Francisco Serrano

Monstruos y naves espaciales

Categoría: Monstruos y asesinos

Monstruos y asesinos IX

Desperté desnudo, tendido en la cama con dosel de una de las habitaciones superiores del Paláis Sauterelle. El ventanal mostraba la ciudad bajo el cielo rojo del crepúsculo, enmarcado por los helechos que caían por el cristal desde los jardines colgantes. Tenía la herida de la mano casi cerrada y Brigitte se había ido, también la fiebre. Caminé por la habitación, que no era la misma que había compartido con la baronesa, amplia y alfombrada con piezas exquisitas de pelo de camello y seda, y contaba con un hogar apagado y limpio de cenizas, un samovar de plata con remaches de oro blanco y rojo, un escritorio de roble oscurecido y una estantería con al menos veinte volúmenes de vetustas enciclopedias científicas para consulta. La decoración, por lo demás, era discreta, casi austera, pero muy acogedora. Estaba asombrado de encontrarme tan bien, apenas un poco cansado y hambriento. Habían dejado mi ropa en la antecámara de la habitación, limpia y envuelta en papel perfumado. El abrigo había sido remendado de manera discreta y brillaba como ropa nueva, al igual que los pantalones. La camisa y la ropa interior eran nuevas. Habían desincrustado la sangre y la mugre de la empuñadura del cuchillo y afilado la hoja hasta conseguir un filo casi fantasmal, la funda de cuero había sido aceitada y estaba como nueva, oscura y flexible. El estuche, sin embargo, no parecían haberlo tocado, los viales estaban en su lugar y también los utensilios del rito, las agujas, los vidrios, los émbolos. Me vestí y quizá me observaban, todas las habitaciones del palacio estaban dispuestas para ello, porque pronto apareció un criado y me ofreció una cena temprana. Comí en una mesa junto al ventanal, viendo la noche avanzar sobre la ciudad. Ostras en escabeche de perdiz, huevos de dodo en salsa agria y berenjenas asadas rellenas de carne de caballo y alcaparras, todo servido en porcelana fina y cubertería de plata. No dejaba de pensar en V, cosa que casi no me había permitido durante los días anteriores. Teníamos que encontrarnos esa misma noche en el vestíbulo del Hotel Corona. Hacia el final de la cena se presentó el mayordomo de Legba, otro antiguo siervo con las mejillas quemadas. Le pregunté si el señor del palacio podría recibirme pero me dijo que había partido con la baronesa Brigitte para acompañarla en su viaje al norte. Tardaría algunos días en volver. Por supuesto, dijo, el señor ha insistido en que permanezca usted en el Palais Sauterelle hasta su vuelta.

¿Tengo elección o es una orden?

El mayordomo se envaró. Está usted en la casa de Legba, señor del Puente, señor del Paláis Sauterelle, y en esta casa  a ningún invitado, a ningún hombre libre, se le dan órdenes.

Asentí. Tengo que salir, dije. Volveré pronto, espero, con otra amiga del señor del palacio.

Él asintió. Nos conocía y sabía a quién me refería. Probablemente también conocía nuestro crimen. Era complicado precisar si por ello nos despreciaba o simpatizaba.

Afuera comenzaba a hacer frío. Estuve bebiendo té en el samovar de la habitación. Ya era de noche y se encendían luces en la ciudad, por los edificios y las calles, bombillas eléctricas de brillo constante en las negras fachadas de los edificios y titilantes resplandores de faroles de gas o antorchas flanqueando las avenidas, duplicándose en las aguas de los canales. Pero la ciudad era en su esencia oscura y las luces se sostenían en ella como sobre un abismo, como precipitándose desde una altura infinita a una profundidad insondable, estáticas en su vértigo, y punteaban una negrura que era aún más negra en su médula y que se descubría como el auténtico espíritu del mundo.

Apuré el té, me puse el abrigo, guardé en su bolsillo interior el estuche con los viales, colgué el cuchillo de mi cintura y salí de la habitación. El mayordomo me alcanzó antes de que llegara al patio de armas del palacio. Me sugirió llevar una escolta de soldados pero lo rechacé, aunque no vistieran sus vistosas casacas y cascos puntiagudos. Un comisario del Dios Vivo nos buscaba e ir escoltado quizá llamase más la atención que otra cosa. Llegado el momento no confiaba en la protección de un puñado de soldados ante las tretas y poderes de los agentes reales. Bajé en ascensor hasta una puerta de servicio y salí al tráfico todavía cuantioso del puente de Legba. El Hotel Corona no estaba lejos. Recorrí las calles junto a los canales. Algunos barqueros se movían por el agua con sus pértigas, arrastrando sedales y anzuelos para los peces nocturnos en la popa de sus embarcaciones, murmurando plegarias a los Profundos para conseguir una buena pesca.

El Hotel Corona tenía la fachada iluminada con faroles. Era un negocio próspero que, decían, pertenecía a un noble del norte, quizá el mismo esposo de Brigitte. Un edificio de ocho plantas, el primer refugio que encontramos V y yo cuando llegamos a la ciudad. Su vestíbulo era amplio y se convertía, sin paredes, sin nada que dificultase la visión, en el bar del hotel, todo maderas viejas y luces indirectas. Al entrar en el vestíbulo notaba las entrañas contraídas en un puño. Esperaba verla sentada en uno de los largos sofás de cuero frente a la recepción, con su par de trenzas, sus labios apretados, sus ojos grandes y claros. No haría ningún aspaviento al verme, sencillamente se levantaría y se dejaría abrazar y besar y entonces, sólo entonces, notaría un temblor en ella, un ansia, y sería suficiente. Volveríamos a la calle, a la huída, y encontraríamos otras buhardillas, otros hoteles secretos.

Pero V no estaba. Crucé el vestíbulo y llegué al bar. No estaba tampoco en las mesas ni sentada en la barra. Tendría que haberme ido en ese momento, según el plan, mejor seguir separados una noche más que demorarse demasiado entre extraños, todos posibles delatores y chivatos, que memorizasen tu cara, tu gesto ansioso, tus miradas desesperadas hacia la puerta, pero pedí una copa y me senté a beberla en el taburete. Estuve allí largo rato, bebiendo un whisky no del todo venenoso, deseando que V apareciera de un momento a otro.

