Francisco Serrano

Monstruos y naves espaciales

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Los monstruos

Me habían pagado con monedas de oro para hacer aquello. Estuve rastreando los bosques a lo largo de la costa durante casi un mes, comiendo ardillas y raíces y durmiendo sin hacer fuego, cargando con el fardo de las armas, un saco de dormir y una faltriquera. Había cientos de pequeñas islas, penínsulas semihundidas y ensenadas ocultas por los árboles en la región. Por fin, siguiendo las pocas huellas que dejaban, apenas unas ramas rotas a determinada altura, depresiones en el barro endurecido, un ocasional penacho de humo, logré encontrarlos. Justo a tiempo porque habían comenzado a caer las primeras heladas y las noches pronto serían insoportablemente frías. Vivían en una isla muy cercana a la costa. Consulté los mapas amarillentos que me había dado el funcionario de la Prefectura; la isla figuraba como Isla del Roble y en realidad estaba unida al continente por un estrecho istmo que desaparecía con las mareas. Entre el poblado bosque de robles pude ver algunos resplandores anaranjados en el crepúsculo, pequeñas hogueras o braseros. Durante la noche heló y esperé bajo el cobijo de un árbol caído, el cuerpo encogido y envuelto en el capote, mientras todo se volvía blanco y crujía a mi alrededor. Antes del amanecer comencé a buscar el istmo. Estaba casi cubierto por las aguas, recorrido por largas placas de hielo y arena dura como la piedra. La familia vivía en una casa de madera entre la espesura, de una sola altura, y de entre los tablones de las paredes rebosaba el musgo seco como una espuma amarillenta y en el tejado crecía hierba rala. No había nadie a la vista. Me interné en el bosque de la isla, en busca de la confirmación de que eran ellos los que buscaba, aunque no se me ocurría quién más podría vivir en aquellos bosques, quién querría habitar semejante páramo arbolado, comiendo ratas flacas y bayas ácidas, sepultado por la nieve y el hielo casi todo el año. Llegué a un calvero siguiendo lo que parecía un sendero sutil y vi un pequeño cobertizo, un tajo de madera con un hacha clavado, varios haces de leña y una mesa de matarife. Dentro del cobertizo había pedazos de carne puestos a secar y ahumar y olía a sal y humo de leña. Tras el cobertizo encontré lo que buscaba. La pierna colgaba de las ramas bajas de un joven roble, el talón atravesado por un gancho de hierro, y se mecía despacio en el aire frío. El muslo estaba cubierto de escarcha y sangre congelada, listo para el despiece. Volví al bosque y me instalé en una pequeña loma entre la espesura desde la que podía ver la casa. Comprobé el revólver de seis tiros, hice girar el tambor para asegurarme de que no se había congelado, lo cargué, lo dejé a un lado y saqué la carabina del fardo de las armas, la monté, lamentando no tener oportunidad de limpiar y aceitar las piezas, y me tumbé sobre el capote, vigilando la entrada de la casa. Tardaron todavía unas horas en aparecer. Primero salió de la casa de una de las mujeres de la familia, rubia y desgreñada, vestida con telas bastas y pieles de rata ribereña. Los zapatos eran de corteza y estaban atados con bramante. La mujer acarreó varios cubos de agua desde el pozo. Pronto salió uno de los gemelos, igual de desgreñado que la mujer. Parecía ido, aunque a aquella distancia era difícil precisar la expresión de sus ojos casi ocultos por las grasientas guedejas de pelo. Se sentó en una piedra plana a tallar un pedazo de madera con una navaja. Yo respiraba hondo y los mantenía alineados con el cañón de la carabina. El hombre, la mujer, el hombre, la mujer. Nadie sabía cuántos eran en la familia ni la exacta relación de parentesco que los unía, excepto en el caso de los gemelos. Las historias que me había contado el funcionario de la Prefectura abundaban en el incesto y los rituales paganos y las imprecisiones. Otras dos mujeres asomaron fuera de la casa, una muy vieja, otra muy joven. Las mismas ropas astrosas y los rostros chupados, los ojos ilegibles, opacos. No abrí fuego hasta que apareció el otro gemelo. Estaban conversando frente a la casa. El que estaba tallando no dejó de hacerlo, tiraba al suelo largas virutas de madera, y escuchaba lo que decía su hermano. El primer disparo fue malo, la carabina no estaba bien calibrada. La bala, en lugar de hundirse en la sien del gemelo en pie, lo alcanzó en la mandíbula y salió por el cuello arrastrando gran cantidad de esquirlas de hueso, músculo y materia diversa. Disparé al otro gemelo, al torso, para asegurarme. El tipo cayó de espaldas, con la misma expresión de pasmo que se le había quedado al ver explotar el rostro de su hermano. Las mujeres se habían refugiado dentro de la casa entre gritos. Intenté volver a disparar con la carabina pero se había encasquillado. Desenfundé el revólver y me puse en pie para salir de la espesura. Caminé hacia la casa con precaución. El hermano sin mandíbula se arrastraba por el suelo. Los ventanucos estaban cubiertos por esteras de cáñamo. Disparé a los hermanos, una vez a cada uno. Dentro se escuchaban voces femeninas, gemidos, lamentos. Una de las ventanas voló en pedazos. Me cubrí la cara con los brazos y noté una rociada de astillas como metralla de artillería. Le pegué una pata a la puerta y entré. Una de las mujeres, la más vieja, estaba intentando volver a cargar un trabuco en cuya ánima le cabría el brazo. La otra se me echó encima con un cuchillo de desollar. Golpeé su brazo armado con el revólver. La mujer me arañó el rostro, me hizo trastabillar y chocar de espaldas contra la pared. Noté la hoja del cuchillo cortar la tela de mi camisa y resbalar por el jubón de cuero que me cubría el vientre. Le retorcí la muñeca, le asesté otro golpe con el revólver en la cabeza, tomé el cuchillo y se lo clavé bajo la mandíbula. La hoja era larga y curvada y se abrió paso por su boca hasta el cerebro. La aparté a un lado y cayó como un fardo. La otra mujer había terminado de embutir clavos oxidados y cristales rotos dentro del trabuco. Le volé los sesos de un disparo cuando intentó echárselo al hombro. Miré a mi alrededor. Era una casa de una sola estancia, con muebles bastos y desvencijados. Había una mujer muy anciana junto a una estufa de hierro, envuelta en un rebozo negro. No había ninguna sorpresa ni terror en su rostro. Le apunté con el revólver. La mujer parpadeó como único reconocimiento de mi presencia. ¿Hay alguien más?, dije. ¿Hay alguien más? La mujer siguió con su lento parpadear. Entonces escuché los ruidos. Como ratones, ratones enormes. ¿Qué es eso?, dije. La mujer sacó de su rebozo unas manos apergaminadas y de las que faltaban varios dedos y habló en un idioma rocoso y bárbaro que nunca había escuchado, algo que venía de las fronteras más lejanas, más allá de la Horda Dorada y los páramos de hielo. Al fondo de la estancia había un altillo. De su interior surgían ruidos. Según me acerqué percibí el olor de un cubil, de animales hacinados. Los cachorros de la familia, dije. Unos sobre otros, con los dientes descubiertos y las uñas rotas y mugrientas, retorciéndose en lechos de paja. Los ojos desprendían destellos amarillos y conté hasta cuatro pares, puede que hubiera alguno más. Chisté para calmarlos. El olor de la sangre los volvía locos. Vacié el revólver, los seis tiros del tambor, hasta que dejaron de moverse. La mujer aullaba en su lengua de devoradores de cadáveres, alzaba las manos al techo y se retorcía en su silla. Recargué el revólver sin dejar de mirarla. Has venido de lejos, dije. De muy lejos. La mujer seguía salmodiando, arrojando maldiciones ancestrales sobre mí y mi descendencia, insultando a mis muertos, o eso imaginé. Tenía cara de mono, de un mono pelado y enfermo. Esperé a que terminase su perorata. Cuando lo hizo volvió a contemplarme con unos ojos arrasados pero que no lloraban. No hay maldiciones suficientes, vieja, dije. Cerró los ojos y le disparé en la frente. Volví a contemplar la estancia con más tranquilidad. Todo estaba lleno de herramientas, instrumentos de leñadores y cazadores. En tierras más fértiles y menos duras podrían haber vivido bien. Pero ellos habían elegido vivir allí, tan al norte, por motivos imposibles de discernir. Aquella familia no era lo que mis patrones pensaban que era pero seguí sus instrucciones hasta el final. Decapité los cadáveres con ayuda de una sierra y les llené la boca con unos ajos resecos y medio podridos que había llevado en la faltriquera todo el viaje. Metí las cabezas en un saco y amontoné los cuerpos en el centro de la estancia. Decidí quedarme el cuchillo de desollar con el que me había atacado la joven y busqué hasta encontrar su funda. Esparcí la paja algo ensangrentada de los lechos por el suelo, lo rocié todo con el aceite de los quinqués y volqué la estufa de hierro de una patada. Las cabezas las enterré bosque adentro mientras la casa ardía y se elevaba sobre el bosque un humo negro y grasiento. Me dirigía al calvero cuando noté algo. Una presencia en los bosques. Me estremecí de pies a cabeza y eché mano al revólver. Comenzó a nevar, muy suave, muy lento. Polvo de nieve se arrastró entre los árboles. Seguí caminando hasta el calvero y allí estaba. No tenía ni un pelo en el cuerpo y era muy blanco. Contemplaba la pierna colgada del roble con una expresión indescifrable. Así que tú eres el responsable, dije. Aparté la mano del revólver y saqué la bolsita del tabaco para liar un cigarrillo. Lo miré de nuevo. No eres un vampiro, dije. Lo pareces pero no lo eres. Eres otra cosa, mucho más antigua.

