El trampero de Personville

por Francisco Serrano

Geografía y breve historia de Personville – Indio muerto – El trampero y su cafetera– Los gemelos cobran la recompensa – Pelea en el Gentleman Loser – Enoch Eriksen dispara al sheriff

La ciudad de Personville era la más importante de la región de Stony Rapids. Situada en la bahía Hudson, en la orilla sur del río Chasatonga, contaba con unos doscientos edificios a finales de siglo y una población bulliciosa y abundante durante el verano y escasa y lánguida durante la temporada de caza. Dos calles principales se cortaban al estilo hipodámico de las ciudades romanas dotando de un inesperado orden urbanístico a la población. Main Street era la más importante de ellas, pues conectaba el embarcadero del río con la entrada sur de la ciudad. En dicha calle estaba la cámara de comercio, el ayuntamiento, la oficina del sheriff, el hotel sin nombre de tres plantas que regentaba un sirio llamado Alí, el Gentleman Loser, y dos restaurantes, además de una decena de establecimientos de compra y venta de pieles, armas y munición, comestibles, en toda la variedad que las ciudades del Norte son capaces de ofrecer. En Second Street podían encontrarse los dos burdeles de la ciudad, en los que trabajaban chinas e indias y algunas mujeres blancas, así como lavanderías, herrerías, practicantes de medicina sin licencia, curanderos chippewas, y restaurantes en los que se servía carne de caballo viejo y cola de castor y otras inmundicias. No había iglesia o parroquia de ningún tipo y los días de culto un anciano predicador levantaba una carpa en las afueras en la que se reunían las beatas y leía fragmentos de la Biblia y señalaba al cielo y a los hombres y hablaba del infierno.

La mañana del veintitrés de septiembre de mil ochocientos noventa y seis dos hombres a caballo enfilaron Main Street desde el sur atrayendo las miradas de los ociosos y los comerciantes. En primer lugar porque el caballo de uno de ellos arrastraba el cadáver congelado de un indio en una parihuela improvisada con una piel de caribú y dos varas de fresno. En segundo lugar porque los jinetes eran idénticos entre ellos, rubios y barbados, y llevaban rifles en los portacarabinas de las sillas y revólveres al cinto. No habían caído las primeras nieves pero escarchaba todas las noches y los cascos de los caballos sonaban duros en la calle de tierra apisonada. Un hombre salió de la barbería donde se había puesto bajo los ingenios del sacamuelas y escupió un largo chorro de saliva sanguinolenta a las roderas de barro petrificado que habían dejado las carretas y se quedó mirando a los jinetes, dolorido y borracho de éter. Los jinetes cabalgaban despacio, tocando el ala de sus sombreros, como si conocieran a todo el mundo, pero nadie los conocía allí.

El ayudante del sheriff estaba fumando un cigarrillo en la puerta de la oficina y cuando los vio venir metió la cabeza por una ventana y dio una voz. El sheriff, un hombre orondo y cachazudo, salió subiéndose con una mano el cinturón de la pistolera y en la otra una taza de lata abollada de la que bebía café. Los representantes de la ley miraron avanzar a los gemelos hasta que se detuvieron frente a la oficina. Justo enfrente, en el porche del Gentleman Loser, unos tramperos compartían una botella de aguardiente. ¿Quién diablos son esos?, dijo uno de ellos.

El más viejo de ellos, un trampero retirado llamado Jeremiah, movió la masa de tabaco que paseaba por sus encías desdentadas y dijo: Cazarrecompensas.

¿A quién llevan ahí?

Es el indio Tom, dijo el viejo.

El ayudante del sheriff y el sheriff miraban el cadáver y asentían con la cabeza. El cuerpo estaba rígido, azul y escarchado. La sangre se le había encostrado en el tosco y remendado abrigo de piel de rata ribereña. Uno de los gemelos, sin desmontarse, sacaba unos papeles de su faltriquera. El sheriff ojeó los papeles. El ayudante tocó el cadáver con el pie y lo giró un poco. Tenía dos tiros en la espalda.

¿Quién es el indio Tom?, dijo un trampero que se mantenía un poco apartado del grupo, liando un cigarrillo con papel de periódico. Era un hombre corpulento, con una espesa barba negra y un gorro de piel de castor encasquetado en la cabeza.

Trabajaba en un establo de Jackson City, dijo otro trampero. Le prendió fuego al establo y murieron dos personas y un montón de caballos. No se le había vuelto a ver desde entonces.

Otro de los tramperos se tocó la cabeza con un dedo. Vale mil dólares, dijo.

