Invierno de lamia: “Dos”

por Francisco Serrano

Dos

Estaba llevando al burrito con una cuerda hacia donde pacían las vacas y se detuvo al ver a la mujer acercarse por el camino. Era joven y vestía un abrigo largo de piel de cíbolo y pantalones y botas de soldado, un trabuco atado al costado de la mochila militar. Muy delgada, con el pelo negro estirado hacia atrás. La seguía un perro grande del color del agua sucia.

Se detuvo frente al porche de la casa, humeando por la boca.

Hola, dijo Irene.

Hola, dijo la mujer. ¿Quién está en la casa?

Mi madre.

La mujer se frotó el mentón con el puño enguantado. Tenía una cicatriz enrojecida por el frío en la línea de la mandíbula. ¿Tu madre se llama Danira?, dijo.

Sí.

La mujer asintió. Echó un vistazo a la casa y al burro.

Buen animal, dijo.

Se llama Chaparrón.

La mujer volvió a asentir. Pateó el suelo para sacarse el frío. La hierba seguía blanca de escarcha. El perro husmeaba la tierra del camino, las huellas congeladas de los caballos

¿Tú cómo te llamas?

Galina, dijo la mujer.

Yo me llamo Irene.

¿Puedes decirle a tu madre que salga un momento?

Pero su madre ya estaba fuera. No se había puesto el abrigo y llevaba un paño en las manos. Galina la saludó con la mano. No sé si me reconoce, dijo.

Te reconozco, dijo su madre.

De repente la mujer parecía nerviosa.

¿Eres soldado?, dijo Irene.

Cállate, niña, dijo su madre. ¿A qué has venido, Galina?

La mujer dio un par de palmadas. Los guantes hicieron un sonido hueco. Hace mucho frío, dijo. Por eso he venido.

Irene alternó la mirada entre ambas y al final dijo: ¿Quién eres?

Es la hija de tu padre, dijo su madre.

Galina respingó. Se acercó a Irene y la sujetó con cuidado por la barbilla. No me lo puedo creer, dijo. Irene retrocedió un paso y la mano de la mujer se quedó suspendida en el aire.

¿Eres mi hermana?, dijo.

Galina sonrió. Eso parece, niña.

Irene dejó al burro con las vacas y volvió corriendo a la casa. El perro la siguió. Eran tan grande como ella, de pelo duro. Entró por la puerta de la recocina e intentó no hacer ruido. Ella estaba sentada bebiendo un cuenco de caldo. Se había quitado el abrigo. Vestía una blusa blanca y un chaleco de cuero y en la cintura le colgaba un revólver. Su madre estaba de pie y le decía algo en voz baja.

Murió hace unos años, dijo ella. Antes de la guerra, en el norte.

Ajá.

Nunca se recuperó del todo de las heridas. Se le abrían y le daban fiebre.

Su madre asintió con gravedad. Le quitó el cuenco vacío de las manos.

¿Quieres más?

No, gracias.

¿Pensaba volver alguna vez?

A veces hablaba de ello. Esperábamos otro invierno frío.

Galina levantó los ojos y la miró a través de la casa. Deberíamos haber venido antes, dijo, pero no lo sabíamos.

Ya no importa.

La puerta delantera se abrió y entró su abuela con una cesta llena de huevos. Miró a la mujer sentada y abrió mucho los ojos. Hizo el gesto contra el mal de ojo.

***

Tendrás que dormir con la niña, dijo su madre.

No importa.

Su abuela estaba calentando agua. Le llevaron una palangana, una esponja y unos trapos limpios. El agua humeaba como los braseros de la cocina al encenderlos. Galina sentada en el mismo taburete, junto a la chimenea. El perro estirado y somnoliento, las gallinas dormidas en sus cajones. Galina se quitó el chaleco y la blusa. Mojaba la esponja en el agua y después la apretaba hasta que dejaba de gotear y se frotaba con ella. Las costillas huesudas, los pechos pequeños, el vientre hundido. Cicatrices viejas como gusanos en la piel, costurones apresurados, feos, otro resumen igual de válido de su historia de mujer de guerra como la manera en la que portaba las armas y ocupaba el centro de los caminos al viajar. Tenía la piel muy blanca y las axilas muy negras. Irene, desde la cama, observó su aseo. Se mojaba con la esponja, se frotaba, se secaba con los trapos, nunca por completo desnuda. Cuando fue a la cama vestía un camisón de su abuela.

¿Estás despierta?

El frío vino con ella, en su piel limpia, en el tejido del camisón, rodó dentro del calor de las mantas, se encajó contra los huesos de Irene.

Sí, dijo.

Aquel núcleo helado. Galina tiritó.

Duérmete ya, niña.

Si tienes frío te puedes pegar a mí, le dijo.

Galina apoyó la cabeza en la almohada. Le tomó la cara como había hecho esa mañana, al conocerla. Tienes sus mismos ojos, dijo, muy bajito, casi inaudible, un susurro mínimo, ahogado por los chasquidos de la leña en el fuego, como el crujir leve de los braseros, el cloqueo sonámbulo de las gallinas. Ya no me acordaba de sus ojos, nunca pienso en él y no tengo fotos. Te le pareces mucho, él era un hombre guapo y tú una niña guapa.

¿Tu padre?