La criatura asintió y dijo: Yo estaba aquí antes de los primeros hombres. Mi reino se extendía por todos los bosques y los páramos de hielo. Durante miles de años fui señor de estas tierras. Ahora esta isla es todo lo que me queda.

Por eso estaban aquí, dije. Esa familia de locos. Los de tu raza son como imanes para esa gente. Mis empleadores creían que eran vampiros. Sus hijos desde luego ya no parecían humanos. Pero eras tú, era tu influencia. Despiertas el hambre de carne humana, como dicen las leyendas. Llevaban años asaltando caravanas y secuestrando gente en las lindes del bosque. Lo hacían por ti.

No pongo en los hombres ningún deseo que no estuviera ya en ellos, dijo la criatura. Casi me había desvanecido cuando ellos llegaron. Era tan fino como tripa de pescado, un hilo apenas que se sostenía en el aire. Quemaron inciensos y hierbas en braseros en una parodia involuntaria de los viejos ritos. Ofrecieron cuencos de sangre de cabra. Los tomé con manos que eran transparentes. Me fortalecieron. Pude bendecirlos con mis dones y mi semilla. Me trajeron mujeres y yací con ellas y bebí su sangre. Comimos la carne sagrada.

Estaban locos como ratas de cagadero, dije.

Fueron tocados por una gracia vieja que casi ya no existe en el mundo, dijo la criatura. Algo que se retira y vuelve a las sombras. Sus hijos eran mis hijos y ya no puedo oír sus voces. Ya no habrá más. Es el fin.

La criatura me miró. Sus ojos eran todo pupilas negras, repugnantes bajo los párpados sin pestañas. Tu sangre no es humana por completo, dijo. Lo huelo.

No, dije. Mi padre era el último de los ogros y mi madre una de las Reinas del Lago.

Progenie de un ogro y de una Reina del Lago, dijo la criatura. Eso te emparenta conmigo, de alguna manera. Realeza, aristocracia. En otro tiempo serías un dragón coronado, un leviatán de fuego. Ahora no eres más que una mujer y una asesina de parientes.

De algo hay que vivir, monstruo, dije. Tiré el cigarrillo que había estado fumando, guarneciéndolo con una mano de los copos de nieve que no dejaban de caer. Desenfundé el cuchillo de desollar y lo hundí en la criatura como si no tuviera más consistencia que la nieve, sajando capas y capas de su carne inhumana, sin derramar una gota de sangre hasta que retorcí la hoja y algo se le rompió dentro y la sangre manó y manó, una sangre desvaída, sin alcaesto ni fuerza, una sangre en retroceso al igual que toda su raza, el fantasma de una sangre auténtica, fría, pálida, que caía al suelo sin derretir la escarcha. El rostro de la criatura se contorsionó y se vació, se volvió translúcido antes de humear y comenzar a desvanecerse. Sus dedos palpaban mi ropa buscando algo a lo que asirse. Extraje el cuchillo y lo miré hasta que, en efecto, se volvió fino como tripa de pescado, apenas un hilo sostenido en el aire gélido, y desapareció para siempre, sin posibilidad de retorno. Un viento frío se levantó y movió las hojas de los robles, removió la nieve en polvo alrededor de mis pies. Después ya estuve sola en aquellos bosques casi infinitos.

El trampero de Personville

Geografía y breve historia de Personville – Indio muerto – El trampero y su cafetera– Los gemelos cobran la recompensa – Pelea en el Gentleman Loser – Enoch Eriksen dispara al sheriff

La ciudad de Personville era la más importante de la región de Stony Rapids. Situada en la bahía Hudson, en la orilla sur del río Chasatonga, contaba con unos doscientos edificios a finales de siglo y una población bulliciosa y abundante durante el verano y escasa y lánguida durante la temporada de caza. Dos calles principales se cortaban al estilo hipodámico de las ciudades romanas dotando de un inesperado orden urbanístico a la población. Main Street era la más importante de ellas, pues conectaba el embarcadero del río con la entrada sur de la ciudad. En dicha calle estaba la cámara de comercio, el ayuntamiento, la oficina del sheriff, el hotel sin nombre de tres plantas que regentaba un sirio llamado Alí, el Gentleman Loser, y dos restaurantes, además de una decena de establecimientos de compra y venta de pieles, armas y munición, comestibles, en toda la variedad que las ciudades del Norte son capaces de ofrecer. En Second Street podían encontrarse los dos burdeles de la ciudad, en los que trabajaban chinas e indias y algunas mujeres blancas, así como lavanderías, herrerías, practicantes de medicina sin licencia, curanderos chippewas, y restaurantes en los que se servía carne de caballo viejo y cola de castor y otras inmundicias. No había iglesia o parroquia de ningún tipo y los días de culto un anciano predicador levantaba una carpa en las afueras en la que se reunían las beatas y leía fragmentos de la Biblia y señalaba al cielo y a los hombres y hablaba del infierno.

La mañana del veintitrés de septiembre de mil ochocientos noventa y seis dos hombres a caballo enfilaron Main Street desde el sur atrayendo las miradas de los ociosos y los comerciantes. En primer lugar porque el caballo de uno de ellos arrastraba el cadáver congelado de un indio en una parihuela improvisada con una piel de caribú y dos varas de fresno. En segundo lugar porque los jinetes eran idénticos entre ellos, rubios y barbados, y llevaban rifles en los portacarabinas de las sillas y revólveres al cinto. No habían caído las primeras nieves pero escarchaba todas las noches y los cascos de los caballos sonaban duros en la calle de tierra apisonada. Un hombre salió de la barbería donde se había puesto bajo los ingenios del sacamuelas y escupió un largo chorro de saliva sanguinolenta a las roderas de barro petrificado que habían dejado las carretas y se quedó mirando a los jinetes, dolorido y borracho de éter. Los jinetes cabalgaban despacio, tocando el ala de sus sombreros, como si conocieran a todo el mundo, pero nadie los conocía allí.

El ayudante del sheriff estaba fumando un cigarrillo en la puerta de la oficina y cuando los vio venir metió la cabeza por una ventana y dio una voz. El sheriff, un hombre orondo y cachazudo, salió subiéndose con una mano el cinturón de la pistolera y en la otra una taza de lata abollada de la que bebía café. Los representantes de la ley miraron avanzar a los gemelos hasta que se detuvieron frente a la oficina. Justo enfrente, en el porche del Gentleman Loser, unos tramperos compartían una botella de aguardiente. ¿Quién diablos son esos?, dijo uno de ellos.

El más viejo de ellos, un trampero retirado llamado Jeremiah, movió la masa de tabaco que paseaba por sus encías desdentadas y dijo: Cazarrecompensas.

¿A quién llevan ahí?

Es el indio Tom, dijo el viejo.

El ayudante del sheriff y el sheriff miraban el cadáver y asentían con la cabeza. El cuerpo estaba rígido, azul y escarchado. La sangre se le había encostrado en el tosco y remendado abrigo de piel de rata ribereña. Uno de los gemelos, sin desmontarse, sacaba unos papeles de su faltriquera. El sheriff ojeó los papeles. El ayudante tocó el cadáver con el pie y lo giró un poco. Tenía dos tiros en la espalda.

¿Quién es el indio Tom?, dijo un trampero que se mantenía un poco apartado del grupo, liando un cigarrillo con papel de periódico. Era un hombre corpulento, con una espesa barba negra y un gorro de piel de castor encasquetado en la cabeza.

Trabajaba en un establo de Jackson City, dijo otro trampero. Le prendió fuego al establo y murieron dos personas y un montón de caballos. No se le había vuelto a ver desde entonces.

Otro de los tramperos se tocó la cabeza con un dedo. Vale mil dólares, dijo.

El hombre de la barba negra encendió el cigarrillo con una cerilla, dio una calada y después sopló de la brasa las pavesas grises que habían quedado adheridas. Ajá, dijo.

Algunos curiosos se habían acercado al cadáver. El sheriff le estaba preguntando el nombre a los gemelos.

Me llamo Erik Eriksen, dijo uno de ellos. Éste es mi hermano Enoch.

¿De dónde sois?

De Oregón.

El sheriff señaló al indio muerto.

¿Y dónde estaba éste?

El gemelo señaló vagamente hacia el oeste. Estaba escondido en un poblado indio, dijo. Junto a un lago. Río abajo.

Un poblado indio.

No más de un par de familias, en realidad.

¿Y qué ha pasado con esa gente?

Los gemelos se miraron.

¿Se pagaba algo por esa gente?, dijo Enoch Eriksen.