No fue V la que apareció. El gigante me llamó la atención desde el principio. Afuera había comenzado a nevar. Entró sacudiéndose de aguanieve los zapatos y se quitó el sombrero y lo sacudió para limpiarlo también. Tenía el rostro pálido, la nariz ganchuda. Todo en él era extraño de una manera sutil. El rostro afilado e incongruente con su corpulencia, la expresión vacía del rostro, los ojos casi negros por completo. Volvió a ponerse el sombrero y caminó por el vestíbulo. Andares rígidos, envarado dentro del traje vulgar y la gabardina sucia de barro. Me ponía los pelos de punta. Se detuvo bajo el arco de entrada al bar. Cerró los ojos y aspiró con fuerza por la nariz. Ladeó la cabeza y volvió a aspirar. Hice un gesto al camarero y llenó la copa de nuevo. En cuanto dejó de mirarme vertí un dedo de whisky por la barra y lo esparcí con la mano. Vertí otro poco en el taburete y vacié el resto en mis zapatos. Me dirigí hacia la puerta de los servicios, en dirección contraria al gigante del sombrero. Notaba los pies fríos, empapados de alcohol. Probablemente no estaba ganando más de un minuto. En los servicios había grandes pilas de mármol y grifos de bronce. Las puertas de los reservados eran sólidas y gruesas e iban desde el suelo al techo. Entré en la del fondo, dentro había un banco de madera, pulido por la acción miles de culos, con un agujero en el centro. Eché el cerrojo, cogí el estuche del bolsillo interior de mi abrigo y lo abrí. Me permití un segundo para pensar si valía la pena consumir uno de los viales. El gigante del sombrero no era humano y estaba rastreando a alguien. Las manos me temblaban. Su inhumanidad era algo que iba con él como un aroma. La puerta del servicio se abrió con un chirrido. Me senté al borde del banco, dispuse los instrumentos del rito a mi lado y tomé el lápiz de carboncillo. Dibujé  en la puerta, frente a mí, unos símbolos que sabía de memoria desde niño, símbolos extremadamente elaborados que podía dibujar a ciegas, unos sobre otros, cortándose, superponiéndose, volviéndose indistinguibles. Alguien dio tres fuertes golpes en la puerta del reservado. No dijo nada. Monté el segundo instrumento del rito, introduje el émbolo en el cilindro de vidrio, ajusté la hipodérmica. Los golpes se repitieron. Forcejeé con el abrigo hasta quitármelo, salté el botón del puño de la camisa para poder remangarlo. Un golpe hizo temblar las bisagras de la puerta. Una voz dijo mi nombre al otro lado. Por favor, dijo. Salga.

Introduje la aguja a través del tapón de cera del vial y extraje su contenido. La medida era exacta, una dosis perfecta en el vial que pasaba sin dejar ni una gota a la jeringa. Otro golpe. La puerta retembló. Otro golpe. Saltaron astillas de madera de las bisagras. Me palmeé el brazo aunque en realidad no tenía tiempo de buscar una vena. Me inyecté sin más. Otro golpe. Una raja recorrió la madera de la puerta. Comenzó como un escalofrío aún cuando no había sacado la aguja de mi cuerpo. Un enjambre de insectos fríos recorría mis extremidades, subía y bajaba por mi espalda. Las paredes se estrecharon, las paredes se alejaron. Más golpes, una fuerza descomunal arrojándose contra la puerta del baño. Fijé mi atención en los símbolos que había dibujado. Todo se descomponía a mi alrededor. Los insectos helados habían alcanzado y tomado mi cerebro. Hervían como una tormenta de nieve. Los símbolos se desplegaron, cobraron sentido, conceptos matemáticos inexpresables se me hicieron claros y sencillos como un juego. No tenía más que fijar mi atención en la sucesión de símbolos que había dentro de cada uno de los símbolos que había dibujado. Símbolos que correspondían a algo muy concreto. Un lugar. Un destino. La puerta estalló y la cabeza del gigante apareció, llena de cortes que no sangraban, horriblemente deformada por el esfuerzo. Decidí llevármela conmigo. Todo lo que me rodeaba se derrumbó y fue como si deslizara por el hueco hueso del mundo, hacia la médula de oscuridad, y sólo quedase yo y lo que yo decidía llevar conmigo. Luego ni eso. Luego negrura absoluta.

 

Desperté en una habitación de paredes blancas, tendido junto a mi abrigo en un colchón, lleno de astillas de madera y apestando a whisky. Tenía la cabeza del gigante en mi regazo y la arrojé a un lado, asqueado. Palpé alrededor hasta encontrar el estuche con los dos viales restantes, la jeringa… Había perdido el lápiz. Sonreí. Podía haber salido mucho peor. Contemplé la habitación. Hacía mucho tiempo que no estaba allí. No había muebles, sólo el colchón desnudo. Me levanté, estiré los brazos y las piernas. Me dolía la cabeza. Probablemente llevaba horas allí tumbado, inconsciente. En la única ventana no había cortinas, sólo una persiana echada. Olía a cerrado y había una penumbra cenicienta en la habitación así que fui a la ventana y levanté la persiana. Lloviznaba. Era invierno. Me sentí muy triste y muy solo. Si algo había deseado era no volver nunca a Madrid.

Monstruosy asesinos VI (Ilustrado)

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Miré al interior del foso. El chapoteo se repitió, seguido de un gorgoteo viscoso, algo parecido a una emanación de gases en el fango de un pantano, y un siseo, algo mojado deslizándose por la piedra o el cemento, deslizándose hacia arriba. Recordé las historias que se escuchaban en los muelles del río, los relatos de poceros y cangrejeros que aseguraban encontrar de cuando en cuando criaturas en sus trampas, bichos de mandíbulas compuestas y racimos de tentáculos por ojos, criaturas ciegas, con vísceras corrosivas y estómagos múltiples visibles en la gelatina densa y translúcida que tenían por carne, erizadas de espinas y de veneno, y empujé con todas mis fuerzas la losa, mientras el ruido, el deslizar, se hacía más fuerte, y subía en la corriente de aire un hedor abrasivo, intoxicante, y el mecanismo chasqueó y la bisagra se rompió y la losa cayó con mi peso y el suyo sobre lo que ya estaba emergiendo.

(…) Salí cojeando, el abrigo manchado de polvo y sangre del portero, magullado, dolorido, envenenado, con la mano cada vez más insensible e hinchada, y no pude evitar echarle un último vistazo a eso, lo que la losa le había cortado a la criatura de las profundidades, bífido y lleno de ventosas, todavía sacudido por espasmos. Vomité antes de salir del callejón e internarme en una galería llena de burdeles y de cafés en la que nadie me prestó atención.

