Francisco Serrano

Monstruos y naves espaciales

Categoría: Visitante

El visitante (II/II)

La siguió porque no se le ocurrió qué otra cosa hacer. Entraron en una sala de estar recogida y pequeña. Había dos hombres sentados a una mesa forrada con tapete verde, como una mesa de juego, uno de ellos tuerto, el ojo derecho emparchado, y con un vetusto uniforme militar, el otro rubio y extranjero, concentrado en marear los papeles de una carpeta de cartón. Ambos muy ancianos, decrépitos.

Miss Ortrowski estaba recostada en un diván. Amigos, dijo. Por fin está aquí el joven Aguirre, nuestro invitado de honor.

Es algo más que un invitado, madre, dijo Sofía.

Por supuesto, por supuesto…

Qué…

Le presento al teniente coronel Martínez.

El viejo uniformado se puso en pie y le estrechó la mano con firmeza. Un placer, joven, dijo y volvió a sentar.

Él es herr Bachmeier.

El anciano alemán lo saludó con un gesto de la cabeza, pendiente de sus papeles. Aguirre observó un plano estelar, una fotocopia de mala calidad sacada de alguna enciclopedia, dividido en sectores mediante trazos gruesos de rotulador y una numeración de aspecto complicado.

Venga aquí, joven, venga aquí, dijo Miss Ortrowski.

Se había incorporado en el diván y tenía a su lado un par de álbumes de fotos.

Siéntate conmigo. Sofía, ¿por qué no vas a prepararte para la reunión?

Sí, madre, dijo Sofía. Salió de la estancia con un susurro de tejido y piel. Madre, pensó Aguirre. Se le ocurrió que el término podía tener una connotación mucho más amplia en este caso. Simbólica.

Ahora es ella la que se encarga del visitante, sabe, le dijo a Aguirre.

Eso me ha dicho. El visitante es una especie de espíritu guía, tengo entendido. Un facilitador, ¿me equivoco? El que abre las puertas…

Es un angelito que cayó del cielo para hacer nuestras vidas mejores, dijo Miss Ortrowski, mirándole con la misma fijeza que Sofía al pie de la escalera. Ahora mire, mire lo que tengo aquí.

Cogió uno de los álbumes. Tapas de piel oscurecidas por el tiempo. Lo abrió sobre sus muslos y le señaló una foto en blanco y negro. Éste es Adolfito, dijo.

Señalaba un retrato del marqués fumando un puro junto a un chimpancé vestido con esmoquin. El mono sujetaba también un puro encendido. Le encantaba fumar, dijo. El marqués lo compró cuando estuvo en el Congo, a él y a sus dos hermanas. Bueno, no eran hermanos de verdad. No creo que fueran todos de la misma madre, pero los compró todos al mismo tiempo y se los trajo a la finca. Les encargamos trajes y ropas para que no fueran desnudos como salvajes.

Fue pasando las páginas del álbum, deteniéndose en algunas fotografías. Los monos aparecían vestidos de las más diversas maneras, subidos a ramas de árbol, sentados en los caballitos de madera de un carrusel, acostados en tres camas idénticas.

Mire, aquí estamos endomingados los cuatro. Y aquí vestimos a Martita de muerta para jugar a los entierros pero no le daba la gana estarse quieta. Le hicimos un ataúd con cartones y todo. Nos fastidió la tarde. En navidad los vestimos de los reyes magos. Mire aquí. Y aquí. En Semana Santa quisimos escenificar la Pasión pero don Aurelio, que venía a tomarle confesión a la abuela cuando ya no podía moverse, dijo que ni se nos ocurriera. Ay, lo que los quería. Angelitos. Más buenos eran. Adolfo era mi favorito. Cuando era pequeña no comprendía que no eran personas, sabe. Yo quería que Adolfito fuera mi novio. Me parecía muy guapo. Qué cosas, ¿eh? Me puse muy triste cuando le hizo aquello a la hija de la criada y le rompió toda la ropa. Una cosa tristísima. El marqués dijo que aquello no se podía consentir. Que había que ponerle una solución. Lo cierto es que se puso un poco violento y hubo que atarlo. Así que vino un conocido suyo, ingeniero, y pasó con nosotros el verano diseñando y construyendo la silla…

¿La silla?

