Invierno de lamia: “Uno”

por Francisco Serrano

Uno

Había un monstruo en el oeste. Ella lo veía en sueños, lejos, muy lejos. Patas de araña y pelo de cabra, tan enorme que ocupaba el mundo tras las montañas, su lomo cargado de ojos recortándose entre los picos helados. Era un invierno frío, muy frío, y no nevaba pero al amanecer la pradera estaba cubierta de escarcha, blanca hasta donde alcanzaba la vista, y ella estaba allí, temblando justo a la hora del amanecer, cuando solo había una herida de luz en el este y la noche resistía tras las montañas y sobre el monstruo. Los cíbolos grises, escarchados como la hierba, se quedaban muy quietos, pegados los unos a los otros, sin berrear ni mugir, y una columna de soldados y máquinas de guerra se encaminaba hacia poniente. Ella no les veía las caras, solo los gorros con orejeras y los capotes negros como los de los oficiales de la prefectura. Los caballos y las mulas desprendían vapor y a los soldados les salía humo de las bocas como si se estuvieran quemando por dentro. El monstruo, al otro lado, los aguardaba con un temblor de ansiedad o hambre. Así era lo que ella soñaba.

Dentro de la casa hacía frío. Los braseros ardían toda la noche y cuando Irene despertaba su abuela ya estaba reavivando el fuego en la chimenea y colocando el trébede para hacer café de puchero. Lo primero que escuchaba del mundo era el molinillo, bajo las mantas, todavía caliente en el camisón basto y los calcetines de lana, traqueteando y moliendo. La habitación no tenía puerta y si abría los ojos las veía a ellas, a su madre y a su abuela, atareadas en el fuego. Se vestía y bebía café. Ese año no había azúcar ni palos de canela, solo granos viejos de café que también se acabarían antes de la primavera. Tampoco quedaban patatas ni arroz. Quedaba carne y pescado seco, quedaba la leche de las vacas y las huevos escasos de las gallinas. Ristras de pimientos y tomates secos en las paredes. Era un invierno frío, muy frío y malo, muy malo. Un invierno de lamia, decía su abuela. Después hacía el signo contra el mal de ojo.

Habían cerrado la escuela. Irene se ocupaba de los animales, abría el gallinero y recogía los huevos. Dejaba salir de la cuadra a las vacas ateridas para que se estirasen y moviesen y pudieran pacer. Sus pezuñas hacían crujir y rompían el hielo de la hierba. Irene echaba paja a los terneros y los miraba comer despacio. Las vacas y los terneros mugían y se llamaban. Irene se lamía el dedo y lo pasaba por la piedra de sal, erosionada por la lengua de las vacas, y se lo metía en la boca. Acercaba el rostro al morro de los animales para oler su aliento dulce y vegetal. Habían tenido cerdos y ovejas, pero no ese invierno. Tenían un burrito que pacía junto a las vacas. A media mañana caía algo de sol, una luz finita, difusa, engrisecida, que casi hacía soportable el frío. El aire olía a humo de leña y a tierra congelada. Anochecía pronto. Entonces, el fuego, zurcir ropa, sopa de huesos y tocino amarillo. El frío afuera caía como algo sólido que aplastaba el mundo, lo comprimía en la oscuridad. Irene leía novelas de romances y novelas de aventuras junto a la chimenea mientras su madre y su abuela charlaban con voz queda en los braseros de la cocina. Contaban las ristras de pimientos y tomates secos, contaban los huesos y los pedazos de tocino rancio, contaban los huevos y las lecheras llenas y por llenar.

Casi todas las mañanas pasaba una pareja de oficiales de ronda, negros de las botas al sombrero, envueltos en capotes, con los fusiles cruzados en la silla de las monturas, para ver si el frío los había respetado a todos.

Se ha muerto el padre del herrero, dijo el oficial. Tenía un bigote y un cigarro apagado en la comisura de la boca.

Su abuela asintió. Estaba de pie en la entrada de la casa, envuelta en el rebozo negro. Los hombres no habían desmontado. Aquí estamos todos bien, dijo.

El oficial del bigote miró a Irene, que los contemplaba desde dentro de la casa. ¿Cuántos años tiene la niña?, dijo.

Doce, dijo su abuela.

Parece más pequeña, dijo el oficial. Mala época para los pequeños. Se mueren muchos críos.

El niño de los pescadores está enfermo de los pulmones, dijo el otro oficial.

A nuestra niña la cuidamos bien, dijo su abuela.

No lo dudo, dijo el oficial del bigote. Pero es un invierno malo.

Es invierno de lamia, dijo Irene.

Los oficiales la miraron. Su abuela la miró. Con disimulo hizo el gesto contra el mal de ojo.

Esperemos que no, dijo el oficial del bigote. Buenos días, señora.

Buenos días, dijo su abuela. Los hombres se alejaron por el camino hacia la pradera, hacia las otras casas dispersas y lejanas, entre las lomas y por el río.