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Ilustrado por Marcos de Diego

Monstruos y asesinos V (Ilustrado)

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Fish se paseaba por la habitación, tocando los objetos que habíamos olvidado. Ropa. Vasos por lavar con restos de infusión. Una caja de madera historiada. Se detuvo junto a la pileta y cogió una navaja de afeitar. Sonrió.
Ahora será importante que mantengas la calma, dijo Orlov. Tiró la ceniza de su cigarro a la alfombra. Vamos a quitarte las esposas. Creerás que tienes una oportunidad de escapar. No es cierto. Te harás daño. Fish te hará daño.
Fish abrió la navaja. Se acercó a la cama. Puedo cortarte un par de tendones para que te quedes quietecita, si lo prefieres, dijo. Sangra poco y duele menos… Bueno, quizá no. Pero se te pasarán las ganas de ponerte rebelde.

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Ilustrado por Marcos de Diego

Monstruos y asesinos IV (Ilustrado)

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Entonces sucedieron dos cosas casi al mismo tiempo. Un griterío vino desde el canal y sonaron algunas campanas de alarma. V estiró el cuello para mirar. Un resplandor rojizo como una antorcha enorme venía por el río. La gente salía a los porches de sus casas flotantes, frotándose los ojos, se asomaba desde los puentes, preparaba cubos de agua en las chabolas colgantes bajo los arcos. Un barco en llamas, sin tripulación, que llevaba la corriente e iluminaba de rojo la piedra mojada del canal.

V se separó de la columna para seguir mirando. Era un barco mercante viejo cuyo castillo de popa era mampostería labrada, roca viva en cuyos intersticios brillaba un color plasmático animado por el fuego interior. Ondas de calor cruzaban el aire y V sacó las manos de los bolsillos y se las frotó, fascinada. Continuaba el griterío y las campanas de alarma. Una chispa, una pavesa llevada por el viento, podía extender el incendio a otros barcos o a las casa flotantes. Hasta el borracho dejó de gritar y se quedó mirando el espectáculo.

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Ilustrado por Marcos de Diego

Monstruos y asesinos III (Ilustrado)

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Pensaba en eso cuando se abrió la puerta y entró el portero negro. Todo en él era violencia contenida, como el muelle en el interior de un mecanismo de disparo, plegado sobre sí mismo, esperando la más leve presión para liberarse, su postura similar a la mía, las piernas separadas y firmes, una mano a la altura de la cadera, dispuesta para alcanzar un arma oculta. La madama estaba en el pasillo. Por favor, dijo. Esta situación es inaceptable. (…)

Entonces la madama y el portero cruzaron una mirada y supe que no era un espejismo. Saqué el cuchillo. El portero sacó su arma. Los dos éramos diestros y nos golpeamos al mismo tiempo en el costado izquierdo. El cuchillo le abrió un tajo de un palmo. El chorro de sangre me vomitó un torrente de información en el cerebro, historiales, sus últimas comidas, la última vez que se acostó con una de las prostitutas del local. Su arma era una porra vieja, una barra de plomo enfundada en madera de pino. El golpe me hizo trastabillar, me dejó sin aire. Apuñalé de nuevo. El negro golpeó de nuevo. Mis costillas temblaron. La hoja del cuchillo chirrió en el hueso de su cadera. Apuñalé de nuevo en la ingle. Apuñalé en el muslo…

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Ilustrado por Marcos de Diego.

Monstruos y asesinos II (Ilustrado)

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Antes de entrar en el Gran Salón del Hotel Subterráneo la camarera me ató un embozo al rostro. El lugar estaba lleno de clientes embozados y prostitutas desnudas con el cuerpo cubierto de tatuajes, anilladas y marcadas a cuchillo por sus propietarios, glifos de cicatrices en espaldas, nalgas, muslos, escarificaciones tintadas en los pechos. Las prostitutas se movían entre las mesas en las que los hombres cenaban y bebían, con un cierto aire de desfallecimiento, invitando a tocar sus marcas. (…)

La camarera que me había puesto el embozo apareció por el pasillo empujando un carrito con flores, hielo y un par de botellas de champán. No levantaba la mirada del suelo. Llamó a una puerta al otro lado del pasillo. Esperó unos segundos y entró. Entreví a una mujer colgada de pies y manos del techo, amordazada y cegada, y a un hombre desnudo de cintura para arriba y con un pasamontañas, que le pasaba, no sin cierta ternura, un pañuelo verde por la boca, intentando limpiarle de babas la mordaza.

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Ilustración: Marcos de Diego

Monstruos y asesinos I (Ilustrado)

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Hicimos el amor en el suelo alfombrado, de rodillas, V contra la cama, el rostro oculto en las mantas de lana, los gemidos quedos mientras la penetraba y le sujetaba por las caderas, cada vez más rápido y más fuerte, siguiendo la música del violinista invisible, y el efecto de la infusión de chazal nos descomponía y conectaba, entrelazaba recuerdos propios y ajenos, impresiones, sensaciones, el tacto de cosas que nunca había tocado, el miedo terrible de una mañana que había compartido pero que nunca había sentido de la misma manera.

Al final eyaculé sobre sus nalgas. Se hizo un silencio mortal en la ciudad. Sólo podía percibir su respiración, el olor del sexo, el esperma salpicado en las alfombras y en su piel, el rumor de la sangre hirviendo en nuestras arterias. El mundo había sido suspendido durante unos minutos, reducido, deshilado, y caía como bloques de nuevo en nuestra percepción, en nuestros sentidos. Nos acariciamos durante un momento, transidos, helados. De repente algo nos inquietó. Nos pusimos en pie y nos acercamos desnudos al ventanuco. Había un hombre en el patio, vestido con un largo gabán gris, la cabeza inclinada en un ángulo extraño, los ojos cerrados.