La silla, claro. Al marqués le parecía el método más humanitario. Como hacían los americanos, sabe. Y allí pusieron al pobre Adolfito. Lo peor fue el olor a pelo quemado, que no se iba nunca. Instalaron la silla en el cuarto de herramientas que hay al lado de la capilla, detrás de la casa. Aquello a don Aurelio tampoco le pareció bien, pero bueno. Ahí sigue.

¿Una silla eléctrica, dice? ¿Para el mono?

Sí. Luego la volvieron a utilizar con Juanita. La pobre vio un día a la cocinera retorcerle el pescuezo a un pollo. Siempre nos estaban imitando y nosotros le reíamos las gracias. Pues se metió en el gallinero y se puso a matar pollos. Menudo desastre. Quince o veinte mató. Ella qué sabía si era una mona y medio tonta. Pero el marqués dijo que a la silla y a la silla que fue. Creo que estaba un poco cansado de tanto mono…

¿Qué pasó con la otra?

¿Con Martita? Le pasó una furgoneta por encima. Unos años después. Ay, pobrecitos. Angelitos al cielo.

Suspiró. Pero mire este otro, joven. Quizá le interese más. Cerró el álbum y se puso el otro en las rodillas. Lo abrió por la primera página. Una copia de la foto que había visto en el vestíbulo, la primera reunión del Círculo. Fíjese, qué jóvenes éramos. Como usted y Sofía.

Ya veo.

¿Qué le estás enseñando?, dijo el viejo del uniforme.

El álbum de las reuniones.

Ah, dijo el viejo. Que lo vea, que lo vea.

Le mostró fotografías de las reuniones. Los miembros del Círculos sentados a una mesa, tomándose de las manos, muy concentrados. Mire aquí. ¿Ve esto?

Le señaló un borrón en una de las fotografías, cerca de su propio rostro. Es ectoplasma, dijo.

Oh.

Pasó página. ¿Ve aquí? ¿Ve esta sombra?

Ajá.

¿Qué cree que es?

Eh… ¿El visitante?

Oh, no, claro que no. No hacemos fotografías cuando viene el visitante. Es el espíritu de una mujer que vivió en esta casa antes que nosotros. Se manifiesta con frecuencia en las reuniones.

Entiendo.

Pasó más páginas. Nos han pasado todo tipo de cosas, dijo. Cosas increíbles.

Ya veo.

Bueno, qué.

Qué… ¿Disculpe?

¿No reconoce a nadie?

¿Dónde?

En esta foto, por ejemplo. Mire, mire.

Era una de tantas fotos de grupo. Los miembros del Círculo más viejos. Distinguió a uno con parche.

La veo a usted, dijo. También al señor Martínez.

Teniente Coronel Martínez, dijo el viejo desde la mesa. Había encendido un cigarrillo y estaba fumando ensimismado, sin prestar atención a Bachmeier, que seguía con sus papeles.

Me refiero a su abuelo, dijo Miss Ortrowski. Aurelio Aguirre. Mírelo. Está aquí. ¿No lo reconoce?

Tragó saliva. De repente fue consciente de lo que había pasado. Durante semanas había estado investigando y preguntando a sus fuentes por el Círculo Ómicron, hasta que uno de ellos le facilitó la pista de la casa solariega en Albacete. Lo único que se le ocurrió hacer fue enviar una carta, explicando su interés por el Círculo Ómicron y sus actividades, sin mencionar el programa o su labor de documentalista. Había recibido respuesta unas semanas después. Alguien había deslizado bajo su puerta una invitación a la casa solariega y a la próxima reunión del Círculo Ómicron. El sobre no llevaba sello ni dirección, sólo su nombre escrito con una pulcra letra caligráfica. Carlos Aguirre no había visto en su vida al hombre que Miss Ortrowski señalaba en la foto. No era desde luego ninguno de sus dos abuelos.