También venían hombres de vez en cuando. Del pueblo y de las otras casas, a caballo o en carros tirados por mulas, y traían patatas o quesos que querían regalarles. Eran mayores que su madre pero más jóvenes que su abuela. Cuando los veían llegar por el camino su abuela decía: Los viuditos, los viuditos. Se reía un poco y su madre se ponía muy seria. Los hombres pedían permiso para entrar en la casa y los dejaban en el porche si hacía bueno, los sentaban junto al fuego si hacía frío, la gorra o el sombrero estrujado en las manos, se les daba un trago de vino, un poco de café, y luego se iban por donde habían venido, con una lechera llena o una docena de huevos a cambio de lo que trajesen, porque su madre no aceptaba regalos. Irene se reía con su abuela, aunque no se enteraba de qué. Tú no te rías tanto, niña, que pronto vendrán por ti, le decía entonces. Esto desde siempre, desde que tenía memoria. Su madre no se había casado. Su abuelo había muerto antes de que ella naciera. Irene nunca había conocido a un hombre que durmiera en aquella casa.

Faltaba una gallina azul. Irene las contó otra vez sin dejar de tirar puñados de grano a la tierra negra. Las gallinas picoteaban y escarbaban en el corral. Irene miró dentro del gallinero, no quedaba ninguna gallina en los palos manchados ni dentro de los nidales. Recogió los huevos, se quedó mirando a las gallinas en el corral, las contó de nuevo y fue hacia la casa. Dejó los huevos en una cesta y le dijo a su madre: Falta una gallina azul.

Su madre la miró y suspiró. Vamos a ver, dijo. Examinaron el gallinero, hecho de tablones y cañas del río. En la parte de atrás, la que daba a la pradera, encontraron un listón de madera desclavado Mira, mamá, mira, dijo Irene. El hueco era de una cuarta de ancho y unos tres dedos de alto.

Su madre se acuclilló y juntas observaron el hueco. Había plumas en la hierba y algo de sangre, unas gotitas secas, en la madera.

Por ahí no cabe una gallina, dijo Irene.

Cabe si tiras fuerte, dijo su madre.

¿Qué bicho ha sido?

Un meloncillo, una jineta, no sé.

¿Y cómo ha quitado la madera?

Estaría ya suelta, dijo su madre. Trae la caja de herramientas.

Irene fue corriendo a la casa. Su abuela estaba echando leña al fuego. ¿Qué pasa?, dijo,

Falta una gallina azul.

Oh.

Irene volvió con la caja de herramientas. Su madre cogió el martillo y sacó unos clavos del papel de periódico en el que estaban envueltos. Los sostuvo en los labios mientras iba clavando el listón de madera en su sitio. Irene caminó alrededor buscando más rastros, más plumas, más sangre. Las alimañas que lograban entrar en el gallinero mataban lo que podían y lo dejaban todo hecho un desastre. Dentro ella no había apreciado nada, ni siquiera el listón retirado. Se me quedó mirando más allá de la pradera, hacia la alameda y el río. De allí venían las alimañas.

Los meloncillos no salen de noche, dijo.

Pues habrá sido una jineta o un zorro, no lo sé, dijo su madre.

Ya, solo digo que los meloncillos salen durante el día.

Muy bien, Irene.

¿Va a volver?

A lo mejor, dijo, pero ya hemos cerrado el hueco.

¿Saco las trampas? Podemos poner las trampas, mamá.

Su madre respiró hondo. Veremos, dijo. Quizá no haga falta.

Su abuela estaba esperando en la puerta de la casa. ¿Qué se ha llevado a la gallina?, dijo.

Pues una alimaña, madre, qué va a ser.

Su abuela no dijo nada.

Por la noche Irene se metió en la cama. Se escuchaba el frío caer, aplastando al mundo. Crujía la casa y crujía la lumbre junto a la que estaban sentadas madre y abuela. Mucho más tarde, cuando se fueron a dormir, Irene seguía despierta. El resplandor rojizo de los braseros y de los rescoldos de la chimenea y nada más. Muy despacio se incorporó en el colchón y retiró las mantas. Se estremeció un poco. Fue a la ventana de la habitación, que estaba cerrada con las contraventanas de madera, y descorrió los cerrojos. Las bisagras chirriaron un poco, como ratoncillos, y ella se detuvo, controlando la respiración. Ni un ruido de las otras habitaciones. Terminó de abrir las contraventanas y pegó la cara al cristal. Estaba muy frío, helado. Afuera noche de luna, la pradera iluminada de azul. Su respiración dejaba una huella de vaho en el cristal. Ya he soñado esto antes, pensó. Ya he estado aquí, en este frío y este cristal, mirando hacia la noche, en dirección al oeste, hacia la tierra de los monstruos. Sus ojos se opacaron y la mandíbula le quedó laxa. Su abuela la encontró más tarde, con un hilo de saliva goteando del labio. Irene, ¿qué haces?