No.

Para qué íbamos a traerlos, entonces.

El sheriff miró a la pareja durante un largo momento.

De acuerdo, dijo. Billy, lleva a este pobre infeliz al cementerio.

Sí, jefe, dijo el ayudante.

Los gemelos desmontaron. El sheriff cogió el papel que Erik Eriksen le había mostrado, en el que se describía al fugitivo y se ponía precio a su cabeza. Dejaron los caballos atados a un abrevadero junto a la oficina. Cruzaron frente al porche del Gentleman Loser camino de la única sucursal de banco en Personville. El sheriff saludó a los allí reunidos y así lo hicieron también los gemelos, con amplias sonrisas en sus barbas rubias. Parecían niños disfrazados, los ojos azules y de una extraña inocencia. A su paso tintineaba el metal de sus armas y municiones y las espuelas de sus botas como el ruido lejano de un discreto ejército.

Los tramperos contemplaron después al ayudante del sheriff desatar la parihuela del caballo y quedarse mirando el cuerpo sin saber qué hacer. Por fin le dijo al grupo de curiosos que alguien fuera a llamar al enterrador.

El trampero de la barba negra apuró el cigarrillo y lo lanzó a la calle de un papirotazo. Tengo que irme, dijo. Salió del porche sin más despedida y tomó una callejuela junto a la taberna, apenas un hueco entre el Gentleman Loser y la tienda de Smith. Caminó entre porquerizas embarradas y las traseras de una lavandería en la que unas chinas de aspecto centenario frotaban la ropa en tablas de lavar, la espuma gris hasta los codos. Sus voces agudas suspendidas en el aire gélido de la mañana. Una cabra apersogada lo miró pasar con ojos ilegibles de insecto. Ya se podía escuchar el martilleo del herrero y lo encontró en su establecimiento, golpeando en el yunque un pedazo de escoria al rojo, un maltrecho pedazo de hierro en trámites de convertirse en otra cosa todavía inaventurable. Un eje de carro. La plancha de una pala o una azada. Una bala de cañón. De la boca abierta del horno surgía una luz anaranjada y volcánica y un calor sofocante. El herrero estaba tiznado y brillante de sudor sucio, desnudo bajo su peto de trabajo. Hola, Jack, dijo entre dos martillazos.

El trampero se mantuvo en la puerta de la herrería, donde la temperatura no era asfixiante. El herrero martilleó el hierro hasta quedar satisfecho por el momento y lo sumergió en un barreño de agua. El hierro silbó como una cosa viva. Dejó el martillo y las tenazas en el yunque y le hizo un gesto para que entrase. El trampero entró a su pesar. Le echó un vistazo al horno y su interior le hizo pensar en entrañas de dragón. El herrero estaba buscando algo en una mesa al fondo, entre diversos aparejos, eslabones de cadenas, utensilios de cocina, objetos metálicos que la gente de Personville llevaba para reparar. Aquí está, dijo el herrero. Tu cafetera.

El trampero la cogió. Las abolladuras habían sido reparadas a martillazos y el asa había sido soldada de nuevo y sustituida su cubierta de madera por un apretado alambre enrollado.

¿Qué le pasó?, dijo el herrero. Parecía que le habías dado una paliza.

El trampero sonrió. Volqué la canoa, dijo. La cafetera se fue por un rápido del Puerco Espín. La encontré por casualidad un par de semanas después, atascada en una presa de castores, pero supe que se podía reparar.

Deberías comprarte una nueva, dijo el herrero.

¿Por qué? Le tengo cariño a ésta.

Pagó al herrero y se llevó su cafetera envuelta en papel de estraza. Salió a Second Street y volvió desde ahí a Main Street dando un rodeo. Entró en la tienda de Smith…

 

Continuará

El huerto de los cerezos

Entre los cerezos del huerto y el murete de piedra que los separaba del camino. El perro saltaba a mi alrededor y gañía. Un zapato suelto, tirado en el barro. Me apoyé en el bastón para mirar sobre el muro, que me llegaba casi a la cintura. Estaba tendida de costado, el rostro oculto por un mechón de pelo blanco y fino. Contemplé su vestido azul. Dije su nombre como si eso la fuera a despertar, a traer desde un sueño lejano e inoportuno. No se movió, claro. Permanecí allí durante un momento, sin saber qué hacer. Era muy temprano y los cerezos goteaban rocío. Olía a tierra mojada y a piedras mojadas y a cerezas mojadas. Una neblina volátil se movía entre los árboles, dispuesta a desvanecerse a la menor turbación, con el menor rayo de sol. Su pelo, cuando era joven y era rubia, rabiosamente rubia, tenía un color rojizo a según qué horas, con según qué luz, a esa luz precisa del amanecer. Supongo que estaba recordando eso, mirando sin verlo del todo su vestido azul manchado de tierra y hojas, sus piernas levemente dobladas, una media de lana subida y la otra apelotonada en el tobillo. Tan delgada, tan anciana ahora. Un carro enfiló el camino viejo y fue el chirrido de sus ruedas metálicas en las roderas de barro lo que me sacó de la ensoñación. Agité el bastón para que parase.

 

Se personaron dos oficiales que habían pasado la noche patrullando los campos a caballo. Estaban mojados y envueltos en capotes negros, los rifles enfundados en las sillas de montar. Uno desmontó y el otro no. Fumaron un cigarrillo, echando un vistazo, la fatiga pesándoles en los ojos oscuros. Dijeron que enviarían a alguien a resolver el asunto, que escribirían un informe, y que ya podíamos retirar el cuerpo. También habíamos despertado al funcionario de la Prefectura. Su mujer le había dado un termo de café que nos íbamos pasando de mano en mano. El mulero del carro nos dio unas mantas bastas con las que envolver el cadáver. Me dijeron que no hacía falta mi ayuda pero quise colaborar y moví su cuerpo, rígido, frío, lo envolví en las mantas junto con el funcionario, mientras el mulero sorbía café y los oficiales bostezaban en sus puños enguantados. Qué quebradiza y qué vieja, qué muerta y qué blanca. Yo era cuatro años mayor que ella. Tenía ochenta años aquella mañana. No quise montar en el carro. Fui caminando tras ellos por el tramo que va desde el camino viejo al cementerio. No pude seguir el ritmo, claro, y al cabo de un rato caminaba solo, con el día ya consumado a mi alrededor, abiertos los campos bajo el sol, fragantes, henchidos de piares y zumbidos, las articulaciones doloridas y los pulmones plenos. El perro iba de aquí a allí, lanzando gañidos, chasqueando los dientes en su intento de tragarse insectos. Cuando llegué al cementerio ya habían metido el cuerpo en el tanatorio, un edificio achatado y siniestro de una sola estancia, que apestaba a formaldehido. El cuerpo estaba tendido en una mesa de mármol, levemente inclinada. Las sierras, los punzones, los martillos, los tubos, los frascos estaban a la vista tras los cristales de los armaritos que los contenían. Permanecí allí mientras el funcionario y el médico y su practicante hablaban. Abrieron las mantas y echaron un vistazo. El médico dijo que tenía un fuerte golpe en la cabeza. Dijo que eso podría haberla matado. El funcionario suspiró. El marido todavía no lo sabe, dijo. Yo se lo diré, dije. Se me quedaron mirando. Quizá conocían nuestra historia o quizá no. El funcionario tendría que haberme dicho que no, que era su labor como delegado de la Prefectura, pero me dijo que estaría muy agradecido si me tomaba la molestia. Salí de la estancia y respiré hondo. El perro me estaba esperando sentado junto a una pila de ladrillos para los nichos. A lo lejos se escuchaban las paletadas del sepulturero trasegando con la tierra.

 

La casa era de madera y muy vieja, de dos plantas, erigida en soledad lejos de las casitas bajas y de tejados de pizarra de los campesinos. Abajo un ampuloso salón para las visitas y el consultorio por el que la gente desfilaba para quejarse de sus aflicciones, observadas con severidad por los lomos en piel de becerro y pan de oro de enciclopedias ilustradas y vademécums, y que les fueran recetados los bebedizos, las pomadas, las cirugías. Arriba las habitaciones, mucho más discretas, en las que siempre habían hecho vida. Él estaba sentado en el salón, frente al enorme ventanal. Lo contemplé desde el jardín delantero, mientras el perro olisqueaba los rosales todavía por florecer. Envuelto en un batín rojo, el pelo de su cabeza no muy distinto a la niebla que había visto prenderse de los cerezos, un halo fantasmal, una ilusión casi desvanecida. La piel se le adhería a los huesos del cráneo como una máscara tensa. Se había servido una copa de coñac.

La puerta de entrada estaba entornada. La casa en un absoluto silencio, pues ya no tenían servicio allí residente. Me miró entrar en el salón sin sorpresa. Se lamió los labios y me dio los buenos días. ¿Quieres sentarte y tomar una copa?, dijo.

Le dije que sí y me serví yo mismo una copa de coñac del mueble bar. Después me senté en un butacón junto al suyo. Un larguísimo pelo níveo en el reposabrazos. Lo pellizqué con los dedos y lo dejé caer al suelo.