Carraspeó. Señora, dijo.

Dígame, joven.

Necesitaría hacer una llamada.

Vaya.

Si no le importa…

Sacó el teléfono móvil del bolsillo. No tenía cobertura arriba y…

Miss Ortrowski miró el aparato en su mano con una expresión entre el desdén y el asco. No funcionará, dijo.

¿No hay cobertura?

Algo así.

¿Algo así?

Sí, gracias a Dios. Las cosas… electrónicas no funcionan demasiado bien por aquí. Creo que tiene que ver con nuestro visitante. Quizá no le gustan.

¿Le importa si salgo fuera a intentarlo?

El rostro de Miss Ortrowski no mostró ninguna emoción. Haga lo que quiera, dijo.

Aguirre asintió, se levantó del diván y salió de la sala de estar. Sudaba de nuevo. Se apoyó en la barandilla de la escalera. Estaba tomando conciencia poco a poco de en dónde se encontraba, de con quién se encontraba. Pensó en salir a por su mochila pero se le antojó demasiado riesgoso y no tenía nada de auténtico valor, ni siquiera la cámara. Sólo quería salir de la casa. El pueblo no estaba lejos. Podría caminar hasta conseguir cobertura, llamar a un taxi, cualquier cosa. Atravesó el vestíbulo de las cabezas de animal con el teléfono en la mano. Sin cobertura, casi sin batería. Sólo tenía que alejarse de la casa. Empujó la puerta con mucho cuidado, intentando no hacer ruido.

El chófer estaba fuera, sentado en una silla, con una escopeta de caza cruzada en el regazo. Buenas noches, dijo. Había cambiado su gorra de plato por una boina y su librea por una camisa blanca y unos pantalones de trabajo.

He salido a llamar por teléfono, le dijo.

No funcionan los teléfonos, dijo el chófer.

Sólo quería comprobarlo.

Ya.

¿Qué hace ahí? ¿Por qué tiene una escopeta?

Vigilo. Los perros se ponen nerviosos cuando sacan eso.

¿Eso? ¿A qué se refiere?

Pues a eso. Ya sabe.

El viejo se ajustó la gorra en la cabeza. Escupió a un lado una saliva escasa y pastosa. Vuelva dentro, joven. Que no tenga que salir la señora a buscarlo.

Aguirre retrocedió sin dejar de mirarle. Cerró la puerta. La carcasa del teléfono móvil crujió en su mano. Lo miró desconcertado. La pantalla estaba negra, apagada. Entró de nuevo en el salón. Sofía bajaba por las escaleras. Tenía el rostro arrebolado, la túnica arrugada. Ve a la mesa, dijo. La sesión va a comenzar. Voy a buscar al visitante.

El asintió. En la sala de estar lo esperaban los tres ancianos sentados a la mesa. Miss Ortrowski le señaló una silla vacía entre ella y el viejo alemán. Se sentó. Todavía tenía el móvil en el puño. Lo guardó con cuidado. Bachmeier le miró fijamente. Había sustituido su mapa estelar por un diagrama de las diferentes capas geológicas del planeta Tierra. Parecía arrancado de un libro de texto para niños. Estaba lleno de anotaciones en alemán, flechas, números y símbolos matemáticos. Mire, joven, dijo el alemán con un fuerte acento. ¿Sabía usted que la Tierra ha sido colonizada por una raza de extraterrestres eléctricos que viven en las rocas?

No… No, no lo sabía.

Conciencias minerales. Llegaron hace millones de años. En los meteoritos. Habitan el zócalo magmático. Su mente es lenta, lenta como la deriva continental de este planeta, por eso es imposible comunicarse con ellos. Pero he estudiado el asunto… He tomado mediciones de campos electromagnéticos en lugares precisos, tengo pruebas. Están ahí, no hacen nada, pero… ¿No le parece a usted horrible?