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Ilustración: Marcos de Diego

Monstruos y asesinos (VII)

La fiebre me subió durante la noche, una noche larga, interminable, como son las noches de esta ciudad de fugitivos y enfermos, una noche que pasé caminando por las galerías anchas como avenidas, bajo los artesonados mohosos y desmigajados, junto a los grabados obscenos en las puertas de los prostíbulos, y por galerías estrechas como un infarto, iluminadas con palmatorias, hediondas de orines, en las que duermen hombres como perros y los perros de esos hombres, y si no fui asaltado y asesinado fue por suerte o azar, o quizá porque con mi abrigo manchado de sangre, mi rostro demacrado y mis andares de loco parecía más peligroso que víctima. El veneno que la criatura me había inoculado tardó varias horas en desaparecer de mi organismo y al amanecer había dejado el barrio de las galerías y hacía cola en un puesto de comidas junto a un canal para conseguir un cuenco de sopa de tortuga. La mano seguía insensible, cubierta por un sarpullido que se volvía negro, necrótico, por momentos. La observé en la primera luz de aquel día, una luz como aguada, y el niño que descaparazonaba las tortugas junto al puesto se me quedó mirando. Escondí la mano y el niño volvió a la suyo. Era muy feo, con el pelo cortado a trasquilones, mugriento, sentado en un cubo dado la vuelta. Tenía las tortugas vivas en una cesta de mimbre y las iba sacando de una en una, sujetaba la tortuga entre las rodillas, le cogía la cabeza con dos dedos y se la cortaba con una navaja de hoja curva, después hacía otros cortes precisos y arrancaba con las manos el caparazón, haciendo un sonido parecido al de una tela muy tensa que se rasga, destripaba el cuerpo amarillento y blando, cortaba las pezuñas, tiraba los desperdicios al río, dejaba los caparazones azulados a un lado, que luego serían vendidos como ceniceros o recipientes ceremoniales, y le pasaba la carne a la vieja que cuidaba de la olla. La sopa con cabeza valía una moneda más. Las tortugas eran mordedoras y el niño tenía los dedos llenos de cicatrices viejas.
Pagué por mi sopa y tomé el cuenco con la mano buena, sorbiendo con cuidado. Estaba muy caliente y muy especiada. Moví con la lengua pedazos de carne gomosa que era mejor no masticar. Me puse junto al niño, al borde del canal, desde donde podía ver el puente del Paláis Sauterelle. Había ya una cola de carros y faetones de vapor que quería llegar al centro. El puente de Legba era el más grande y seguro a este lado de la ciudad y había que pagar para cruzarlo. Terminé la sopa y dejé el cuenco en el mostrador. Rescaté la cabeza de tortuga del fondo y sorbí los ojos y chupé las cuencas vacías mientras me alejaba caminando. El niño tiraba puñados de tripas al agua y siluetas bajo la superficie se los disputaban. Roí la cabeza hasta el hueso y la tiré también al canal. Me crucé con un hombre que llegaba con una nasa llena de tortugas, precedido por el entrechocar húmedo de los caparazones. Hacía un frío que el sol no lograba vencer.