A veces se escapaba en la noche, dijo. Siempre he tenido problemas para dormir y siempre he tomado somníferos. Estoy seguro de que sabes esto.

Ajá.

Pero mi sueño siempre es ligero. Con o sin somníferos. Ella creía que no me daba cuenta de cuando se deslizaba fuera de la cama. Lo ha seguido haciendo durante todo este tiempo, incluso cuando por su edad era bastante peligroso que deambulase por la noche, pero jamás me he atrevido a prohibírselo o hablar del tema siquiera.

Bebí de mi copa y aguardé. Miramos al perro que se había quedado dormido al sol en la hierba del jardín. A lo lejos los tejados negros y alargados de las casas del pueblo.

Hoy no estaba cuando he despertado. Siempre estaba cuando despertaba de nuevo.

¿Sabes adónde iba en esas escapadas?

Puedo imaginármelo. Al huerto de cerezos. Donde encontraron a su hermana.

Entonces le hablé de lo que había pasado, de los dos oficiales y de lo que había dicho el médico en el tanatorio. Escuchó en silencio, contemplando el coñac que le quedaba en la copa. Un rubor le había subido a las mejillas, un simulacro de vitalidad y ánimo, que contrastaba con los ojos vidriosos y apagados.

Durante un tiempo pensé que se reunía contigo, dijo. ¿Cuánto hace que nos conocemos? ¿Sesenta años? ¿Setenta?

Algo así.

¿Tanto tiempo nos hemos odiado?

Tanto tiempo.

¿Crees que lo recordará alguien?, dijo. Lo que le pasó a su hermana.

Metió la mano en el batín y sacó un frasco con tapón de corcho, sin etiqueta. Vertió unas gotas en la copa de coñac.

Quizá siga escrito en algún sitio, aunque sucedió antes de la Prefectura. Se perdieron muchas cosas en la guerra, dije. Se olvidaron todavía más.

¿Alguna vez te ha fallado la memoria? A mí no. Puedo recordarlo todo. Todos los que vivieron aquello han muerto o se han quedado gagá. Nosotros no. Úrsula siempre tan lúcida, tú y yo tan…

Suspiró. Vertió unas gotas más en el coñac. Era líquido era translúcido y parecía inocente como agua. Apuró un trago de la copa.

¿A qué hermana amabas más? Yo nunca lo supe. Tuvo que morir una para que pudiera elegir.

Me miró con unos ojos que se hundían y se hundían en su cráneo. Siempre amé a Úrsula, dijo. Nunca he amado a otra mujer.

Entonces has sido un hombre afortunado.

Asintió con gravedad. Vertió el resto del frasquito en la copa de coñac. Bebió con largueza.

Háblales de cómo les brillaba el pelo, dijo. De cómo era casi rojo. Yo no tengo fuerzas. Háblales de lo parecidas que eran. De lo bonitos que eran sus ojos.

Lo haré.

Háblales incluso del huerto de cerezos. De cómo murió primero una hermana allí y de cómo ha tenido que ir a morir la otra también.

Lo haré. Te lo aseguro.

Ahora me apetece dormir, dijo. Diles que vengan más tarde a por mí. Más tarde, por favor. Más tarde.

 

Los oficiales traían a un muchacho de unos veinte años atado por las manos, caminando tras los caballos. Estaba manchado de barro y sangraba por la nariz y la boca. Lo reconocí, era un buhonero que había pasado por el pueblo el día anterior, arrastrando un carro lleno de cachivaches y ropa vieja. Cuando llegaron a mi altura uno de los oficiales me miró y sonrió. Lo hemos cogido, maestro, dijo, y siguieron en dirección al ayuntamiento. Entonces recordé que el oficial había sido alumno mío, muchos años antes, cuando la escuela estaba abierta.

Lo llevaron al ayuntamiento y lo metieron en un cuarto recuerdo de épocas más turbulentas. Lo esposaron a una silla metálica cuyas patas estaban atornilladas al suelo de hormigón. Las esposas chirriaron en las manchas de óxido. El funcionario y los oficiales salieron para hablar en otra habitación. Discutían sobre cómo proceder. No se preocupe, maestro, me dijo el oficial. Ese pájaro confiesa.

En cuanto dejaron de mirarme me colé en la habitación. Ya le habían pegado bastante. Se había orinado encima. Había una silla frente a él y un pedazo de manguera tirado en el suelo. Me miró parpadeando muy rápido.

Yo no he sido, dijo. De verdad que yo no he sido.

Me senté en la silla. Dijo que había pasado la noche en el bosque, camino del pueblo más cercano. Dijo que no pensaba volver porque el pueblo estaba casi vacío y sólo quedaban viejos. Que él no le haría daño jamás a alguien. Que era una buena persona, un pobre buhonero.

Hice un gesto de indiferencia. No te molestes, dije. Yo sólo soy un pobre maestro jubilado. No puedo hacer nada para ayudarte. Además qué importa. Qué importa quién hace las cosas y por qué, quién es el culpable y si pagará por sus pecados…

El muchacho parpadeó. Pero, señor, yo no he matado a nadie.

Escúchame, dije. Escúchame. Mírame a los ojos.

Qué…

Los ojos. Dicen que son el espejo del alma. Cornea, esclerótica, retina, todo absorbiendo el mundo y reflejando el alma… Qué idea tan macabra. Pero es bien cierta pues existen ojos que son más que esferas gelatinosas llenas de humores vítreos y cristalinos, más que las partes que los componen, más que el espacio que ocupan en su cuenca. Existen ojos que son más que meros testigos del mundo, ojos que escupen su propia versión de la realidad y de los hechos y está escrito el vacío y lo absoluto en su opacidad y en las arrugas que los circundan como si fueran mapas de lo pasado y lo venidero y el doloroso trámite entre ambas cosas. Existen ojos acostumbrados a distinguir entre lo válido y lo caduco, lo transitorio y lo permanente, la vida y la muerte, y a decidir en consecuencia lo que ha de desaparecer, lo que puede continuar. Existen ojos que cansados de tanto mirar al mundo empiezan a devolver los fantasmas de sus mundos internos y ojos que son mundos en sí mismos, mundos incandescentes que gravitan y describen órbitas alrededor de estrellas muertas y lejanas cuya luz ya solo se encuentra en la memoria. Existen ojos como bocas de horno. Ahora, muchacho, mírame a los ojos, míralos con mucho cuidado, y dime qué es lo que ves.

El visitante (I/II)

Fue el único pasajero en bajar del tren. Contempló el paisaje llano y pelado desde el andén de la estación, una mano sobre los ojos, la otra sosteniendo la mochila que llevaba como único equipaje. Una luz roja se desparramaba por el cielo y el calor era insoportable. Entró en el vestíbulo de la estación, un edificio de ladrillo visto, apeadero venido a más, sudando ya bajo el traje. En el techo había enormes cristaleras y en las vigas desnudas que lo sostenían habían anidado las golondrinas. Cagadas de pájaro en las largas baldosas del suelo. Parpadeó y tembló en el frío inesperado del edificio. Tardó un poco en distinguir al hombre que lo esperaba junto a las taquillas vacías, un anciano con gorra de plato y librea, y que permanecía muy recto, casi marcial. Se acercó a él como si le hubiera soltado un resorte dentro. ¿Es usted el joven Aguirre?, dijo.

Él asintió. Sí, soy yo. Carlos Aguirre.

Acompáñeme, por favor.

El viejo cogió la correa de la mochila y tiró. Intentó decirle que no hacía falta pero el viejo volvió a tirar sin atender a razones. Por favor, dijo. Soy su chófer, joven Aguirre, yo me encargaré.

Cruzaron el edificio para salir por el extremo contrario. El viejo lo guió hasta un BMW aparcado en una pista de tierra, un vehículo antiguo pero encerado y brillante, solemne como un coche de difuntos, efecto apenas afeado por el polvo amarillento que se le había adherido a los bajos. Aguirre ocupó el asiento trasero mientras el chófer dejaba su mochila en el maletero. El interior olía a goma quemada y productos de limpieza. Se acomodó e hizo crujir la tapicería de cuero. El viejo se puso al volante, encendió el motor y condujo hacia la carretera.