No supo qué decir. Miss Ortrowski le tomó la mano. Hoy nos pondremos en contacto con las vastas y lejanas inteligencias jupiterinas. ¿Las conoce?

No…

Son unos seres fascinantes, apenas materiales. Viven en ciudades de gas.

Entiendo…

Ya está aquí, dijo el teniente coronel Martínez.

Aguirre miró hacia la puerta. Sofía entraba con el visitante de la mano. Su cabeza se bamboleaba sobre un cuello fino y arrugado, insuficiente para su cráneo de tamaño espantoso. Su piel era gris y parecía ajada, enferma. La parte frontal de su cabeza, donde debería tener un rostro, estaba compuesta por un amasijo de tejido en circunvoluciones como el cerebro humano, de un gris más pálido, mojado, blanquecino, sin ojos. Respiraba a través de un filtro sujeto con correas a una hendidura vertical y babeante al comienzo del cuello. Un único y gigantesco pulmón, parecido a la vejiga de un cerdo, se hinchaba en su pecho con forma de tonel y translúcido. La respiración lenta, profunda, amenazaba con dejar sin oxígeno al resto de la habitación. Un hedor a vinagre y nuez moscada. Sofía lo guió como a un ciego hasta la mesa. No se sentó a ninguna silla, se sostuvo en su multitud de extremidades, articuladas en exceso y en ángulos aberrantes, apropiadas para otro tipo de planetas, de menor gravedad. Nuestro visitante, dijo Miss Ortrowski. Treinta años lleva con nosotros. Acarició la cabeza gris e hipertrófica. Los dedos, lo que podría llamarse dedos, al final de sus extremidades era muy finos y espatulados, vegetales. Produjeron un susurro seco al desprenderse de la mano blanca de Sofía. Intentó manipular el filtro. Sofía le soltó las correas. El visitante sacó el filtro de la hendidura vertical que tenía por boca unido a una larga y curvada pipeta de vidrio. La pipeta goteaba una condensación transparente y muy densa, el olor a vinagre aumentó en la habitación hasta casi lo insoportable. Los labios mojados y blancos de la hendidura vibraron. Aguirre se sujetó al borde de la mesa, el cuerpo empapado en sudor y los ojos desorbitados, notando como si su esqueleto temblase y se sacudiese en la misma frecuencia que los labios de la criatura. Comprendió que el visitante iba a hablar y entonces, sólo entonces, comenzó a gritar.

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El visitante (I/II)

Fue el único pasajero en bajar del tren. Contempló el paisaje llano y pelado desde el andén de la estación, una mano sobre los ojos, la otra sosteniendo la mochila que llevaba como único equipaje. Una luz roja se desparramaba por el cielo y el calor era insoportable. Entró en el vestíbulo de la estación, un edificio de ladrillo visto, apeadero venido a más, sudando ya bajo el traje. En el techo había enormes cristaleras y en las vigas desnudas que lo sostenían habían anidado las golondrinas. Cagadas de pájaro en las largas baldosas del suelo. Parpadeó y tembló en el frío inesperado del edificio. Tardó un poco en distinguir al hombre que lo esperaba junto a las taquillas vacías, un anciano con gorra de plato y librea, y que permanecía muy recto, casi marcial. Se acercó a él como si le hubiera soltado un resorte dentro. ¿Es usted el joven Aguirre?, dijo.

Él asintió. Sí, soy yo. Carlos Aguirre.

Acompáñeme, por favor.

El viejo cogió la correa de la mochila y tiró. Intentó decirle que no hacía falta pero el viejo volvió a tirar sin atender a razones. Por favor, dijo. Soy su chófer, joven Aguirre, yo me encargaré.