El Paláis Sauterelle estaba construido sobre el mismo puente, altos muros de granito negro, cada bloque marcado por el complicado glifo de sus canteros, almenas y aspilleras por las que se entreveían los mosquetes y los altos chacós emplumados de los soldados de Legba. Casacas grises, botas negras y plumas rojas en los oficiales. Los soldados que regulaban el tráfico del puente iban armados con ballestas y carabinas de cañón corto. En lo alto estaba el palacio propiamente dicho, con sus jardines verticales derramándose por las fachadas, ventanales como ojos de cristal en una criatura verde, torreones y tejados voladizos.
Pagué una moneda para poder pasar a pie. Había un atasco en el túnel y una algarabía de gritos de soldados y conductores, petardeos de ingenios a vapor y relinchar de caballos. Hacia la mitad del puente había habido un accidente, bloqueando el tráfico en las dos direcciones. La caldera de un motocarro había explotado partiendo a una yegua por la mitad e hiriendo a varias personas. Pedazos de metal candente habían salpicado las paredes como metralla. Desde los matacanes del techo, el enrejado chamuscado por vertidos pasados de aceite o brea hirviendo, unos soldados contemplaban el espectáculo. Abajo otros intentaban imponer orden a culatazos entre los hombres y las bestias que se apelotonaban en la calzada. Los heridos se retorcían en las pasarelas de los peatones. Pasé sobre ellos y llegué a una de las puertas de entrada al palacio. Pagué más dinero para que un oficial aburrido enviase un mensaje por un tubo neumático. Tuve que esperar casi una hora antes de que llegase otro mensaje por el tubo franqueándome el paso. El tráfico ya fluía y los heridos habían sido retirados.
Un mayordomo me esperaba en el ascensor de servicio. Un viejo siervo liberado, de impecable librea, el pelo cano y las mejillas quemadas de manera elegante para borrar las marcas de su amo. Ni parpadeó al verme entrar, mugriento y herido, con la mano mala envuelta en un trapo que había encontrado en el túnel. El señor le recibirá de inmediato, dijo. Subimos hasta el patio interior para tomar otro ascensor, esta vez ya en la estructura superior. Un pelotón desfilaba con alabardas al hombro, sin más propósito que hacer crujir el cuero de las botas y relucir las hebillas pulidas. Un grupo de criados sacaba un carro de víveres de un montacargas. El segundo ascensor tenía asientos acolchados y me dejé caer en uno mientras el mayordomo me ofrecía cigarros y licores de un carrito allí dispuesto. El efecto anestésico empezaba a desaparecer de la mano y un ardor se me extendía por la muñeca. Saqué la mano para echarle un vistazo. La inflamación había bajado un poco pero el sarpullido negro se había extendido y me alcanzaba ya la muñeca y la segunda falange de los dedos. Lo vendé de nuevo al llegar al último piso. El mayordomo me condujo por una galería acristalada que daba hacia el este. La ciudad parecía en llamas. Quizá era la fiebre que volvía.
Salimos a la enorme terraza que coronaba el Paláis Sauterelle, el lugar desde el que nacían los jardines verticales que cubrían las fachadas. Largos y altos voladeros y pajareras en los que trinaban pájaros coloridos. Unos soldados de uniforme negro y fusiles, tocados con pickelhaubes plateados, guardaban las puertas.
Legba llevaba la máscara del Calamar, los tentáculos rígidos arañándole las solapas de la casaca roja. Seguía vistiendo como un noble, aunque había sido repudiado por el Dios Vivo, y lucía los desgarrones donde alguna vez habían prendido sus tiras de seda amarilla y ducal. Estaba sentado a un velador de mármol junto con una mujer de pelo muy largo y negro. Hizo un gesto para que nos acercásemos. La mujer parecía distraída, el rostro vuelto hacia la ciudad y el amanecer.
Espantamos a una pareja de dodos al acercarnos. Los animales se alejaron con sus andares torpes y unos graznidos. Legba hizo dos gestos rápidos en el lenguaje secreto y supe que me permitía sentarme con ellos, pero no hablar todavía. El mayordomo se inclinó junto a él y susurró un par de frases a su oído.
Legba asintió con lentitud. La máscara del Calamar era una de las más terroríficas, daba la impresión de que tenía un cráneo hipertrófico y seco como la carcasa de una momia. Lo que le había pasado a su rostro, si estaba desfigurado o la naturaleza exacta del daño, nadie lo sabía, de la misma manera que nadie sabía cómo se las arreglaba para ver si en ninguna de sus máscaras había agujeros o hendiduras, o si es que todavía conservaba algo parecido a unos ojos. Su rostro había sido el precio que había pagado ante el Dios Vivo por seguir viviendo. Por eso V y yo sabíamos que allí, únicamente allí, estábamos a salvo de la justicia.
La mujer me miró por fin. Era muy pálida. Venas azules se le dibujaban en las sienes como fantasmas de un sistema circulatorio auténtico. Los ojos negrísimos como el pelo. Tú, dijo. Hueles a veneno.
Lo dijo con una vocecita de niña.
¿A veneno?, dijo Legba.
Sí, dijo.
Legba suspiró. ¿Conoces a la señora que nos acompaña?, dijo. Es la baronesa…
Brigitte, dijo ella. Puedes llamarme Brigitte.
Brigitte, dijo Legba. No deberías dejar que se tome muchas confianzas. Tiene tan mal aspecto porque es un fugitivo de la justicia del Dios Vivo.
Oh, dijo Brigitte.
¿Sabes cuál es su crimen?
No hace falta que me lo digas, dijo la mujer. También huele a asesino. Es un olor fuerte. Sangre. Sangre de otro. De no hace muchas horas.
Dudo que la justicia le persiga por la sangre que hueles, dijo Legba. Tienes aquí delante a un terrible asesino de nobles.
Ella alzó las cejas. Por un instante su rostro se desdibujó, tembló como una gasa al viento, y me pareció ver su calavera dibujándose bajo la piel, una calavera colmilluda y de sonrisa cruel. Parpadeé con fuerza. Su rostro volvió a ser como antes, blanco, delicado, hermoso. La fiebre. Una fiebre fría, muy fría.
El Barón de Reis, dijo Brigitte.
Ni más ni menos, dijo Legba.
La mujer se mordió el labio inferior. Quiero quedármelo,
No, dijo Legba. Es un hombre libre.
Entonces déjamelo un rato, dijo Brigitte. Para curarlo. Está enfermo.
Eso parece, dijo Legba. Enséñanos la mano.
Temblando saqué la mano vendada y le quité el trapo. Comenzaba a desprender un olor agrio, punzante.
Trae a un médico, dijo Legba al mayordomo.
No, dijo Brigitte. Yo puedo encargarme. Aspiró con fuerza por la nariz. Conozco el veneno. Es un veneno viejo, muy viejo. Puedo quitárselo. Déjamelo, Legba.
Tiene que decidirlo él, cariño, dijo Legba. Es un hombre libre y en la casa de Legba un hombre libre no está obligado a nada. ¿Qué dices, muchacho? Puedes hablar.
En realidad no podía hablar. Estaba muy mareado. Era por la fiebre y por algo en los ojos de la mujer. Asentí con fuerza. Cualquier cosa para curarme. El veneno no había desaparecido de mi organismo, sólo se había aplacado un poco.
Gracias, dijo ella.
Le hemos preparado una habitación, dijo Legba. Ya suponía que querría quedarse un poco. Podéis utilizarla.
Será mejor, dijo Brigitte. El sol comienza a molestarme demasiado.
Volví a mirarla. Blanca, muy blanca, casi translúcida. Encorvada en su silla como un espectro.
Me llevaron hasta mi habitación entre dos criados. Escuché durante el trayecto la voz de la mujer susurrando, como cantando, emprendiendo siempre la misma letanía, la misma melodía repetitiva, como un conjuro.
Los criados me desvistieron de cintura para arriba, hasta que ella les ordenó parar y salir de la habitación. Quedé sentado al borde de la cama, mirando el extremo de mis piernas como una cosa ajena, los pantalones manchados, las botas gastadas. La fiebre seca. La fiebre fría.
Ella se sentó a mi lado. Oh, dijo. Niño, niño. Eres tan joven.
Me asió del brazo y contempló la mano envenenada. Pobre, dijo. Acarició entre la muñeca y el codo, los dedos gélidos. Me estremecí.
Señora, dije.
Eres un hombre libre, dijo ella. Puso mi mano sobre su mano, palma contra palma, y la alzó hasta sus ojos. Así que tengo que preguntártelo. ¿Quieres curarte? ¿Quieres mi medicina? La medicina de Brigitte es vieja como este veneno.
Notaba la cabeza llena de algodón caliente. Veía todo borroso menos sus ojos, horriblemente definidos, perfilados a cuchillo, carne en órbitas de hueso desnudo, blanco, de hielo.
Sí, dije. Porque no podía decir otra cosa.
Mi niño, dijo ella. Tan joven y ya un asesino consumado.
Y mordió la mano. Tan fuerte que los huesos crepitaron y manó una sangre oscura, podrida, que ella bebió, chupó con avidez, y con la sangre se llevó el veneno y mi aliento, y hubiera gritado de poder hacerlo, y ella siguió absorbiendo y absorbiendo, la sangre y el alcaesto, la fiebre y el frío, y supe que se llevaba que lo quería, que podía llevárselo todo y elegía no hacerlo, sus ojos me lo decían, tallados y terribles, podía llevarse hasta el último aliento y sumirme en un éxtasis espantoso y no lo hacía porque yo no se lo había pedido.
Grité cuando me soltó, aullé de dolor y me retorcí en la cama. Miré la mano esperando encontrarla mutilada para siempre pero no había más que la marca de sus dientes, una herida casi superficial. Ni rastro del sarpullido negro ni de la inflamación. La herida sangraba despacio, poco, sin riesgo. Mírame, hombre libre, dijo. Estaba de pie junto a la cama. La palidez había desaparecido. El rostro arrebolado, pleno, los ojos húmedos de emoción e inyectados en sangre.
Asesino de nobles, dijo con su voz de niña cantarina. Asesino de barones. Me gustas y estoy enamorada de ti. Espero no olvidarte cuando caiga la noche. Espero no olvidarte el próximo amanecer. Ahora eres un poco mío.
Negué con la cabeza. No sé a qué, no sé por qué, pero me negué con un gesto.
Ella siseó. Soy Brigitte, la del gallo negro, la esposa del Barón, y ahora eres un poco mío. No hay más que hablar. Quizá no volvamos a vernos nunca más. Quizá no te pida nada hasta el día de tu muerte. Quizá algún día te pida que mates a mi marido, quién sabe. ¿Lo sabes tú?
No, dije. La voz como un graznido.
Claro que no, dijo ella. Todo es misterio.
Caminó por la habitación. Descorrió unas cortinas y la habitación se llenó de luz del sol. Se miró las manos, las muñecas delgadas. Adoro esto, dijo. Lástima que no dure demasiado. Ahora duerme, niño asesino. Durmamos durante el día como hacen los que son como nosotros.

