Los monstruos

Me habían pagado con monedas de oro para hacer aquello. Estuve rastreando los bosques a lo largo de la costa durante casi un mes, comiendo ardillas y raíces y durmiendo sin hacer fuego, cargando con el fardo de las armas, un saco de dormir y una faltriquera. Había cientos de pequeñas islas, penínsulas semihundidas y ensenadas ocultas por los árboles en la región. Por fin, siguiendo las pocas huellas que dejaban, apenas unas ramas rotas a determinada altura, depresiones en el barro endurecido, un ocasional penacho de humo, logré encontrarlos. Justo a tiempo porque habían comenzado a caer las primeras heladas y las noches pronto serían insoportablemente frías. Vivían en una isla muy cercana a la costa. Consulté los mapas amarillentos que me había dado el funcionario de la Prefectura; la isla figuraba como Isla del Roble y en realidad estaba unida al continente por un estrecho istmo que desaparecía con las mareas. Entre el poblado bosque de robles pude ver algunos resplandores anaranjados en el crepúsculo, pequeñas hogueras o braseros. Durante la noche heló y esperé bajo el cobijo de un árbol caído, el cuerpo encogido y envuelto en el capote, mientras todo se volvía blanco y crujía a mi alrededor. Antes del amanecer comencé a buscar el istmo. Estaba casi cubierto por las aguas, recorrido por largas placas de hielo y arena dura como la piedra. La familia vivía en una casa de madera entre la espesura, de una sola altura, y de entre los tablones de las paredes rebosaba el musgo seco como una espuma amarillenta y en el tejado crecía hierba rala. No había nadie a la vista. Me interné en el bosque de la isla, en busca de la confirmación de que eran ellos los que buscaba, aunque no se me ocurría quién más podría vivir en aquellos bosques, quién querría habitar semejante páramo arbolado, comiendo ratas flacas y bayas ácidas, sepultado por la nieve y el hielo casi todo el año. Llegué a un calvero siguiendo lo que parecía un sendero sutil y vi un pequeño cobertizo, un tajo de madera con un hacha clavado, varios haces de leña y una mesa de matarife. Dentro del cobertizo había pedazos de carne puestos a secar y ahumar y olía a sal y humo de leña. Tras el cobertizo encontré lo que buscaba. La pierna colgaba de las ramas bajas de un joven roble, el talón atravesado por un gancho de hierro, y se mecía despacio en el aire frío. El muslo estaba cubierto de escarcha y sangre congelada, listo para el despiece. Volví al bosque y me instalé en una pequeña loma entre la espesura desde la que podía ver la casa. Comprobé el revólver de seis tiros, hice girar el tambor para asegurarme de que no se había congelado, lo cargué, lo dejé a un lado y saqué la carabina del fardo de las armas, la monté, lamentando no tener oportunidad de limpiar y aceitar las piezas, y me tumbé sobre el capote, vigilando la entrada de la casa. Tardaron todavía unas horas en aparecer. Primero salió de la casa de una de las mujeres de la familia, rubia y desgreñada, vestida con telas bastas y pieles de rata ribereña. Los zapatos eran de corteza y estaban atados con bramante. La mujer acarreó varios cubos de agua desde el pozo. Pronto salió uno de los gemelos, igual de desgreñado que la mujer. Parecía ido, aunque a aquella distancia era difícil precisar la expresión de sus ojos casi ocultos por las grasientas guedejas de pelo. Se sentó en una piedra plana a tallar un pedazo de madera con una navaja. Yo respiraba hondo y los mantenía alineados con el cañón de la carabina. El hombre, la mujer, el hombre, la mujer. Nadie sabía cuántos eran en la familia ni la exacta relación de parentesco que los unía, excepto en el caso de los gemelos. Las historias que me había contado el funcionario de la Prefectura abundaban en el incesto y los rituales paganos y las imprecisiones. Otras dos mujeres asomaron fuera de la casa, una muy vieja, otra muy joven. Las mismas ropas astrosas y los rostros chupados, los ojos ilegibles, opacos. No abrí fuego hasta que apareció el otro gemelo. Estaban conversando frente a la casa. El que estaba tallando no dejó de hacerlo, tiraba al suelo largas virutas de madera, y escuchaba lo que decía su hermano. El primer disparo fue malo, la carabina no estaba bien calibrada. La bala, en lugar de hundirse en la sien del gemelo en pie, lo alcanzó en la mandíbula y salió por el cuello arrastrando gran cantidad de esquirlas de hueso, músculo y materia diversa. Disparé al otro gemelo, al torso, para asegurarme. El tipo cayó de espaldas, con la misma expresión de pasmo que se le había quedado al ver explotar el rostro de su hermano. Las mujeres se habían refugiado dentro de la casa entre gritos. Intenté volver a disparar con la carabina pero se había encasquillado. Desenfundé el