Si hubiera sabido que existías…

¿Habría venido a por mí?

Galina le acarició la mejilla. Duérmete.

La lamia no fue esa noche ni la siguiente ni la siguiente.

***

Se convirtió en su sombra. Hacía sus tareas lo más rápido posible y la buscaba, la encontraba dentro de la casa, calentándose las manos en el fuego, mirando las tablas sueltas del gallinero, paseando por la pradera, entre las vacas. Ella la seguía, el perro la seguía. Casi no se atrevía a dirigirle la palabra. En su abrigo de piel de cíbolo, mirando hacia la alameda y el arroyo. Paseaba por la pradera y miraba entre las bostas de vaca y los barrizales en busca de algo. Huellas, señales, alguna cosa. Se internó en el bosque, Irene no pudo seguirla, y al volver trajo un conejo flaco. Lo comieron estofado. Su madre y su abuela la trataban como a un familiar lejano, alguien conocido a quien se da alojamiento más por sentido de la obligación que por otra cosa. Galina ayudaba un poco en las tareas, entregó a la cocina común las raciones militares que tenía en la mochila, puso trampas en la alameda para traer más conejos y pajarillos. Irene aprendió los rudimentos de la caza, aunque su madre no siempre le permitía ir a la alameda, mucho menos al bosque profundo que había al otro lado del arroyo. Si fuera primavera, si fuera verano. El bosque en invierno es un lugar oscuro y hambriento, aun sin lamia amarilla. Seguía a Galina y la miraba cruzar el arroyo, por un caminito de piedras resbaladizas en el agua, y desaparecer entre los zarzales y las cañas, las copas de los árboles enormes tras la maraña de vegetación ribereña proyectaban sombras alargadas y allí era siempre un día a medias, cielo encapotado de ramas y hojas, la luz tamizada, gris, indecisa en su camino hacia el amanecer o hacia la noche. El perro se quedaba con Irene, pero no porque quisiera, miraba a su dueña y gañía bajito e Irene le acariciaba bajo las mandíbulas, tras la cabeza, y volvían ambos hacia la casa, dando la espalda al bosque y a aquella indeterminación en la penumbra.

Por las noches, al dormir juntas, ella quería preguntarle cosas y Galina chistaba, le ponía un dedo en los labios. Siempre llegaba a la cama más tarde y siempre oponía ese frío exterior al calor de Irene. Escucha, escucha la noche, Irene, escucha la noche y duérmete.

¿Has venido del oeste, Galina?

¿Cómo lo sabes?

Irene se encogió de hombros.

Sí, he venido del oeste.

¿De la guerra?

De la guerra.

Abrió la boca para preguntar otra cosa y Galina se la tapó. Te estoy diciendo que escuches.

Escuchó. Sus respiraciones, el roce de la ropa de cama con sus camisones, la piel de ella contra sus labios, todavía algo helada. Arqueó las cejas. Escucha bien, niña, ¿no la oyes?

Los fuegos, los animales, su madre y su abuela en las otras habitaciones. La casa, sus cimientos de madera y hormigón, asentándose en la tierra. Y ese zumbido, casi por debajo de lo audible. Murmullo de agua, murmullo de colmena. Casi una canción.

¿La escuchas?

Ella asintió.

La lamia conoce todas las nanas y todas las canciones y nunca deja de cantarlas, dijo. Se mete en los sueños de los animales pequeños y de los niños y los domina con su voz, por eso hay que cerrar puertas y ventanas cuando hace frío, por eso hay que mantenerlos alejados de los bosques, sobre todo a la hora del crepúsculo, porque si cae la noche y el frío en el bosque la lamia sale, de un agujero en el suelo, de un árbol hueco, y la lamia siempre tiene hambre, la lamia duerme durante meses, duerme durante años, y siempre tiene hambre.

El murmullo se alejaba. Irene cerró los ojos y fue como si la viera, sus largas extremidades moviéndose deprisa en la pradera, sin dejar de cantar, una canción que nace muy dentro del pecho amarillo y angosto. El mundo calla a su paso. Los ratones aventurados en la escarcha de la noche se detienen y pierden el calor hasta morir. Los pájaros tiemblan en las ramas de los álamos. Las vacas y los terneros babean y escuchan la canción, dispuestos a acudir a la llamada de la boca negra, pero todavía no, todavía no ha llegado el momento, han sido pocos los días de invierno y poca la comida, los dedos de la lamia pellizcan a los ratones de la hierba, a los pájaros de las ramas, se hunden en las aguas del arroyo y sacan una carpa que es todo escamas y espinas, puñados de algas y de cangrejos rojos que chasquean como piedrecitas en sus dientes. La lamia tiene hambre y recorre el frío puesto que el frío constituye sus dominios, luz de lunas y sombra de nubes, e Irene se ha quedado dormida sin darse cuenta, sueña sin saber que sueña, y quiere decirle a Galina que la conoce desde siempre, que la ha visto en sueños, aunque eso no sea cierto del todo. Te he soñado como una columna de soldados que marcha hacia la oscuridad, una infinidad de hombres y mujeres sin rostro pertrechados para la guerra. Te he soñado entrando en las montañas tras las que se esconde el monstruo, entonces, ¿qué haces aquí, Galina? ¿Qué has venido a hacer? ¿Por qué no estás en el oeste?

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