Invierno de lamia: “Tres”

por Francisco Serrano

Tres

Irene iba en el burro y Galina lo llevaba de las riendas, caminando por el centro del camino hacia el pueblo. Era temprano pero el hielo casi había desaparecido de las praderas y los aleros de las casas. Dentro de sus abrigos y en movimiento, bajo el cielo despejado, casi se podía olvidar el frío. Había que caminar un buen rato pero al final se iban haciendo frecuentes las casas a los lados del camino, achaparradas, de tejas negras, iguales a la casa en la que ella vivía, los corrales y las zahúrdas desde las que miraban los animales alucinados por el invierno. Algunos hombres miraban hacia el par de mujeres y reconocían algo en ellas que les hacía escupir a un lado y seguir trabajando sin levantar la mirada. Todas las ancianas hacían el signo del mal de ojo.

En la plaza del pueblo acababan de ajusticiar a un hombre. Colgaba en el cadalso con los pies descalzos, inmóvil, ningún aire que lo meciera. El cuerpo rígido parecía de madera de balsa, las ropas mugrientas como corteza. No mires, le dijo Galina, pero Irene siguió mirando. Los pies del hombre estaban ennegrecidos y eran nudosos y grandes.

¿Por qué?

Por ladrón, imagino, dijo Galina. Quizá hizo algo peor pero en un invierno como este robar comida es más que suficiente para que te cuelguen.

Entraron en el cuartel y dejaron al burro atado en un abrevadero, lejos de los caballos de los oficiales, que parecían peligrosos y mordedores. El oficial de guardia se acercó a ellas y preguntó qué hacían allí.

Vengo a hablar con tu capitán, dijo Galina. Sacó del abrigo una carta lacrada y se pasó al oficial. El hombre miró los abundantes sellos y la marca en el lacre y abrió muchos los ojos. Joder, dijo. Joder.

***

El despacho del capitán estaba adornado con cabezas de ciervo y jabalí. En un extremo ardía el fuego en la chimenea y tras la mesa una estufa de carbón. Era un hombre con enormes patillas blancas y bolsas bajo los ojos. Miraba la carta lacrada en sus dedos y las miraba a ellas. Como si sintiera la tentación de arrojarlo todo al fuego, misiva y emisarias, y olvidarse deprisa del asunto.

No va a llevar a ninguno de mis soldados a ese bosque, dijo el capitán. Se lo digo ya, no me importa lo que ponga en este papel.

Galina estaba sentada frente a él. Asintió. No he venido a por sus hombres, dijo.

Un teniente muy viejo, envuelto en su capote, estaba apoyado en la repisa de la chimenea. Le faltaban casi todos los dientes y no dejaba de pasarse la lengua por las encías. Escupió al fuego. Eso no se puede hacer, dijo. ¿Qué sentido tiene?

Estamos en guerra, dijo Galina sin volverse para mirarlo.

El capitán utilizó un cuchillo como abrecartas y rompió el lacre. Leyó lo que allí había escrito. La guerra está en el oeste, dijo. Muy lejos, tras las montañas.

No tan lejos, dijo Galina. La pradera no es tan inmensa ni las montañas tan infranqueables. Yo he ido y vuelto muchas veces.

El capitán hizo un gesto para que callase. Sus ojos recorrieron la carta varias veces. Es usted cabo, dijo.

Sí, señor.

Mi rango es capitán.

Usted es capitán de la prefectura, yo soy cabo del ejército, dijo Galina. Con todo el respeto, usted no es mi capitán.

El teniente tosió y escupió al la chimenea. El capitán la miró por encima del papel.

¿Cuántos años tiene usted, cabo del ejército? , dijo. Porque igual no tiene usted edad suficiente para hablarle así a nadie, sea su capitán o no.

Galina suspiró. Mire, no necesito a sus oficiales, dijo. Solo quiero que nadie me incordie.

Uno pensaría que alguien que se va a meter en ese bosque necesita toda la ayuda que pueda conseguir.

No es que usted esté dispuesto a dármela, en cualquier caso.

El capitán no respondió a eso.

Esto ya ha pasado, dijo el teniente. Aquel hombre y aquella niña que vinieron. Un invierno malo que se volvió peor. ¿Cuándo fue? ¿Cuándo fue eso? Usted todavía no había llegado, capitán. Se lo advertimos. Les dijimos que a la lamia se la deja en paz. No hicieron caso.