Cruzaron el edificio para salir por el extremo contrario. El viejo lo guió hasta un BMW aparcado en una pista de tierra, un vehículo antiguo pero encerado y brillante, solemne como un coche de difuntos, efecto apenas afeado por el polvo amarillento que se le había adherido a los bajos. Aguirre ocupó el asiento trasero mientras el chófer dejaba su mochila en el maletero. El interior olía a goma quemada y productos de limpieza. Se acomodó e hizo crujir la tapicería de cuero. El viejo se puso al volante, encendió el motor y condujo hacia la carretera.

Carraspeó para decir algo pero el silencio del hombre lo intimidó. Conducía sin cinturón y muy echado sobre el volante, la gorra casi caída sobre los ojos. A su alrededor se sucedían los campos recién segados como nucas rapadas y rubias. Prefirió guardar sus preguntas para más tarde. Aguirre trabajaba como documentalista para un programa de televisión centrado en temas de misterio, sobrenaturales y paracientíficos. Le había sido encargado conseguir material, tanto gráfico como entrevistas preliminares, acerca de los círculos de contactados que habían proliferado durante la década de los sesenta y setenta y sus supuestos herederos actuales. Una semana antes había estado escuchando, en un cuartucho que apestaba a incienso y coles hervidas, los desvaríos de una supuesta médium en contacto con los espíritus elevados de la Atlántida. Antes de eso se entrevistó con un anacoreta cántabro que le explicó con extremo detalle la organización y jerarquía de la raza de hombres con cabeza de serpiente que gobiernan el mundo desde la Tierra Hueca, todo lo cual le había sido revelado en un sueño por el arcángel Gabriel. Era un trabajo sencillo aunque implicaba hablar con auténticos chiflados, gente con problemas mentales o traumas terribles, lo que le inspiraba bastante tristeza, y estafadores sin escrúpulos. También había otro tipo de entrevistados, investigadores muy serios y convencidos de la gravedad de los temas que trataban, siempre rodeados de los otros, los chiflados y los estafadores, hombres tristes, cansados de clamar en el desierto su versión de las cosas, como chacales sarnosos aullando a la luna. Ellos también le inspiraban cierta tristeza pero los prefería porque no estaban tan evidentemente locos, pese a que con frecuencia sus obsesiones les habían costado sus matrimonios y sus trabajos. Entrevistándose con algunos de estos investigadores había llegado a conocer la existencia de algo llamado Círculo Ómicron. No encontró casi ninguna referencia bibliográfica o de otro tipo en sus archivos o los del programa de televisión, sólo alusiones veladas, susurros en alguna entrevista, sobreentendidos. Logró poner en orden algunos datos recurriendo a todas sus fuentes, que le facilitaron fotocopias y escaneos de libros mugrientos y revistas especializadas de treinta años antes. El Círculo había sido fundado en algún momento de los años cincuenta por una mujer que se hacía llamar Miss Ortrowski, supuesta heredera del marquesado de Aguamedina. Viajera por la Europa de entre guerras y por Asia Central, aseguraba haberse casado con un noble prusiano apellidado Ortrowski, aunque a Aguirre no le sonaba nada prusiano ese apellido, en algún momento de la década de los años treinta, y haber enviudado muy pronto. Se comunicaba con su difunto marido, contaba un artículo muy breve fechado en mil novecientos setenta y nueve, mediante una médium gitana que además le echaba las cartas e interpretaba el dibujo de sus deposiciones. Poco más se sabía. Se la relacionaba con hombres importantes, aristócratas europeos, políticos, empresarios, de diferentes épocas, pero nada concreto ni verificable. El Círculo Ómicron era casi como una criatura mitológica, un simio gigante que aparece y desaparece en los bosques sin dejar más que huellas confusas y mechones de un pelaje vulgar.