El hombre de la barba negra encendió el cigarrillo con una cerilla, dio una calada y después sopló de la brasa las pavesas grises que habían quedado adheridas. Ajá, dijo.

Algunos curiosos se habían acercado al cadáver. El sheriff le estaba preguntando el nombre a los gemelos.

Me llamo Erik Eriksen, dijo uno de ellos. Éste es mi hermano Enoch.

¿De dónde sois?

De Oregón.

El sheriff señaló al indio muerto.

¿Y dónde estaba éste?

El gemelo señaló vagamente hacia el oeste. Estaba escondido en un poblado indio, dijo. Junto a un lago. Río abajo.

Un poblado indio.

No más de un par de familias, en realidad.

¿Y qué ha pasado con esa gente?

Los gemelos se miraron.

¿Se pagaba algo por esa gente?, dijo Enoch Eriksen.

No.

Para qué íbamos a traerlos, entonces.

El sheriff miró a la pareja durante un largo momento.

De acuerdo, dijo. Billy, lleva a este pobre infeliz al cementerio.

Sí, jefe, dijo el ayudante.

Los gemelos desmontaron. El sheriff cogió el papel que Erik Eriksen le había mostrado, en el que se describía al fugitivo y se ponía precio a su cabeza. Dejaron los caballos atados a un abrevadero junto a la oficina. Cruzaron frente al porche del Gentleman Loser camino de la única sucursal de banco en Personville. El sheriff saludó a los allí reunidos y así lo hicieron también los gemelos, con amplias sonrisas en sus barbas rubias. Parecían niños disfrazados, los ojos azules y de una extraña inocencia. A su paso tintineaba el metal de sus armas y municiones y las espuelas de sus botas como el ruido lejano de un discreto ejército.

Los tramperos contemplaron después al ayudante del sheriff desatar la parihuela del caballo y quedarse mirando el cuerpo sin saber qué hacer. Por fin le dijo al grupo de curiosos que alguien fuera a llamar al enterrador.

El trampero de la barba negra apuró el cigarrillo y lo lanzó a la calle de un papirotazo. Tengo que irme, dijo. Salió del porche sin más despedida y tomó una callejuela junto a la taberna, apenas un hueco entre el Gentleman Loser y la tienda de Smith. Caminó entre porquerizas embarradas y las traseras de una lavandería en la que unas chinas de aspecto centenario frotaban la ropa en tablas de lavar, la espuma gris hasta los codos. Sus voces agudas suspendidas en el aire gélido de la mañana. Una cabra apersogada lo miró pasar con ojos ilegibles de insecto. Ya se podía escuchar el martilleo del herrero y lo encontró en su establecimiento, golpeando en el yunque un pedazo de escoria al rojo, un maltrecho pedazo de hierro en trámites de convertirse en otra cosa todavía inaventurable. Un eje de carro. La plancha de una pala o una azada. Una bala de cañón. De la boca abierta del horno surgía una luz anaranjada y volcánica y un calor sofocante. El herrero estaba tiznado y brillante de sudor sucio, desnudo bajo su peto de trabajo. Hola, Jack, dijo entre dos martillazos.

El trampero se mantuvo en la puerta de la herrería, donde la temperatura no era asfixiante. El herrero martilleó el hierro hasta quedar satisfecho por el momento y lo sumergió en un barreño de agua. El hierro silbó como una cosa viva. Dejó el martillo y las tenazas en el yunque y le hizo un gesto para que entrase. El trampero entró a su pesar. Le echó un vistazo al horno y su interior le hizo pensar en entrañas de dragón. El herrero estaba buscando algo en una mesa al fondo, entre diversos aparejos, eslabones de cadenas, utensilios de cocina, objetos metálicos que la gente de Personville llevaba para reparar. Aquí está, dijo el herrero. Tu cafetera.

El trampero la cogió. Las abolladuras habían sido reparadas a martillazos y el asa había sido soldada de nuevo y sustituida su cubierta de madera por un apretado alambre enrollado.

¿Qué le pasó?, dijo el herrero. Parecía que le habías dado una paliza.

El trampero sonrió. Volqué la canoa, dijo. La cafetera se fue por un rápido del Puerco Espín. La encontré por casualidad un par de semanas después, atascada en una presa de castores, pero supe que se podía reparar.

Deberías comprarte una nueva, dijo el herrero.

¿Por qué? Le tengo cariño a ésta.

Pagó al herrero y se llevó su cafetera envuelta en papel de estraza. Salió a Second Street y volvió desde ahí a Main Street dando un rodeo. Entró en la tienda de Smith…

 

Continuará

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