Parpadeó deprisa y se volvió hacia ella. Se pasó la manga del camisón por la boca.

¿Hay algo ahí fuera?

Irene miró por la ventana como si no supiera de qué le hablaba.

Su abuela miró también. Las nubes habían cubierto el cielo de nuevo y solo había sombras. ¿Has visto algo? ¿Qué había ahí fuera, mi niña?

Viene hacia nosotros, dijo Irene, Se frotó los ojos. De repente tenía mucho sueño y mucho frío y le costaba pensar. Viene hacia nosotros, ya está en camino.

¿Qué viene hacia notrosos?

Se va a poner mala la niña, dijo su madre en la puerta. Sostenía una lámpara de aceite e iba en camisón. Irene sonrió. Su madre tenía el pelo suelto, casi nunca la veía con el pelo suelto. Su abuela la llevó hasta la cama. Las sábanas estaban frías. Tembló.

Su madre en la ventana, mirando hacia afuera. La luz de la lámpara se reflejaba en el cristal con un brillo sangriento, espeso. Echó las contraventanas. No hay nada ahí fuera, dijo. Duérmete ya.

A la mañana siguiente faltaba otra gallina. Esta vez había desclavado un tablón grande de la parte de atrás del gallinero. Ni plumas ni sangre. Se lo mostraron a los oficiales cuando pasaron aquel día. El del bigote sacudió la cabeza y dijo: A los de la Loma del Rey también les han robado unos pollos.

Y a los pescadores del río les han desaparecido todos los gatos, dijo el otro oficial. No queda ni uno.

Pero no sabemos si se han ido por su cuenta o se los ha llevado.

Los gatos se van y los perros aullan, dijo su abuela. Eso pasó la última vez. Nosotras teníamos un gato que se fue y no volvió.

¿Teníamos un gato?, dijo Irene.

Fue antes de que tú nacieras.

El del bigote se sonrió y se tocó el bigote. Justo antes, sí, justito, dijo.

Cállate, Marcial.

El hombre se envaró, carraspeó y no dijo nada.

Si tuvierais un perro tendríais que guardarlo dentro de la casa por la noche, dijo el otro oficial. Es lo que le estamos diciendo a todo el mundo que haga.

Los perros se ponen muy nerviosos y eso siempre acaba mal.

Su abuela asintió. Perro no tenemos, dijo. Pero las gallinas las vamos a tener que meter dentro de casa.

El oficial del bigote dijo: Hay gente que… Ya sabe, deja alguna gallina vieja fuera.

Dicen que si come se va a antes.

En el pueblo hay gente que incluso deja un chivo. Lo importante es matarle el hambre deprisa para que no haga más daño.

¿Me vais a traer vosotros una gallina de las vuestras para dejarla? Porque a nosotras no nos sobran y ya se nos ha comido a dos.

Solo decía, señora.

Ya sé qué decía. ¿Van a hacer algo esta vez?

No se puede hacer nada, ya lo sabe, dijo. Las cosas son como son.

El hombre hizo avanzar el caballo hacia el costado de la casa, miró hacia el gallinero y hacia la alameda. Está siendo un invierno malísimo, dijo. Malísimo

¿Ha sido la lamia?

Eso parece.

¿Qué es una lamia?

Es un bicho que vive en el bosque. Sale cuando hace mucho frío, cuando el invierno es malo, cuando hay hambre. Se lleva a los animales y a… Bueno. Se lleva lo que puede.

Podemos poner las trampas. Como hicimos con la zorra aquella.

A la lamia no se le pueden poner trampas, mi niña.

¿Por qué?

Porque no. Porque la lamia es la lamia y no se le pueden poner trampas.

Madre, no le cuente esas cosas.

¿Cómo es la lamia?

Los que la han visto dicen que es amarilla como la grasa vieja y que tiene cara de mujer, el pelo muy largo y negro. Vive dentro de los árboles huecos y duerme casi todo el año, solo sale cuando hace mucho frío, siempre por la noche. Cada muchos años hay un invierno tan frío que la lamia pasa todas las noches despierta.

¿Cada cuántos años? ¿Cuándo fue la última vez?

Madre, por favor.

Su abuela le tocó la cara. Tenía la palma áspera y cálida. Tú no te preocupes por eso, le dijo. Tú no te preocupes por nada.
Metieron a las gallinas dentro de la casa, en sus cajones. Los animales cloquearon y ahuecaron las plumas como si agradecieran el calor y se durmieron enseguida. Su madre puso tablones en las puertas y las contraventanas. Ella y la abuela velaron toda la noche, rodeadas de gallinas dormidas. Irene entraba y salía del sueño. En algún momento, quizá profundamente dormida ya, le pareció escuchar que algo rascaba contra el cristal de las ventanas, al otro lado de la madera. Una uña grande y verdosa, como de pata de pájaro.

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