Llegaron a una casa solariega entre los campos de trigo. Unos perros ladraron al coche mientras subían por el camino polvoriento hacia la casa, vieja, de piedra, dos plantas con balcones de hierro forjado y altas ventanas con parteluces de madera. Todas las cortinas echadas y blancas. El chófer detuvo el BMW y salió gritando a los perros. Él bajó también y sintió un repentino escalofrío. El sol casi se había puesto y un viento venía del páramo.

La puerta de la casa se entreabrió y contempló por un instante una mano larga y pálida y un brazo del que colgaban amplias mangas de encaje. Entre, entre, le dijo el chófer. La puerta tenía llamadores en forma de pájaro. Un enorme vestíbulo en el que nadie lo esperaba, las paredes llenas de trofeos de caza, cabezas de antílope, de oso, de cebra, una arbórea cornamenta de ciervo, un colmillo, sólo uno, de elefante engastado por una pieza de oro a un soporte de madera, y una piel de guepardo extendida como un crucificado sobre una puerta cerrada de doble hoja. También había retratos y fotografías diversas, muebles oscuros y recargados que exponían en vitrina vajillas y porcelanas de exquisita factura, un velador de mármol, con ornamentadas y retorcidas patas negras de hierro colado, que sostenía el estuche taraceado en su superficie con diseños geométricos de marfil de una escopeta enorme, desmontada, cada pieza en su lecho de terciopelo verde, con largos cañones en lemniscata y culata de madera de olivo y cantonera de acero viejo, grabados en oro a lo largo de los cañones lebreles y palomas en sinuosa persecución. La estancia olía a cerrado pero había sido limpiada a conciencia, ni una mota de polvo en las maderas o los cristales, ni una huella inapropiada. Los trofeos sin embargo no habían recibido los cuidados necesarios, estaban raídos, apolillados, se les habían desprendido dientes y ojos de cristal y en las órbitas y alvéolos habían anidado arañas.

También comenzaba a hacer frío dentro de la casa. La luz de las bombillas, metidas en viejos tubos de vidrio de lámparas de aceite, era anaranjada y proyectaba sombras alargadas y tenebrosas. Decidió esperar a que fueran a recibirlo. Contempló las fotografías enmarcadas de las paredes. El marqués de Aguamedina posando en África, la escopeta en la cadera, el salacot calado hasta las cejas. El marqués posando con su esposa en ese mismo vestíbulo, junto con una niña de pelo negro y carita blanca que se muerde el puño, arruina el posado pero causa un efecto demasiado tierno como para rechazarlo. En las fotografías el marqués envejece, la esposa desaparece, la niña se convierte en muchacha. Caminó junto a la pared observando la sucesión de retratos y estampas. Otro posado en ese mismo vestíbulo, una decena de hombres fumadores de puros, con bigotitos y mostachos, sin marqués y con la muchacha convertida en mujer. Una plaquita en el marco fechaba la fotografía en mil novecientos cincuenta y seis, la primera reunión del Círculo Ómicron.

Se detuvo desconcertado ante una fotografía en la que posaban frente a la casa tres chimpancés, uno vestido con gorra de plato y librea, idéntico al chófer que lo ha recogido en la estación, y dos con vestido negro, cofia y delantal.

La puerta de doble hoja se abrió con un chirrido y entró una mujer con el pelo blanco y muy largo, el flequillo níveo descendiendo por el costado de su rostro hasta casi la clavícula, ataviada con una especie de túnica o camisón tan blanco como su pelo. Apreció incluso mejor que en las fotografías de juventud su pasada belleza, los ojos grandes, los pómulos delicados y felinos.

Querido, dijo Miss Ortrowski. Bienvenido. Estábamos esperándote.

Muchas gracias, dijo él. Gracias por invitarme.

Oh, por favor, deberíamos hacerlo hecho hace mucho tiempo. No sabíamos que existías.

Él asintió, sin comprender a qué se refería. Miss Ortrowski tenía un fuerte acento albaceteño.

Mis angelitos, dijo ella. ¿Los ha visto?

Se acercó a la fotografía de los monos.

Sí, señora.