revólver y me puse en pie para salir de la espesura. Caminé hacia la casa con precaución. El hermano sin mandíbula se arrastraba por el suelo. Los ventanucos estaban cubiertos por esteras de cáñamo. Disparé a los hermanos, una vez a cada uno. Dentro se escuchaban voces femeninas, gemidos, lamentos. Una de las ventanas voló en pedazos. Me cubrí la cara con los brazos y noté una rociada de astillas como metralla de artillería. Le pegué una pata a la puerta y entré. Una de las mujeres, la más vieja, estaba intentando volver a cargar un trabuco en cuya ánima le cabría el brazo. La otra se me echó encima con un cuchillo de desollar. Golpeé su brazo armado con el revólver. La mujer me arañó el rostro, me hizo trastabillar y chocar de espaldas contra la pared. Noté la hoja del cuchillo cortar la tela de mi camisa y resbalar por el jubón de cuero que me cubría el vientre. Le retorcí la muñeca, le asesté otro golpe con el revólver en la cabeza, tomé el cuchillo y se lo clavé bajo la mandíbula. La hoja era larga y curvada y se abrió paso por su boca hasta el cerebro. La aparté a un lado y cayó como un fardo. La otra mujer había terminado de embutir clavos oxidados y cristales rotos dentro del trabuco. Le volé los sesos de un disparo cuando intentó echárselo al hombro. Miré a mi alrededor. Era una casa de una sola estancia, con muebles bastos y desvencijados. Había una mujer muy anciana junto a una estufa de hierro, envuelta en un rebozo negro. No había ninguna sorpresa ni terror en su rostro. Le apunté con el revólver. La mujer parpadeó como único reconocimiento de mi presencia. ¿Hay alguien más?, dije. ¿Hay alguien más? La mujer siguió con su lento parpadear. Entonces escuché los ruidos. Como ratones, ratones enormes. ¿Qué es eso?, dije. La mujer sacó de su rebozo unas manos apergaminadas y de las que faltaban varios dedos y habló en un idioma rocoso y bárbaro que nunca había escuchado, algo que venía de las fronteras más lejanas, más allá de la Horda Dorada y los páramos de hielo. Al fondo de la estancia había un altillo. De su interior surgían ruidos. Según me acerqué percibí el olor de un cubil, de animales hacinados. Los cachorros de la familia, dije. Unos sobre otros, con los dientes descubiertos y las uñas rotas y mugrientas, retorciéndose en lechos de paja. Los ojos desprendían destellos amarillos y conté hasta cuatro pares, puede que hubiera alguno más. Chisté para calmarlos. El olor de la sangre los volvía locos. Vacié el revólver, los seis tiros del tambor, hasta que dejaron de moverse. La mujer aullaba en su lengua de devoradores de cadáveres, alzaba las manos al techo y se retorcía en su silla. Recargué el revólver sin dejar de mirarla. Has venido de lejos, dije. De muy lejos. La mujer seguía salmodiando, arrojando maldiciones ancestrales sobre mí y mi descendencia, insultando a mis muertos, o eso imaginé. Tenía cara de mono, de un mono pelado y enfermo. Esperé a que terminase su perorata. Cuando lo hizo volvió a contemplarme con unos ojos arrasados pero que no lloraban. No hay maldiciones suficientes, vieja, dije. Cerró los ojos y le disparé en la frente. Volví a contemplar la estancia con más tranquilidad. Todo estaba lleno de herramientas, instrumentos de leñadores y cazadores. En tierras más fértiles y menos duras podrían haber vivido bien. Pero ellos habían elegido vivir allí, tan al norte, por motivos imposibles de discernir. Aquella familia no era lo que mis patrones pensaban que era pero seguí sus instrucciones hasta el final. Decapité los cadáveres con ayuda de una sierra y les llené la boca con unos ajos resecos y medio podridos que había llevado en la faltriquera todo el viaje. Metí las cabezas en un saco y amontoné los cuerpos en el centro de la estancia. Decidí quedarme el cuchillo de desollar con el que me había atacado la joven y busqué hasta encontrar su funda. Esparcí la paja algo ensangrentada de los lechos por el suelo, lo rocié todo con el aceite de los quinqués y volqué la estufa de hierro de una patada. Las cabezas las enterré bosque adentro mientras la casa ardía y se elevaba sobre el bosque un humo negro y grasiento. Me dirigía al calvero cuando noté algo. Una presencia en los bosques. Me estremecí de pies a cabeza y eché mano al revólver. Comenzó a nevar, muy suave, muy lento. Polvo de nieve se arrastró entre los árboles. Seguí caminando hasta el calvero y allí estaba. No tenía ni un pelo en el cuerpo y era muy blanco. Contemplaba la pierna colgada del roble con una expresión indescifrable. Así que tú eres el responsable, dije. Aparté la mano del revólver y saqué la bolsita del tabaco para liar un cigarrillo. Lo miré de nuevo. No eres un vampiro, dije. Lo pareces pero no lo eres. Eres otra cosa, mucho más antigua.

