Invierno de lamia: “Cinco”

por Francisco Serrano

Cinco

Los oficiales llegaron por la mañana y dijeron que había desaparecido un niño. El hijo de los pescadores, dijo el oficial del bigote, el que estaba enfermo.

Su madre negó con la cabeza. Galina estaba montando los cepos con los guantes de piel de conejo, sentada junto al fuego del caldero. Los oficiales la miraron desde los caballos. Les recomendaron abandonar la casa, ir al pueblo. En la casa comunal estaban acogiendo a la gente que no quería quedarse en las praderas o las inmediaciones del bosque.

¿Ha ido mucha gente?

Alguna.

Su madre miró de soslayo a Galina. Ella siguió montando los cepos, colocó un tronco en la hoguera con la punta de la bota.

No, gracias, dijo su madre.

El oficial sacudió la cabeza. No le quitaba los ojos de encima a Galina. Hay cosas que es mejor dejarlas estar, dijo. Hay cosas que solo empeoran si uno las incordia.

Galina dejó un cepo montado a un lado y comenzó a montar otro.

Tengan cuidado, dijo el oficial.

Lo tenemos, dijo su madre.

***

Es muy extraño, dijo Galina, muy extraño.

¿Por qué?, dijo Irene.

Demasiado pronto.

¿Se lo ha llevado la lamia?

Eso parece, ¿no? Eso parece.

Galina estaba caminando en círculos alrededor de la hoguera. Los cepos estaban preparados ya, cada pieza engrasada y aromatizada con engrudos pestilentes, listos para colocarlos.

¿Sabes dónde vivía ese niño?

Sí.

¿Me puedes llevar? No se lo diremos a tu madre.

Partieron a las dos a pie y siguieron la ribera arroyo arriba, seguidas por el perro. La casa de los pescadores estaba a más de una hora de camino, cuando llegaron la encontraron vacía. Era una estructura de madera levantada sobre pilares de piedra en una zona en la que el arroyo se filtraba en la tierra y se remansaba formando charcas y lagunas, llenas de ranas y cangrejos. Galina caminó trazando espirales cada vez más estrechas alrededor de la casa, entre los juntos y los carrizos. La tierra era blanda y conservaba las huellas. Ha pasado mucha gente por aquí, dijo. Caballos herrados, botas de oficiales. Mierda.

¿La lamia deja huellas?, dijo Irene.

No busco huellas de lamia.

De vez en cuando se quedaba mirando al perro, que olisqueaba los juncos tronchados y los regaba con unas gotas de orina. Está muy tranquilo, dijo Galina.

Examinó las paredes de la casa, las ventanas, miró cada tablón y cada tronco, los pilares de piedra, olisqueó hendiduras y recovecos.

¿Se lo llevó por la ventana? ¿Dijeron algo los oficiales? ¿Escuchaste algo más?

No dijeron mucho más, lo que oímos las dos.

No hay nadie en casa, dijo Galina. Subió al porche y empujó la puerta. Silencio dentro. Irene y el perro siguieron a Galina al interior. Una casa no muy diferente de la suya, pocas estancias, una chimenea con leña medio quemada y ceniza fría. Las mismas ristras de pimentos secos, las mismas ollas abolladas pero limpias. Galina aspiraba el aire, venteaba como un perro.

¿A qué huele una lamia?, dijo Irene.

No lo sé.

¿No llegaste a olerla?

Sí la olí, pero no lo sé.

La habitación de las camas pequeñas. Una deshecha, mantas por el suelo, otra un camastro desnudo.

¿Dormía solo?

Tenía un hermano, pero se murió hace tiempo.

Entiendo.

Se mueren muchos niños por aquí. Mi abuela dice que creían que yo me iba a morir también.

¿Ah, sí?

Pero cuando era pequeña, dijo Irene y las palabras la dejaron muda un instante, parpadeando en la penumbra de la casa, como si estuviera a punto de recordar algo.

Galina le puso una mano en el hombro.

¿Habías estado aquí antes? Dentro de la casa.

No.

¿Seguro?

Solo he pasado por delante, creo.

¿Esto no te recuerda a nada?

¿A qué me va a recordar?

A un sueño, por ejemplo.

No, no me recuerda a nada. Nunca he estado aquí.

¿Recuerdas lo que soñaste anoche?

Irene negó con la cabeza.

¿No? ¿Nada de nada?

Bueno, un poco.

¿Qué recuerdas?

Estaba fuera, en el campo, y tenía hambre y tenía frío.