Miss Ortrowski, dijo Miss Ortrowski.

Sí, disculpe, Miss Ortrowski.

A mi marido le gusta que me llamen así.

Claro.

¿Le interesan las fotografías? Tengo un par de álbumes que debería ver.

La puerta de entrada se abrió y pasó el chófer con la mochila de Aguirre.

Jerónimo le acompañará a sus habitaciones, dijo Miss Ortrowski. ¿Quiere acompañarle?

Sí, gracias.

Pasaron bajo la piel de guepardo a un salón mucho más despejado de ornamentos. Miss Ortrowski le indicó unas escaleras. Instálese, por favor, dijo. Su habitación ya está preparada. El resto de invitados ya ha llegado y tengo que atenderles. Reúnase en cuanto esté listo con nosotros.

Aguirre le agradeció de nuevo a la mujer sus molestias y siguió al chófer escaleras arriba. Los escalones eran de madera, muchos alabeados y desgastados por las pisadas. Los suelos también eran de madera y crujían con suavidad. Retratos en las paredes, cuadros de santos, vírgenes y antepasados remotos. La puerta de una de las habitaciones se entornó a su paso y le pareció ver un ojo que le observaba por la rendija, un mechón de pelo rubio, pero no se detuvo. El chófer entró en una de las habitaciones, la siguiente, y dejó la mochila a los pies de la cama y se marchó sin decir una palabra. Aguirre cerró la puerta y durante un segundo buscó un cerrojo o una cadena para asegurar la puerta. Se rió de sí mismo. La habitación era espaciosa. Una cama con cabecero de madera y colcha blanca. Una ventana alta por la que pudo ver que ya había caído la noche casi por completo en los campos. Había otra puerta que daba a un cuarto de baño. Agradeció la decoración austera, sin fotografías ni retratos inquietantes. Sacó la cámara de fotos de la mochila. Pensaba tomar algunas fotografías del lugar, aunque fuera sólo como recuerdo, pero al apretar el botón de encendido la pantalla permaneció oscurecida. Volvió a pulsarlo. La cámara no se encendió. Sacó la batería, dudando. Había comprobado que estaba casi completa la noche anterior. Quizá la había vuelto a meter en la funda conectada y se había agotado. Cogió la batería de repuesto, que había estado cargándose hasta esa misma mañana, y la puso en el aparato. Tampoco funcionó. Se quedó contemplando la pantalla en negro sin saber qué hacer. No se encendían ni las luces testigo. Mierda, dijo. Metió la cámara en su funda. Sacó del bolsillo su teléfono móvil. Le serviría para tomar algunas fotografías de referencia para el programa, aunque tampoco estaba convencido de que Miss Ortrowski llegase a dar consentimiento para utilizar el material. El móvil no tenía cobertura y apenas una raya de batería. Suspiró y sacó también el cargador. Miró a su alrededor y no encontró ningún enchufe. Buscó bajo la cama y tras la mesita de noche. Tampoco. Joder, dijo. Joder. Se frotó los ojos. No era tan grave. Sólo iba a pasar allí una noche y tenía una libreta para tomar notas. Decidió cambiarse de ropa y asearse antes de la reunión. Se quitó la americana, la corbata y los zapatos y entró en el baño, porcelana reluciente, una bañera con patas de león, grifos de bronce, y un espejo en el que vio reflejada la puerta que comunicaba el baño con la otra habitación. Se acercó para cerrarla del todo pues estaba entornada y vio a la chica desnuda. Sentada al borde de la cama, las manos extendidas en la colcha blanca, mirando hacia sus pies. El pelo le caía recto sobre los ojos como una visera y los mechones más largos de la nuca se extendían por sus pechos sin taparlos, casi suspendidos sobre la piel, repelidos por una carga eléctrica, de un color rubio tostado. El vello de su pubis era todavía más oscuro y sus muslos muy blancos, refulgentes. Se puso en pie sin levantar la mirada ni despejar el pelo de su rostro y cogió una prenda del respaldo de una silla, una túnica como la de Miss Ortrowski, se volvió y se la pasó por el cuello y los brazos. Mientras caía la prenda él puedo ver las ordenadas cicatrices de su espalda y sus nalgas. Sacó la cabeza, colocó el pelo de manera adecuada y se volvió de nuevo. Le miró a los ojos sin ninguna sorpresa, caminó hacia la puerta y la cerró con delicadeza en sus narices.