La criatura asintió y dijo: Yo estaba aquí antes de los primeros hombres. Mi reino se extendía por todos los bosques y los páramos de hielo. Durante miles de años fui señor de estas tierras. Ahora esta isla es todo lo que me queda.

Por eso estaban aquí, dije. Esa familia de locos. Los de tu raza son como imanes para esa gente. Mis empleadores creían que eran vampiros. Sus hijos desde luego ya no parecían humanos. Pero eras tú, era tu influencia. Despiertas el hambre de carne humana, como dicen las leyendas. Llevaban años asaltando caravanas y secuestrando gente en las lindes del bosque. Lo hacían por ti.

No pongo en los hombres ningún deseo que no estuviera ya en ellos, dijo la criatura. Casi me había desvanecido cuando ellos llegaron. Era tan fino como tripa de pescado, un hilo apenas que se sostenía en el aire. Quemaron inciensos y hierbas en braseros en una parodia involuntaria de los viejos ritos. Ofrecieron cuencos de sangre de cabra. Los tomé con manos que eran transparentes. Me fortalecieron. Pude bendecirlos con mis dones y mi semilla. Me trajeron mujeres y yací con ellas y bebí su sangre. Comimos la carne sagrada.

Estaban locos como ratas de cagadero, dije.

Fueron tocados por una gracia vieja que casi ya no existe en el mundo, dijo la criatura. Algo que se retira y vuelve a las sombras. Sus hijos eran mis hijos y ya no puedo oír sus voces. Ya no habrá más. Es el fin.

La criatura me miró. Sus ojos eran todo pupilas negras, repugnantes bajo los párpados sin pestañas. Tu sangre no es humana por completo, dijo. Lo huelo.

No, dije. Mi padre era el último de los ogros y mi madre una de las Reinas del Lago.

Progenie de un ogro y de una Reina del Lago, dijo la criatura. Eso te emparenta conmigo, de alguna manera. Realeza, aristocracia. En otro tiempo serías un dragón coronado, un leviatán de fuego. Ahora no eres más que una mujer y una asesina de parientes.

De algo hay que vivir, monstruo, dije. Tiré el cigarrillo que había estado fumando, guarneciéndolo con una mano de los copos de nieve que no dejaban de caer. Desenfundé el cuchillo de desollar y lo hundí en la criatura como si no tuviera más consistencia que la nieve, sajando capas y capas de su carne inhumana, sin derramar una gota de sangre hasta que retorcí la hoja y algo se le rompió dentro y la sangre manó y manó, una sangre desvaída, sin alcaesto ni fuerza, una sangre en retroceso al igual que toda su raza, el fantasma de una sangre auténtica, fría, pálida, que caía al suelo sin derretir la escarcha. El rostro de la criatura se contorsionó y se vació, se volvió translúcido antes de humear y comenzar a desvanecerse. Sus dedos palpaban mi ropa buscando algo a lo que asirse. Extraje el cuchillo y lo miré hasta que, en efecto, se volvió fino como tripa de pescado, apenas un hilo sostenido en el aire gélido, y desapareció para siempre, sin posibilidad de retorno. Un viento frío se levantó y movió las hojas de los robles, removió la nieve en polvo alrededor de mis pies. Después ya estuve sola en aquellos bosques casi infinitos.

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