Carraspeó para decir algo pero el silencio del hombre lo intimidó. Conducía sin cinturón y muy echado sobre el volante, la gorra casi caída sobre los ojos. A su alrededor se sucedían los campos recién segados como nucas rapadas y rubias. Prefirió guardar sus preguntas para más tarde. Aguirre trabajaba como documentalista para un programa de televisión centrado en temas de misterio, sobrenaturales y paracientíficos. Le había sido encargado conseguir material, tanto gráfico como entrevistas preliminares, acerca de los círculos de contactados que habían proliferado durante la década de los sesenta y setenta y sus supuestos herederos actuales. Una semana antes había estado escuchando, en un cuartucho que apestaba a incienso y coles hervidas, los desvaríos de una supuesta médium en contacto con los espíritus elevados de la Atlántida. Antes de eso se entrevistó con un anacoreta cántabro que le explicó con extremo detalle la organización y jerarquía de la raza de hombres con cabeza de serpiente que gobiernan el mundo desde la Tierra Hueca, todo lo cual le había sido revelado en un sueño por el arcángel Gabriel. Era un trabajo sencillo aunque implicaba hablar con auténticos chiflados, gente con problemas mentales o traumas terribles, lo que le inspiraba bastante tristeza, y estafadores sin escrúpulos. También había otro tipo de entrevistados, investigadores muy serios y convencidos de la gravedad de los temas que trataban, siempre rodeados de los otros, los chiflados y los estafadores, hombres tristes, cansados de clamar en el desierto su versión de las cosas, como chacales sarnosos aullando a la luna. Ellos también le inspiraban cierta tristeza pero los prefería porque no estaban tan evidentemente locos, pese a que con frecuencia sus obsesiones les habían costado sus matrimonios y sus trabajos. Entrevistándose con algunos de estos investigadores había llegado a conocer la existencia de algo llamado Círculo Ómicron. No encontró casi ninguna referencia bibliográfica o de otro tipo en sus archivos o los del programa de televisión, sólo alusiones veladas, susurros en alguna entrevista, sobreentendidos. Logró poner en orden algunos datos recurriendo a todas sus fuentes, que le facilitaron fotocopias y escaneos de libros mugrientos y revistas especializadas de treinta años antes. El Círculo había sido fundado en algún momento de los años cincuenta por una mujer que se hacía llamar Miss Ortrowski, supuesta heredera del marquesado de Aguamedina. Viajera por la Europa de entre guerras y por Asia Central, aseguraba haberse casado con un noble prusiano apellidado Ortrowski, aunque a Aguirre no le sonaba nada prusiano ese apellido, en algún momento de la década de los años treinta, y haber enviudado muy pronto. Se comunicaba con su difunto marido, contaba un artículo muy breve fechado en mil novecientos setenta y nueve, mediante una médium gitana que además le echaba las cartas e interpretaba el dibujo de sus deposiciones. Poco más se sabía. Se la relacionaba con hombres importantes, aristócratas europeos, políticos, empresarios, de diferentes épocas, pero nada concreto ni verificable. El Círculo Ómicron era casi como una criatura mitológica, un simio gigante que aparece y desaparece en los bosques sin dejar más que huellas confusas y mechones de un pelaje vulgar.

Llegaron a una casa solariega entre los campos de trigo. Unos perros ladraron al coche mientras subían por el camino polvoriento hacia la casa, vieja, de piedra, dos plantas con balcones de hierro forjado y altas ventanas con parteluces de madera. Todas las cortinas echadas y blancas. El chófer detuvo el BMW y salió gritando a los perros. Él bajó también y sintió un repentino escalofrío. El sol casi se había puesto y un viento venía del páramo.

La puerta de la casa se entreabrió y contempló por un instante una mano larga y pálida y un brazo del que colgaban amplias mangas de encaje. Entre, entre, le dijo el chófer. La puerta tenía llamadores en forma de pájaro. Un enorme vestíbulo en el que nadie lo esperaba, las paredes llenas de trofeos de caza, cabezas de antílope, de oso, de cebra, una arbórea cornamenta de ciervo, un colmillo, sólo uno, de elefante engastado por una pieza de oro a un soporte de madera, y una piel de guepardo extendida como un crucificado sobre una puerta cerrada de doble hoja. También había retratos y fotografías diversas, muebles oscuros y recargados que exponían en vitrina vajillas y porcelanas de exquisita factura, un velador de mármol, con ornamentadas y retorcidas patas negras de hierro colado, que sostenía el estuche taraceado en su superficie con diseños geométricos de marfil de una escopeta enorme, desmontada, cada pieza en su lecho de terciopelo verde, con largos cañones en lemniscata y culata de madera de olivo y cantonera de acero viejo, grabados en oro a lo largo de los cañones lebreles y palomas en sinuosa persecución. La estancia olía a cerrado pero había sido limpiada a conciencia, ni una mota de polvo en las maderas o los cristales, ni una huella inapropiada. Los trofeos sin embargo no habían recibido los cuidados necesarios, estaban raídos, apolillados, se les habían desprendido dientes y ojos de cristal y en las órbitas y alvéolos habían anidado arañas.

También comenzaba a hacer frío dentro de la casa. La luz de las bombillas, metidas en viejos tubos de vidrio de lámparas de aceite, era anaranjada y proyectaba sombras alargadas y tenebrosas. Decidió esperar a que fueran a recibirlo. Contempló las fotografías enmarcadas de las paredes. El marqués de Aguamedina posando en África, la escopeta en la cadera, el salacot calado hasta las cejas. El marqués posando con su esposa en ese mismo vestíbulo, junto con una niña de pelo negro y carita blanca que se muerde el puño, arruina el posado pero causa un efecto demasiado tierno como para rechazarlo. En las fotografías el marqués envejece, la esposa desaparece, la niña se convierte en muchacha. Caminó junto a la pared observando la sucesión de retratos y estampas. Otro posado en ese mismo vestíbulo, una decena de hombres fumadores de puros, con bigotitos y mostachos, sin marqués y con la muchacha convertida en mujer. Una plaquita en el marco fechaba la fotografía en mil novecientos cincuenta y seis, la primera reunión del Círculo Ómicron.

Se detuvo desconcertado ante una fotografía en la que posaban frente a la casa tres chimpancés, uno vestido con gorra de plato y librea, idéntico al chófer que lo ha recogido en la estación, y dos con vestido negro, cofia y delantal.

La puerta de doble hoja se abrió con un chirrido y entró una mujer con el pelo blanco y muy largo, el flequillo níveo descendiendo por el costado de su rostro hasta casi la clavícula, ataviada con una especie de túnica o camisón tan blanco como su pelo. Apreció incluso mejor que en las fotografías de juventud su pasada belleza, los ojos grandes, los pómulos delicados y felinos.

Querido, dijo Miss Ortrowski. Bienvenido. Estábamos esperándote.

Muchas gracias, dijo él. Gracias por invitarme.

Oh, por favor, deberíamos hacerlo hecho hace mucho tiempo. No sabíamos que existías.

Él asintió, sin comprender a qué se refería. Miss Ortrowski tenía un fuerte acento albaceteño.

Mis angelitos, dijo ella. ¿Los ha visto?

Se acercó a la fotografía de los monos.

Sí, señora.

Miss Ortrowski, dijo Miss Ortrowski.

Sí, disculpe, Miss Ortrowski.

A mi marido le gusta que me llamen así.

Claro.

¿Le interesan las fotografías? Tengo un par de álbumes que debería ver.

La puerta de entrada se abrió y pasó el chófer con la mochila de Aguirre.

Jerónimo le acompañará a sus habitaciones, dijo Miss Ortrowski. ¿Quiere acompañarle?

Sí, gracias.

Pasaron bajo la piel de guepardo a un salón mucho más despejado de ornamentos. Miss Ortrowski le indicó unas escaleras. Instálese, por favor, dijo. Su habitación ya está preparada. El resto de invitados ya ha llegado y tengo que atenderles. Reúnase en cuanto esté listo con nosotros.

Aguirre le agradeció de nuevo a la mujer sus molestias y siguió al chófer escaleras arriba. Los escalones eran de madera, muchos alabeados y desgastados por las pisadas. Los suelos también eran de madera y crujían con suavidad. Retratos en las paredes, cuadros de santos, vírgenes y antepasados remotos. La puerta de una de las habitaciones se entornó a su paso y le pareció ver un ojo que le observaba por la rendija, un mechón de pelo rubio, pero no se detuvo. El chófer entró en una de las habitaciones, la siguiente, y dejó la mochila a los pies de la cama y se marchó sin decir una palabra. Aguirre cerró la puerta y durante un segundo buscó un cerrojo o una cadena para asegurar la puerta. Se rió de sí mismo. La habitación era espaciosa. Una cama con cabecero de madera y colcha blanca. Una ventana alta por la que pudo ver que ya había caído la noche casi por completo en los campos. Había otra puerta que daba a un cuarto de baño. Agradeció la decoración austera, sin fotografías ni retratos inquietantes. Sacó la cámara de fotos de la mochila. Pensaba tomar algunas fotografías del lugar, aunque fuera sólo como recuerdo, pero al apretar el botón de encendido la pantalla permaneció oscurecida. Volvió a pulsarlo. La cámara no se encendió. Sacó la batería, dudando. Había comprobado que estaba casi completa la noche anterior. Quizá la había vuelto a meter en la funda conectada y se había agotado. Cogió la batería de repuesto, que había estado cargándose hasta esa misma mañana, y la puso en el aparato. Tampoco funcionó. Se quedó contemplando la pantalla en negro sin saber qué hacer. No se encendían ni las luces testigo. Mierda, dijo. Metió la cámara en su funda. Sacó del bolsillo su teléfono móvil. Le serviría para tomar algunas fotografías de referencia para el programa, aunque tampoco estaba convencido de que Miss Ortrowski llegase a dar consentimiento para utilizar el material. El móvil no tenía cobertura y apenas una raya de batería. Suspiró y sacó también el cargador. Miró a su alrededor y no encontró ningún enchufe. Buscó bajo la cama y tras la mesita de noche. Tampoco. Joder, dijo. Joder. Se frotó los ojos. No era tan grave. Sólo iba a pasar allí una noche y tenía una libreta para tomar notas. Decidió cambiarse de ropa y asearse antes de la reunión. Se quitó la americana, la corbata y los zapatos y entró en el baño, porcelana reluciente, una bañera con patas de león, grifos de bronce, y un espejo en el que vio reflejada la puerta que comunicaba el baño con la otra habitación. Se acercó para cerrarla del todo pues estaba entornada y vio a la chica desnuda. Sentada al borde de la cama, las manos extendidas en la colcha blanca, mirando hacia sus pies. El pelo le caía recto sobre los ojos como una visera y los mechones más largos de la nuca se extendían por sus pechos sin taparlos, casi suspendidos sobre la piel, repelidos por una carga eléctrica, de un color rubio tostado. El vello de su pubis era todavía más oscuro y sus muslos muy blancos, refulgentes. Se puso en pie sin levantar la mirada ni despejar el pelo de su rostro y cogió una prenda del respaldo de una silla, una túnica como la de Miss Ortrowski, se volvió y se la pasó por el cuello y los brazos. Mientras caía la prenda él puedo ver las ordenadas cicatrices de su espalda y sus nalgas. Sacó la cabeza, colocó el pelo de manera adecuada y se volvió de nuevo. Le miró a los ojos sin ninguna sorpresa, caminó hacia la puerta y la cerró con delicadeza en sus narices.