Monstruos y asesinos (V)

Le pusieron una capucha negra y la arrastraron entre los agentes, haciéndola tropezar con el empedrado de la calle. Las esposas le magullaron las muñecas. Apenas lograba apoyar los pies en el suelo. La arrojaron dentro de un vehículo que vibraba y roncaba, un faetón de vapor. Se quedó tendida en el suelo, muy quieta. El dolor seguía pulsando donde había sido golpeada. Los hombres se acomodaron dentro. Alguien le puso los pies encima, justo en los riñones. Vamos, dijo Orlov. El conductor del faetón, encaramado en la parte superior, silbó como si los engranajes y los pistones necesitaran un aviso al igual que los caballos. Otro silbido de los aliviaderos y la máquina se puso en marcha, bamboleándose y cabeceando.
La capucha olía a vómito rancio. Contuvo las náuseas. También le llegaba el olor del cigarro de Orlov. Un bache hizo saltar al faetón. Los pies que tenía encima se le clavaron en los riñones. Oh, dijo Fish. Lo siento, señorita.
Kemper, dijo Orlov. ¿Crees que podrás seguir el rastro del otro?
V no escuchó la respuesta, si la hubo, y Orlov dijo: No creo que te de muchos problemas. La pieza complicada era ésta.
Fish gruñó. Es una cerda traicionera, dijo. Me duele un horror el puto pie. Creo que me ha roto algo.
El faetón se detuvo. Escuchó el chirriar de una de las puertas. Alguien bajó. El gigante Kemper. El faetón se balanceó y reequilibró. Fish se acomodó. Le puso un pie en el cuello y otro entre los omóplatos. Así mucho mejor, dijo.
Bisbiseos entre Orlov y Kemper. El faetón se puso en marcha de nuevo. Fish comenzó a silbar y tararear una canción. Poco a poco fue añadiendo presión al pie que tenía sobre el cuello de V. Intentó sacudírselo de encima. El talón se asentó sobre la carótida. La garganta se estrechó. El aire filtrado por la capucha pasaba como un suspiro insuficiente. Gorgoteó.
Fish, dijo Orlov. ¿Estás dejando respirar a la señorita?
Más o menos.
Por favor. Ya hemos hablado de esto.
El pie se levantó. V jadeó dentro de la capucha. El aire impregnado de vómito viejo le llenó los pulmones. Tosió, empapó de babas y mocos la capucha, siguió respirando.
Tranquilo, jefe, dijo Fish. No es mi tipo. ¿Cuántos años tiene? ¿Diecinueve, veinte? Una vieja.
En cualquier caso no quiero otro incidente con un detenido.
Fish retiró los pies. Por supuesto que no, dijo.
El faetón se detuvo unos minutos después. La arrastraron fuera. La cabeza le daba vueltas. La fetidez de la capucha le quemaba los pulmones, las muñecas le ardían, los hombros le dolían como si fueran a descoyuntarse. Tropezó en unas escaleras. Por fin la dejaron de pie en una estancia caldeada. Notaba el suelo mullido, alfombrado. Tembló en la más absoluta oscuridad, utilizando el dolor como referente sensorial. No te desmayes. No te desmayes.
Ponte cómoda, dijo Fish y le dio un empujón. Chocó con algo duro a la altura de las rodillas y cayó de bruces en una cama. El somier chirrió y crujió.
Quítale la capucha, dijo Orlov.
Fish obedeció. V parpadeó. Reconoció la colcha contra la que apretaba el rostro. Su cama en el Pasaje del Dragón.
Hemos decidido que éste es un lugar tan bueno como cualquier otro para establecernos, dijo Orlov. Una vez desalojados los vecinos.
Estaba sentado en un butacón a los pies de la cama. No creo que tengamos que esperar mucho, dijo. Kemper es el mejor rastreador que tengo.
Fish se paseaba por la habitación, tocando los objetos que habíamos olvidado. Ropa. Vasos por lavar con restos de infusión. Una caja de madera historiada. Se detuvo junto a la pileta y cogió una navaja de afeitar. Sonrió.
Ahora será importante que mantengas la calma, dijo Orlov. Tiró la ceniza de su cigarro a la alfombra. Vamos a quitarte las esposas. Creerás que tienes una oportunidad de escapar. No es cierto. Te harás daño. Fish te hará daño.
Fish abrió la navaja. Se acercó a la cama. Puedo cortarte un par de tendones para que te quedes quietecita, si lo prefieres, dijo. Sangra poco y duele menos… Bueno, quizá no. Pero se te pasarán las ganas de ponerte rebelde.
¿Qué prefiere, señorita?
V no contestó. Orlov se inclinó y abrió un maletín que tenía a sus pies. Los hombres se habían instalado ya en las habitaciones. V vio algunas maletas y valijas que debían pertenecerles. El comisario sacó unas correas de cuero con hebillas.
Date la vuelta, dijo Fish. La lengua azul asomó con una cabeza de serpiente.
V obedeció. Fish le tiró de la cintura del pantalón para acercarla y se encaramó sobre su espalda, en una mano la navaja, la otra en su nuca, palpándole las vértebras. V tragó saliva. Orlov le dio la llave. Primero le soltó la mano derecha. V estiró el brazo hacia delante, las articulaciones enviándole punzadas de dolor. Fish le puso la hoja de la navaja en la mejilla. Siseó. Muy quieta, muchacha, muy quieta.
Orlov la sujetó por la muñeca. El tacto del hombre la estremeció. Cálido, como cualquier ser vivo, y al mismo tiempo extraño, ajeno. Diferente. El comisario le pasó la correa por la muñeca y la ató al poste de la cama. Ahora boca arriba, dijo.
Se dejó manejar como una muñeca. La dejaron atada al cabecero de la cama por las muñecas magulladas, la cabeza apoyada en un almohadón.
Espero que estés cómoda, dijo Orlov. Dentro de lo posible.
Es nuestra mayor preocupación, dijo Fish. Tu bienestar.
Orlov volvió al butacón.
Deberíamos interrogarla, dijo Fish. Tiene que saber dónde se esconde el otro.
¿Tú crees, Fish?
Claro. Yo me encargo de ello.
Señorita, dijo Orlov. ¿Puede mirarme?
V le miró. Sentado a los pies de la cama, con el cigarro casi consumido entre el índice y el pulgar, el extremo mordisqueado y húmedo. Los ojos del hombre eran casi negros, oscurecidos por las cejas espesas y animalescas. Un rosto cincelado en un reposo que parecía apenas a un instante de la brutalidad.
Señorita, ¿sabe dónde se esconde el otro?
No, dijo V.
Orlov se echó hacia atrás en el butacón. Ya has oído, Fish.
Pero, jefe, déjeme…
Orlov negó con la cabeza. Ya habrá tiempo, dijo. Esperemos a Kemper.
Fish chasqueó la lengua y cerró la navaja.

