Invierno de Lamia: Ocho

Soñó que estaba en el bosque y se movía por las ramas de los árboles. Veía sus extremidades negras y amarillas moverse entre las hojas oscuras y si se quedaba quieta era como una rama más. Comía pájaros pero los pájaros se perdían en su hambre como en una caverna infinita, comía murciélagos y comía ratones y comía búhos y los sentía caer al interior de un pozo muy profundo, un eco apenas, una brizna de tibieza en su corazón. Bajó de los árboles y caminó por el suelo y metió los dedos en una madriguera y sacó por la cola una rata enorme y gris y la tragó y no sintió apenas su calor. Al pie de un árbol caído encontró un zorro que agonizaba atrapado en un cepo. Se movió a su alrededor, con cuidado, subiendo y bajando de las ramas, avanzando un suspiro cada vez, el zorro desorbitaba los ojos y enseñaba la lengua llena de espuma y le cantó para dormirlo y le tomó por la cola y tiró de él pero no se movía. Tiró más fuerte y el animal gimió en sueños. Se acercó un poco, se acercó un poco más, el olor de la sangre y de la piel y del calor lo llenaba todo, el olor del cepo pequeño no le gustaba, un olor afilado, un olor lleno de aristas, pero el olor del zorro todavía era bueno, todavía latía el corazón, todavía era un olor cálido, aunque no por mucho tiempo. Se acercó más, tocó el cepo para soltar la pata del animal y saltó el otro cepo que estaba escondido bajo la tierra, mucho más grande, y que olía a animal de las praderas y madera podrida y giró sobre sí misma, el zorro se partió por la mitad, el cepo pequeño acabó colgando de su cadena en unos arbustos, y giraba y giraba y la cadena del cepo grande se le enredaba y subió hasta lo más alto de los árboles y escuchó el crujido de la cadena al arrancar el ancla del suelo y allí, en la copa de un álamo, se lamió el brazo y lamió el acero y lo recorrió con la lengua, tocando, pulsando, los muelles, los resortes, los engranajes, aflojó los tornillos de manera meticulosa, pellizcó con sus largos dedos las mandíbulas de acero hasta separarlas y arrojó el cepo al bosque. Estuvo muy quieta, lamiéndose el brazo, contemplando el bosque desde lo alto y escuchó a los perros ladrar, los perros de las praderas, y se encaminó hacia el más cercano. Se movía muy deprisa por el suelo llano, tanto como por las ramas, trote de araña, y llegó a la casa del perro ladrador, un mastín enorme atado a la puerta del gallinero. El perro la sentía, la sentía desde muy lejos, así que cantó la canción correspondiente y el perro dejó de ladrar y cabeceó y dio un par de vueltas sobre sí mismo y se quedó dormido. Lo tomó en sus manos, en los que apenas cabía, y rompió la cuerda, y lo sopesó un instante, tan grande, tan caliente, tan vivo, ella, que solo comía pajaritos y ratoncitos porque era pequeña, muy pequeña, abrió la boca, la abrió tanto y era tan oscura que absorbía incluso la luz de luna y estrellas, y tragó al perro y notó su calor, por fin calor auténtico, entrar en ella y extenderse por su frío, a lo largo del vientre y el lomo, por las extremidades interminables y gélidas, calor, algo de calor, e Irene, en su cama, abrió los ojos.

 

***

 

Irene salió de la cama, agarrándose el estómago. La boca le sabía a pelo de perro y sangre. Caminó doblada sobre sí misma por la casa llena de gallinas dormidas y echó un vistazo a la habitación grande, a las camas de su madre y su abuela, también dormidas. El perro de Galina la miró, tumbado junto a los rescoldos de la chimenea. Aguantando las náuseas logró quitar los cerrojos y salir fuera. Cubierta de sudor, temblando bajo el camisón, avanzó unos metros y vomitó en la hierba. Un sabor de bilis, mejor que el sabor del perro. Había notado al perro en su garganta, en la garganta enorme y fuerte, tan fuerte que le había roto los huesos al tragar, el chasquido de las costillas, el estallido del cráneo, el fluir de la sangre hacia el estómago, caliente, deliciosa y repugnante al mismo tiempo. Volvió a vomitar. No dejaba de sudar y temblar en el frío, con los ojos en blanco. Se golpeó la frente con la palma de la mano, al borde de la hipotermia. Todavía la sentía, casi alcance de la mano. Hizo un esfuerzo y volvió a ver por sus ojos. Estaba en el bosque de nuevo, en las ramas de los árboles. Era mucho más grande ahora, pero las ramas no se doblaban bajo su peso. Había una forma, una persona, en un calvero. Ataba algo a un árbol. Supuso que era Galina, que había vuelto al bosque, pero los ojos de la lamia, para los que cada pajarito estaba lleno de detalles y características irrepetibles, las personas solo eran siluetas oscuras, amalgamas de olores impropios, pieles muertas, metales, en su mayoría despreciables. Galina, te está mirando, dijo Irene con la boca pastosa. Galina, la tienes justo encima.

Volvió a la casa y cerró la puerta. Sacó de un baúl su ropa de trabajar en el campo, las botas, los pantalones bastos, el abrigo grueso, y se vistió a la luz de los braseros.

Irene, dijo una voz somnolienta desde la habitación. ¿Qué haces ahí?

Se acercó a la puerta de la habitación. Su madre la miraba desde las mantas. Nada, madre, dijo.

¿Por qué estás vestida?

Afuera ya amanecía. Las gallinas empezaban a cloquear, el perro se estaba estirando junto al fuego. E Irene cantó. La canción le salía de dentro del pecho y no tenía palabras, era como un ronroneo, como un enjambre lejano de abejas. Las gallinas escondieron las cabezas bajo las alas, el perro se tumbó de costado.

¿Irene?

Voy al bosque, madre, dijo, pero volveré.

Su madre cerró los ojos y se quedó dormida.