Invierno de lamia: “Cuatro”

por Francisco Serrano

Cuatro

Los cepos eran de muy diverso tipo. Había cepos para osos y cepos loberos y además cepos que no eran más que dos tiras en espiral de metal flexible muy afilado recogidas por un muelle, un cepo cilíndrico y articulado en cuyo interior un resorte liberaba cuchillas, cepos dentro de cepos, pequeños y grandes. Galina los desmontó todos e hizo una hoguera fuera de la casa. Sacaron el caldero más grande e hirvieron cada pieza, cada mecanismo, en un agua llena de plantas aromáticas, grasa, huesos de liebre, glándulas de alimaña y bosta de burro. Después colocó las piezas de manera ordenada dentro de las pieles, cuyo interior había frotado con un ungüento pestilente que llevaba en la mochila. Ahora hay que dejarlas dormir, dijo.

Irene se puso unos guantes de piel de conejo para manipular los fardos. No pueden oler a nada humano, decía Galina. Padre, cuando no tenía guantes, se llenaba las manos de vísceras podridas y heces para poner los cepos. Si ya es difícil engañar al olfato de un lobo, imagina a una dríada.

No sabía que se le podían poner cepos a algo así, dijo Irene.

Desde luego no funcionan como con una alimaña, pero funcionan.

Su abuela estaba sentada en la puerta de la casa, observando lo que hacían, el perro tendido a su lado. Cuando Irene la miró la mujer negó con la cabeza, pero no hizo el gesto del mal de ojo.

***

El montañés pasó el resto de la mañana cerca del cuartel, charlando con los oficiales que iban y venían. Más tarde se sentó a comer un poco de cecina y queso en la plaza, desierta a excepción del ahorcado. El mercado estaba cerrado, porque nadie tenía nada que vender, el edificio del ayuntamiento vacío. Solo había algo de actividad en la posta y él se sentaba todos los días a comer allí a la misma hora para ver llegar los carromatos del oeste. Por fin llegó un carromato cubierto por un toldo lleno de parches y remiendos. Un hombre alto y delgado fue la única persona que bajó mientras el conductor desenganchaba los caballos agotados y le traían los de refresco. El hombre alto lo miró desde lejos y echó a andar hacia él. Vestía un abrigo negro y sus botas repicaban en las losas de la plaza, un sonido seco, hueco, que al montañés le desagradó. Se encontraron a la altura del ahorcado.

No tenemos mucho tiempo, dijo el hombre alto. ¿Ha empezado ya?

El montañés se rascó la barba. Hace un mes que estoy por aquí, dijo, la mayor parte del tiempo en el bosque. Ha tardado en despertar, pese al frío.

Entendemos, dijo el hombre alto. ¿Y la otra parte?

También está aquí. Una muchacha que viene del oeste, una soldado.

El hombre alto asintió y sacó del interior de su abrigo un cuaderno y un lápiz casi consumido. Queremos saber su nombre, dijo.

Galina, me han dicho los oficiales.

Galina, Galina, Galina, dijo el hombre alto, anotando el nombre en el cuaderno. Estaba forrado de cuero, una piel oscura y mate que el montañés no supo reconocer. No la conocemos, pero la recordaremos. Galina, Galina, Galina.

Así se llama, sí. Se queda con una familia del lugar, que vive casi en el bosque.

Sus nombres, queremos los nombres.

El montañés fue recitando lo que había descubierto hablando con los oficiales y con la gente en la taberna, mientras les vendía pajaritos y conejos que cazaba en la pradera y el bosque, como un cazador nómada más, solo de paso, detenido hasta que pase el frío.

Queremos saber si ya has empezado. Si sabes ya de qué hilos has de tirar.

A eso me he dedicado.

Dinos los nombres, dijo el hombre alto. Queremos saber los nombres.

El montañés dijo los nombres y el hombre alto los anotó en su cuaderno.

¿Niños?

Sí.

Son buenos para ella. Nos gusta ella. No queremos que le pase nada.

