicio allí residente. Me miró entrar en el salón sin sorpresa. Se lamió los labios y me dio los buenos días. ¿Quieres sentarte y tomar una copa?, dijo.

Le dije que sí y me serví yo mismo una copa de coñac del mueble bar. Después me senté en un butacón junto al suyo. Un larguísimo pelo níveo en el reposabrazos. Lo pellizqué con los dedos y lo dejé caer al suelo.

A veces se escapaba en la noche, dijo. Siempre he tenido problemas para dormir y siempre he tomado somníferos. Estoy seguro de que sabes esto.

Ajá.

Pero mi sueño siempre es ligero. Con o sin somníferos. Ella creía que no me daba cuenta de cuando se deslizaba fuera de la cama. Lo ha seguido haciendo durante todo este tiempo, incluso cuando por su edad era bastante peligroso que deambulase por la noche, pero jamás me he atrevido a prohibírselo o hablar del tema siquiera.

Bebí de mi copa y aguardé. Miramos al perro que se había quedado dormido al sol en la hierba del jardín. A lo lejos los tejados negros y alargados de las casas del pueblo.

Hoy no estaba cuando he despertado. Siempre estaba cuando despertaba de nuevo.

¿Sabes adónde iba en esas escapadas?

Puedo imaginármelo. Al huerto de cerezos. Donde encontraron a su hermana.

Entonces le hablé de lo que había pasado, de los dos oficiales y de lo que había dicho el médico en el tanatorio. Escuchó en silencio, contemplando el coñac que le quedaba en la copa. Un rubor le había subido a las mejillas, un simulacro de vitalidad y ánimo, que contrastaba con los ojos vidriosos y apagados.

Durante un tiempo pensé que se reunía contigo, dijo. ¿Cuánto hace que nos conocemos? ¿Sesenta años? ¿Setenta?

Algo así.

¿Tanto tiempo nos hemos odiado?

Tanto tiempo.

¿Crees que lo recordará alguien?, dijo. Lo que le pasó a su hermana.

Metió la mano en el batín y sacó un frasco con tapón de corcho, sin etiqueta. Vertió unas gotas en la copa de coñac.

Quizá siga escrito en algún sitio, aunque sucedió antes de la Prefectura. Se perdieron muchas cosas en la guerra, dije. Se olvidaron todavía más.

¿Alguna vez te ha fallado la memoria? A mí no. Puedo recordarlo todo. Todos los que vivieron aquello han muerto o se han quedado gagá. Nosotros no. Úrsula siempre tan lúcida, tú y yo tan…

Suspiró. Vertió unas gotas más en el coñac. Era líquido era translúcido y parecía inocente como agua. Apuró un trago de la copa.

¿A qué hermana amabas más? Yo nunca lo supe. Tuvo que morir una para que pudiera elegir.

Me miró con unos ojos que se hundían y se hundían en su cráneo. Siempre amé a Úrsula, dijo. Nunca he amado a otra mujer.

Entonces has sido un hombre afortunado.

Asintió con gravedad. Vertió el resto del frasquito en la copa de coñac. Bebió con largueza.

Háblales de cómo les brillaba el pelo, dijo. De cómo era casi rojo. Yo no tengo fuerzas. Háblales de lo parecidas que eran. De lo bonitos que eran sus ojos.

Lo haré.

Háblales incluso del huerto de cerezos. De cómo murió primero una hermana allí y de cómo ha tenido que ir a morir la otra también.

Lo haré. Te lo aseguro.

Ahora me apetece dormir, dijo. Diles que vengan más tarde a por mí. Más tarde, por favor. Más tarde.

 

Los oficiales traían a un muchacho de unos veinte años atado por las manos, caminando tras los caballos. Estaba manchado de barro y sangraba por la nariz y la boca. Lo reconocí, era un buhonero que había pasado por el pueblo el día anterior, arrastrando un carro lleno de cachivaches y ropa vieja. Cuando llegaron a mi altura uno de los oficiales me miró y sonrió. Lo hemos cogido, maestro, dijo, y siguieron en dirección al ayuntamiento. Entonces recordé que el oficial había sido alumno mío, muchos años antes, cuando la escuela estaba abierta.

Lo llevaron al ayuntamiento y lo metieron en un cuarto recuerdo de épocas más turbulentas. Lo esposaron a una silla metálica cuyas patas estaban atornilladas al suelo de hormigón. Las esposas chirriaron en las manchas de óxido. El funcionario y los oficiales salieron para hablar en otra habitación. Discutían sobre cómo proceder. No se preocupe, maestro, me dijo el oficial. Ese pájaro confiesa.

En cuanto dejaron de mirarme me colé en la habitación. Ya le habían pegado bastante. Se había orinado encima. Había una silla frente a él y un pedazo de manguera tirado en el suelo. Me miró parpadeando muy rápido.

Yo no he sido, dijo. De verdad que yo no he sido.

Me senté en la silla. Dijo que había pasado la noche en el bosque, camino del pueblo más cercano. Dijo que no pensaba volver porque el pueblo estaba casi vacío y sólo quedaban viejos. Que él no le haría daño jamás a alguien. Que era una buena persona, un pobre buhonero.

Hice un gesto de indiferencia. No te molestes, dije. Yo sólo soy un pobre maestro jubilado. No puedo hacer nada para ayudarte. Además qué importa. Qué importa quién hace las cosas y por qué, quién es el culpable y si pagará por sus pecados…

El muchacho parpadeó. Pero, señor, yo no he matado a nadie.

Escúchame, dije. Escúchame. Mírame a los ojos.

Qué…

Los ojos. Dicen que son el espejo del alma. Cornea, esclerótica, retina, todo absorbiendo el mundo y reflejando el alma… Qué idea tan macabra. Pero es bien cierta pues existen ojos que son más que esferas gelatinosas llenas de humores vítreos y cristalinos, más que las partes que los componen, más que el espacio que ocupan en su cuenca. Existen ojos que son más que meros testigos del mundo, ojos que escupen su propia versión de la realidad y de los hechos y está escrito el vacío y lo absoluto en su opacidad y en las arrugas que los circundan como si fueran mapas de lo pasado y lo venidero y el doloroso trámite entre ambas cosas. Existen ojos acostumbrados a distinguir entre lo válido y lo caduco, lo transitorio y lo permanente, la vida y la muerte, y a decidir en consecuencia lo que ha de desaparecer, lo que puede continuar. Existen ojos que cansados de tanto mirar al mundo empiezan a devolver los fantasmas de sus mundos internos y ojos que son mundos en sí mismos, mundos incandescentes que gravitan y describen órbitas alrededor de estrellas muertas y lejanas cuya luz ya solo se encuentra en la memoria. Existen ojos como bocas de horno. Ahora, muchacho, mírame a los ojos, míralos con mucho cuidado, y dime qué es lo que ves.