El otro agente volvió una hora después. Orlov y él parlamentaron al fondo de la habitación, junto al ventanuco. El violinista volvía a tocar, algo lento y triste. V hacia recuento de dolores, en los huesos, en los músculos. Fish paseaba por la habitación, abría y cerraba la navaja, se pasaba el filo por el rostro lampiño, distraído.
Está en el barrio de las galerías, le dijo Orlov. Voy a ir con Kemper.
El comisario miró a V. Alguien tiene que quedarse con ella, dijo.
Jefe…
Conoces nuestras órdenes. No hagas ninguna estupidez. Traeremos al otro y los llevaremos lo antes posible…
Por favor, dijo V.
Los policías la miraron.
No tenéis que hacer esto, dijo V. Tenemos oro. Mucho oro. Si nos dejáis libres…
Oro, dijo Orlov.
Sí. Mucho.
¿Qué más tiene, señorita?
Cualquier cosa, dijo con un hilo de voz. Puedo conseguir cualquier cosa. Hacer cualquier cosa. Pero dejadnos en paz. O dejadle a él en paz. Por lo menos a él. No ha hecho nada…
¿Qué estaría dispuesta a hacer, señorita?
Lo que sea, dijo V. Lo que sea.
Adelantó las caderas. Puedo ser vuestra de maneras que no imagináis…
Orlov sonrió. Señorita, dijo. ¿Podría echarse a llorar?
Qué…
Llorar. Es lo único que le falta a su numerito.
V tragó saliva. Yo… De verdad que os puedo…
No tiene nada que nos interese, señorita. Es mejor que se haga a la idea. No tiene ninguna manera de salir de esta situación. La Justicia del Dios Vivo la ha reclamado y será llevada a la Corte. Va a pasar. No hay remedio.
V los contempló con los ojos húmedos, el labio temblando. Frunció el ceño. Apretó la mandíbula dolorida. Ya sé lo que sois, dijo. Homúnculos sin polla. Lefa de alquimista y mierda de caballo. Escupió. Un muñeco es más hombre que vosotros, dijo. Orlov seguía sonriendo. Volveré más tarde. Fish, cuida de ella. Kemper, vamos al barrio de las galerías.
Salieron de la habitación. Fish gruñó. Orlov había dejado olvidado un cigarro en un cenicero junto al ventanuco. Fish lo cogió, dio un par de caladas lentas, contemplativas, y volvió para sentarse al borde de la cama. Muchacha, dijo con el cigarro en la boca. No sabes dónde te has metido. Tenía las manos huesudas y cetrinas, las uñas manchadas. Le palpó los muslos. V se revolvió y Fish le dio un puñetazo en la ingle. V gimió. Quieta, joder. Le subió la camisa y le acarició el vientre pálido y tenso, magro. Qué clase de persona asesina a su propio padre, ¿eh?, dijo. Se lamió los labios. Los dedos palparon bajo el pantalón. Tú y el otro, ¿qué clase de monstruos sois?
¿Qué clase de monstruo eres tú?, dijo ella. Homúnculo de mierda…
Fish le apagó el cigarro en el vientre. V apretó los dientes. Aguantó. Los tendones del cuello se le marcaron como cables tensos.
Soy de la peor clase de monstruo, dijo Fish. Pero no soy un muñeco como esos dos. Por lo menos no al completo.
Contempló el cigarrillo tronchado y humeante todavía. Lo tiró a un lado. Sopló las cenizas de la quemadura y le bajó la camisa. La contempló de pies a cabeza. Te aseguro que yo sí que tengo polla, dijo.

Monstruos y asesinos (IV)

El barrio de los puentes era un barrio oscuro. La única iluminación provenía de las ventanas de las casas flotantes y de las hogueras en los aleros y bajo los tejadillos de los puentes. Los barcos y los botes estaban atracados de cualquier manera a lo largo de los canales, se escuchaba el rumor de los gremios en su interior, los pintores de loza, los alfareros, los calafateadores y los carpinteros. V caminaba con las solapas del abrigo subidas y la cabeza gacha. El pelo recogido en una coleta y metido por dentro de la ropa. En el bolsillo llevaba el revólver. Conocía tres lugares en los que podría esconderse, una pensión bajo el Puente de los Murciélagos en la que se alquilaban camastros en habitaciones ocultas con salida directa a los canales, un enorme bote de vapor que hacía la ruta entre el barrio de los puentes y las fábricas abandonadas de las afueras sin detenerse nunca y, el más lejano y al que había decidido dirigirse, el Paláis Sauterelle, la residencia de Legba, un palacio construido sobre el último y el más importante de los puentes de la ciudad. Legba era un noble caído en desgracia, despojado de su título en la corte del Dios Vivo, quizá por eso simpatizaba con nuestro crimen. Su palacio lo protegía un ejército personal y había que pagar para cruzar el puente. Era el lugar más seguro posible, incluso si los perseguidores eran de la policía del Rey.