Aguirre parpadeó, confuso. Pensó en disculparse a través de la puerta pero en lugar de eso abrió el grifo y se mojó la cara y la nuca. Los mismos rasgos que Miss Ortrowski, pómulos bonitos, boca y ojos grandes. Los pechos enmarcados por el pelo. El pubis oscuro. Tuvo una erección incómoda, casi dolorosa. Al otro lado de la puerta no se escuchaba ni un sonido, como si se hubiera quedado quieta donde estaba, esperando que la puerta volviera a abrirse. Aguirre permaneció allí un momento, escuchando, y volvió a la habitación. Sentía la camisa de nuevo sudada y pegada al cuerpo. No estaba seguro de haber sido indiscreto o de haber asistido a una exhibición. Se cambió de ropa pensando en qué hacer. Al salir de la habitación se la encontró esperando en el pasillo, casi en la misma postura, los ojos bajos, el pelo sobre los pechos que se marcaban en la túnica. Hola, dijo. Tenía una voz grave, profunda para una mujer. Algo parecido al deje de alguien que despierta de un largo sueño, una garganta dormida.

Hola, yo…

Eres Aguirre, ¿verdad? El joven Aguirre.

Sí, soy yo.

Me llamo Sofía, dijo, ofreciendo la mano. Él no llegó a estrechársela, apenas la tuvo entre los dedos cuando ella la deslizó fuera. Le había parecido más joven antes, debía de tener unos veinticinco años. Se preguntó si sería nieta o una hija tardía de Miss Ortrowski. Tampoco sabía exactamente qué edad tenía la mujer y todavía no se le había ocurrido una manera educada de preguntarlo.

Baja conmigo, dijo Sofía. Te llevaré con los viejos.

Echaron a caminar por el pasillo hacia la escalera.

Gracias, dijo. Tú… Esto, ¿formas parte de…?

¿Del Círculo? Claro. Soy la que se encarga del visitante.

¿El visitante? ¿Te refieres a mí?

Ella le miró por encima del hombro. Me refiero al otro visitante, dijo. Al que viene siempre.

Oh.

Ellos están demasiado viejos y chochos como para ocuparse del vigilante, dijo, y sin el vigilante no podríamos hacer las sesiones. Él nos guía.

Ajá. El visitante es una especie de espíritu guía entonces, ¿no?

Ella volvió a mirarlo por encima del hombro. No sabes mucho de nosotros, en realidad, dijo.

Bueno, sé lo justo, dijo Aguirre.

Bajaron las escaleras. Ella se detuvo y le puso una mano en la solapa de la americana. Me alegro de que estés aquí, en cualquier caso, dijo. Pensé que nunca dejarían venir a nadie nuevo. Han ido muriendo todos… Le miró fijamente a los ojos. Los tenía muy azules. Las pestañas igual de oscuras que su pubis. Yo heredaré el Círculo, dijo. Espero que quede algún Círculo que heredar. La vieja ha hecho las cosas a su manera durante mucho tiempo y… Tú eres joven. Tú estarás de mi lado.

Su voz, ligeramente nasal, era como agua que corre por un lugar secreto, entre las rocas y los troncos cubiertos de musgo, un arroyo en penumbra, bajo las zarzas y la maleza, limpio, fresco y peligroso como los bosques para los niños perdidos.

Pero yo sólo estoy de paso, yo no…

Nadie está de paso en el Círculo, dijo Sofía. Estás donde te corresponde. Sígueme.

Fragmento

Ella le contó un sueño en el que contemplaba diversos animales metidos en su piso, loros en la cocina, hurones por el sofá, murciélagos pendiendo de la lámpara de su dormitorio y él dijo que cada noche, en cuanto ponía la cabeza en la almohada, imaginaba que tenía que cruzar una ciudad semihundida, un pantano brumoso del que sobresalían azoteas de edificios y rascacielos cubiertos de enredaderas y helechos y que habitaban ranas y lagartos humanoides, también humanos locos y caníbales. Un lugar muy peligroso.

No lo entiendo, dijo ella. ¿Es un sueño?

No, no, estoy despierto. Cierro los ojos y lo imagino aunque más bien es como si lo viera, como si contemplase una película o leyera un libro. Un videojuego quizá, uno muy raro, en el que puedo tomar decisiones, pasar lista a mis pertenencias, un cuchillo, una soga negra muy delgada y muy resistente, una linterna, una mochila, cosas así. Voy vestido de manera adecuada para el entorno con pantalones bastos y resistentes, botas impermeables, una chaqueta verde oliva. Todos esos detalles se van desgranando en mi mente, en mi visión, así como el bote que utilizo para cruzar el pantano, el remo corto y de acero inoxidable que es también una pala para cavar trincheras y letrinas y que voy hundiendo en el agua verde casi negra haciendo un sonido suave, relajante, y la proa del bote corta las algas con un sonido siseante que parece diferente pero que es el mismo. En las azoteas de los edificios veo a las ranas humanoides moverse con la fluidez de gorilas elásticos, contra el cielo crepuscular o el cielo estrellado, según mi estado de ánimo.
¿Por qué tienes que cruzar el pantano?

No lo sé. Bueno, no lo sé y lo sé. Sé que tengo que esperar para descubrirlo. Voy remando, con una rodilla hincada en el suelo del bote, hasta llegar bajo las largas fachadas de los rascacielos. La mayoría de las ventanas están rotas y algunas rebosan vegetación paleozoica como un vómito verde. La fachada de uno de los edificios se ha derrumbado parcialmente a ras de agua y allí dejo el bote atado y entro en lo que debía de ser la recepción de unas oficinas o algo así. Todo está en penumbra o directamente oscuro como boca de lobo. Huele a lodo y plantas podridas. Asciendo por unas escaleras que hacia abajo se hunden en las aguas del pantano y hacia arriba llevan a una negrura absoluta, buscando acceso al edificio colindante. Hay agujeros en los tabiques y en el suelo, pasarelas de troncos atados con tiras de cuero, amuletos de hueso y piedra colgando aquí y allá. También los restos resecos y amarillentos de criaturas que han mudado la piel como si se parieran a sí mismas. Ilumino con la linterna, avanzo de un edifico a otro con extremo cuidado, los ruidos de habitantes secretos se despeñan por los huecos de los ascensores. En determinado momento tengo que refugiarme tras unos escombros y quedarme muy quieto, porque aparece una de las ranas. Me quedo muy quieto en la visión y en, digamos, la realidad, en la cama, casi sin respirar, con la linterna apagada, el cuchillo desenfundado, esperando, cubierto con las mantas hasta los ojos o con la cara vuelta en la almohada.

¿Cómo son las ranas?

Grandes como un hombre aunque de extremidades más largas, poderosas y coriáceas. De un verde muy oscuro, veteadas de negro en el lomo y muy blancas en el vientre. Avanzan a cuatro patas aunque pueden erguirse sobre las traseras para pelear o usar las manos. Tienen dientes de depredador. No son muy inteligentes, de hecho no son inteligentes en absoluto. Son menos que animales, autómatas biológicos. Esto tiene una explicación que todavía no conozco.

También hay lagartos.

Los lagartos son negros, con pequeñas crestas rojas en la cabeza y lengua bífida. No veo ninguno pero sé que existen. Frecuentan el pantano pero en realidad no lo habitan.

¿Qué pasa después?