Galina se volvió en esta ocasión hacia el hombre. El teniente se cubría con el capote como si el fuego de la chimenea no le diera ningún calor. Sus ojos estaban nublados por cataratas, blancos, lechosos.

***

Irene montó en el burro y salieron del cuartel. Los oficiales las miraron tras el velo de humo de sus cigarrillos y sus alientos, los ceños fruncidos, desconfiados.

Se lo huelen, dijo Galina. Están cagados de miedo. ¿Para qué quiero yo cobardes en el bosque? Se los comería como pajaritos y se haría más grande y más fuerte y más difícil de matar. Se trata de atraparla ahora, que es pequeña y está flaca. Yo puedo hacerlo, lo he hecho muchas veces.

¿Has matado muchas lamias?

Bueno, lamias no, dijo. Pero he matado muchos monstruos en la guerra.

En la plaza del pueblo había un hombre contemplando al ahorcado. A Irene le pareció un montañés, barbudo, ropa de cuero oscuro, un cuchillo en la cintura y un zurrón cruzado en bandolera. El hombre se volvió para mirarlas a ellas. A su espalda el viento balanceó el cadáver y la soga chirrió en la madera.

Siguieron avanzando sin prestarle atención.

¿Quién te enseñó a matar monstruos? ¿Tu padre?

Nuestro padre, sí. Es lo que hacíamos antes de la guerra. Viajábamos por todas partes y expurgábamos los bosques de monstruos y criaturas. Luego nos contrataron en el ejército, algo que llamaban agentes de retaguardia. No les gustaba tener un frente abierto en el oeste y dejar, yo qué sé, cavernas llenas de duentes y vampiros detrás.

¿Existen los duendes?

Existe cada cosa, niña, dijo Galina. Cuando padre murió me alisté como soldado porque no sabía qué hacer.

¿De qué murió?

De fiebres. La primera vez que estuvimos aquí… No estábamos preparados, llegamos demasiado tarde. Era fuerte y lista y le hizo mucho daño a padre. Esas heridas nunca se curaron. Se ponían peor los días de frío. Le subían la temperatura y supuraban. Sobrevivió muchos años, pero al final lo mataron.

¿Fue cuando conoció a mi madre?

Sí. Ella nos acogió mientras se reponía.

¿Y se enamoraron?

Galina carraspeó. No sé lo que pasó entre ellos, dijo. Tampoco sabíamos que tú existías.

Y ahora te han encargado que vuelvas a cazar a la lamia.

Más o menos, dijo Galina. Pero no voy a cazarla.

¿No?

Estoy aquí para matar a ese bicho asqueroso que mató a nuestro padre, dijo Galina, poner su cabeza en una pica y llevármela al oeste para mostrársela al ejército enemigo.

Ajá, dijo Irene y acarició las crines del burrito. Yo si quieres te ayudo.

***

Irene creía conocer su casa. No era pequeña pero tampoco tenía muchas estancias. Galina le descubrió el sótano. Levantó unos tablones del cuarto principal y retiró la tierra con las manos para mostrarle una trampilla metálica y una cadena oxidada. Galina agarró la cadena y levantó la trampilla. El hueco era estrecho. Irene miró dentro y solo distinguió unos tablones clavados en la pared a modo de escalera. Galina entró en el hueco.

¿Puedes ver?

Apenas, dijo Galina. Toma, coge esto.

Le pasó un fardo desde la oscuridad, un hatillo de pieles en cuyo interior había algo duro y anguloso. Irene lo dejó a un lado.

Toma, otro.

Irene fue colocando los fardos hasta formar un montón. Un sonido amortiguado de metal y engranajes, todo envuelto en pieles. Galina salió cubierta de polvo y cerró de nuevo la trampilla y colocó los tablones. Cortó con un cuchillo las cuerdas del fardo y abrió las pieles. Dentro había un cepo para osos desmontado, envuelto en otra capa de papel encerado. El acero relucía, sin óxido, con una pátina lejanísima de aceite y grasa de más de una década.

¿Ves?, dijo Galina. Siempre pensamos en volver.

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