V decidió tomar un bote de transporte, pagar a unos remeros para que la llevasen hasta el Paláis Sauterelle. Río abajo, por el ancho canal y a favor de corriente, no tardaría más de una hora. Ir a pie por el laberinto de puentes y callejones del barrio era demasiado arriesgado.

Alcanzó uno de los muelles del canal. Había grupos de estibadores aburridos, esperando trabajo, bebiendo cerca de las hogueras. Un borracho barbudo enfundado en ropas roñosas gritaba incoherencias. Un crujido constante de madera de los barcos y las casas flotantes. No había botes de transporte todavía. Iban y venían, llevando a gente según sus necesidades. V se pegó a una columna, que alguna vez había sostenido un soportal entre dos puentes, y no se decidió a bajar todavía los escalones de piedra hasta el muelle. Allí los soportales arrojaban sombras largas y terribles. Permaneció quieta, temblando de frío, mirando las aguas que eran muy negras en la noche y grises durante el día, aunque cuando la luz incidía en un ángulo peculiar se revelaba una capa superficial oleaginosa, irisada, y parecía otra cosa, algo diferente, venenoso, un color surgido del espacio, y el tráfico de los barcos nocturnos, algunos a vela, la mayoría traqueteando con sus palas y vomitando vapor y humo por sus chimeneas y aliviaderos.

Entonces sucedieron dos cosas casi al mismo tiempo. Un griterío vino desde el canal y sonaron algunas campanas de alarma. V estiró el cuello para mirar. Un resplandor rojizo como una antorcha enorme venía por el río. La gente salía a los porches de sus casas flotantes, frotándose los ojos, se asomaba desde los puentes, preparaba cubos de agua en las chabolas colgantes bajo los arcos. Un barco en llamas, sin tripulación, que llevaba la corriente e iluminaba de rojo la piedra mojada del canal.

V se separó de la columna para seguir mirando. Era un barco mercante viejo cuyo castillo de popa era mampostería labrada, roca viva en cuyos intersticios brillaba un color plasmático animado por el fuego interior. Ondas de calor cruzaban el aire y V sacó las manos de los bolsillos y se las frotó, fascinada. Continuaba el griterío y las campanas de alarma. Una chispa, una pavesa llevada por el viento, podía extender el incendio a otros barcos o a las casa flotantes. Hasta el borracho dejó de gritar y se quedó mirando el espectáculo.

El hombre con el pelo color de arena surgió de la oscuridad y le hundió los dedos en el brazo, justo sobre la articulación del codo. Un latigazo de dolor le nubló el cerebro. El hombre le quitó el revólver del bolsillo del abrigo. Oh, dijo. Llevo horas rastreándote.

Hundió la cara en su pelo. De cerca hueles todavía mejor, dijo.

V ejecutó el movimiento de manera fluida, como si lo hubiera estado ensayando toda la vida, golpeó hacia atrás con la cabeza y escuchó el crujido de la nariz del hombre al romperse. Miró entre sus piernas y vio un zapato color marrón. Puso todo su peso en un taconazo con la bota reforzada de acero, justo sobre la punta del pie. Otro chasquido de huesos. La dolorosa presión del codo desapareció. V le propinó un codazo y echó a correr hacia el muelle. Cualquier barco le valdría ahora. Saltó los escalones de piedra, buscándose la bolsa de monedas de oro. Podría comprar otro revólver río abajo. No volverían a emboscarla de esa manera…

Un hombre tocado con un sombrero negro esperaba bajo los soportales. Le dio un puñetazo en la mandíbula. V quedó ciega y sorda. Recuperó los sentidos de rodillas, todavía intentando huir, y se arrastró hacia los barcos. Un hilo de sangre y babas le caí de los labios. El hombre del sombrero le dio una patada en estómago. V apretó los dientes. Cabrón, dijo. Los dientes le bailaban en los alvéolos. El hombre del bolsillo tenía un rostro afilado y pálido, de pájaro. Abrigo y guantes negros. Era muy alto e inexpresivo como un muñeco. El otro sicario bajó las escaleras cojeando. Tenía la nariz torcida y tumefacta, pero no sangraba. Será puta, dijo. ¿Has visto lo que me ha hecho?

V intentó ponerse en pie. El hombre del sombrero negó con la cabeza.

Que te estés quieta, dijo el otro. Le dio una patada en la entrepierna. V gritó de dolor. Te dije que volveríamos a vernos.

Tranquilo, Fish, dijo una voz. El hombre del gabán gris surgió también de las sombras de los soportarles. Fumaba un cigarro. V lo miró desde el suelo, las manos engarfiadas en el bajo vientre, los ojos lagrimeando de dolor. Era un hombre de pelo muy negro y espeso, de cejas gruesas y negras. Algo animalesco y extraño en él. Inhumano.

Señorita, dijo el hombre del gabán. Queda usted detenida por el asesinato del barón de Reis.

Tiró el cigarro a un lado. Soy el comisario Orlov de la Policía Real y estos son los agentes Fish y Kemper, dijo. Nos encargaremos de su custodia hasta que sea entregada a la justicia. Kemper, ponle las esposas.

El hombre del sombrero se inclinó sobre ella y le dio la vuelta de un empujón. Tenía las manos enormes. V intentó resistirse. El hombre le retorció los brazos hasta que cedió y le puso unas esposas metálicas.

El otro hombre, Fish, se señalaba el rosto: ¿Ha visto lo que me ha hecho, jefe?

Orlov asintió. Sacó una cigarrera del gabán. Los riesgos del oficio, dijo.

Kemper, el hombre del sombrero, puso a V en pie. Apenas le llegaba al hombro. Sentía dos fuertes latidos de dolor sincronizados, en la mandíbula y la vagina. Hijos de puta, dijo.

Fish sonrió. Así me gusta, niña, dijo. Dame otra excusa para pegarte.

Orlov negó con la cabeza. Encendía otro cigarro. No hay razón para eso. ¿Verdad, señorita? A partir de ahora se va a portar bien.

V intentó morderle la cara. Kemper la sujetó por el pelo y se lo retorció hasta hacerla gritar. Orlov suspiró. Ponedle la capucha, dijo. Ya se tranquilizará.