La rana se marcha sin descubrirme. Vuelvo a recorrer los edificios. Encuentro un edificio cuyo interior no está inundado. En algún momento se vació y las ventanas y aberturas diversas fueron tapiadas e impermeabilizadas con sacos de arena y madera alquitranada. Huele peor que en cualquier otra parte y todo lo cubre un moho negro y repugnante. Desciendo por las escaleras. Enciendo la linterna a tramos para no delatarme. En los últimos pisos, donde noto la presión fantasmal del pantano sobre mi cabeza, en mis fosas nasales, en mi lóbulo frontal, en mis vértebras frágiles y quebradizas, con sus toneladas y toneladas de agua lodosa, gigantes masas de algas como ciudades submarinas o ballenas vegetales, peces vivos y peces muertos, cangrejos carroñeros, erupciones de gas pufrefacto, fumarolas repentinas y electroluminiscencias venenosas, han tirado los tabiques y mi linterna sólo logra iluminar una oscuridad sin límites, un velo negro en cualquier dirección, y unos suelos y techos colonizados por completo por el moho. Es ahí cuando escucho las cadenas. Un tintineo aquí y allá. Tardo en identificarlo porque mis sentidos están embotados, casi enloquecidos. Enciendo la linterna justo a tiempo para ver a un hombre desnudo, cubierto de mugre y pelo asqueroso, que avanza hacia mí con un largo hueso astillado. Tiene un grillete en el tobillo del que arrastra una cadena. Pierdo la linterna, afortunadamente encendida, y luchamos entrando y saliendo de su haz de luz. El hombre intenta sacarme los ojos con el hueso, morderme la cara, desgarrarme la garganta con sus uñas. Resbalamos, caemos, perdemos él el hueso y yo el cuchillo. La pelea se vuelve todavía más feroz. Intenta estrangularme con su cadena. Al final golpeo su cabeza contra el suelo, una, dos, tres veces, y el crujido del hueso me pone los pelos de punta. Escucho a otros encadenados moverse en la oscuridad. Guardianes obligados y dementes por un amo invisible. Por fin, bajando un último tramo de escaleras, con un tintineo constante y lento de cadenas a mis espaldas, llego al vestíbulo del edificio. Había sido un antiguo hotel. Quedaban sedimentos de la inundación, montones hasta casi el techo de lodo y vegetación muerta. Una puerta en forma de media luna, la entrada al antiguo bar, con inscripciones a lo largo de todo el arco, pintadas que era imposible discernir si estaban hechas con sangre o mierda.

¿Y qué pasa entonces?

No lo sé todavía. Cada noche tengo que imaginarlo de nuevo desde el principio. Voy añadiendo o descubriendo detalles.

Oh.

Con frecuencia me duermo cuando todavía estoy en el bote o recorriendo los edificios. A veces la pelea con los encadenados es más larga y violenta, hay más sangre que el moho negro chupa como una esponja. La narración avanza despacio.

Entonces no es más que una historia que te cuentas para dormir.

Supongo que sí.

No es como mis sueños.

Supongo que no.

Mis sueños son diferentes.

Ilustración de Mireia Pérez

Monstruos y asesinos VIII

Permaneció atada durante horas. Se turnaban para vigilarla, Orlov y Fish. A Kemper, el gigante, no lo vio más. Fish no volvió a maltratarla pero le hablaba de cómo lo haría en cuanto se lo permitieran, de las marcas que deja la hebilla del cinturón en las partes tiernas del cuerpo, de cómo se puede hacer llorar hasta a la chica más dura con un par de cuchillas de afeitar. Orlov, por su parte, fumaba sentado en el butacón, con su estar extraño, su rostro pálido, animalesco y al mismo tiempo desprovisto de vida, soplando humo a las franjas de luz que llegaban desde la calle. No llegó a dormir pero perdía la conciencia de tanto en tanto y al recuperarla él la miraba con fijeza, los ojos inertes, los labios apretados. Comisario del Dios Vivo. Homúnculo. Todo en él le inspiraba un rechazo íntimo, una náusea cálida y diferente que le subía desde el bajo vientre.

Se orinó encima de manera deliberada durante el turno de Orlov. El homúnculo estaba mirando hacia el ventanuco, paladeando el humo de su cigarro, y a lo lejos sonaba la música demencial del violinista del torreón. Apenas tardó unos segundos en fruncir el ceño y dilatar las fosas nasales. Se puso en pie. V se preguntó cómo podía haberla olido tan rápido sobre el hedor a especias quemadas de su cigarro.

Bueno, dijo. Tenemos un problema.

¿Qué creías que iba a pasar?, dijo V.

Pensaba que intentarías no hacértelo encima, dijo Orlov. Que suplicarías un poco.

No respondió. Él apuró otra calada al cigarro y después le desató las manos del cabecero de la cama, sin soltar las correas de las muñecas. Ponte en pie, dijo. Si haces cualquier tontería ahora volveré a atarte con tus meados. Tampoco te haré ningún caso cuando te cagues encima. ¿De acuerdo?

V asintió. Salió de la cama con las piernas débiles y acalambradas. Un hormigueo le recorría también los brazos y se le despertaba además el dolor en los lugares en que había sido golpeada, la mandíbula, la vagina. La quemadura del estómago le ardía como si todavía le estuvieran aplicando la brasa. Se tambaleó tras Orlov, que le tiraba de las correas. La dejó en el centro de la habitación, los pantalones empapados de orina, enfriándose y hediendo. Se notaba muy débil y mareada. Orlov contemplaba el contenido de la habitación. Abrió un baúl y observó su contenido. Vestidos que V había traído pero que ya nunca se ponía. Cogió una palangana de porcelana y la llenó de agua en el lavabo. Encontró una de las esponjas con la que nos aseábamos. Tiró el cigarro a la alfombra y lo pisó. Los pantalones, le dijo.

V bajó los ojos. Desabrochó su pantalón y lo bajó hasta donde pudo con las correas, unos centímetros por encima de las rodillas.

Las bragas, dijo Orlov.

Estaba plantado con la palangana en la mano, sin la más mínima muestra de emoción. V bajó las bragas, mojadas y adheridas a la piel.

Bájalas más, dijo Orlov. Quítatelo todo.

No puedo. Me voy a caer.

Orlov gruñó. Bien, dijo. Se acercó a ella y puso la palangana en el suelo. Siéntate. La tomó por la nuca y la cintura y la bajó hasta el suelo en un movimiento rápido, inapelable, la versión delicada de una llave de defensa personal. Se quedó muy quieta, con los pantalones y las bragas por las rodillas, el pelo sobre el rostro y las muñecas sujetas por las correas. Orlov hincó una rodilla junto a ella. La observó con detenimiento y comenzó a desatarle las botas polvorientas, las tiró a un lado, y le quitó los pantalones y las bragas a la vez. V colaboró estirando las piernas y nada más. Orlov se quedó mirándola de nuevo, muy quieto, inexpresivo. Menudo desastre, dijo.

Orlov cogió la esponja y V extendió las manos para que se la diera pero el comisario no lo advirtió. Le pasó la esponja mojada por los muslos. El agua estaba fría. V se estremeció. Orlov le frotó las piernas derramando mucha agua en las alfombras. Sumergía la esponja en la palangana, la apretaba un poco, y la pasaba por las piernas de V. Le frotó el pubis y la vagina. V apretó los dientes para no gemir. El agua estaba helada. Gotitas le resbalaban por las nalgas.

Orlov se demoró un rato en la tarea. Por fin dejó la esponja y se puso en pie para buscar una de las toallas del lavabo. Le hizo que se pusiera de rodillas. V obedeció con la cabeza gacha. La secó con la misma morosidad, lento, pasando la tela suave por cada pliegue, cada rastro de humedad, e igual de inexpresivo y desapasionado.

No pienso vestirte, dijo. Se puso en pie. Ella permaneció de rodillas. No soy tu criada. Te quedarás así de momento.

Ella asintió. Orlov sacó su pitillera y encendió un cigarro. Dio una calada profunda, la retuvo en los pulmones y después la sopló hacia ella, muy despacio. V pestañeó. El humo le picaba en los ojos. Tosió. ¿Qué se dice?

Dudó. Tragó saliva. Gracias, dijo. No levantó la mirada. Miraba la hebilla de su cinturón.

Tiró de su correa para que lo siguiera. La tumbó en la cama de nuevo y volvió a atarle las muñecas al cabecero. Se sentó en su butacón. No volvió a abrir la boca. Fumó en silencio, mirando hacia ella. V encogió las piernas desnudas y frías, muy blancas. La vagina le palpitaba y sabía que él podía verla incluso en la penumbra. En algún momento se quedó dormida y al despertar estaba sola. Luz de amanecer en el ventanuco. Se le ocurrió que podía ser una trampa, algún tipo de treta para ver qué hacía, pero forcejeó igual con las ataduras. Se hizo daño y las manos se le hincharon. Decidió esperar otra oportunidad. Más tarde escuchó pasos por el pasillo, un grupo de gente que hacía crujir las tablas viejas del suelo. Entraron en la habitación. Mujeres envueltas en negros rebozos u hopalandas que se la quedaron mirando y después se distribuyeron por la habitación, abriendo cajones y baúles, murmurando entre ellas. Eran una media docena. Una mujer muy anciana la desató del cabecero y le quitó las correas de cuero. V se frotó las manos y las muñecas y se sentó en la cama. La mujer no dijo nada pero la miró con extrema severidad. Eran siervas de las Damas negras, devotas de la Noche Fría, una camarilla al servicio del mejor postor formada por mujeres obedientes, sumisas, expertas envenenadoras y asesinas de aguja. Miró el rostro de la mujer. Arrugas como desfiladeros, la boca desdentada. Conocía las leyendas, un roce de una de sus agujas de huesos te ponía a echar espuma por la boca como un perro rabioso. Ya había casi una docena de siervas de las Damas negras en la habitación, algunas muy ancianas y otras jóvenes como niñas, aunque era complicado precisar las edades bajo los rebozos y pañuelos negros.

