Invierno de Lamia: Siete

por Francisco Serrano

Galina volvió del bosque empapada y pálida, las pieles de cíbolo llenas de cristales de hielo en formación, el rostro quemado por el frío allí donde el pasamontañas lo dejaba descubierto. Se sentó junto al fuego y cuando Irene le preguntó por lo que había hecho en el bosque no quiso hablar. Señaló la estantería de los libros. ¿Qué tienes ahí?, dijo.

Son las historias.

Enséñamelas.

Irene cogió una pila de libros y se la llevó. Mi abuela era maestra en la escuela, le dijo. No en la que hay ahora, en una que hubo antes. Antes de la guerra, cuando era muy joven.

El padre de nuestro padre fue soldado en esa guerra, dijo Galina. La guerra del imperio, lo llaman.

Porque antes de la prefectura había un imperio, dijo Irene.

Algo así, sí.

Estas historias son de romance y estas historias son de aventuras, dijo Irene, tocando con los dedos las portadas adornadas, los oros y los esmeraldas y granates desvaídos por el tiempo y las manos. Este libro gordo no es de historia, es de dibujos. Mira, tiene dibujos de todos los animales del mundo, incluso algunos que ya no existen. Leones, jirafas. Pero también tiene animales normales, como los cíbolos o los ciérvoles.

Irene le mostró la ilustración de una manada de cíbolos pastando en las praderas, las cabezas pesadas, el pelaje duro y largo.

¿Sabes leer?, dijo Irene.

Un poco, dijo Galina.

Aquí dice que también se llaman bisontes, pero que en realidad los bisontes son un animal antiguo que desapareció.

Desaparecieron muchos animales con el viejo mundo, dijo Galina. Y aparecieron otros nuevos.

Irene asintió. Estos me dan miedo, dijo. Los cinos.

La ilustración mostraba a una criatura del tamaño de un niño subida a la rama de un árbol, rostro de perro, pulgares oponibles, vestida con unos harapos a modo de chaleco.

A estos los he visto, dijo Galina. Los del norte son blancos y tienen el pelo espeso. Los del este con más pequeños y tienen el lomo cubierto de cerdas afiladas, como un puercoespín. Se les puede amaestrar y hablan como los loros. Los utilizan en la guerra. No me gustan nada.

¿Quién los usa en la guerra?

Los otros, dijo Galina. Los otros.

Siguieron pasando páginas, vieron ilustraciones de guerreros del sur cabalgando cebras, lagartos brillantes y serpientes emplumadas de junglas remotas, salamandras de montaña grandes como una persona y color rubí y obsidiana.

Te pagan buen dinero por las salamandras, dijo Galina, pero cada vez es más difícil encontrarlas. Hay que subir muy arriba en las montañas y es peligroso. No tienen dientes, pero si te muerden te puedes dar por muerta. Te arrastran al fondo del lago o del arroyo y luego te tragan entera.

¿De verdad?

Sí.

¿Tú has cazado muchas?

Un par. Ya te digo que son difíciles de encontrar.

¿Son malas?

No más que un cíbolo en estampida, pero los científicos pueden hacer muchas cosas con sus glándulas y con su piel.

Ah.

Galina se quedó callada. Cerró el libro y lo puso en la pila con los demás. Irene, dijo. Tienes que tener cuidado.

¿Con qué?

Con el bosque.

¿Por la lamia?

Sí, pero no solo con la lamia. Está pasando algo extraño, algo que no me esperaba.

Metió la mano en el bolsillo y sacó un saquito chamuscado. A Irene le llegó un olor grasiento, fuerte. ¿Qué es eso?

Galina le enseñó el contenido. Es hierba negra o hierba del diablo, dijo. Crece en el oeste y produce sueño, pesadillas y alucinaciones. Aquí está en forma de pasta. ¿La hueles?

Sí, huele mal.

Si alguna vez la casa huele a esto, si hay humo cargado de este olor, tienes que ponerte a gritar y despertar a todo el mundo.

¿Por qué?

Porque si respiras este humo mucho tiempo te quedas dormido y no hay quien te levante. Y cualquiera podría meterse en casa y llevarse lo que quisiera. Antes de volver del bosque fui a la casa de los pescadores. Sigue abandonada. Me colé bajo los tablones de la casa y encontré un montón de ceniza entre los postes. Alguien había quemado allí hierba negra para dormir a los habitantes de la casa, ¿entiendes?

¿La lamia?

La lamia no quema hierba negra, no le hace falta. Ella conoce las canciones que duermen. Pero alguien que quiere hacerse pasar por la lamia…

¿Dónde has encontrado ese saquito?

En una casa del bosque, dentro de una estufa. Alguien se subió al tubo de la chimenea, dejó caer un saquito en las brasas y lo tapó para que la casa se llenara de humo. Pero quizá quemó demasiado y les produjo alucinaciones e histeria o quizá había alguien despierto, el caso es que apagaron la estufa con un cubo de agua. Y quien sea que sea que estaba arriba bajó y los mató.

¿Para qué?

Para llevarse a una niña. Es una cabaña perdida en el bosque, así que no se tomó tantas molestias y dejó los cuerpos allí, de cualquier manera…

¿Qué les hizo?

No quieras saberlo, dijo Galina. Pero está claro que no es una persona normal. Volveré al bosque mañana y lo buscaré. Tiene que ser un agente de los monstruos y he de pararlo antes de que cause más daño. Solo después podré ocuparme de la lamia. ¿Has vuelto a tener sueños?

Algunos.

¿Cómo eran?

No los recuerdo bien. Muy fríos.

Tienes que prestarle mucha atención a tus sueños.

Ahora son diferentes. Antes pasaban otras cosas, soñaba más lejos… No sé qué he querido decir con eso.

Es porque eres como una antenita de radio. Antes podías recibir muchas señales, ahora solo recibes la de la lamia… ¿Sabes qué es una radio, no?

Sí. ¿Pero por qué tengo estos sueños?

En mi opinión, porque fuiste engendrada bajo las fiebres de la lamia, dijo Galina. Algo de lo que ella es quedó en nuestro padre para siempre y te lo pasó también a ti. Cuando padre murió vio cómo se escurría de él. Como una sombra azul. Le brotaba de las cicatrices viejas. Algo que subió al cielo y se desvaneció.

¿Yo también tengo eso dentro?

Galina le tocó la cabeza. No te preocupes por eso, tú estás bien, le dijo.

Irene titubeó. Galina, dijo.

¿Qué?

¿Qué es un puercopespín?

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