Se llevó una mano a la boca y comenzó a mordisquearse los dedos. Galina se la retiró con cuidado y se arrodilló a su lado. ¿Qué más recuerdas?, dijo.

Tenía mucha hambre y… Comía. Solo comía.

¿No soñaste con un niño?

No.

¿No soñaste con esta casa?

No.

Bien.

¿Por qué iba a soñar con esta casa?

Galina le acarició el pelo. No te preocupes, dijo, pero voy a necesitar que me cuentes todos tus sueños.

¿Por qué sueño esas cosas?

Supongo que todo puede heredarse, dijo, hasta la fiebre y el frío.

***

Unos hombres llegaron a la casa al atardecer en un carro tirado por mulas. Su madre y su abuela estaban fuera e Irene las miró para ver si hacían algún chiste sobre los viuditos, pero estaban muy serias.

¿Dónde está Galina?, dijo su madre.

Estaba detrás de la casa, dijo su abuela, trasteando con sus cosas.

¿Quieres que vaya a buscarla?, dijo Irene.

No, tú estate quieta aquí.

Los hombres detuvieron el carro. Eran tres y aunque el viaje por el camino era frío tenían los rostros colorados. Bajaron y patearon el suelo y las miraron de lado.

Danira, dijo uno de ellos.

Ella no respondió. Se ajustó la chaqueta de punto que llevaba.

Venimos a hablar con la muchacha.

La muchacha no está, dijo su madre. Puedes irte por donde has venido.

El hombre carraspeó. No, mira, no, dijo. ¿Dónde está?

Donde esté no es asunto tuyo, te acabo de decir. Si quieres decirle algo me lo dices a mí y ya se lo diré yo a ella si me parece.

Uno de los otros hombres se rascó la barba. Estará dentro de la casa, dijo. Solo queremos preguntarle si sabe algo del niño.

¿Qué va a saber ella?

El hombre se encogió de hombros. Es la que anda todo el día por el bosque, dijo.

Queremos llevarla al pueblo, dijo el primer hombre, para que hable con los padres del pobre niño. Para que les explique qué anda haciendo con la lamia.

De mi casa no te vas a llevar a nadie.

¿Entonces está en la casa?, dijo el tercer hombre. Echó a andar y su abuela se puso delante. Irene se agarró a sus faldas y gritó. Apártese, señora, dijo el hombre poniéndole una mano en el hombro.

Danira, dijo el primer hombre, no hagas esto más difícil porque…

Galina salió de detrás del gallinero. Eh, dijo, eh, ¿qué pasa?

Todos la miraron a la vez. Galina encaró el trabuco con la mecha encendida y disparó sin dejar de avanzar sobre el hombre que estaba más apartado de las mujeres. El estallido hizo que las gallinas intentaran echar a volar contra las cañas del gallinero. El hombre se tiró al suelo con las manos en la cara y la camisa desgarrada. Galina hizo girar el trabuco en el aire, sujetó el cañón caliente con las manos enguantadas en piel de conejo y barrió con la culata a modo de maza la pierna del siguiente hombre. Irene escuchó el crujido de la rodilla, un sonido húmedo, de ligamentos y huesos y el hombre también cayó al suelo. El tercer hombre soltó a su abuela, tropezó con los caídos y rodó de espaldas. Galina lo siguió y le dio primero una patada entre las piernas, mientras se alejaba a cuatro patas, y después tres culatazos rápidos y precisos en los riñones. El hombre vomitó en la hierba, el rostro congestionado y los ojos llenos de lágrimas.

Os he preguntado que qué pasa, dijo Galina. El hombre que había recibido el trabucazo se estaba retorciendo en el suelo, sin quitarse las manos de la cara. Galina se las apartó y echó un vistazo. Solo es sal, tranquilo, le dijo. Solo te va a doler muchísimo.

Dejó que los hombres se arrastraran hacia el carro. Las mulas se habían espantado y alejado un poco por la pradera. Danira, ¿conoces a estos hombres?

Sí, dijo ella.

¿Habéis oído? Os conocemos, la próxima vez a lo mejor soy yo la que visita vuestra casa, le dijo Galina. Los hombres subieron de cualquier manera al carro, uno sujetó las riendas y les dedicó una mirada aterrada, la pechera y la barba llena de vómito. El pestazo a vino llegaba hasta la casa. Irene le leyó los labios, algo que dijo muy bajito, casi para sí mismo: Brujas.

A lo mejor no querían hacer daño a nadie, dijo su madre.

A lo mejor, dijo Galina.

Su madre lo pensó un momento. No, dijo. Más se merecían.

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