V se dejó hacer. La asearon con la misma palangana aunque ahora el agua estaba tibia y jabonosa. Olía a lavanda. Muchas manos en su cuerpo, pasando trapos y esponjas. Le cepillaron y recogieron el pelo. V intentaba no temblar bajo los cuidados de las asesinas, que le quitaban pelitos de las axilas, le perfilaban el vello púbico, perfumaban su carne. Le pasaron un vestido por el cuello, de uno de sus propios baúles. Era color borgoña, con un estampado muy delicado de hibiscos y un cuello de encaje, ligero. El pelo en un moño austero que le descubría la nuca. Nada de maquillaje. Al final un collar negro en el cuello, doble hebilla para dos tiras de cuero.

Las mujeres se apartaron. Orlov estaba apoyado en el marco de la puerta. Pensé que agradecerías un poco de civilización, dijo.

V se tocó el cuello. Esto es un collar de esclava, dijo. Yo soy una mujer libre.

Orlov negó con la cabeza. Eres una súbdita del Dios Vivo, dijo, y has sido detenida para comparecer ante Su justicia. Tu estatus de mujer libre ha sido revocado hasta el juicio.

Jamás había oído algo parecido.

Orlov sonrió. Lo siento, muchacha. Así son las cosas.

Dirigió un gesto a las mujeres. Atadla, dijo.

Correas de esclavista, que iban desde el codo hasta las muñecas, llenas de grilletes y argollas para practicar diferentes ataduras, diseñadas para inmovilizar sin dañar la mercancía. Le añadieron una fina cadena sujeta a un fiador, que iba del collar del cuello a las muñecas.

Las siervas de las Damas Negras fueron abandonando la habitación. El comisario se apartó de la puerta para dejarlas pasar. Incluso en él había cierta deferencia hacia las mujeres. Un cierto temor. Entregó una bolsa de cuero a la última de las mujeres y ella le entregó el fiador de la cadena. La sierva salió de la habitación sin contar las monedas. Nadie engañaba a las devotas de la Noche Fría.

Orlov miró a V, con su pelo recogido, su vestido ajado pero limpio y sus cadenas y hebillas tintineantes. ¿Qué se dice, muchacha?

Gracias, dijo V y no le miró a los ojos.

Monstruos y asesinos VII (Ilustrado)

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Legba llevaba la máscara del Calamar, los tentáculos rígidos arañándole las solapas de la casaca roja. Seguía vistiendo como un noble, aunque había sido repudiado por el Dios Vivo, y lucía los desgarrones donde alguna vez habían prendido sus tiras de seda amarilla y ducal. Estaba sentado a un velador de mármol junto con una mujer de pelo muy largo y negro. Hizo un gesto para que nos acercásemos. La mujer parecía distraída, el rostro vuelto hacia la ciudad y el amanecer.

Legba asintió con lentitud. La máscara del Calamar era una de las más terroríficas, daba la impresión de que tenía un cráneo hipertrófico y seco como la carcasa de una momia. Lo que le había pasado a su rostro, si estaba desfigurado o la naturaleza exacta del daño, nadie lo sabía, de la misma manera que nadie sabía cómo se las arreglaba para ver si en ninguna de sus máscaras había agujeros o hendiduras, o si es que todavía conservaba algo parecido a unos ojos. Su rostro había sido el precio que había pagado ante el Dios Vivo por seguir viviendo. Por eso V y yo sabíamos que allí, únicamente allí, estábamos a salvo de la justicia.

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Ilustrado por Marcos de Diego

Monstruos y asesinos (VI)

Al principio no dolió nada, sólo escuché el estruendo que hacía mi cuerpo contra los bultos del patio interior, muebles cubiertos por lonas polvorientas, escombros, basuras, y me alegré de haber conseguido girar durante la caída y ofrecer el costado del cuerpo al golpe y no la cabeza. Después comenzó a doler, un dolor penetrante desde la cadera y el muslo izquierdo que retumbó como un eco en el dolor de las costillas que me había dejado el portero negro con su porra. Me arrastré a ciegas en una nube de materia pulverizada, clavando los codos en el suelo. Baldosas agrietadas entre las que crecía una hierba rala y amarilla. Escuché voces que surgían de las ventanas. Siluetas de cabezas. No había ninguna ventana cercana al suelo. Miré el ventanuco por el que había escapado y la altura me mareó un poco. Me incorporé y cojeando palpé las paredes en busca de una salida. Encontré una puerta metálica que no se movió un centímetro por más que empujé. Seguí buscando hasta dar con una ventanilla a ras de suelo. Estaba cubierta por una tela metálica suelta. La aparté con el pie y me acuclillé para mirar. Era todavía más estrecha que el ventanuco de la habitación. Pasé primero los brazos y la cabeza y me retorcí como pude, con un crujido de huesos, una tensión de músculos excesiva, y me dejé caer una vez más, esta vez a mucha menos altura. El sótano estaba sumido en una penumbra ambarina, listada de sombras, por los faroles que iluminaban las ventas que daban a la calle, protegidas con barrotes. Me sacudí el polvo del abrigo, comprobé que los viales del estuche seguían intactos, así como el resto de utensilios, y recorrí el sótano en busca de otra salida. El lugar hedía a humedad y basura. Ganchos en el techo de los que colgaban cadenas herrumbrosas y grilletes abiertos. Una mesa llena de herramientas, tenazas, martillos, berbiquíes, todo cubierto por el polvo y una materia oscura que primero me pareció herrumbre, pero que no podía serlo por el hedor que desprendía. Tropecé con una argolla en el suelo. Estaba incrustada en una losa de piedra en el suelo, tan cubierta de polvo como todo lo demás, pero las hendiduras de sus bordes estaban limpias. Tiré con fuerza de la losa, pensando que quizá fuera una salida, y sus bisagras ocultas giraron con fluidez, sin un gemido, hasta un ángulo de noventa grados. Pese al polvo acumulado el mecanismo de la losa era engrasado y usado con frecuencia. La losa descubría una abertura a un foso, sin escalera o peldaños de ningún tipo para descender, sólo cuatro paredes lisas de cemento que se sumían en una oscuridad completa, negrísima. Había una corriente de aire inesperadamente limpio y frío. Cogí un pequeño martillo de la mesa de las herramientas y lo arrojé dentro. Conté uno, dos, tres, cuatro, y el martillo golpeó contra algo sólido, piedra quizá, y seguí contando cinco, seis, siete, hasta escuchar un chasquido húmedo, extraño. Supuse que debía ser algún tipo de alcantarilla, de acceso a una canalización subterránea del río. Intenté cerrar de nuevo la losa pero algún mecanismo secreto se había ajustado para dejarla sujeta y no pude. Me volví para buscar otra salida cuando escuché el chapoteo. Miré al interior del foso. El chapoteo se repitió, seguido de un gorgoteo viscoso, algo parecido a una emanación de gases en el fango de un pantano, y un siseo, algo mojado deslizándose por la piedra o el cemento, deslizándose hacia arriba. Recordé las historias que se escuchaban en los muelles del río, los relatos de poceros y cangrejeros que aseguraban encontrar de cuando en cuando criaturas en sus trampas, bichos de mandíbulas compuestas y racimos de tentáculos por ojos, criaturas ciegas, con vísceras corrosivas y estómagos múltiples visibles en la gelatina densa y translúcida que tenían por carne, erizadas de espinas y de veneno, y empujé con todas mis fuerzas la losa, mientras el ruido, el deslizar, se hacía más fuerte, y subía en la corriente de aire un hedor abrasivo, intoxicante, y el mecanismo chasqueó y la bisagra se rompió y la losa cayó con mi peso y el suyo sobre lo que ya estaba emergiendo. Algo se me enroscó en la mano, noté al instante una quemazón, y lo golpeé contra el suelo hasta que se soltó y se quedó sacudiéndose en el suelo, mutilado y todavía vivo. Me arrastré lejos de la losa, con la mano contra el pecho, agarrotada. Tenía un largo surco rojo en el dorso, punteado por una docena de pequeñas incisiones. Me puse en pie y, sin perder de vista la losa y lo que había salido del foso, recorrí el sótano hasta dar con otra puerta. Estaba asegurada con un cerrojo sencillo y daba al callejón en el brillaban los faroles de gas. Salí cojeando, el abrigo manchado de polvo y sangre del portero, magullado, dolorido, envenenado, con la mano cada vez más insensible e hinchada, y no pude evitar echarle un último vistazo a eso, lo que la losa le había cortado a la criatura de las profundidades, bífido y lleno de ventosas, todavía sacudido por espasmos. Vomité antes de salir del callejón e internarme en una galería llena de burdeles y de cafés en la que nadie me prestó atención.