¿Cree que esa muchacha puede hacerle daño?

El hombre alto puso los ojos en blanco. Por supuesto que no, dijo. Pero no se trata de eso. Se trata de acelerar las cosas. De complicarlo. De crear todo el dolor y la desesperación posible.

¿Va a quedarse?

Lamentablemente no tenemos parte en esta historia, dijo el hombre alto. Se volvió hacia el ahorcado con una expresión melancólica en el rostro. Asuntos más urgentes nos reclaman en el este, dijo. Asuntos de guerra. Venenos han de ser administrados, traidores han de ser interrogados, mentiras han de ser susurradas. Nuestro trabajo es mucho más aburrido que el suyo.

El hombre alto extendió la mano, los dedos estirados como si quisiera atrapar algo invisible en el aire. Tenía anillos negros en las falanges y tocó con suavidad el pie rígido del muerto. Oh, dijo.

El cadáver se animó. La garganta del hombre muerto luchó por tragar aire y las extremidades congeladas se sacudieron. La lengua, que se había retraído desde el día de la ejecución, volvió a asomar entre los labios como una babosa negra y verde, reseca. El montañés dio un paso atrás. El hombre alto contempló al ahorcado y sonrió.

El carromato ya estaba preparado y el conductor lo llevó hasta ellos. El montañés vio entonces que bajo el toldo había otros tres pasajeros, lívidos, inmóviles. El hombre alto subió al carromato y los ojos de sus acompañantes giraron con espanto en sus órbitas. Manténgase en los márgenes mientras pueda, dijo el hombre alto. De momento solo queremos que le dé un empujoncito a la maquinaria, pero si medidas más extremas son necesarias no dude en tomarlas.

Así lo haré.

El carromato se alejó por el camino del este. El montañés miró la horca hasta que el muerto volvió a estar muerto, dos veces ahorcado. Me pregunto qué mote te pondrán en el infierno, pensó. Volvió a mirar hacia el camino del este, el carromato estaba lejos y no levantaba ningún polvo en el barro helado, y dijo: Putos nigromantes.

Y después tuvo miedo de que el hombre alto lo pudiera haber escuchado.

***

Irene se irguió en la cama. Lo hizo muy despacio, tanto que no despertó a Galina, y se quedó muy quieta. Tenía los ojos abiertos y la mandíbula floja y al cabo de unos minutos le comenzó a gotear saliva por el mentón. Galina despertó por el frío e intentó cubrirse con la manta hasta que se dio cuenta de lo que le pasaba a Irene.

Niña, ¿estás bien?

Estoy soñando que me como un pájaro, dijo con voz átona. Voy por las ramas de los árboles y me como un pájaro dormido.

¿Qué?

Soy pequeña y voy por las ramas de los árboles y me como un pájaro que está dormido y el pájaro está caliente y lo noto dentro de mí porque yo estoy fría, muy fría. Pero soy pequeña y me muevo por los troncos de los árboles y bajo a la tierra y me como un ratón que está dormido y está caliente y yo estoy fría y lo noto dentro de mí pero soy pequeña y me muevo por el barro duro y llego al río y me como una trucha dormida y blanca pero soy pequeña y estoy fría, estoy muy fría, muy fría, y me muevo por las cañas y me muevo por la pradera y veo las casas y me muevo por los tejados y veo un ternero dormido, dormido porque le canto, pero no me lo como aunque estoy fría, estoy muy fría, porque soy pequeña y vuelvo por la pradera y por las cañas y por el barro y por los troncos y por las ramas de los árboles y me como un pájaro que está dormido y sigo cantando para que todo duerma y me muevo y estoy fría y es un sueño muy raro porque me sabe la boca a sangre.

Galina le limpió la saliva de la cara con la sábana e hizo que se tumbase en el colchón.

¿Estás soñando ahora?

No sé.

¿Estás despierta?

No sé.

¿Has soñado algo más?

He soñado que venía a verte pero las ventanas estaban cerradas.

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