Aguirre parpadeó, confuso. Pensó en disculparse a través de la puerta pero en lugar de eso abrió el grifo y se mojó la cara y la nuca. Los mismos rasgos que Miss Ortrowski, pómulos bonitos, boca y ojos grandes. Los pechos enmarcados por el pelo. El pubis oscuro. Tuvo una erección incómoda, casi dolorosa. Al otro lado de la puerta no se escuchaba ni un sonido, como si se hubiera quedado quieta donde estaba, esperando que la puerta volviera a abrirse. Aguirre permaneció allí un momento, escuchando, y volvió a la habitación. Sentía la camisa de nuevo sudada y pegada al cuerpo. No estaba seguro de haber sido indiscreto o de haber asistido a una exhibición. Se cambió de ropa pensando en qué hacer. Al salir de la habitación se la encontró esperando en el pasillo, casi en la misma postura, los ojos bajos, el pelo sobre los pechos que se marcaban en la túnica. Hola, dijo. Tenía una voz grave, profunda para una mujer. Algo parecido al deje de alguien que despierta de un largo sueño, una garganta dormida.

Hola, yo…

Eres Aguirre, ¿verdad? El joven Aguirre.

Sí, soy yo.

Me llamo Sofía, dijo, ofreciendo la mano. Él no llegó a estrechársela, apenas la tuvo entre los dedos cuando ella la deslizó fuera. Le había parecido más joven antes, debía de tener unos veinticinco años. Se preguntó si sería nieta o una hija tardía de Miss Ortrowski. Tampoco sabía exactamente qué edad tenía la mujer y todavía no se le había ocurrido una manera educada de preguntarlo.

Baja conmigo, dijo Sofía. Te llevaré con los viejos.

Echaron a caminar por el pasillo hacia la escalera.

Gracias, dijo. Tú… Esto, ¿formas parte de…?

¿Del Círculo? Claro. Soy la que se encarga del visitante.

¿El visitante? ¿Te refieres a mí?

Ella le miró por encima del hombro. Me refiero al otro visitante, dijo. Al que viene siempre.

Oh.

Ellos están demasiado viejos y chochos como para ocuparse del vigilante, dijo, y sin el vigilante no podríamos hacer las sesiones. Él nos guía.

Ajá. El visitante es una especie de espíritu guía entonces, ¿no?

Ella volvió a mirarlo por encima del hombro. No sabes mucho de nosotros, en realidad, dijo.

Bueno, sé lo justo, dijo Aguirre.

Bajaron las escaleras. Ella se detuvo y le puso una mano en la solapa de la americana. Me alegro de que estés aquí, en cualquier caso, dijo. Pensé que nunca dejarían venir a nadie nuevo. Han ido muriendo todos… Le miró fijamente a los ojos. Los tenía muy azules. Las pestañas igual de oscuras que su pubis. Yo heredaré el Círculo, dijo. Espero que quede algún Círculo que heredar. La vieja ha hecho las cosas a su manera durante mucho tiempo y… Tú eres joven. Tú estarás de mi lado.

Su voz, ligeramente nasal, era como agua que corre por un lugar secreto, entre las rocas y los troncos cubiertos de musgo, un arroyo en penumbra, bajo las zarzas y la maleza, limpio, fresco y peligroso como los bosques para los niños perdidos.

Pero yo sólo estoy de paso, yo no…

Nadie está de paso en el Círculo, dijo Sofía. Estás donde te corresponde. Sígueme.