Invierno de Lamia: “Seis”

por Francisco Serrano

Seis

Cuando los oficiales llegaron su madre les hizo pasar dentro de la casa. El oficial del bigote se quedó plantado en el centro de la estancia, mirando hacia el fuego, e hizo chasquear los nudillos, pensando.

¿Dónde está la muchacha?, dijo.

¿Has venido a por ella?

No, solo quiero saber dónde está.

Se fue al bosque ayer.

El oficial asintió. Mejor, dijo. No sé si mejor para ella, pero mejor para vosotras.

¿Sabes lo que pasó?

El tabernero mandó a su hija para avisarme de que unos trabajadores de las turbas borrachos habían estado hablando de venir a por la muchacha y darle una lección y que habían salido en carro del pueblo, dijo. Los encontré a medio camino, cuando volvían. Mira, tengo que reconocer que era lo último que me esperaba. Yo ya venía con la idea de tener que descolgar a la muchacha de un árbol.

Sonrió. No querían contarme qué había pasado, dijo.

El otro oficial dijo: Pero nos lo contaron, aunque tuvimos que insistir un poco.

Luego querían que fuera a detener a la muchacha por atacarlos, dijo el oficial del bigote. Les expliqué con mucho cuidado que si vas a la casa de alguien a intentar llevarte a una persona a la fuerza mereces todo lo que te pase. Así que ahora están en el calabozo y mucho menos guapos que cuando los encontramos. No creo que a nadie se le vaya a ocurrir la misma idea, por lo menos de momento, pero vamos a pasarnos por aquí un par de veces al día, no solo por las mañanas, si le parece a usted bien.

Su madre asintió. ¿Qué ha pasado con el niño de los pescadores?, dijo.

Nadie sabe nada, dijo el oficial. Hemos rastreado el bosque, hemos detenido a un par de buhoneros de los alrededores, pero no sabemos nada…

Dejó la frase en el aire, como si supiera de sobra lo que había pasado y lo que cabía esperar.

 

***

 

Durmió en el interior de un árbol hueco, envuelta en piel de cíbolo, el rostro cubierto por un pasamontañas. Vio los troncos negros volverse blancos por el frío hasta relumbrar en la oscuridad, el pulso del mundo detenerse, todo inmóvil en la noche, ni un pájaro en movimiento, ni rata ni jineta en el lecho de hojas, los gusanos petrificados bajo la tierra, solo luz de luna y sombra. He aquí tu palacio, he aquí tus dominios. Al amanecer se arrastró fuera del árbol, la mochila a la espalda, el fardo al costado y colocó con los dedos enguantados un cepo en el sitio en el que había dormido, cubierto por cortezas y hojas. Olerá tanto a mí que quizá no huelas el acero. El bosque goteaba la escarcha nocturna. En unos días el invierno sería pleno y no habría diferencia para el hielo entre el día y la noche, solo esa capa gris o blanca como una segunda piel aterciopelada. Todavía eres pequeña, pequeña como un pato, pequeña como un meloncillo, aunque tu hambre sea inmensa. Trepó a los árboles y colocó cepos que olían a pluma y savia debajo de nidos congelados. Se introdujo dentro de madrigueras y dejó dentro cepos que olían a pelo y sangre. Entre las algas del arroyo puso cepos cilíndricos y en los zarzales ató hilos de acero a la manera intrincada de las arañas. Comió a media mañana sentada entre los cañaverales, tiras de carne seca que ablandaba en la boca con agua del arroyo. No hizo fuego. Sentía el cuerpo fundido en la envoltura de pieles, dedos de conejo, lomo de cíbolo, pies de caballo, rostro de lobo. El aire frío se le subía a la cabeza, le despejaba los ojos, iluminaba la penumbra constante, una claridad azul que no existía fuera de los lugares habitados por monstruos. Y supo, de repente, que había otra cosa en el bosque y no era lo que ella buscaba.
No fue hasta el atardecer, cuando ya había colocado todos los cepos, que encontró la casa, casi en las estribaciones de los montes y sierras del oeste. En parte cueva en un afloramiento rocoso, en parte cabaña de cazadores. Hedía a sangre y a personas. Un corral vacío, leña apilada, clavos oxidados asomando de los tablones del porche. No desenfundó el cuchillo ni tomó precauciones porque la historia que leía en los rastros, en el aire, ya era vieja. Dentro había tres personas muertas, abiertas en canal, desmembradas. Todo estaba revuelto y la estufa de hierro fría. Caminó entre los muertos rígidos, posando con cuidado cada pie lejos de los charcos de sangre negra. Las paredes eran de piedra y madera. Baúles volcados, ropa de adultos y niños, mantas y pieles raídas. Unas bragas. Examinó los cuerpos, un hombre, una mujer, un adolescente, desfigurados, mordidos, magullados. Una habitación con dos camas muy juntas, otra con dos camastros separados. Cuatro camas, tres cadáveres. Olisqueó los camastros, movió las pieles bastas, encontró un largo pelo castaño. La mujer muerta tenía el pelo negro. Notaba un olor característico en el aire, familiar, entreverado en los aromas del hacinamiento y la lenta putrefacción del invierno. La estufa tenía babas de escarcha y ceniza en la rejilla, la habían apagado con agua. Revolvió los trozos de carbón hasta encontrar un saquito de tela chamuscado. Dentro había plasta apelmazada y grasienta de color negro. Lo apartó de su rostro con un gesto de asco y guardó el saquito en un bolsillo. El tubo de la estufa subía hasta el techo. Trepó por el afloramiento rocoso, lleno de arbustos y maleza donde el viento había acumulado tierra durante siglos, hasta encontrar la salida del tubo. Ramas dobladas, hierba aplastada, pero solo en el descenso. Alguien muy cuidadoso que sabía no dejar rastros. Había subido despacio, había bajado deprisa. Se sentó en una roca y contempló el bosque desde arriba. Estuvo mucho tiempo allí sentada, esperando que algo sucediera. Pasó otra noche en el bosque y al amanecer volvió hacia la pradera.

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